← Destiny · de
Destiny — capítulo 7
POV Hermione
A la mañana siguiente, cuando me desperté, lo primero que noté fue que tenía las mejillas húmedas. Fruncí el ceño, confusa, pero entonces recordé que la noche anterior me había dormido muy tarde y llorando debido a mi discusión con Malfoy. Estaba asustada, para qué negarlo. Nunca le había visto tan enfadado, y no tenía ninguna duda de que era capaz de hacerme todo el daño que quisiera… Malfoy no era de los que amenazaban en vano.
*"Si se te ocurre contarle a alguien algo de lo que has visto, te mato".*Sus palabras se repitieron en mi mente, produciéndome un escalofrío. Pero tomé aire y me puse en pie, decidida a afrontar lo que me deparase aquella fría mañana. No era una Gryffindor por nada.
Me puse una bata por encima del pijama y salí a la Sala Común con todo el cuidado del mundo, pero Malfoy no estaba allí. Suspiré con alivio y me preparé un café, que acompañé con unas cuantas galletas de chocolate, mis preferidas.
Mientras desayunaba, no podía evitar dirigir constantes miradas de intranquilidad hacia la puerta del cuarto de Malfoy, temiendo que se abriese de un momento a otro. Pero mi frío compañero no apareció, y por un segundo me pregunté si estaría siquiera en su habitación.
Sacudí la cabeza, fregué la taza del café, la guardé y me metí a toda prisa en el baño, dispuesta a despejar mi alborotada mente con una ducha relajante.
Tras quince minutos debajo del agua, salí fuera, envuelta en una toalla y con el pelo empapado rizándose sobre mis hombros. Malfoy seguía sin dar señales de vida. Me fui a mi cuarto, me vestí, me peiné y salí rápidamente al exterior.
Solo cuando una brisa mañanera sacudió mis preocupaciones llevándoselas en volandas me permití respirar tranquila. Miré mi reloj y comprobé, algo sorprendida, que aún eran las ocho de la mañana. Tenía clase de vuelo a las diez, pero no se me ocurría nada que hacer hasta entonces. Desde luego, volver a mi Sala Común quedaba totalmente descartado debido al alto riesgo de toparme con Malfoy…
Así que me dirigí a la biblioteca del castillo.
Al entrar, saludé con un cabeceo a la señora Pince, que me dedicó una tensa sonrisa, de esas tan habituales en sus casi rígidos labios.
Cogí un libro al azar de entre los muchos que ocupaban las estanterías y me senté en una mesa del fondo a leer.
Las dos horas que tenía libres volaron entre líneas de tinta, y para cuando me di cuenta eran las diez menos cinco.
Dejé el libro en su lugar y corrí como un bólido hasta los campos de Hogwarts, temerosa de llegar tarde. Por suerte, la profesora Hooch aún no había llegado… como tampoco lo habían hecho Harry y Ron. Arrugué la nariz, extrañada. Ellos siempre eran los primeros en esta clase, que era una de sus favoritas.
De pronto, recordé el Proyecto Huxley y supuse que esta sería una de las horas que tenían que pasar con sus compañeros del programa. Solté un resoplido de tristeza sin darme cuenta. Vuelo era una clase que llevaba especialmente mal debido a mi pánico a las alturas… En un principio, esta disciplina era obligatoria solo en el primer año, pero a causa de las dificultades que muchos alumnos de cursos superiores tenían con las escobas, ese año se había decidido impartirla a todos los estudiantes sin excepciones.
Me abracé a mí misma, nerviosa. Sin la certeza de que Harry y Ron estarían a mi alrededor, vigilándome y protegiéndome, me sentía insegura y vulnerable. ¡Pero si ni siquiera me acordaba de cómo se subía a ese trasto infernal!
Entonces, Hooch apareció con un montón de escobas bajo el brazo, y tras un par de palabras de saludo procedió a repartirnos aquellos peligrosos "vehículos".
Mientras me colocaba sobre ella, aún con los pies firmemente fijos al suelo, observé a los alumnos que me rodeaban.
Allí había unos pocos Gryffindores y Slytherins. Entre otros, Dean Thomas, Neville Longbottom, Seamus Finnigan, Lavender Brown, Gregory Goyle, Millicent Bulstrode, Graham Montague y…
—Señor Malfoy, por favor, suba usted primero en la escoba, que es de los más experimentados… —dijo la instructora Hooch, y el aludido obedeció en silencio. Una simple patadita al suelo y Malfoy ascendió lenta y elegantemente. Hoock sonrió con una mezcla de satisfacción y orgullo antes de volverse hacia los demás —. Venga, venga, ahora los demás. Deprisa, que ya estáis tardando…
Tragué saliva, algo asustada, y miré el palo de la escoba que sostenía entre mis manos. Cerré los ojos con fuerza, los abrí de nuevo y di una patada al suelo.
—Ay, Merlín…. —gemí con desesperación cuando la escoba se elevó conmigo encima y dejé de sentir la seguridad de la tierra firme bajo mis zapatos.
—¡Excelente, muchachos! —exclamó la señora Hooch, mirando a su alrededor. Yo me di cuenta de que todos los demás se hallaban ya por encima de los cuatro metros de altitud, mientras que yo estaba atascada a cincuenta centímetros escasos del suelo—. Señorita Granger, ¡apresúrese! No tenemos todo el día.
—¡Hago lo que puedo! —respondí, colorada ante las carcajadas que soltaron mis compañeros. Agité las piernas de una forma que (lo reconozco) sin duda resultó de lo más ridícula. Pero no había manera. El dichoso trasto aquel no se dignaba a seguir subiendo.
La señora Hooch resopló, pasándose la mano por la cara, y yo seguí pataleando, cada vez más frustrada.
Por suerte, terminé por encontrar la forma de ascender, y reunirme así con mis compañeros.
—Bien —gritó Hooch—. Ahora os pasaré una quaffle, y así practicaréis control de la escoba… Es muy sencillo: id pasándoos la pelota entre vosotros… Tened cuidado de no caeros, y nada de empujones ni artimañas por el estilo. Esto no es *quidditch.*No lo olvidéis.
Y dicho y hecho, lanzó hacia arriba la quaffle, que fue recogida con agilidad por Dean, el cual se la pasó a Seamus. Él efectuó una perfecta y desenvuelta recepción, y se la tiró a Goyle, que tampoco tuvo ningún problema para atraparla.
Yo observaba los intercambios desde una distancia prudencial, fuertemente agarrada al palo de mi escoba y con el ceño fruncido, pensando en cómo demonios me las apañaría para coger la quaffle sin caerme.
Tanto me concentré en mis divagaciones, que apenas me di cuenta de que Lavender me la pasaba. Cuando reaccioné, hice lo primero que se me pasó por la cabeza: soltar el palo e inclinarme rápidamente hacia delante para atraparla… Con tan mala suerte que resbalé de la escoba, dando una voltereta sobre mí misma y cayendo. Grité con todas mis fuerzas, cerrando los ojos para no ver el impacto de mi cuerpo contra el suelo… pero ese impacto nunca llegó.
Porque de pronto unos fuertes brazos me atraparon en el aire.