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Destiny — capítulo 2
Hermione se quedó inmóvil, contemplando el rostro de Malfoy, aparentemente tranquilo, pero teñido en algunos puntos con la sombra de una mueca de crispación.
—Siéntese, señorita Granger —repitió la profesora, y Hermione se colocó muy lentamente en el sillón contiguo al de Malfoy, procurando por todos los medios no dirigir la vista al chico. McGonagall los observó a ambos, con la mirada resignada de quien sabe que se tiene que enfrentar a un tornado devastador. Finalmente, suspiró—. Bien, como ya he dicho… han sido seleccionados para participar en el Proyecto Huxley como compañeros…
—¿A qué se refiere exactamente con "compañeros"? —preguntó suavemente Hermione, adivinando que la respuesta no iba a ser de su agrado.
—Me refiero a que trabajarán juntos en el programa. Malfoy ha tenido en el pasado ciertos… deslices… que no deben volver a darse. Por su bien y por el del resto de la comunidad mágica —explicó la profesora, con un tono monocorde que sugería que había practicado una y otra vez aquellas palabras—. Veréis… el Proyecto Huxley tiene como objetivo alejar del lado oscuro a los jóvenes magos y brujas que aún están a tiempo de rehacer su vida. Cada uno de estos muchachos pasará un año viviendo con un compañero, o tutor, que le ayudará a tomar las elecciones correctas y a labrarse un futuro honrado. En el caso del señor Malfoy… bueno, su mayor "defecto" es su profunda aversión hacia los muggles y sus hijos. Por ello, se ha decidido que usted, una bruja descendiente de muggles, inteligente, responsable y poderosa, sería la indicada para... ayudar al señor Malfoy.
Hermione apenas sintió la caricia de los halagos. Estaba estática, con la boca ligeramente abierta y la mirada desenfocada, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar. El silencio del despacho solo era interrumpido por el chirriar de dientes de Malfoy, que seguía esforzándose al máximo en permanecer hierático y mentalmente ausente. No obstante, Hermione podía sentir desde un metro de distancia las oleadas de rabia ígnea que despedía el Slytherin.
—Pero… —comenzó ella, y se encontró con que no sabía qué decir. Tenía tantas preguntas que su mente era un hervidero de palabras mezcladas sin orden ni concierto, y le resultaba imposible desenredar una sola letra de aquella maraña de pensamientos.
La profesora McGonagall suspiró. Parecía infinitamente cansada.
—Recoja sus cosas, Granger. Y lo mismo le digo a usted, Malfoy. Les espero en veinte minutos en el recibidor del colegio. Les indicaré la ubicación de su nueva residencia y les explicaré con más detalle su cometido… Recuerden no decir ni una palabra de lo que han escuchado aquí. Ahora, pueden irse.
Antes de que McGonagall hubiese terminado de hablar, Malfoy ya se había puesto en pie y desaparecido por la puerta con la velocidad y la fiereza de un huracán.
Hermione miró a la directora, casi suplicándole que hiciese algo al respeto. Pero la anciana bruja se limitó a negar lentamente con la cabeza y centrar la vista en unos papeles de su mesa, dando a entender a Hermione que la conversación había llegado a su fin.
La Gryffindor se levantó y salió despacio, aturdida. Seguía con la mente nublada, y tenía la sensación de que caminaba entre brumas.
Una mezcla de rabia, impotencia y desesperación sustituía a la sangre en sus venas.
Un año con Malfoy. Todo un maldito curso no solo soportando su presencia, sino también teniendo que tratar con él y "ayudarlo". El mero pensamiento le provocaba arcadas.
Hermione fue a su Sala Común y subió a su cuarto como un ánima en pena. Una vez allí, obedeció la orden recibida y comenzó a recoger sus cosas, metiéndolas en la maleta que llevaba más de un mes bajo su cama.
Cuando estaba guardando un par de libros de lectura ligera que hasta entonces había tenido sobre la mesita de noche, Ginny entró por la puerta pausadamente.
—¿Hermione? —preguntó con el ceño fruncido—. ¿Qué estás haciendo?
—Me cambio de habitación… Proyecto Huxley —añadió al ver la cara de sorpresa de Ginny. Intentó que la voz no le temblara, pero sin demasiado éxito.
La pelirroja se acercó a ella y se sentó en su cama, colocando una mano sobre su hombro.
—¿Eso es malo? —inquirió con el tacto propio de las buenas amigas.
Hermione la miró fijamente mientras las palabras de McGonagall se repetían en su mente: "Recuerden no decir ni una palabra de lo que han escuchado aquí...". Cogiendo aire, hizo un esfuerzo por sonreír y respondió:
—No, qué va. Solo estoy un poco sorprendida. De verdad, no pasa nada… Y seguiremos viéndonos igual —"espero", agregó mentalmente, tragando saliva.
Ginny le dirigió una mirada escéptica, dejando entrever que no la creía, pero tuvo la delicadeza de no insistir en el tema.
—Bueno —murmuró finalmente mientras se ponía en pie—. Avísame si necesitas cualquier cosa.
Y dicho esto, Ginny se fue de la habitación, dejando tras de sí a una taciturna Hermione, que de pronto dio un brinco y se apresuró a terminar de recoger.
Un par de minutos después, bajaba las escaleras de mármol del recibidor del castillo, el cual estaba desierto excepto por un rubio alto y esbelto que se recostaba indolentemente contra la pared. A sus pies reposaba una maleta negra con aspecto de haber costado tanto como todo su contenido.
Hermione se detuvo al lado de Malfoy, quien ni siquiera se dignó a mirarla. Con las manos caladas en los bolsillos, volvía a fijar la vista en ninguna parte, como una silenciosa manifestación de profundo desacuerdo.
Los segundos pasaban como si fuesen horas, y la situación era demasiado incómoda para Hermione, que ya estaba planteándose correr de nuevo escaleras arriba cuando vio aparecer a la profesora McGonagall.
—Síganme —se limitó a decirles, y sin más salió fuera del castillo.
Hermione corrió en pos de la directora arrastrando su maleta tras de sí, pero al notar que Malfoy no les acompañaba se dio la vuelta.
Él seguía ahí, quieto, en la misma posición de antes, solo que en esa ocasión tenía los ojos fijos en los de Hermione, quien se estremeció bajo la fuerza de aquella tormentosa y gélida mirada que parecía desearle todos los males del mundo.
Entonces, Malfoy se incorporó, cogió su maleta y salió a los jardines, pasando junto a Hermione como si no existiese.
Ella suspiró y le siguió.
Ambos estudiantes caminaron tras la profesora sin tener ni la menor idea de a dónde se dirigían. Y cuando McGonagall cruzó la frontera del Bosque Prohibido, Hermione se detuvo bruscamente.
—¿A dónde vamos? —quiso saber.
McGonagall le respondió sin girarse.
—A vuestra nueva residencia, Granger, ya se lo he dicho.
—Pero… pero… ¿en el Bosque Prohibido? —insistió ella, reacia a pasar de la primera línea de árboles.
—Esta zona está libre de peligros, Granger, el Ministerio de Magia se ha encargado de ello. Y ahora, hagan el favor de seguirme… y memorícense el camino, a poder ser. No tengo intención de hacerles de guía eternamente.
Malfoy reemprendió la marcha tras la profesora sin que su expresión se modificase lo más mínimo, y eso consiguió que Hermione le imitase olvidando de pronto todos sus temores. Si un Slytherin se atrevía, ¿por qué no iba a hacerlo ella?
—¿Todas las residencias están aquí? —quiso saber, dando un pequeño rodeo para evitar un matorral espinoso que alargaba sus ramitas tóxicas hacia ella, y la profesora explicó:
—No, claro que no. Cada una tiene su propia ubicación oculta… lo cual me recuerda que, aunque no lo he dicho porque me parecía obvio, confío en que sepáis que no podéis decir una palabra sobre la localización de vuestra residencia, ni mucho menos llevar a nadie allí.
Hermione se pasó una mano por la cara, rozando el histerismo. Así que ni siquiera podría recibir visitas de Ginny. Estupendo.
Entonces, McGonagall se detuvo, y Hermione pudo ver que habían llegado a una de las orillas más recónditas y apartadas del Lago de Hogwarts.
La profesora se volvió hacia ambos alumnos, sacó algo de uno de los repliegues de su túnica y les tendió lo que a Hermione le parecieron dos colgantes.
Uno de ellos tenía la cadena dorada, y de ella pendía una extraña piedra traslúcida de color granate, mientras que el otro era de cadena plateada con la piedra verde.
Hermione tomó el primero y Malfoy el segundo, y ambos observaron los objetos sin saber qué hacer con ellos.
—Ábrelo —le indicó la profesora a Hermione, y ella la miró sin comprender—. Vamos, ábrelo —insistió McGonagall, y la Gryffindor bajó la vista hacia la pequeña piedra, girándola entre sus manos, estudiándola. De pronto, sintió que la mitad superior cedía ante el contacto, retirándose como si fuese una pequeña tapita. La piedra, que resultó estar hueca, parecía contener comprimida en su interior toda la oscuridad del mundo—. Ahora, vacíala en el agua.
Hermione estuvo tentada de indicar que no había nada que vaciar, pero se mordió la lengua a tiempo y se limitó a obedecer, dándole la vuelta a la piedra sobre la orilla.
No pudo evitar ahogar una exclamación de sorpresa cuando del interior del objeto comenzó a caer un polvo fino y dorado, el cual resplandeció al tocar el agua.
Y, entonces, en la ribera del Lago se abrió un pasadizo iluminado por pequeñas bolas de luz que levitaban junto a las paredes. Las escaleras del túnel eran anchas y de piedra, y descendían hacia abajo, siempre hacia abajo.
Hacia el fondo mismo del Lago.