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Destiny — capítulo 3

—Esto es asombroso —susurró Hermione maravillada ante lo que veía.

Habían bajado aquellas escaleras de piedra aparecidas de la nada para acabar en la nueva sala común de los dos estudiantes.

Era amplia, limpia, acogedora y luminosa, algo que parecía imposible si recordaban que se encontraba bajo toneladas de agua perteneciente a un inmenso lago sombrío y peligroso…

Las pareces tenían un color arena que inspiraba serenidad, y el suelo estaba hecho de parqué. En un lateral había una encimera suspendida y, a su lado, un fregadero, una lavadora, una nevera y una pequeña alacena.

En mitad de la sala reposaban dos sillones de tonos chocolate con una mesita baja entre ellos, y un poco más allá, una televisión situada junto a una pequeña cadena de música y una estantería colmada de libros.

En la pared libre, a la derecha, había tres puertas, y dos de ellas lucían sendos letreritos que rezaban los nombres de Hermione y Draco.

Además de todos los objetos muggles presentes, estaba el hecho de que la iluminación provenía de lámparas de funcionamiento eléctrico.

Hermione miraba a su alrededor, totalmente embelesada, enamorada al instante de su nueva vivienda, y eso que aún no había visto su cuarto… Sin embargo, la cara de Malfoy era un poema. Parecía debatirse entre la desesperación agónica y la ira arrasadora.

—Y bien, ¿qué les parece? —interrogó McGonagall, rompiendo el silencio que sostenían ambos jóvenes. Malfoy la miró como si fuese una peligrosa demente, pero Hermione sonrió cual niña pequeña y respondió en un susurro:

—Es perfecta.

La profesora asintió, satisfecha, y como si se hubiese dado cuenta de algo de improviso les tendió una mano.

—Entréguenme sus varitas, por favor.

—¿Las varitas? ¿Para qué? —quiso saber Hermione.

—Para prepararlas… ah, disculpad, que no os lo he dicho. Vamos a hacerles un hechizo que os impedirá emplearlas más de una vez al día, exceptuando, claro está, su uso académico en las aulas de Hogwarts…

—¿Qué? —espetó Malfoy, hablando por primera vez y mirando a la profesora con los ojos como platos.

—Ya se lo he dicho, Malfoy —repuso McGonagall, frunciendo el ceño de una forma que daba a entender que no existía réplica posible—. Su participación en el Proyecto Huxley consiste en acercarle lo máximo posible al mundo muggle… Al finalizar el curso, sus varitas serán devueltas a su estado normal, y depende de su comportamiento que hagamos lo mismo durante las vacaciones de Navidad y Pascua… Espero que así logre comprender de una vez el mérito que tiene sobrevivir sin magia.

—¿Y yo? —preguntó Hermione—. ¿Yo tampoco puedo hacer más de un hechizo diario fuera de clase?

—Por supuesto. Igualdad de condiciones para ambos, Granger —respondió la profesora, y Hermione sintió como Malfoy le dirigía una mirada de profunda y oscura satisfacción—. Ahora les dejaré solos para que coloquen sus cosas y se acomoden… Aquí tienen comida suficiente para varios días, por lo que no es necesario que vayan al Gran Comedor si no se lo indicamos. ¿Alguna pregunta?

El hosco silencio que se formó después habló por los alumnos. McGonagall suspiró, y antes de irse, añadió:

—En sus habitaciones tienen los horarios de las clases que siguen siendo de asistencia obligatoria para los alumnos pertenecientes al Proyecto Huxley. Pueden salir de aquí en su tiempo libre, pero lo ideal sería que permaneciesen juntos el máximo tiempo posible… En fin, ya les explicaré más cosas mañana. Buenas noches.

La profesora ascendió por las escaleras de piedra y, en cuanto la perdieron de vista, el túnel desapareció, dejando tras de sí la lisa pared y una mesita alta y estrecha, sobre la que reposaba un cuenco de agua en el que Hermione supuso que tendrían que verter el contenido de sus colgantes para salir.

Entonces, escuchó un bufido a sus espaldas, y al girarse vio a Malfoy dar media vuelta y entrar en su cuarto arrastrando su maleta y dando un sonoro portazo.

Hermione suspiró. Aquello iba a ser complicado. Sumamente complicado.

Pero armándose de paciencia, trató de ver el lado positivo de la situación. Sonrió, cogió su propia maleta y se encaminó hacia la puerta que ostentaba su nombre, deseosa de ver la habitación en la que dormiría durante los próximos meses.

Y, cuando la tuvo ante ella, no pudo evitar una exclamación ahogada.

Si la sala común le había gustado, su cuarto, simplemente, le encantaba.

Era bastante más grande que el de la Torre de Gryffindor, y parecía hecha a su medida. Si lo hubiese diseñado la propia Hermione, no hubiese quedado tan acorde a su personalidad.

Las paredes, de color pergamino, apenas se dejaban entrever entre las muchas estanterías que las revestían, todas ellas llenas de libros que Hermione ya sentía que necesitaba desesperadamente leer.

En el centro, había una gran cama de caoba con sábanas azul pálido y gruesas cortinas añiles. A su lado, una mesita de noche y una alfombra con aspecto de ser tan cómoda como el mismo colchón.

A mano izquierda, entre dos estanterías, un armario de doble puerta. A mano derecha, junto a un espejo de cuerpo entero, un escritorio de pino con varios cajones, su correspondiente silla y un cómodo sillón.

Hermione necesitó apoyarse en el marco de la puerta para o desfallecer allí mismo. Aquella era la habitación de sus sueños. Lo tenía todo, absolutamente todo. De repente, la Gryffindor sentía un creciente amor hacia el Proyecto Huxley.

Se pasó los siguientes cuarenta y cinco minutos colocando el contenido de su maleta por el cuarto, moviendo sus cosas una y otra vez hasta sentirse satisfecha con el resultado.

Suspirando, salió a la sala común y se dejó caer sobre uno de los sillones. Estaba infinitamente cansada, pero también relativamente feliz, tranquila y relajada.

Por supuesto, la calma no podía durar demasiado.

De pronto, la puerta de Malfoy se abrió con brusquedad, y su dueño avanzó a grandes zancadas hasta la nevera sin siquiera mirar a Hermione.

Draco permaneció unos segundos de espaldas a la sorprendida leona, mirando el electrodoméstico. Finalmente, se giró y regresó junto a Hermione, observándola como si ella fuese la culpable de todos los males del mundo.

—Tengo hambre —declaró con el tono de quien dice "Tengo ganas de asesinarte".

Hermione parpadeó, confusa.

—¿Y qué quieres? ¿Una medallita? —respondió. Él dio una fuerte patada al suelo, como un niño que coge una perreta… un niño especialmente alto y peligroso.

—Saca comida de ahí —le ordenó, furioso, señalando la nevera.

—Sácala tú —replicó ella, poniéndose en pie para no tener que levantar tanto la cabeza al mirarle, aunque la situación no mejoró demaisado—. Siento decirte que no tengo la menor intención de hacerte de criada, marquesito.

Malfoy apretó con fuerza los dientes, rabioso.

—¿Y cómo crucios quieres que abra esa cosa?

Solo entonces, Hermione comprendió. Pues claro. Malfoy no había visto una nevera en su vida. No tenía ni la menor idea de cómo usarla. Y, sin poder evitarlo, soltó una carcajada.

—¿De qué te ríes? —rugió el Slytherin con una furia cada vez mayor. Pero Hermione no podía parar. Aquello era demasiado divertido… y, de repente, se le ocurrió una idea perversa.

—Te ayudaré, Malfoy, por supuesto que te ayudaré… cuando me lo pidas por favor.

Por segunda vez en el mismo día, la cara de Draco fue un poema. Pero, para sorpresa de Hermione, fue él quien rompió en carcajadas en esa ocasión.

—¿Yo? ¿Pedir algo por favor? ¿A una sangre-sucia? Ni en tus mejores sueños, comelibros.

—¿Y cómo piensas alimentarte entonces? Ya oíste a la profesora McGonagall: nada de ir al Gran Comedor en unos días…

Malfoy palideció momentáneamente, pero no tardó en recuperarse.

—¡Bah! Yo mismo averiguaré cómo abrirla.

—Te deseo suerte —dijo Hermione con una sonrisa, y luciendo una brillante expresión triunfal volvió a sentarse, dispuesta a reírse otro rato con Malfoy, que se dirigió a la nevera pisando fuerte.

Veinte minutos más tarde, después de que el Slytherin hubiese probado a moverla, sacudirla, golpearla, empujarla y patearla, y tras varios improperios gritados con desesperación, Malfoy regresó junto a Hermione con cara de estar a punto de tragarse un sable.

—Granger.

—Dime —Hermione no recordaba habérselo pasado así de bien en mucho tiempo, y su cara de diversión no hacía más que enardecer la ira del chico.

—¿Podrías… —Malfoy hizo una pausa para tragar saliva y carraspear, y después, cerrando los ojos para no ver la reacción a sus palabras, prosiguió a toda pastilla— podríasporfavorabriresecacharroinfernalpormí?

—¡Al fin! —exclamó Hermione, dando una palmada—. Creí que nunca serías capaz de bajar de tu pedestal… Pero déjame que me lo piense, no estoy segura de si me apetece hacerlo o no…

Sin previo aviso, Malfoy agarró a Hermione por la pechera de la túnica y la puso en pie como si fuese una muñeca de papel. Acercándose peligrosamente a la castaña, siseó:

—No juegues con mi paciencia, Granger.

Hermione, algo intimidada por la amenaza, decidió que ya había habido suficiente juerga por un día, y zafándose de la serpiente se acercó a la nevera, cerró los dedos en torno al tirador y abrió la puerta con una facilidad que cayó sobre Malfoy como un insulto.

Hermione volvió a sonreír cuando el chico se abalanzó hacia las rejillas llenas de comida, con tal ansia que cualquiera hubiese dicho que llevaba meses sin probar bocado.

Finalmente, ella se unió a la cena, y cuando ambos se sintieron satisfechos se dirigieron a sus respectivas habitaciones, sin dirigirse ni una sola palabra más en toda la noche.

El día siguiente pintaba especialmente duro.