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Destiny — capítulo 6

POV Hermione

—Hola, Harry —saludé a mi amigo mientras me sentaba a su lado silenciosamente, en las escaleras de entrada del castillo. Él me dedicó una sonrisa amistosa.

Eran ya las diez de la noche. En una hora sería el toque de queda, y deberíamos volver a nuestras habitaciones. Pero eso nos dejaba sesenta minutos para olvidarnos del mundo y ser de nuevo nosotros.

—¿Dónde está Ron? —pregunté, acomodándome la túnica para no estar sentada directamente sobre la fría piedra.

La sonrisa de Harry se deshizo.

—Él… No ha venido. Tenía cosas que hacer —me respondió desviando la mirada.

—Nunca has sido un gran mentiroso, Harry —murmuré con tristeza, buscando sus ojos. Sin embargo, algo me hizo pensar que no me gustaría enterarme de lo que me ocultaba, así que suspiré—. Déjalo, no importa… ¿Qué tal la cena con tu compañero del programa?

—Bastante bien. Quiero decir… dentro de lo que cabe, se ha comportado de una forma civilizada.

—¿Quién es?

Harry me miró con reproche.

—No puedo decírtelo, Herms.

—Venga ya, Harry. ¡Tú sabes que el mío es Malfoy! Solo te estoy pidiendo el nombre…

—Está bien, está bien —respondió, alzando las manos con las palmas extendidas hacia mí en signo de paz—. Es… Zabini.

—¿Zabini? —repetí, parpadeando—. ¿Blaise Zabini?

Harry asintió, y yo no pude evitar soltar una carcajada.

—¿Qué es tan divertido? —inquirió mi amigo, frunciendo el ceño.

—Que nos hayan tocado los dos principitos de Slytherin —dije—. ¿Y cuál es el de Ron? No, no me lo digas, seguro que puedo adivinarlo… ¡Goyle!

Seguí riendo después de soltar aquello, pero al ver que Harry no me seguía me puse seria de golpe.

—Anda ya. ¿Goyle? ¿En serio? —él asintió, y yo resoplé.

—¿Sabes? Luna también está en el programa —añadió tras un par de minutos en silencio.

—¿Ah, sí? ¿Con quién?

—Ni idea.

—Espero que no sea otra serpiente. Con lo inocente que es Luna, solo le faltaba tener a uno de esos molestándola las veinticuatro horas del día…

—Pues la verdad es que yo no tengo miedo por ella. Es más que capaz de defenderse de todo y de todos, sin la ayuda de nadie…

Reflexioné sobre las palabras de Harry, y me di cuenta de que tenía razón. Luna era inocente, sí, pero también fuerte, y era capaz de ver cosas que cualquier otra persona pasaría por alto.

—¿Y tú? ¿Qué tal tu cena con el hurón oxigenado? —me preguntó Harry.

—No le he vuelto a ver desde la clase de encantamientos, y la última vez que hablé con él fue a la hora de la comida… He cenado sola.

Harry me miró con una mezcla de lástima y compasión que hizo que me removiera en mi sitio, incómoda.

—Si te hace algo, sea lo que sea, o si tienes cualquier clase de problema con él… puedes contármelo. Lo sabes, ¿verdad?

Asentí, algo intimidada por el cariz que había adquirido su tono de voz.

—Gracias, Harry… Pero puedes estar tranquilo. Al fin y al cabo, McGonagall confía en que pueda manejarlo, y yo también pienso que soy capaz de sobrevivir a su presencia.

Harry cabeceó, dirigiendo su mirada hacia el horizonte, donde el oscuro terciopelo del firmamento se mezclaba con las crujientes copas de los árboles del Bosque Prohibido.

Me moví un poco más hacia él y recosté mi cabeza sobre su hombro.

Él alargó un brazo para rodearme la cintura, y ambos nos quedamos en esa posición durante un buen rato, sin hablar. Las palabras no eran necesarias en ese tipo de situaciones. Simplemente, nos comprendíamos y apoyábamos sin falta de decir nada. Era una de las muchas ventajas de nuestra amistad.

Media hora después, la voz rasposa de Filch nos sobresaltó desde detrás.

—Eh, vosotros. Largaos ahora mismo a vuestras habitaciones si no queréis que arrastre vuestra delicada piel sobre el suelo de las mazmorras.

—Ya nos íbamos —se apresuró a decir Harry, levantándose y ayudándome a incorporarme.

Filch soltó un gruñido y desapareció de nuevo en el interior del castillo, llevándose consigo el haz de luz que arrojaba el viejo candelabro que portaba.

Harry me miró a los ojos, me sonrió y me apretó suavemente la mano.

—Ánimo, Hermione. Podemos con esto.

—Sí —murmuré—. Podemos.

Y tras esto, él se apartó de mí y se alejó lentamente, con las manos en los bolsillos y aire cansado.

Yo me di la vuelta y eché a correr hacia el interior del bosque, en dirección al Lago. Una vez en el punto exacto de la orilla del mismo, abrí la piedra de mi colgante y derramé sus polvos sobre el agua plateada, que no tardó en abrirse mostrando ante mí las escaleras descendentes.

"Malfoy debe de estar durmiendo ya", pensé. Así que bajé hacia la Sala Común con todo el cuidado que pude, tratando de no hacer ningún ruido…

Y, tan pronto como entré en la habitación, me sorprendió encontrarme con el sonido de unos sollozos amortiguados.

Parpadeé, confusa, y mientras las escaleras desaparecían a mis espaldas dejando en su lugar la lisa pared, caminé hacia delante, guiada por aquel triste y ahogado llanto.

Acabé ante la puerta del cuarto de Malfoy, que se hallaba levemente entornada. Dudé. No había que ser muy inteligente para saber que a él no le haría ninguna gracia que entrase e invadiese su intimidad… Pero nunca jamás había visto a aquel chico mostrar la menor debilidad, y mucho menos llorar, así que cogí aire y me atreví a empujar ligeramente la puerta, alcanzando así a ver parte del interior de la habitación.

Malfoy estaba sentado en el borde de su cama. Su pelo, normalmente engominado y simétricamente acicalado hasta rozar la perfección, estaba ahora revuelto y despeinado, como si se hubiese pasado las manos por él varias veces.

Apoyaba el codo izquierdo en una de sus rodillas, y apretaba fuertemente ese mismo puño justo delante de su boca, por la que escapaban aquellos sollozos. La mano derecha sostenía un papel arrugado y algo húmedo que Malfoy releía una y otra vez, mordiéndose el labio inferior de vez en cuando. Entonces, un quejido especialmente doloroso resbaló entre sus dientes. Hizo una bola con el papel, que después dejó caer al suelo, y enterró el rostro entre sus manos, derrotado.

Su aspecto era tan frágil, tan desesperado, tan indefenso, que no pude evitar sentir pena y preocupación por él. Inconscientemente, me incliné hacia delante, haciendo que la puerta se abriese unos centímetros más con un chirrido, y Malfoy alzó la vista. Sus ojos vidriosos me miraron, primero con sorpresa y después con ira.

Asustada, retrocedí un paso, pero él se levantó y llegó a la entrada de su habitación en menos de dos zancadas.

—¡¿Qué haces aquí?! —gritó con fuerza. Me encogí sobre mí misma, aterrada. Toda la vulnerabilidad que le había rodeado unos segundos antes había desaparecido, dejando tras de sí una rabia sobrecogedora que me hizo temer por mi seguridad.

—Yo… yo no… no pretendía… —balbucí, pero él me interrumpió con fiereza.

—¡Me da igual lo que pretendieras! ¡Lárgate! ¡Vete ahora mismo! ¡Tú no tienes derecho a estar aquí! ¡¿Me oyes?! ¡Fuera!

Mi sentido de la supervivencia se antepuso al miedo que me paralizaba, y dando media vuelta eché a correr hacia mi cuarto… pero sentí cómo Malfoy me agarraba del brazo y tiraba de mí.

Cuando volví a estar frente a él, jadeé, asustada. Pocas veces le había visto tan furioso.

Malfoy se inclinó hacia mí hasta que sus ojos de hielo cortante quedaron a escasos centímetros de los míos. Cuando habló, su voz fue un siseo bajo y amenazante, más aterrador que cualquier grito que hubiera podido proferir.

—Si se te ocurre contarle a alguien algo de lo que has visto, te mato. ¿Ha quedado lo suficientemente claro?

Tragué saliva y asentí con ímpetu. Él apretó su agarre sobre mi brazo, y yo solté un quejido de dolor.

—He preguntado que si ha quedado claro —gruñó entre dientes.

—S-sí… Sí —gemí, tratando de zafarme de él. Finalmente, me soltó, y yo retrocedí a tal velocidad que a punto estuve de caerme.

—Bien —dijo en voz alta y clara. Tiró de las solapas de su túnica, enderezándosela, y tras atravesarme con otra mirada de fría advertencia, dio media vuelta y entró en su habitación, cerrando de un portazo.

Lo último que se oyó en la Sala Común fue el "clic" del cerrojo que sellaba su cuarto.

Y después, nada.