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Poseída por Malfoy — capítulo 11

¿Qué deseas?

El sonido de la vajilla entrechocando y el sabroso aroma a café recién hecho sacaron a Hermione de su sueño. Parpadeó ante el brillo del sol y miró en la dirección de la que provenía el discreto ruido de la porcelana. Por las puertas de cristal que daban a la enorme terraza, vio a Miriam disponiendo la vajilla sobre una mesa de hierro forjado.

Al quitarse de encima las sábanas, se quedó paralizada, con el corazón acelerado, mientras contemplaba la reveladora hendidura en la almohada contigua a la suya, incapaz de apartar la mirada de ella.

—¡Por fin se ha levantado! —la saludó alegremente el ama de llaves, interrumpiendo su horror de que no había dormido sola.

—He ordenado al servicio que prepare el desayuno favorito de la soberana. ¡Espero que le guste!

—Seguro que sí, Miriam —dijo Hermione, intentando no sentirse incómoda conforme ella asía la bata de la silla en la que ella la había dejado.

Afortunadamente, se había ido a acostar con el camisón que había llevado en el hospital, en lugar de desnuda, como hubiera preferido hacer. La puerta del vestidor se abrió repentinamente y Hermione se puso rígida al ver entrara Draco. Era obvio que acababa de ducharse. Aún tenía el pelo húmedo y olía a jabón.

Aún con la bata en la mano, Minam se acercó a él presurosa, sonriéndolo ampliamente. Al ver el cariño con que él le devolvía el abrazo, Hermione sintió una punzada de aislamiento.

—Se me ha ocurrido que os gustaría desayunar en la terraza. Hermione disfrutará contemplando el jardín de tu madre —dijo, alargándole a él la bata de Hermione—. Cuando esté lista, Hermione, le enseñaré el resto de la propiedad. Espero que le guste tanto como a nosotros, pero si quiere hacer algún cambio…

—Seguro que no, Miriam —le aseguró rápidamente Hermione, recibiendo una sonrisa de aprobación por su parte antes de marcharse.

En cuanto se quedaron a solas, Hermione ignoró su corazón desbocado y miró decidida a Draco. Él estaba apoyado contra la pared con su bata en la mano.

—No me dijiste que compartiríamos habitación —protestó ella.

Observándola pensativo, Draco se apartó de la pared impulsándose con los hombros, y la mirada de Hermione se sintió inmediatamente atraída por los sensuales músculos bajo aquella piel pálida. Hermione sintió sus propios músculos contrayéndose, como resultado de querer ahogar el estremecimiento que la recorría. ¡No podía excitarse simplemente con verlo, no podía!

—No creí que fuera necesario, teniendo en cuenta que somos unos recién casados. Es normal que los matrimonios compartan habitación y cama. Decirle a Minam que íbamos a dormir en habitaciones separadas hubiera dado lugar a desagradables comentarios y habladurías.

—Puede ser, pero nuestro matrimonio no es normal —señaló Hermione, incapaz de contenerse.

—¿Qué no es normal? —le preguntó Draco suavemente—. ¿Qué quieres decir con eso?

—Quiero decir que la mayoría de la gente se casa porque… porque se aman y quieren estar juntos.

Hubo una pausa muy molesta, al menos para Hermione, antes de que él preguntara aún más suavemente:

—¿No te estás olvidando de un ingrediente básico de la receta? ¿Acaso no estás de acuerdo en que la mayoría de las personas que se casan se desean físicamente?

Hermione sintió que se sonrojaba. Había algo en la forma como él la miraba…

—El deseo físico no es importante en el matrimonio —logró articular, con el rostro colorado.

—¿Pero admites que ha habido deseo físico entre nosotros?

¿Por qué la estaba obligando a humillarse de aquella manera? ¿Qué era lo que él quería demostrar, y a quién? ¡Ella ya sabía lo que sentía por él, y no pensaba dejar que él lo supiera!

—Eso… eso fue un error —afirmó.

—¿Un error? —repitió él, mientras se acercaba a la cama.

Hermione sintió que empezaba a temblar, y no de ira ni de rechazo.

—¿Entregarme tu virginidad fue un error? Cuando gritaste, fue de placer.

—¡No! —gimió ella, rechazando tanto la intención que veía en los ojos de él como lo que él había afirmado.

—Pues yo digo que sí, y te demostraré que tengo razón —continuó él suavemente.

—¡No! Lo que sucedió aquella noche fue sólo… no significó nada para mí.

Igual que ella no significaba nada para él, pensó Hermione. No podía soportar el dolor al ver en sus ojos que él conocía sus estúpidos sentimientos, su deseo y su ansia por él y por su amor.

—Estás mintiendo y pienso demostrarlo —repitió él.

Cruzó el dormitorio como una bala y se quedó delante de ella, tapándole el sol, antes de que ella pudiera evadirse.

—¡No te atrevas a tocarme! —le advirtió ella ferozmente, pero dándose cuenta de que sus palabras no tenían ningún impacto sobre él.

Draco esgrimió una sonrisa burlona conforme se inclinaba hacia delante.

—Pues voy a tocarte, y tú vas a desear que lo haga —le susurró—. Vas a pedirme a gritos que te dé placer, que te penetre, que te satisfaga.

Mientras decía eso, la agarró por las muñecas y le subió los brazos a ambos lados de la cabeza. Entonces se inclinó sobre ella. Ella hizo todo lo que pudo por rechazarlo, tensando todo su cuerpo y apartando su cabeza de él, apretando firmemente los labios para que no pudiera besarla.

Pero no fueron sus labios los que recibieron la dulce y lenta caricia de su boca, sino la parte interna de su brazo.

Olas de placer le subieron por el brazo, provocándole una sensación que iba aumentando hasta dominar cada fibra de su cuerpo. Sintió cómo los pezones se le endurecían como pidiendo compartir el placer que estaba recibiendo el brazo. El placer se convirtió en una necesidad cada vez mayor de sentir su boca sobre otras partes de su cuerpo. La boca, que tan apretada tenía, se entreabrió, y sus ojos se iluminaron con el brillo de la pasión.

Ella deseaba sujetarle la cabeza y atraerlo hacia sí, no sólo para saborear su boca, sino para perderse en el placer de la pasión. La intensidad de sus sentimientos debería alarmarla, pero en lugar de eso, ¡la animaba!

—¿Estás segura de que no quieres esto?

Aquella pregunta desafiante devolvió a Hermione a la realidad.

—Muy segura —respondió ella, en un susurro feroz. ¿Qué tipo de hombre era él, que estaba comportándose de aquella manera?

La estaba besando el cuello, sujetándole las muñecas con una mano mientras con la otra le bajaba los tirantes del camisón. Sus dedos rozaron la piel de ella. Depositó leves besos a todo lo largo de su clavícula. Un estremecimiento acabó con el autocontrol de Hermione, y el deseo y la necesidad se apoderaron de ella y la arrastraron. Oyó que Draco murmuraba algo, una maldición, una oración, no estaba segura. Y entonces él bajó su boca hasta uno de sus pechos, sintiéndolo a través de la tela del camisón, como si no pudiera esperar. Hermione sintió que la exaltación se adueñaba de ella, aumentando mil veces cuando él le bajó el camisón un poco más, dejando al descubierto su otro pecho y dedicándole la atención de su boca y su lengua.

Ella comenzó a respirar aceleradamente y se detuvo, jadeando para protestar cuando él apartó la boca de su pezón. Contempló su media desnudez con una expresión en los ojos que se correspondía con la necesidad que se había apoderado de ella.

—¿Qué deseas?

Ella sacudió la cabeza.

Él le soltó las manos y besó el valle entre sus senos, mientras sus manos bajaban el camisón más y más.

—¿Quieres esto?

—¡Sí! —exclamó ella, ardiendo de deseo.

Él exploró su ombligo con la lengua y, con un movimiento fluido, le quitó completamente el camisón, dejando todo su cuerpo expuesto a su vista y a su tacto.

La visión de aquella cabeza sobre su cuerpo desnudo desató un calor ardiente dentro de ella, que estaba totalmente entregada a su placer.

La mano de él le acarició el muslo mientras ella se estremecía impotente bajo su tacto. Pronto él encontraría su humedad, y cuando lo hiciera, cuando la acariciaría allí…

Sus pensamientos eróticos aumentaban su tormento. ¡Draco estaba besándole la parte interna del muslo! Su lengua entreabrió los labios hinchados que guardaban su sexo.

Hermione sintió su excitante humedad, y fue la lengua de él y no sus dedos quien la descubrió, saboreando su mayor intimidad mientras acariciaba el clítoris erecto.

Hermione no podía soportar aquella intensidad de placer. Su cuerpo se arqueaba y se retorcía, y sin pensar en lo que hacía, alargó la mano hacia él con ansiedad, pidiéndole que la penetrara.

Draco se rindió a la necesidad que lo poseía y se introdujo lenta y profundamente en la calidez expectante de Hermione. Olas de placer le hicieron estremecerse cuando sintió que ella lo envolvía, sujetándolo y acariciándolo con sus músculos, y le sacudió una reacción ardiente y salvaje. Se suponía que estaba haciendo aquello para darle placer a ella, y no a sí mismo, para mostrarle… para darle lo que ella necesitaba de tal forma que nunca deseara a otro hombre más que a él. Si no podía tener su amor, su comprensión o su respeto, al menos la mantendría a su lado valiéndose de su deseo sexual.

Entonces la trampa que había preparado para ella lo atrapó a él también, y empezó a moverse más rápido y más fuerte dentro de ella, obedeciendo sólo a la Naturaleza.

Hermione sollozó de placer, apretándose contra el hombro de Draco, estremeciéndose intensamente mientras su cuerpo acompañaba cada embestida de él y se contraía con unas frenéticas convulsiones que no sólo absorbieron el orgasmo de él, sino también su semilla.

—Sé que es hijo tuyo, pero no sé cuánto tiempo más voy a poder soportar lo que me está haciendo.

Era última hora de la tarde y Hermione había acudido como solía hacer a la habitación que fuera biblioteca y sala de estar privada de la madre de Draco. En aquella habitación, Hermione se sentía capaz de poner voz a sus pensamientos y sentimientos más privados, como si estuviera hablando con una persona real. Una persona que no sólo era la madre de Draco, sino también su sabia consejera, porque comprendía lo que ella sentía.

Había descubierto la habitación cuando Miriam le había enseñado la casa, y lograba en ella una calma que no encontraba en ningún otro sitio. Sobre todo, no en el elegante dormitorio donde, cada noche, en la intimidad de la enorme cama, Draco la estrechaba entre sus brazos y la llevaba al cielo y al infierno a la vez.

—Sé que él cree que me está humillando, ¡pero lo cierto es que nos está humillando a los dos! Él me odia por ser tan «inglesa», pero es tu hijo y reverencia tu memoria, y tú también eras inglesa. Me habla como si creyera que no respeto su herencia cultural, y no me escucha cuando intento decirle que está equivocado. Amo a la persona que él es, la mezcla única de cultural y características que lo han ido formando. Pero no puedo seguir con él. Lo amo demasiado, ¡pero mi amor por él me está destruyendo!

Al otro lado de la estantería, que separaba el estadio que había sido de su madre, del despacho más formal de su padre, y que estaban conectados a través de un panel secreto, Draco se quedó petrificado, sintiendo cada latido de su corazón.

Lo conmocionaba escuchar a Hermione hablar con su madre con tanto apasionamiento. El captaba la soledad y la desesperación de su voz, y un dolor que nunca había imaginado inundó su corazón. Había escuchado claramente lo que Hermione decía, pero ¿cómo creérselo? Ella le había dicho a voces lo que pensaba de él y cuánto lo odiaba.

La angustia se adueñó de Hermione, cerrándole la garganta e impidiéndole hablar.

Conteniendo las lágrimas que amenazaban con inundar sus ojos, se concentró en las estanterías de la biblioteca y recordó la furia de Draco cuando lo había acusado de robar los libros que de hecho habían sido de su madre.

¿Y si nacía un hijo de aquella agridulce intimidad que estaban compartiendo? Esas largas horas de besos y caricias, que cada vez ella se prometía que no iban a repetirse, y cada noche descubría que ansiaba.

¿Acaso ella no tenía orgullo ni sentido de la supervivencia? ¿Era tan débil que estaba dispuesta al sexo, cuando lo que ansiaba era amor?

Oyó que la puerta se abría. ¡Seguro que era Miriam preguntando si deseaba algo!

Rápidamente, sacó un libro de la estantería y lo abrió, esperando ocultar su agitación al ama de llaves.

—¿Qué lees?

Ella se lo quedó mirando atónita. No era Miriam, era Draco.

—Yo… esto…

Asustada, comenzó a retroceder hacia las sombras protectoras, pero Draco la siguió y le arrebató el libro de las manos.

—Son los poemas que mi padre escribió para mi madre. Fueron su reconocimiento privado de que la amaba.

—¿Quieres decir que no me está permitido leerlos? —lo desafió Draco—. ¡En ese caso, no deberían estar en las estanterías de una biblioteca!

De pronto, ella sintió que ya no podía más. Antes de ablandarse, empezó a hablar.

—Esto no puede continuar, Draco, y no va a continuar. Quiero ir a mi casa de Inglaterra. Voy a irme a casa, a Inglaterra —se corrigió a sí misma—. ¡Y nada de lo que hagas o digas logrará detenerme!

Antes de que él pudiera responder, Hermione pasó a toda velocidad a su lado y salió por la puerta.

Continuará...

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