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Poseída por Malfoy — capítulo 8

¡Hermione!

Taciturno, Draco contempló el oasis, más allá del cual el sol se ponía en el horizonte.

En teoría, su única preocupación debería haber sido su medio hermano y el hecho de que al día siguiente era la fiesta nacional de Zurán, fecha elegida por Nazir para asesinar al soberano y dar un golpe de estado, según él.

Pero, en lugar de pensar en eso, su mente y sobre todo sus emociones, estaban centradas en Hermione. A ella le había dicho y hecho cosas completamente extrañas para su modo habitual de comportarse, lo que le provocaba una mezcla de ira e incredulidad. A eso se añadía que sentía un deseo físico tan intenso que quería llevar a cabo la ridícula promesa que le había hecho antes. ¿Qué diablos le había hecho hablar así? Él no era tan vanidoso como para que la forma en que ella había mirado su miembro, asombrada e incrédula, le hiciera volver a querer escuchar sus gemidos de placer una y otra vez.

¿Dónde demonios estaban los agentes infiltrados? Deberían haber regresado al campamento con una garantía de que iban a arrestar a Nazir. Draco empezaba a temer que quizás no llegaran a tiempo, lo que significaría que tendría que encontrar una manera de detener a Nazir él solo.

Frunció la boca y una expresión grave nubló sus ojos al ver a su medio primo salir de entre las tiendas y encaminarse hacia el oasis.

Inmediatamente, Draco le dio la espalda pero, como Nazir percibió de alguna manera su deseo de pasa desapercibido, lo llamó:

—¡Tú, ven aquí!

Fingiendo que no lo había oído, Draco comenzó a caminar.

—Detente o te disparo.

Estaban solos entre las palmeras y Draco sabía que Nazir era capaz de cumplir su amenaza. Aun así, se llevó automáticamente la mano a la daga de su cinturón. Al igual que el resto de los miembros de la Familia Real, había recibido entrenamiento militar, aunque nunca había matado a nadie, ni había imaginado que tendría que hacerlo. Pero parecía que el destino no le dejaba otra opción. Si ignoraba la orden de Nazir, él le dispararía. Y si la obedecía, Nazir descubriría enseguida su auténtica identidad y sabría que su complot había sido descubierto.

Agarrando su daga entre los pliegues de su túnica, Draco se giró para enfrentarse a su medio primo.

—Has tardado demasiado tiempo, tuareg —se burló Nazir—. Quizás debería matarte de todas formas.

Tenía la pistola en la mano y estaba apuntando al corazón de Draco.

Hermione inspiró profundamente y salió de la tienda. Tenía que encontrar a Draco y convencerlo para que la liberara. Había estado toda la tarde repasando lo que había sucedido entre ambos y era consciente de lo vulnerable que era ante él.

Aquella palabra temida, «amor», que se había colado antes en sus pensamientos, se había instalado dolorosamente en su corazón, haciéndole muy consciente del peligro en el que estaba. Odiaba la idea de rebajar su orgullo y hacerle un ruego a Draco, pero no tenía más opción. Le preguntaría qué rescate pensaba pedir por ella y encontraría la manera de reunir el dinero ella misma. Tenía la pequeña casa de Inglaterra que había heredado de sus padres, seguro que de ahí podía sacar algún dinero.

Había esperado tan pacientemente como había podido a que él regresara, pero se le había agotado la paciencia y había decidido salir a buscarlo. Pronto sería de noche, y una vez que estuviera a solas con él en la intimidad de su tienda, temía flaquear.

El instinto la llevó hasta el oasis. Y se quedó paralizada ante lo que estaba sucediendo.

El hombre que apuntaba a Draco con una pistola tenía un aire de autoridad sobre él, y cruzó por su mente la idea de que tal vez había acudido al oasis buscándola a ella, alertado por Viktor.

Draco estaba a varios metros de él.

—Acércate —escuchó Hermione que le ordenaba el hombre a Draco.

El corazón le latía acelerado y un sentimiento de dolor y ansiedad se apoderó de ella.

Draco era un ladrón, un secuestrador, se recordó a sí misma. No le debía ninguna lealtad.

Draco no se había movido.

—¿Vas a desobedecerme, tuareg? Muy bien…

Había un placer malévolo en la voz del hombre.

Iba a disparar a Draco… ¡a matarlo! Hermione se acercó corriendo.

—¡No!

Los dos hombres se giraron hacia ella.

—¡Hermione! —exclamó Draco mientras se abalanzaba sobre ella, pero fue demasiado tarde.

Por muy rápido que fuera, no tenía la velocidad de la bala.

Hermione sintió que le impactaba con una sensación de incredulidad y desconcierto que se transformó inmediatamente en un intenso dolor.

Vio a Draco delante de ella, moviendo los labios mientras le hablaba, pero el dolor no le permitió responder. La estaba arrastrando a un terreno frío y oscuro. Pero al menos Draco estaba a salvo, el hombre no lo había matado.

Su último pensamiento antes de perder la consciencia fue la certeza de que Draco la sujetaba entre sus brazos. Pero ni siquiera la calidez de sus brazos fue suficiente para detener el frío que estaba apoderándose de sus venas y arrancándola de él.

Continuará...