← Poseída por Malfoy · de
Poseída por Malfoy — capítulo 10
Usted es inglesa, como ella, y lo ama, como ella amaba a su padre
Hermione abrió los ojos y movió el brazo con mucho cuidado. ¡No le dolía!
—Qué bien que te hayas despertado. Enviaré ahora mismo el recado a Draco. Está terriblemente preocupado, y casi ha hecho un agujero en la alfombra del vestíbulo de acceso a las habitaciones femeninas.
¡Draco estaba preocupado por ella! Hermione giró la cabeza para que la esposa del soberano no viera su expresión.
—A nuestro médico no le ha gustado nada que abandonaras el hospital sin su consentimiento. Quería volver a ingresarte, pero Draco ha preferido que te quedaras aquí.
«Para que no pueda escaparme de él», pensó Hermione descorazonada.
—No deberías sentir ningún dolor, porque el médico ha autorizado que se te dé medicación. Pero si te duele, avísame y se lo diré a Draco, para que le pida al médico que te haga una visita.
—No me duele —comentó Hermione, con la lengua acartonada.
No era cierto. Quizás el brazo no lo sintiera, pero el tipo de dolor que estaba experimentando no podía curarse con medicinas, y la acompañaría por siempre.
—¡Mi marido está tan contento de que Draco haya encontrado por fin a la mujer apropiada! Una mujer que lo ama y que comprende la complejidad de su herencia mixta —dijo la consorte.
Hermione recordó entonces el último comentario de la mujer en su anterior visita, ¡había dicho que Hermione era una mujer enamorada! Hermione intentó protegerse.
—Creo que ha habido algún error —comenzó firmemente, pero la mujer la detuvo.
—Mi marido, nuestro amado Soberano, no comete errores —explicó amablemente—. Ama a su familia y sabe qué es lo mejor para ella. Draco ocupa un lugar especial en su corazón, no sólo porque sea su medio hermano, sino porque fue la madre de Draco la que lo educó cuando era pequeño, cuando no tenía madre. Llevaba mucho tiempo preocupándose porque Draco no tenía esposa. ¡Pero ahora ya está tranquilo!
—Todo eso está muy bien pero, ¿y mis sentimientos? —protestó Hermione, incapaz de contenerse.
La consorte la miró con el ceño ligeramente fruncido.
—Pero tú amas a Draco —le aseguró—. ¡Me rogaste que le pidiera a mi marido que tuviera clemencia con él!
—¡Eso fue antes de que supiera quién era! Él me mintió —replicó Hermione con amargura—. Me permitió creer que era un ladrón y un…
—¡No tenía otra opción! Era su deber procurar la seguridad de su medio hermano lo primero —continuó la soberana—. Deberías estar orgullosa de su lealtad a su hermano y a Zurán. Y además, después de lo que pasó en el oasis, mi esposo ha decretado que vuestro matrimonio quede legalizado. Como tú eres una mujer joven y estás sola en nuestro país, mi marido considera que es su deber protegerte, a ti y a tu reputación, y hacer lo que sea mejor para ti. No podía permitir que Draco te abandonara después de lo que ha pasado. ¡Has vivido con él como su esposa!
—¡Él me aseguró que la ceremonia no significaba nada! —replicó Hermione con desesperación.
Pero se dio cuenta de que estaba malgastando el aliento. A la soberana le parecía inconcebible que ella no se casara legalmente con Draco. Pero Hermione lo único que veía era un futuro lleno de dolor y miseria.
—A Draco le gustará saber que ya te sientes mejor. Quiere que partáis hacia las montañas esta noche, para que viajes cuando hace menos calor. Le he ordenado a una de mis doncellas que te prepare las maletas. Espero que te gustara la ropa que te mandé al hospital. Draco te abrirá cuentas de crédito con los diseñadores que elijas cuando regreséis a Zurán. Tenemos la costumbre de que los recién casados pasen todo un mes juntos, conociéndose el uno al otro, y estoy segura de que te va a encantar la casa de la montaña. Era del padre de Draco, la construyó para su madre.
Hermione quiso protestar diciendo que el único lugar al que deseaba ir era a Inglaterra, pero sabía que no serviría de nada.
Cerró los ojos cansada, deseando que apareciera una alfombra mágica que la sacara volando de la vida indeseada e insoportable que se le presentaba por delante.
—¿Estás segura de que estás lo suficientemente bien para viajar? —preguntó Draco con brusquedad.
—Eso es lo que ha dicho el médico —respondió Hermione.
Estaban en un patio adonde la habían conducido la mujer del soberano y el propio soberano de Zurán.
Hermione se había visto sorprendida por la demostración de calidez del Soberano hacia ella, como si estuviera realmente contento de tenerla en la familia.
En aquel momento, mientras los observaba a los dos, su medio hermano le dijo jovialmente a Draco:
—Ahora es tu esposa, Draco, y puedes besarla. De hecho, te recomiendo que lo hagas. La pobre muchacha parece necesitar desesperadamente muestras de amor y de apoyo.
—Estás logrando que se sonroje, amor mío —comentó su esposa, agarrándose de su brazo y sonriéndole—. Hermione está recién casada y seguramente no querrá compartir la intimidad de sus besos con Draco con ningún observador.
—¿Deseas que te bese? —le preguntó Draco a Hermione inmediatamente.
La consorte rió.
—¡Oh, Draco, qué poco romántico! Por supuesto que quiere, pero no esperes que te lo diga.
—Entonces no tendrá mis besos hasta que lo haga —anunció él con frialdad.
La esposa del soberano seguía riendo, pero Hermione tenía ganas de llorar. Le ardían las mejillas con una mezcla de ira y humillación y, aunque odiaba admitirlo, hubiera sido maravilloso que Draco la abrazara fuerte y que le susurrara al oído que la amaba y la deseaba.
¿Qué tontería era aquélla? ¡Él nunca iba a hacer eso!, se dijo Hermione. Y empezaba a sospechar que la única razón por la cual él había accedido a pasar un mes juntos en privado era para no tener que fingir ser el marido enamorado en público.
Tal vez Draco se mostrara frío con ella, falto de interés o de muestras de amor, pero no se comportaba así con su familia, advirtió Hermione. Uno por uno, los hijos del soberano se presentaron para recibir un abrazo de buenas noches de su tío. Y, aunque no besó a la consorte, el abrazo cálido que intercambió con el soberano hizo que Hermione sintiera envidia de su cercanía. Era evidente que se querían y se respetaban. Pero, a pesar de eso, el soberano seguía obligando a su medio hermano a un matrimonio que él no deseaba, se recordó Hermione.
—Que vuestro matrimonio sea feliz y fructífero —le deseó la soberana a Hermione mientras la abrazaba.
Ella, conteniendo las lágrimas de dolor, intentó sonreír como respuesta. Entonces vio que Draco la estaba esperando. Sin decir nada, atravesó el patio con él. Dos hombres uniformados les abrieron las puertas y Hermione contuvo el aliento al ver lo que les esperaba al otro lado: no era un coche, como ella esperaba, sino un helicóptero.
—¿Vamos a viajar en eso? —preguntó dubitativa.
—La casa está en las montañas, a unas doce horas en coche. Con esto estarás a salvo. Tengo la licencia de piloto desde hace más de diez años, y nunca he tenido un accidente.
—¿Vas a ser tú quien pilote esta máquina? —inquirió ella, incapaz de ocultar su sorpresa.
—Prefiero pilotar yo siempre que puedo.
Hermione digirió en silencio aquel comentario. ¡Había tantas cosas de él que no conocía…!
Él ya se había subido al helicóptero, con unas ganas evidentes de ponerlo en marcha. Sin duda, muchas más ganas que de encerrarse con ella, pensó Hermione sarcásticamente mientras se subía ella también.
Hermione sabía que había montañas en el interior del país, pero nunca se había imaginado que las visitaría, y menos en circunstancias como aquéllas. Lo que le hizo recordar a su equipo.
—Mis colegas… —comenzó.
—El jefe de la expedición ha sido informado de que estás a salvo y de que te has casado —informó él, frunciendo la boca—. Tus colegas regresaron al Reino Unido al poco tiempo de tu secuestro.
—¿Les obligaste a regresar antes de que el proyecto estuviera terminado? —preguntó Hermione enfadada.
—¿Yo? ¡Yo estaba en el desierto contigo, por si no lo recuerdas! Tu jefe presentó una petición urgente diciendo que querían regresar lo antes posible, ya que él no consideraba seguro para el equipo que continuaran aquí después de tu secuestro.
Hermione digirió la información en silencio. Nunca le había gustado Viktor, pero le dolía que los demás hubieran salido del país sin asegurarse de que ella estaba bien.
Estaban viajando de noche, con la única iluminación de las estrellas y la luna creciente. De pronto, delante de ellos, Hermione vio lo que parecía una fortaleza árabe iluminada.
—¿Qué es eso? —le preguntó a Draco, sin poder ocultar su asombro.
—Es nuestro destino, la casa de las montañas —le respondió él tranquilamente.
¿La casa de las montañas? Incapaz de contenerse, se giró para mirarlo a los ojos.
—Eso no es una casa, es…
—Es una fortaleza sarracena. Mi madre se enamoró del edificio cuando estaba abandonado y, como sorpresa, mi padre lo reconstruyó manteniendo la fachada. Mis padres pasaban tanto tiempo aquí como podían. Era su casa favorita.
Empezaron a descender y Draco aterrizó el helicóptero con gran habilidad, con cierto sobresalto de Hermione al contemplar lo escarpado del terreno que los rodeaba.
En cuanto las hélices dejaron de girar, multitud de sirvientes se apresuraron a darles la bienvenida y a transportar su equipaje. Pero fue el propio Draco quien ayudó a Hermione a salir del helicóptero. Aquellas manos fuertes sobre su piel le provocaron a ella un intenso dolor y deseo interno y, lo peor de todo, le recordaron el placer que le habían provocado.
Rápidamente se soltó. No quería que su cuerpo la torturara con sus recuerdos de él.
Draco la miró con tristeza, contemplando su perfil y la forma en que se apartaba de él. Había intentado convencer a su hermanastro de que no insistiera en aquel matrimonio, pero no le había hecho caso. Su cuñada le había dicho que estaba convencida de que Hermione lo amaba y que eso, más que nada, era lo que sostenía la decisión del soberano.
Draco frunció la boca. Hermione no lo amaba, lo detestaba, ella misma se lo había dicho. Sintió que el dolor lo inundaba. ¿Cuándo había él empezado a quererla? ¿Aquella primera tarde en el zoco cuando la había besado? Tenía claro que, cuando Sulimán se la había intentado comprar, ya no había nada en el mundo capaz de hacer que él renunciara a ella.
Había intentado fingir que no era amor lo que se había adueñado de él, al igual que había tratado de convencerse a sí mismo de que sólo su orgullo estaba dolido al no corresponder ella sus sentimientos. ¿Se estaría engañando a sí mismo con la esperanza de que, de la compasión que le había llevado a ella a rogar clemencia por él, naciera el amor?
Tanto si ella llegaba a amarlo algún día como si no, él tenía a partir de aquel momento unas responsabilidades hacia ella y hacia su propia familia.
Mientras entraba junto a Draco en el patio de la fortaleza, Hermione no pudo evitar sentirse maravillada y abrumada. La casa que se había construido a partir de la fachada original era de tal belleza que le puso un nudo en la garganta.
Había un jardín en el interior de las antiguas murallas. Luces discretas revelaban elegantes arroyos, fuentes, caminos y pérgolas, y un aroma a flores inundaba el aire.
—Esto es bellísimo —susurró ella emocionada.
—Mis padres lo diseñaron juntos. Mi madre quería que fuera una fusión perfecta entre Oriente y Occidente —explicó él con brusquedad.
Era como si le molestara hablar con ella, como si contarle cosas de sus padres los contaminara, pensó Hermione. ¿Tanto la odiaba? ¿Y por qué no iba a hacerlo, cuando se había visto obligado a casarse con ella?
—La casa no sigue el estilo tradicional de Zurán —le explicó él, mientras colocaba una mano en la espalda de ella para que caminara—: No hay aposentos separados para los hombres y las mujeres.
El tacto de él provocó en Hermione una oleada de placer sensual y una profunda emoción. Quería darse la vuelta y rogarle que la abrazara fuertemente, que la besara y que la llevara a la cama. Debía de ser el jardín lo que la estaba afectando. No tenía ninguna razón lógica para desearlo, y sí cien para no hacerlo. Pero el amor no era lógico, ¿verdad? ¿Amor? ¿Amaba a Draco? Se puso a temblar con tanta fuerza como si estuviera sufriendo una terrible conmoción, ¡o descubriendo una verdad insoportable!
—¿Qué te sucede? ¿Es por el brazo? —preguntó Draco, preocupado, al sentirla temblar, pero sin ser consciente de que él era la causa de aquella reacción—. ¿Te duele?
—No, sólo estoy… cansada, eso es todo.
—Voy a pedirle a Miriam, el ama de llaves, que te lleve directamente a tu habitación. El doctor Al Hajab me ha dado algunos analgésicos para ti.
Estaban en el interior de la casa, en un vestíbulo decorado con una elegante simplicidad. Hermione percibió el aroma a rosas en el aire. Todo a su alrededor destilaba tranquilidad y armonía. Inexplicablemente, se sintió como si alguien la acariciara suavemente, con mucho cariño, calmando sus nervios.
Sintió como si se le quitara un peso de encima.
—Ah, ¡aquí está Miriam! —anunció Draco.
Una mujer pequeña y rechoncha acudió a saludarlos con gran alegría, y rodeó a Draco con sus brazos, hablándole tan rápidamente y tan emocionada que Hermione no logró entender lo que decía.
—Miriam, ésta es Hermione, mi esposa.
Sus ojos pequeños, negros y astutos examinaron concienzudamente a Hermione.
—A tu madre le habría gustado, creo yo.
—Por favor, llévala a su habitación. Está cansada, así que tendrás que esperar a mañana para enseñarle el resto de la propiedad.
—¿Es una recién casada y está cansada? —preguntó Miriam abiertamente, haciendo que Hermione se sonrojara.
—Está herida —le explicó Draco, y se volvió hacia Hermione—. Te dejo en las mejores manos. Tengo algunos asuntos que atender, pero si deseas algo, díselo a Miriam y ella te lo proporcionará.
Antes de que ella pudiera responder, Draco desapareció a grandes zancadas por un pasillo.
—Sígame, por favor —dijo Miriam, conduciéndola por una espléndida escalera de mármol hasta una puerta doble, que abrió con mucha teatralidad, e indicando a Hermione que debía entrar ella primero.
Cuando lo hizo, Hermione comprendió el gesto teatral, porque aquella habitación era increíblemente bella. Las paredes estaban pintadas en un tono entre gris y verde, muy relajante. Suntuosas alfombras de seda cubrían los suelos. Pero fue la cama, simple y hermosa, lo que más maravilló a Hermione. Era de madera, de un color ligeramente más oscuro que las paredes, y la ropa de cama era blanca inmaculada. Volvió a sentir la sensación de paz y armonía que había experimentado hacía un momento, una abrumadora sensación de calidez y amor que le resultaba muy real.
—¿Era ésta la habitación de la madre de Draco? —le preguntó a Miriam lentamente.
El ama de llaves asintió.
—La mujer del soberano escogió ella misma todo lo de la casa. Era su lugar especial, el único lugar donde podía tener al soberano para ella sola. ¿Puede sentirla?
—Sí —asintió Hermione.
Miriam sonrió.
—¡Lo sabía! En el momento en que usted entró, supe que era la adecuada para él. Yo era la doncella de su madre —le contó a Hermione—. Supe que estaba embarazada incluso antes que el propio jeque, ¡a mí no pudo ocultármelo! Yo fui a la que llamó cuando se puso de parto… Ella estaba tan emocionada, tan orgullosa de haberle dado un hijo a nuestro soberano… ¡y amaba tanto a su bebé! Pero luego se puso muy enferma. ¡Deseaba vivir con todas sus fuerzas, pero no pudo ser! Pobre mujer. Estaría feliz de verla casada con su hijo. Usted es inglesa, como ella, y lo ama, como ella amaba a su padre.
Era una afirmación, no una pregunta. Hermione no se molestó en intentar discutirlo.
—Su ropa ya está fuera de las maletas. Le enseñaré el vestidor y el cuarto de baño, y me marcharé para que pueda dormir.
Hermione la siguió y se quedó embobada ante la elegancia del cuarto de baño. Tenía unas puertas de cristal que daban a una terraza. Más allá, según le explicó Miriam, estaba el pequeño jardín privado que era el refugio espiritual de la madre de Draco.
—Ahora la dejo. ¿Quiere que le pida algo de comer o de beber?
Hermione negó con la cabeza, agotada. Lo único que quería era darse una ducha para quitarse el polvo del camino y acurrucarse en la cama.
Draco abrió la puerta del dormitorio y contempló la cama. La luz de la luna entraba por las ventanas y revelaba el cuerpo dormido de Hermione, su rostro vuelto hacia él, su pelo esparcido sobre la almohada. Pasó a su lado sin hacer ruido, se metió en el cuarto de baño y encendió la ducha.
No debía haber permitido que su hermanastro lo obligara a casarse con Hermione. Ella no lo amaba, no como él quería o necesitaba, con su corazón y su alma, además de con su cuerpo. Se había entregado a él físicamente, pero eso no significaba que lo amara.
Incluso bajo el chorro de la ducha, su cuerpo reaccionó inmediatamente con los recuerdos que su mente estaba evocando. Intentó contenerse con todas sus fuerzas, abriendo al máximo el agua fría hasta que su ansiedad física remitió.
Salió de la ducha, se secó con una toalla y salió desnudo al dormitorio, deteniéndose para contemplar sombrío el hermoso rostro dormido de Hermione. Estaba tan dormida que, incluso cuando él retiró la sábana y se metió en la enorme cama, ella no se movió.
La luna iluminaba la curva de su brazo y la suave piel de su cuello. Él se moría de ganas de alargar la mano y recorrer aquel camino plateado, pero sabía que, si se entregaba a aquella tentación, no sería capaz de contenerse, la estrecharía entre sus brazos y la besaría. Igual que había deseado hacer la primera vez que la había visto en el zoco.
La cruda realidad de saber que ella no correspondía a su amor le rasgó por dentro como un puñal afilado. Resueltamente, se apartó de ella y puso tanta distancia entre ambos como pudo.
**Continuará...**Muchas gracias por sus comentarios, besos