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Historia 16096 — capítulo 2
LA ESPADA DE EROS
CAPÍTULO 2
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Señorita Schedar, creo que debería subir a la enfermería.- Propuso Mcgonagall.
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Yo…- Los pinchazos continuaban hiriendo mi cabeza.- Bueno, yo…
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Usted, Pitts, acompañe a su amiga, por favor. Los demás entren en el gran comedor, venga, rápido.
La profesora se dio media vuelta, empujando a algunos de los que se negaban a avanzar. Me apoyé en una de las paredes del vestíbulo, esperando a que las intensas palpitaciones cesaran.
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Jack, ¿Qué es lo que ha pasado?
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¿No te acuerdas?- preguntó con un gesto inquietante.- Te has desmallado y has comenzado a gritar.
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¿Qué?- ¿De qué estaba hablando? ¿Había gritado?
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Estás tiritando, venga, vamos.
Jack me agarró por el brazo y comenzó a ascender por las escaleras. Estaba cubierta de sudor frío y la más leve corriente me hacía temblar. La subida se hacía eterna, un escalón tras otro, un piso tras otro. Recorríamos pasillos y atravesábamos puertas constantemente, como si nunca fuéramos a llegar al final. Además la cabeza me dolía muchísimo y un zumbido taponaba mis oídos.
Todo estaba oscuro. Oscuro, frío y húmedo, como en castillo medieval muggle. De repente Hogwarts ofrecía un aspecto triste y abandonado, amenazador y hostil.
Alguien puso una onza de chocolate en mis manos y me hizo beber un líquido amargo y ardiente.
Sentí el cálido abrazo del sueño, y se hizo el silencio.
Desperté bajo la sombra silenciosa de la noche. La luz de la luna entraba por los grandes ventanales de la enfermería dibujando figuras misteriosas entre las camas.
Estaba desorientada, no recordaba bien lo que había sucedido antes de dormirme. Frotándome la frente me levanté y descubrí que llevaba puesto uno de los anchos pijamas azules de hospital que prestaban allí.
Necesitaba ir al baño, pero me sentía torpe y pesada, como si mi cuerpo se hubiera convertido en un nada delicado cúmulo de plomo. Incluso la sencilla acción de dar un paso se parecía a una auténtica odisea.
- Quizá si el agua de vida bebes
devuelvas a tu cuerpo su antigua gracia.
Pero no te preocupes, Wezen,
porque una noche soñada
te devolverá el garbo arrebatado
por la poción de Hypnos y el Leteo.
(Na/ Hypnos es el dios griego del sueño, y el Leteo es el río del olvido que se cruzaba al morir)
Me volví, sobresaltada por el sonido de la voz, pero por más que escruté las sombras no conseguí ver a nadie.
- No conseguirás verme así.- Rió, alegre, la voz.
Tenía un timbre risueño y femenino, y vibraba con un sonido metálico y limpio. Volvía a estar a mi espalda, pero un susurro en el aire me dijo que seguía moviéndose hacia la izquierda. Giré la cabeza., alerta.
- ¿Dónde estás? ¿Quién eres?
Me pareció intuir un destello con el rabillo del ojo, me giré pero seguía sin encontrar nada.
-
¿Dónde estás?
-
Aquiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiií.- Canturreó, moviéndose de nuevo.
Comencé a dar vueltas con furia, intentando seguir los escarceos del sonido, intentando distinguir algo en la oscuridad.
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¿Qué demonios eres?
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¿Qué soy?
¿Qué crees que soy?
Un hálito bajo la luna,
un reflejo sin espejo,
un enigma desde la cuna.
El susurro del viento,
la llamada Ulaluna.
-
¿Ulaluna?
-
No repitas,
Que se desgastan las palabras.
Y ahora escucha a Ulaluna,
que aburrida como ostra,
que afines la voz te implora
así que canta.
Canta,
canta si quieres escuchar la voz de enigma
- ¡Pero bueno! ¡Por las barbas del conejo de Merlín! ¿qué demonios pretendes?
La voz no parecía ser amenazadora así que decidí ignorarla y caminar pesadamente hacia los lavabos. Lo cierto era que había tal cantidad de criaturas incomprensibles que en cuanto dejaban de resultar una amenaza potencial yo solía dedicarme a olvidarlas al poco tiempo. Probablemente aquella Ulaluna no fuera más que un duendecillo aburrido.
Apenas di un par de pasos cuando los revoloteos rápidos de la voz dejaron de murmurar a mí alrededor. Sintiéndome poderosa, aunque algo pesada aún, contemplé mi melena desordenada en el espejo y abrí uno de los grifos, enjuagándome la cara.
Sin previo aviso un torrente de agua helada cayó sobre mí con el tintineo de una carcajada vengativa que huyó por la ventana.
-
¡Maldito bicho! ¡No necesitamos otro poltergueist en Hogwarts!, ¡Con Peeves tenemos suficiente!
-
Al menos has de reconocer que mi poesía es, con creces, mejor que la de él.- Debatió con tono herido.
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¿Qué es lo que quieres?
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Hablar contigo
-
¿Hablar? ¿estas segura?
-
Bueno, también me apetecía divertirme un rato cantando o con una reto de poemas, pero en vista de tu parquedad me conformo con un cuarto de hora de conversación inteligente.
-
¿De mi parquedad?
-
No repitas si es en vano, Wezen,
que la magia se esfuma
en la zancada de un puma
y si…
Me decidí a salir del baño mientras Ulaluna lanzaba al aire su perorata.
-
¿Sobré que quieres hablar?- Corté sin piedad.- Por cierto, ¿cómo sabes mi nombre?
-
Muy sencillo, porque soy Ulaluna. Quería contarte algo que quizá te sea de utilidad en un futuro.
-
¿El qué?
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Te lo contaré con una condición.- canturreó con ese sonsonete de felicidad.
-
¿Cuál?
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Que me prometas algo. Y que cantes.
-
¿Y si te digo que no dé cantar?
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Todo el mundo sabe cantar, y sé que tú también lo haces.
Entonces comenzó a entonar una vieja balada francesa que conocía desde hacía tiempo. Lo curioso es que su voz había cambiado completamente. Dibujaba un coro entre un hombre y una niña. Un hombre que cantaba como mi padre.
-
¿Cómo conoces eso?
-
Soy Ulaluna, soy el sonido de las estrellas. Parece que todo lo que escuchas acaba perdiéndose en el vacío. Pero yo guardo ese vacío en mi alma. Ningún sonido se olvida nunca. Yo soy todo lo que alguna vez ha vibrado, y todo lo que alguna vez retumbará. Yo existo mientras exista el eco. Podrías pedir que reprodujera cualquier canción, cualquier palabra que hayas intercambiado con los tuyos.
-
¿Entonces por qué quieres que cante?
-
Porque yo no puedo crear ningún sonido, excepto las 1000 palabras que se me conceden cada noche, lo demás son regalos del viento.- Explicó la voz.
-
¿Por qué mil palabras?
-
Para que pueda pedir poemas y dedicar canciones.
-
¿También guardas lo que tú dices?
-
No.
-
Pero es un sonido.
-
Aunque no lo creas no me escuchas con tus oídos. Sólo el corazón es capaz de percibirme.
Cada vez estaba más desconcertada.
-
¿Entonces tú eres algo así como el recuerdo de un sonido?
-
Algo así.
-
Vale. Hagamos un trato.
-
Soy todo oídos.
-
Dime lo que has venido a decirme y yo compondré un poema para ti.
-
Muy bien. Prométeme una cosa.
-
¿El qué?
-
No se lo contarás a ninguna adulto
-
¿Por qué?
-
Promételo.
-
¿Pero por qué?
-
¡Júralo!
-
Está bien. Lo juro.
Me senté sobre la cama. De pronto Ulaluna cambió su tono de voz por uno aterrador, brusco, agresivo y siseante. Habló sobre un plan maestro para atraer a “Guida” a brazos mortífagos por las buenas, para lo que cinco infiltrados en Hogwarts tenderían sus redes.
-
¿Quién es Guida?
-
Lo siento, Wezen, pero no puedo decir más. Verás, por ser uno de los espíritus elementales de la tierra no tengo permitido influir en algunos hechos. Pero si algo se aprende con los sonidos es a distinguir el bien del mal, de forma que hago lo que puedo. Ésa es la máxima información que puedo brindarte.
-
¿Pero si conoces todo el plan por qué no hablas con Dumbledore tú misma? ¿Por qué no cuentas el plan completo?
-
Porque eso sería interferir demasiado en el curso del universo, lo que provocaría un gran desequilibrio. Puedo mantener cierto contacto con los seres, pero respetando las normas, y al contarte esto las estoy ignorando. Por eso no puedo arriesgarme a contar nada más, y no puedo hablar de esto con Dumbledore.
-
¿Y qué pretendes que haga?
-
No lo sé, tendrás que pensar. Pero no se lo cuentes a ningún adulto si no quieres que las consecuencias sean peores, ¿entendido?
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¿Qué podría pasar?
-
Podríamos acabar con la Tierra
-
¿De verdad?- Aquello comenzaba a alarmarme
-
Con la tierra y algo más… sí…
-
¿Y se lo puedo contar a alguien?
-
Depende.
-
¿De qué?
-
De cómo sea. Has de asegurarte de que no llegue a oídos adultos, ¿entiendes? Tampoco puede sobrepasar un número concreto de seres, pero no sé cuál es… Esos son datos que los espíritus desconocemos, se supone que para que temamos dar información.
-
Entiendo.
-
Chica lista.- Casi pude verla dibujando una sonrisa invisible.
El alba comenzaba a despuntar, iluminando el mundo con tono grises. La brisa de Ulaluna volvió a danzar a mí alrededor.
-
En diez minutos tendré que marcharme.- Susurró inquieta
-
¿Por qué?
-
Porque sólo puedo aparecerme cuando reina la noche y la criatura con la que contacto no está completamente despejada ni completamente dormida. Sólo puedo llegar al corazón en el punto medio.- Su voz cálida se volvió triste y sombría durante unos instantes.- Así que ahora debes dormir.
Sentí una caricia delicada sobre los párpados, un roce que me empujaba a cubrirme con las mantas y descansar.
- Recuerda que Ulaluna
es la hija de la música,
que el sueño
y el tiempo
son sólo los hermanos
que cubren su rastro.
Recuerda
que, la dama de Ulaluna,
te ha hablado esta noche…
Su voz fue haciéndose cada vez más débil, más lejana. Mi último pensamiento fue para la poesía que le debía.
¿Cuándo volvería?
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