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Poseída por Malfoy — capítulo 3

Como si fuera una droga

Lo primero que Draco vio cuando levantó la cortina y entró en su tienda fue a Hermione profundamente dormida sobre un cojín. Tenía el rostro pálido de agotamiento, y sus pestañas, largas y curvadas, resaltaban contra su piel.

Draco frunció el ceño. De la coleta de ella habían escapado algunos mechones, que le caían sobre el cuello. Aquel color tan hermoso de su pelo no podía ser natural, sin duda era tan falso como el resto de ella, empezando por la mentira de que había llegado al oasis a la fuerza.

La observó atentamente. Si continuaba durmiendo en aquella postura, se levantaría dolorida. Draco dejó la comida a un lado y se agachó junto a ella.

La camiseta de manga corta que llevaba revelaba las curvas redondeadas de sus senos.

Draco sintió que el estómago se le contraía, y el esfuerzo que tuvo que hacer por contener la poderosa reacción de su cuerpo lo dejó casi sin aliento.

Había visto a muchas jóvenes vestidas de forma mucho más sugerente y provocadora sin que le provocaran ninguna reacción sexual, y le perturbaba y enfurecía al mismo tiempo haberse excitado tan profunda y rápidamente con una mujer a la que no debía permitirse reaccionar. Ella era la amante de otro hombre, un hombre casado además, se recordó a sí mismo.

La miró pensativo. Su mente rechazaba el mensaje que enviaba su cuerpo, la urgencia de subirla en brazos y llevarla a la intimidad de su dormitorio.

Ella se movió y un espeso mechón de pelo le cayó sobre la cara, haciéndole fruncir el ceño en sueño. Automáticamente, él le apartó el mechón de la cara.

Hermione abrió los ojos bruscamente, con el corazón latiéndole como loco al encontrarse con aquella mirada de depredador. Se quedó inmóvil y vulnerable ante él, entreabriendo los labios para recuperar aliento.

Las yemas de los dedos de él rozaron su mejilla cuatro puntos que le provocaban tanto placer que la hacían temblar Abrió mucho los ojos, reconociendo la masculinidad de aquel extraño.

Entonces él apartó la mano de su rostro, y ella vio el brillo oscuro y peligroso en su mirada, antes de que él lograra ocultarlo.

—Te he traído algo de comer —le anunció él secamente.

Hermione podía olerlo, y el estómago le rugió hambriento, pero frunció los labios y sacudió la cabeza.

—No tengo hambre —mintió.

Él la miró con el ceño fruncido.

—Mentirosa —la acusó, fríamente—. ¿Qué sucede? ¿Nuestra comida no es suficientemente buena para ti?

—¡No es eso! Viktor…

—¿Viktor? ¿Te refieres a tu amante?

—Él no es mi amante. Quería serlo, pero yo no… Me engañó y… me drogó…

—¿Te drogó? ¿Y crees que yo haría lo mismo? —preguntó él, enfureciéndose… ¿Por qué iba a querer hacerlo?

Hermione no contestó.

—¿De veras crees que te drogaría para tener sexo contigo? —insistió él.

Hermione enrojeció.

—¡Aunque así fuera! ¿No es costumbre de los hombres del desierto comer antes que sus mujeres?

—¿Sus mujeres? Tú no eres mi mujer, ¿no? —le recordó él suavemente—. Y también tenemos la costumbre de que los invitados coman primero.

—Pero yo no soy tu invitada —replicó Hermione tajante—. ¡Soy tu prisionera!

Draco agarró el plato de cordero asado, se sentó con las piernas cruzadas en el diván y comenzó a comer, ayudándose con el pan.

Hermione sintió que la boca se le había agua. El hambre la estaba debilitando.

—Cuéntame más sobre ese amante tuyo, ese Viktor…

—¡No es mi amante! —negó ella furiosa—. Ya te lo he dicho.

—Pero accediste a acompañarlo al desierto, los dos solos…

—¡No! Éramos una expedición, un grupo. Estamos catalogando la flora y fauna de la zona. Viktor me engañó para que fuera con él en el coche, y entonces…

Tuvo que detenerse, sus emociones amenazaban con abrumarla.

—Cuando me di cuenta de lo que había planeado, era demasiado tarde —continuó—. Al llegar al oasis, creí que podría distraerlo y escapar.

—¿Distraerlo? ¿De qué manera? Ya me lo imagino. Sólo hay un método absolutamente eficaz para que una mujer distraiga a un hombre.

¡Hermione ya tenía suficiente!

—¡Eres tan malo como Viktor! Mira, piensa lo que quieras, no me importa.

—Ni a mí. Al menos no tu historial sexual. Lo que me importa es el dinero que representas para mí —dijo él, poniéndose en pie y acercándose decidido a ella.

Hermione sintió un escalofrío de temor. Miró hacia la puerta, pero él se interponía en su camino.

—Toma —le dijo secamente, alargándole un cuenco con comida—. No está drogado. Y ahora, ¡siéntate y come!

El alivio la inundó. ¡Parecía que, después de todo su captor tenía un lado amable y compasivo!

El asado estaba tan bueno como parecía, y cuando lo terminó, Draco le dijo fríamente:

—Tengo que discutir algunos asuntos con El Khalhi y quiero ver un rato a mi yegua, pero primero te enseñaré dónde vas a dormir.

Hermione estaba tan agotada que le costaba mantener los ojos abiertos, y siguió a Draco al compartimento más privado de la tienda. Necesitó varios segundos para que sus ojos se ajustaran a la semioscuridad de la estancia.

—Por ahí encontrarás una ducha y…

—¡Una ducha!

Su voz reveló tanto su sorpresa como su alivio. La idea del agua sobre su piel polvorienta era una perspectiva maravillosa, pero no la distrajo de la visión de la enorme cama, ¡la cama de su captor!

Antes de que se diera cuenta, él había desaparecido sin decir nada, dejándola sola en la estancia.

Cautelosamente, Hermione comenzó a investigar el entorno. La cama era suficientemente grande para dos personas, y la ducha y el retrete portátiles, en un habitáculo separado de la tienda, eran simples pero estaban limpios, lo que le hizo exhalar un gozoso suspiro de alivio.

Se duchó rápidamente y se secó con una de las esponjosas toallas apiladas junto a la ducha. ¿Cómo había conseguido él algo tan lujoso? ¿Las habría robado? Le costaba ignorar su malestar al usarlas, pero no tenía otra alternativa, se dijo a sí misma, mientras lavaba su ropa interior y su camiseta.

Cuando hubo terminado, la única energía que le quedaba la empleó en llegar hasta la cama y tumbarse, aún envuelta con la toalla.

Todos los renegados que se habían asociado con El Khalid esperaban a que comenzara la reunión de aquella noche. Draco encontró un hueco y se sentó entre ellos.

—Llegas tarde, Tuareg —comentó uno.

—Seguramente estaba demasiado ocupado disfrutando de su premio —apuntó otro con ordinariez, y le advirtió—: Será mejor que estés alerta, Tuareg. Sulimán va por ahí diciendo que la muchacha es suya y que quiere que vuelva.

Draco se encogió de hombros, quitándole importancia.

—Sulimán puede amenazarme todo lo que quiera, la chica se queda conmigo.

Entonces todos enmudecieron, porque El Khalid había salido del interior de su tienda, flanqueado por sus guardaespaldas.

Dos horas más tarde, aunque el líder de los rebeldes había contestado a muchas preguntas, aún no les había informado de la identidad del hombre misterioso que iba a reunirse con ellos, y Draco sospechaba que siquiera conocía la verdadera identidad de Nazir

Era más de medianoche cuando la reunión terminó Draco regresó lentamente a su tienda, deteniéndose antes a comprobar cómo estaban su yegua y el niño que la cuidaba.

El niño era un huérfano que se había unido al campamento de El Khalid. Cuando todo aquello terminara Draco le pediría a su medio hermano que le diera cama, educación y un trabajo en sus establos.

Una vez dentro de su tienda, encendió su teléfono móvil y marcó el número privado del jeque, vigilando que nadie lo descubriera.

En cuanto su hermano respondió al teléfono, le contó todo lo que había sucedido, con un código secreto que habían creado entre los dos.

—Supongo que te habrán informado del secuestro de una joven británica, miembro de una expedición científica —añadió con cautela.

—Sí, me han comentado el incidente —respondió el soberano con igual cautela—. El jefe de la expedición nos ha informado de que sucedió en el desierto a unos cincuenta kilómetros al este de la ciudad, y se ha organizado una búsqueda por esa zona para mañana.

Draco frunció el ceño. El oasis estaba a más de trescientos kilómetros del norte de la ciudad, lo que significaba que Viktor había mentido respecto a dónde estaban Hermione y él cuando ella había sido «secuestrada».

—La chica está a salvo, y no gracias a quien la puso en peligro. Y yo voy a asegurarme de que sigue así —afirmó Draco, antes de colgar.

Tal vez Viktor deseara a Hermione, pero desde luego no la amaba, decidió Draco con desprecio. Su hostilidad hacia aquel hombre crecía a cada momento, pero seguía sin creerse la historia de que había engañado a Hermione para que lo acompañara. Ella no era ninguna muchacha inocente e inexperimentada, sino una mujer joven e independiente que sin duda había perdido la cuenta de los hombres que habían compartido su cama.

Pero no por eso merecía el destino que le hubiera correspondido si Sulimán se hubiera quedado con ella. No sólo tenía fama de que le gustaban las jovencitas, además se sabía que las maltrataba…

Draco frunció los labios. De acuerdo, ella era una complicación no deseada, pero de ninguna forma podía abandonarla en brazos de Sulimán. Era una extranjera en su país, y además una mujer, y él tenía el deber moral de protegerla.

Su medio hermano le había contado por teléfono que Nazir había anunciado que iba a estar fuera del país durante unas semanas. Ambos estaban de acuerdo en que era una coartada que le permitiría reunirse con El Khalid y conspirar contra el soberano sin levantar sospechas hacia su persona.

Como los hijos del soberano aún eran menores de edad, cuando Nazir lo hubiera derrocado seguramente se ofrecería como regente. Por eso, no quería que el Consejo de Gobierno sospechara que él estaba detrás de todo.

Mientras se dirigía a su dormitorio, Draco se fue quitando el pañuelo índigo de la cabeza. Hermione había tenido razón al acusarlo de no ser un auténtico tuareg, aunque sí que llevaba algo de sangre de la tribu.

Hermione, un nombre melodioso. Un poeta, un amante, podrían usarlo para escribir su amor por ella ¿Un poeta? ¿Un amante? Mucho tiempo atrás, cuando él era un adolescente, tal vez creyera que tenía alma de poeta, pero ciertamente no lo era. Y no quería serlo. ¿O sí?

Entró en la estancia y se dirigió a la cama, pero si detuvo al ver a Hermione tumbada sobre ella. Su cabeza descansaba sobre uno de los cojines enfundados en seda. Su cuerpo estaba envuelto en una toalla que revelaba más que ocultaba, dejando a la vista sus piernas largas y delgadas, su piel perfecta y sus finos tobillos. Le pareció más una niña que una mujer, al menos hasta que se acercó más a ella y vio la curva de sus senos y sus pezones rosados.

Una sensación de deseo y urgencia, que intentó reprimir, explotó en su interior, amenazándolo con romper su autocontrol.

Si la tocaba en aquel momento no sería mejor que Sulimán, se advirtió a sí mismo, mientras se obligaba a pasar de largo y a darse una ducha.

Le llevó más tiempo del que quiso lograr que su corazón se calmara. Aún pensaba en ello y en Hermione cuando pasó a su lado sin mirarla.

En la oscuridad de la noche en el desierto, un caballo relinchó y despertó a Hermione.

Al principio, se sintió confundida ante el entorno extraño, pero no tardó en recordar dónde estaba y por qué.

La noche era fría, y buscó en la cama algo más, que la toalla para taparse, Frunció ligeramente el ceño mientras miraba su reloj. Eran las tres de la madrugada y la cama estaba sin deshacer. Por lo que parecía, también estaba sola en el dormitorio.

No era decepción lo que sentía, ¿verdad? No después de todos sus sueños de «el hombre», su hombre, su alma gemela… el único hombre a quien le entregaría lo más íntimo de sí. Su primer y último amor.

¡Draco no era ese hombre!, se dijo a sí misma.

El hombre con el que ella soñaba era noble, tanto de espíritu como de obras, y Draco no lo era. No podía respetarlo, ni confiar en él, y desde luego no podía amarlo, ¿verdad que no?

Tal vez no, ¡pero desde luego lo deseaba! A Hermione le costaba aceptar sus propios sentimientos. La conmoción luchaba con el deseo, la ira con la necesidad, la cautela con la urgencia, y el orgullo con una pasión salvaje.

Aquello no podía ser. Ella no podía… no debía sentir eso.

Se levantó de la cama, sin importarle su desnudez ni el aire frío, mientras su cuerpo y su mente peleaban uno contra otro.

¿Qué haría si él entraba de repente y la reclamaba? ¿Qué otra cosa iba a querer de ella si no? ¿Cómo se sentiría ella si él la tocaba con sus manos delgadas, si sus dedos la recorrían, la exploraban, acariciaban sus senos, y luego bajaban hasta su vientre y más abajo? Un estremecimiento de placer recorrió su cuerpo.

¿Cómo se permitía pensar en aquellos términos? Ella siempre había creído que primero amaría al hombre y luego sentiría deseo hacia él, que el encuentro de valores morales e intelectuales sería el preludio a la excitación emocional y física.

Nada en Draco ni en su forma de vida podía con pararse a sus propias creencias y valores. Él era u mentiroso y seguramente un criminal, un hombre que siempre ponía sus necesidades por delante. ¿Cómo era posible que ella lo deseara?

Necesitaba un poco de aire fresco para aclarar si mente. Se envolvió firmemente la toalla alrededor de cuerpo y salió titubeante hacía la parte común de la tienda.

Draco se había despertado en cuanto oyó que Hermione se movía. Al verla dirigirse hacia la salida, apartó su improvisada manta y salió tras ella.

Hermione estaba apartando la cortina que hacía de puerta, cuando sintió que Draco la agarraba del brazo.

—¿Vas a algún lado? —le preguntó él suavemente.

Hermione entró en pánico y trató de soltarse.

—Déjame —pidió ferozmente.

Aquella reacción encendió de nuevo la excitación que Draco casi había logrado calmar del todo.

En lugar de soltarla, la agarró con más fuerza y acercó su cuerpo al de ella. Luego inclinó la cabeza con un movimiento rápido e implacable, como el halcón del desierto, y cubrió la boca de ella con la suya antes de que ella pudiera gritar pidiendo socorro.

Pero no deseaba pedir socorro, reconoció Hermione, mientras su boca correspondía a la urgencia de él, entreabriendo los labios a su lengua. El deseo ardía en su interior, derritiendo cualquier resistencia que hubiera almacenado, mientras sus lenguas se entrelazaban y peleaban por la dulce intimidad de su ansiedad compartida. Hermione sintió que la toalla se soltaba de su cuerpo y experimentó Un tremendo placer, porque la bata que él llevaba estaba abierta mostrando su desnudez.

El placer de sus lenguas entrechocando fue como una sombra de lo que experimentó al sentir todo el cuerpo de él contra el suyo. Su piel, su carne, y su ser interno estaban tan encendidos que se apretó aún más contra él, como si fuera una droga. ¿Acaso la ansiedad que sentía hacia Draco llegaría un día a destruirla, como toda droga?

Con un grito de disgusto, se apartó de él, agarró la toalla y se escondió en la cámara interior.

¿La seguiría él? Y, si lo hacía, ¿sería ella lo suficientemente fuerte como para negarle a su cuerpo lo que tanto ansiaba? Inspiró profundamente y retuvo el aire, mirando nerviosa la cortina que hacía las veces de puerta, y esperó…

Pero Draco no apareció.

Cuando comenzó a dejar salir el aire de sus pulmones, se dijo que se alegraba de que Draco no hubiera ido a buscarla.

Al otro lado de la cortina, Draco pensó que Hermione se le había adelantado al rechazarlo por un segundo. Y, por segunda vez en menos de doce horas, tuvo que esperar más de lo que hubiera querido a que el deseo que sentía hacia ella descendiera a un nivel soportable.

Continuará...