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Destiny — capítulo 8

"Grité con todas mis fuerzas, cerrando los ojos para no ver el impacto de mi cuerpo contra el suelo… pero ese impacto nunca llegó.

Porque de pronto unos fuertes brazos me atraparon en el aire."

Esos brazos me colocaron sobre una escoba que se movía grácilmente por el aire, con una seguridad inquebrantable.

Anonadada, giré la cabeza para ver a mi salvador, y cuando descubrí tras de mí una cabellera rubia coronando un par de ojos de mercurio, sentí que se me trababan las palabras.

Malfoy dirigió la escoba hacia el suelo y dijo con tono seco y hostil:

—Baja.

Yo salté lejos de él todo lo rápido que pude, y en cuanto estuve en el suelo me di la vuelta.

—Gra-gracias… —tartamudeé con la cabeza gacha. Al no obtener respuesta alguna, alcé la mirada y vi que me estaba observando con una expresión inescrutable.

Entonces, entrecerró los ojos y murmuró:

—Torpe… —y sin más se elevó con su escoba a una velocidad admirable.

Me quedé mirándolo con la boca entreabierta, debatiéndome entre la vergüenza, la gratitud y la indignación. Por suerte, en ese momento se me acercó la señora Hooch, liberándome de mi guerra interna.

—¿Se encuentra bien, señorita Granger? —pese a que su tono de voz fue amable, pude ver un cierto grado de irritada decepción en el fondo de su mirada, lo que logró que mis mejillas se tiñeran de rojo.

—Sí, profesora. Siento mucho haber…

—Déjelo —me interrumpió con un movimiento de su mano—. Ya ha practicado bastante por hoy, no quiero que haya más accidentes… Puede retirarse.

Y dicho esto se alejó gritando más instrucciones a mis compañeros, que no apartaban sus ojos de mí, esgrimiendo sonrisitas burlonas.

Sintiéndome estúpida y, por qué no admitirlo, torpe, cogí mi mochila y eché a correr hacia mi Sala Común.

Una vez allí, me dejé caer sobre uno de los sofás, totalmente agotada. Me froté la cara, que aún me ardía por la vergüenza. ¿Por qué tenía que dárseme tan terriblemente mal el vuelo? No era justo.

"Pero no en todo puedes ser la mejor", me recordé. No obstante, la idea de haber hecho semejante ridículo delante de mis compañeros seguía sin ser de mi agrado. Una cosa era no ser de las mejores, lo cual no me importaba, y otra muy distinta era ser la peor con diferencia… una completa inútil.

Solté un gemido de frustración, cubriéndome la cara con un cojín. Permanecí así unos minutos, y entonces recordé que tenía un trabajo de pociones sin hacer.

Me puse en pie de un salto, decidida a perderme entre mis libros y olvidarme un poco del mundo que me rodeaba, y fui a mi habitación a por mis cosas.

Una vez que estuve sentada de nuevo en el sofá frente a la mesa de la Sala Común, armada con cuatro libros distintos de consulta, dos pergaminos, tinta, pluma y nuevas dosis de determinación, escribí en letras grandes y visibles:

"POCIÓN WIGGENWELD"

Por Hermione Granger

Claro que no podía quitarle importancia a lo sucedido… La próxima vez, debería tener más cuidado. Había estado a punto de matarme por culpa de esa maldita escoba.

"La poción Wiggenweld es el único antídoto conocido para el Filtro de los Muertos en Vida."

Suerte que Malfoy me había cogido a tiempo. Benditos reflejos de buscador.

"Leticia Hag Somnolens trató en el pasado de acabar con una princesa por celos mediante el filtro, pero por suerte, un príncipe recubrió sus labios de la poción Wiggenweld y besó a la joven dormida, rescatándola así de su sueño eterno."

Pero, ¿por qué demonios hizo eso Malfoy? No era su obligación salvarme. Nadie esperaba nada de él. Y pese a ello me ayudó.

"Ingredientes: monedas de oro, metal mágico, miel pura y, como añadido opcional, pétalos de rosa blanca."

No obstante, no podía estar del todo agradecida, porque el muy idiota había sido tan desagradable como siempre. Se veía a la legua que me odiaba… así pues, ¿por qué me rescató?

"Preparación: depositar el metal mágico en un caldero de medida uno, y añadir una mezcla homogénea de miel pura y monedas de oro derretidas."

Si yo fuese una experta en vuelo y Malfoy se precipitase al vacío… ¿le ayudaría o le dejaría caer?

"Revolver 400 veces en el sentido de las agujas del reloj y 3 en el inverso. En caso de que la mezcla resultante tenga una consistencia pegajosa, es aconsejable añadir pétalos de rosa blanca".

Resoplé, soltando la pluma e inclinándome hacia atrás mientras me frotaba los ojos. No lograba concentrarme en el dichoso trabajo.

"Maldito Malfoy."

Y, como si este pensamiento hubiese sido una llamada a su persona, el susodicho apareció por el hueco de las escaleras que se formó en la pared.

Me dirigió una mirada aburrida e indiferente, como quien ve llover y no le importa, y sin una sola palabra entró en el baño.

Suspiré. ¿Por qué tenía que hacerlo todo tan complicado? Sacudí la cabeza de un lado a otro, cogí el trabajo y leí lo que llevaba escrito, decidida a corregir los posibles errores y proseguir, pero solo logré enfadarme más y más a medida que me daba cuenta de que tenía que releer tres o cuatro veces cada párrafo para enterarme de lo que había escrito.

"¡Deja de distraerte!"

Pero quince minutos después, y sin haber hecho el más mínimo progreso, volví a dejar el pergamino sobre la mesa, resignada a posponerlo para otro momento.

Entonces, la puerta del baño se abrió, y el Malfoy salió por ella secándose el pelo empapado con una toalla, vistiendo unos pantalones azul marino y una camiseta blanca con varios botones abiertos. Entró en su cuarto, dejó allí la ropa que llevaba cuando llegó y volvió a la Sala Común con una mochila.

—Tenemos una hora de estudio, si no me equivoco —dijo paseando la vista por el lugar, con voz impersonal y sin reflejar emoción alguna.

Miré el horario que había pegado la noche anterior en la pared y vi que así era: "Hora de estudio, martes, de 12:00 a 13:00".

—Ah —solté como única respuesta, sintiéndome más estúpida que antes. Traté de recuperar el control de mi mente y comencé a apartar mis cosas de la mesa, dejándole un sitio a Malfoy. Él se sentó en el sofá de enfrente y sacó de su mochila varios libros, que comenzó a colocar con parsimonia, aún secándose el pelo con la toalla. Le miré durante un rato, y entonces escuché cómo una serie de palabras salían de mi boca sin pedirme permiso—. ¿Por qué evitaste que me cayese?

Malfoy se detuvo de golpe y alzó muy despacio la mirada, atravesándome con sus ojos gélidos. Tragué saliva, pero me sentí confusa al verle alzar la comisura derecha de sus labios en una media sonrisa burlona.

—Digamos que no quería cargar con el peso de consciencia de haber permitido que tanta sangre impura fuera derramada sobre los terrenos del colegio, ante los ojos de unos inocentes chiquillos que no merecerían presenciar tan repugnante espectáculo.

Su voz era cortante, fría, y pese a que yo creía estar ya inmunizada frente a sus insultos, tuve que hacer un esfuerzo para evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas.

Malfoy me observó unos segundos más, como si quisiese contemplar mi reacción, y yo me levanté de un salto, comenzando a recoger mis cosas.

Cuando mi mochila estuvo cargada, di media vuelta y me alejé hacia la puerta de mi cuarto. Despacio. No correría. No le daría la satisfacción de verme huir de él.

Y justo antes de entrar en mi habitación, me detuve. Di media vuelta y le miré.

Esbocé una sonrisa de hielo muy similar a las que él habituaba a mostrar.

—¿Sabes qué, Malfoy? Por esa regla de tres, deberías encerrarte en algún sitio oscuro y no salir nunca más. Al fin y al cabo, ninguno de esosinocentes chiquillos merece soportar tu estupidez y tu arrogancia todos los días. Le harías un favor al mundo si desaparecieses de la faz de la Tierra… y a mí me harías infinitamente feliz.

—¿Qué te hace pensar que quiero hacerte feliz? —replicó él, perdiendo ligeramente la compostura. Se había inclinado hacia delante, y apretaba los puños y los dientes con fuerza, mirándome rabioso a través de su aún húmedo flequillo.

Divertida y satisfecha por haberle molestado, sonreí, y sin dignarme a ofrecerle una respuesta entré en mi habitación cerrado la puerta tras de mí.