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Destiny — capítulo 4
El tañido de una campanilla que recordaba al invierno despertó a Hermione aquella mañana. Cuando la Gryffindor se incorporó, somnolienta y frotándose un ojo, descubrió sobre el escritorio su varita, además de un sobre granate. Soltando un prolongado bostezo, se levantó de la cama para cogerlo. Estaba segura de que ella no lo había dejado ahí.
El sobre estaba lacrado con el símbolo del Ministerio de Magia. Hermione le dio un par de vueltas, algo intimidada, antes de decidirse a abrirlo.
En su interior halló lo que parecía ser un horario y varias notas informativas. Volvió a sentarse en su cama para leerlas con calma, y así comprobó que explicaban con claridad lo que Malfoy y ella tenían que hacer en cada momento.
En el horario aparecían las horas de apertura del Gran Comedor para los desayunos, comidas y cenas, pero ellos solo podían ir los fines de semana.
Conservaban muy pocas asignaturas de Hogwarts, entre ellas Pociones, Defensa Contra las Artes Oscuras, Herbología, Encantamientos, Transformaciones y alguna que otra más.
El resto del tiempo se repartía entre ratos libres, horas de estudio y lo que parecían ser clases particulares, en las cuales Hermione era la maestra indiscutible y Malfoy el peligroso alumno.
—"Aparatos electrónicos", "deportes muggles", "historia muggle", "trabajos muggles"… Merlín, esto le va a encantar a Malfoy —susurró Hermione, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo. Aquello no pintaba nada bien.
Según el horario, aquella mañana disponía de dos horas para tratar de explicarle a Malfoy qué era la electricidad, tarea que Hermione dio por imposible antes incluso de empezar.
Dándose prisa, dejó los papeles sobre el escritorio, hizo la cama y cogió ropa limpia, tras lo que salió corriendo al baño.
Después de una ducha relajante, se vistió y se cepilló sus marcados bucles castaños. Gracias a los consejos de Ginny, Hermione había conseguido que su pelo dejase de parecer un arbusto espinoso para convertirse en algo social y moralmente aceptable.
Una vez lista, regresó a la sala común y se preparó con calma un café. Mientras se lo tomaba, repasó los libros de las estanterías, descubriendo que todos ellos trataban asuntos muggles. Cogió uno de ellos llamado "El fascinante mundo de la electricidad" deseando que pudiese ayudarle en algo y se sentó en uno de los sofás para echarle un vistazo.
Cinco minutos después, oyó que a sus espaldas se abría una puerta, y se giró justo a tiempo de ver cómo Malfoy cerraba el baño a sus espaldas.
—Buenos días a ti también —murmuró Hermione, sarcástica. La convivencia no tenía pinta de ir a mejor.
Pasado un buen rato, cuando ya casi eran las once, Malfoy salió del baño vestido con la túnica reglamentaria, la corbata colgando de su cuello excesivamente abierta y frotándose el pelo con una toalla.
Malfoy miró un segundo a Hermione y después dirigió la vista hacia la mesita baja de la sala común. Frunció el ceño y gruñó:
—¿Y el desayuno?
Hermione sonrió con una inocencia que destilaba veneno desde todos los puntos de vista existentes.
—El mío está aquí —dijo con voz peligrosamente suave mientras alzaba su taza de café—. El tuyo está esperando a que lo hagas.
Malfoy abrió los ojos desmesuradamente.
—No esperarás que yo me haga mi propio desayuno, ¿verdad?
Hermione le miró fijamente, tratando de averiguar si el chico estaba hablando en serio. Parecía que así era.
—Y tú no esperarás que te lo haga yo, ¿no?
—Y, entonces, ¿quién me lo va a hacer? —replicó él, cruzándose de brazos.
Hermione bufó, masajeándose las sienes para mitigar el punzante dolor de cabeza que comenzaba a provocarle aquella surrealista situación.
—Hay café hecho —dijo después, con los ojos fuertemente cerrados—. Es tan sencillo como echarlo en un vaso o en una taza, que están en la alacena. Y, después, te lo tomas. Y coge galletas, o fruta, o lo que te dé la gana. No necesitas estudiar ninguna carrera para hacerte el desayuno, Malfoy.
—Esto es denigrante —gruñó él por toda respuesta, dirigiéndose a la pseudo-cocina.
Cuando, a los pocos minutos, regresó junto a Hermione y se sentó en el otro sofá, llevando consigo una taza de café y una manzana, le dio un sorbo al líquido y puso cara de asco.
—Está frío —protestó.
—Pues caliéntalo en el microondas.
—¿En el… qué? —la cara de horror de Malfoy hizo que Hermione se riese sin poderlo evitar, deseando saber qué pensaría el Slytherin que era un microondas.
—Trae, anda —le dijo, compadeciéndose de él y calentándole ella misma el café.
Una vez que se lo hubo devuelto, se sentó por segunda vez para terminar de hojear el libro que había cogido de la estantería. Pero apenas llevaba leída una línea cuando alzó la cabeza.
—Malfoy.
—Qué.
—¿Has recibido una carta del Ministerio de Magia esta mañana?
Malfoy se estremeció y asintió lentamente, sin apartar la mirada de su café, como si este fuese lo más maravilloso del mundo.
—¿Y viste el horario que incluía?
—Sí.
—Vale, pues ya pasan de las once. Así que tengo que enseñarte una cosa… Atiende. ¿Sabes lo que es la electricidad?
—Ni idea, pero con ese nombre intuyo que esta clase va a ser fascinante —respondió con mordacidad Malfoy, poniendo los ojos en blanco.
Hermione respiró hondo, intentando tomárselo con calma.
—La electricidad —comenzó, lentamente— es el nombre que recibe un conjunto de fenómenos físicos. Estos fenómenos están relacionados con algo llamado cargas eléctricas… ¿Te suena?
—Sí, me suena… me suena terriblemente aburrido —Malfoy bostezó, dando así más énfasis a sus palabras, y Hermione necesitó contar hasta diez para no lanzarle una maldición. No quería desperdiciar en él su hechizo diario. Dejó su taza vacía sobre la mesa y prosiguió.
—En la naturaleza se puede encontrar electricidad. Por ejemplo, en las anguilas eléctricas, o en los rayos de una tormenta. Los muggles obtienen electricidad de muchas formas distintas, como de la fuerza del viento, y después la emplean como energía con la que hacer funcionar aparatos, iluminar lugares, calentar cosas… Mira, la máquina con la que calenté antes tu café, el microondas, funcionaba con electricidad. Y también la nevera de la que sacamos comida anoche… Para conectar estos aparatos a la corriente eléctrica se utilizan cables que se unen a enchufes…
—¿A qué? —interrumpió Malfoy, que había estado curiosamente atento a la explicación de Hermione.
—Un enchufe es… —comenzó ella, tratando de encontrar una buena definición, pero entonces vio en la pared aquello que buscaba explicar, y lo señaló— aquello.
Malfoy se giró y observó el enchufe con gesto crítico. De pronto, empezó a abrir mucho los ojos, y murmuró:
—Granger, hay agujeros en esa cosa.
—Claro, es por ahí por donde sale la electricidad…
—¡¿Qué?! —gritó Malfoy, levantándose de golpe con expresión aterrada, sobresaltando a Hermione—. ¿Me estás diciendo que hay dos agujeros abiertos en esta habitación por los que pueden salir rayos mortales? ¿Estás loca? ¡No te quedes ahí parada! ¡Tápalos! ¡Tápalos ahora mismo!
Hermione miró al chico con la boca abierta, incapaz de creerse lo que estaba presenciando. El Príncipe de Slytherin chillaba como un loco por un triste enchufe. Era inevitable: por segunda vez en un mismo día, rompió a reír con tal entusiasmo que incluso se cayó del sofá. Esto consiguió que Malfoy se callase, mirándola atónito.
—¿Se puede saber de qué te ríes? —gruñó, muy ofendido.
—¡De ti! —rio Hermione, sujetándose el vientre mientras un par de lagrimones resbalaban por sus mejillas—. Malfoy, ¡es solo un enchufe! No va a matarnos, te lo prometo… Basta con que no metas los dedos en los agujeros.
—No sé qué tiene de gracioso que los mugglesguarden en sus casas armas homicidas totalmente impredecibles…
Malfoy se sentó de nuevo, con el ceño fruncido y un mohín de fastidio.
Hermione tardó cuatro minutos más en lograr volver a su sitio, pero para cuando fue capaz de ponerse seria Malfoy se levantó y soltó:
—¡Soy un Malfoy! No tengo por qué tolerar que nadie se ría de mí, ¡y mucho menos una asquerosa sangre-sucia!
Y dando media vuelta regresó a su habitación a zancadas. A Hermione se le quitaron de golpe las ganas de reír, pero para cuando alcanzó la puerta del cuarto de Malfoy, él ya la había cerrado por dentro.
Hermione bufó, molesta. Sabía que la culpa había sido suya, que no debía haberse reído y que Malfoy estaba en su derecho a enfadarse… Pero aun así no podía evitar pensar que aquel chico era un inmaduro caprichoso.
Masajeándose otra vez las sienes, Hermione se fue también a su propia habitación, abandonando sobre la mesita baja el libro de la electricidad.