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Poseída por Malfoy — capítulo 7

¿Cómo es posible que fueras virgen?

Media hora después, Hermione sintió su estómago rugir de hambre, pero decidió ignorarlo.

—Te he traído café y algo de comer —dijo Draco, entrando en la tienda con una taza y un plato repleto de fruta y pastelillos.

Hermione se sintió confundida ¡Le había llevado comida! Ella lo había catalogado como alguien cruel y sádico, pero en aquel momento se estaba comportando como si se preocupara por ella, lo que contradecía su impresión anterior. ¡Y no era la primera vez!

Aquellas pinceladas de la otra parte de él a la vez le encantaban y atormentaban.

—Afortunadamente para ti, la madre de El Khalid ha decidido que el no querer mostrarte esta mañana es un signo de tu modestia.

¡Pero él no pensaba así! Hermione sintió que su alegría se transformaba en dolor e ira.

Draco dejó el café y el plato en una mesa baja y, a pesar de la intensidad de sus emociones, ella se dio cuenta de lo hambrienta que estaba.

—Tengo que salir —anunció él—. Y recuerda que no puedes abandonar la tienda sin cubrirte con la túnica y el velo.

Hermione esperó a que él se hubiera marchado para abalanzarse sobre la comida. El café estaba delicioso, la fruta jugosa y los pasteles de almendras delicados y sabrosos.

Mientras Draco saludaba a su yegua, su mente estaba en otro lugar. ¿Cómo había permitido que la idea de Hermione con otro hombre lo afectara de forma tan intensa?

¿Por qué permitía que el simple hecho de verla lo excitara tanto que había tenido que salir de la tienda para poner algo de distancia entre ambos? ¿Acaso el ritual centenario del matrimonio le había afectado tanto? Había sido la única manera de proteger a Hermione de Sulimán, y su medio hermano lo disolvería en cuanto regresaran a la capital.

No debía pensar en ella, ni en lo que le provocaba. No había espacio en su vida para eso.

Después de cepillar a la yegua, se encaminó lo más desenfadadamente que pudo hacia el oasis, como si estuviera paseando para pasar el rato. Estuvo tentado de telefonear a su medio hermano, pero le preocupaba que Nazir interceptara las llamadas del soberano.

Un sonido le llamó la atención. Entornó los ojos y observó el horizonte. Un helicóptero se acercaba al campamento.

¡Tenía que ser Nazir! ¿Qué mejor medio de transporte que aquél para abandonar la ciudad en cuanto hubiera logrado su objetivo de asesinar al soberano? ¿Le habría contado Nazir a El Khalid lo que pensaba hacer? Seguramente que no, y no porque el jefe rebelde fuera a amilanarse ante un asesinato, sino porque pediría mucho más dinero por estar relacionado con el acto.

Además, Nazir nunca daría una información que pudiera emplearse en su contra. La muerte del soberano se atribuiría a los rebeldes, de eso Draco estaba convencido.

Quería estar en el campamento cuando el helicóptero aterrizara, así que emprendió el camino hacia las tiendas. Como era de esperar, la llegada del helicóptero estaba creando una enorme curiosidad, y Draco se unió al grupo de hombres más cercano al aparato.

Un hombre estaba bajando y, aunque se había disfrazado dejándose barba y llevando una túnica tradicional en lugar de uno de sus trajes de corte occidental, Draco lo reconoció sin problemas por cómo se movía.

¡Así que sus sospechas eran ciertas!, Draco se sintió invadido por una ola de ira hacia Nazir. Siempre había recibido el amor y la generosidad del soberano, pero su avaricia y sus ansias de poder eran tales que estaba dispuesto a asesinarlo para ocupar su lugar.

¡Pero él no iba permitir que eso sucediera! Pensaba vigilarlo todo el rato.

El Khalid salió de su tienda y saludó al visitante con una profunda reverencia. Tan casualmente como pudo, Draco se acercó a ellos, intentando captar lo que hablaban los dos hombres.

Había pasado más de una hora desde que Draco se había marchado, y Hermione se aburría de estar encerrada en la tienda.

Con actitud desafiante, se encaminó hacia la salida. No tenía por qué permitir que él le dijera lo que podía o no podía hacer. Después de todo, ella no era realmente su esposa.

La idea de Draco tratándola como a una igual, respetándola, amándola… le estaba provocando una ola de emociones compleja que no sabía cómo manejar. No era su esposa, pero sí era su prisionera, se recordó a sí misma.

Deseó ser lo suficientemente valiente como para intentar escapar, pero el campamento estaba fuertemente vigilado. Incluso aunque pudiera evitar a los guardias, moriría en el desierto. Podía intentar robar un vehículo, pero debería tener un moderno sistema de navegación por satélite y el depósito lleno de combustible.

El sentido común le decía que era mejor que se quedara dónde estaba.

¿El sentido común? ¿De verdad era eso lo que la motivaba? ¿No serían acaso las peligrosas emociones que sentía hacia Draco, y que en el fondo ansiaba…? Sintió que la cara le ardía, y que un deseo ya familiar se apoderaba de su cuerpo.

¿Acaso no estaban en el siglo XXI? Las mujeres ya no necesitaban ocultar lo que podían experimentar el deseo físico por sí mismo, que no tenía que estar ligado al amor; que tenían todo el derecho si deseaban una intimidad física sin necesidad de un compromiso emocional, por el simple gusto de disfrutar. Podían tener sexo con un hombre y luego marcharse sin más. ¿Era ella capaz de hacer eso? Y lo más importante, ¿deseaba hacerlo?

Mientras se paseaba por la tienda, sumida en aquellos pensamientos, se golpeó el pie con una caja de madera que sobresalía de debajo de un diván.

Frunció el ceño, y se agachó para frotarse el pie y para meter la caja debajo del diván, pero en lugar de eso lo que hizo fue sacarla aún más, jadeando por lo que pesaba.

¿Qué habría dentro? Sabía que no tenía derecho a mirar, pero aun así levantó la tapa.

En el interior había varios libros, eso explicaba que pesara tanto. Cuidadosamente sacó uno y se quedó atónita. No eran simples libros, eran obras de arte, dignas de pertenecer a la biblioteca de un conocedor muy rico. Estaban encuadernados en piel, con el título grabado en letras doradas y el borde de las páginas adornado con oro. Hermione lo abrió reverencialmente. Era una primera edición, un artículo de coleccionista, seguramente muy valioso. Era un libro de poesía que recogía entre otros poemas de Luicus Malfoy para Narcisa Black. Escrito a mano, ponía: Para mí amada Narcisa.

Lágrimas de emoción inundaron los ojos de Hermione. Eran unas palabras muy sencillas, pero de mucho más valor que un millón de primeras ediciones. Aquel libro había sido un regalo de amor. Con mucho cuidado, lo cerró y lo depositó en la caja antes de sacar otro.

Ése era francés y también estaba dedicado a Narcisa. Y la firma poderosamente masculina iba acompañada del sello del soberano de Zurán.

El corazón le dio un vuelco. Eso significaba que los libros provenían del palacio real. Y que esa Narcisa, quienquiera que fuera, había sido profundamente amada por un príncipe.

Sacó otro libro más, escrito en árabe.

Ella no era ninguna experta, pero aquellos libros valían una fortuna y eran irreemplazables, concluyó. A sus ojos, su mayor valor era el sentimental, debido a las inscripciones. Aquellos libros habían sido regalados a una mujer profundamente amada.

Todo indicaba que habían sido atesorados y cuidados con mimo. Pero estaban en posesión de Draco, y ella no dudaba cómo habían llegado hasta él: los había robado de su propietario.

Aunque no hacía frío, Hermione se estremeció. ¿Por qué estaba tan conmocionada? Ella ya sabía cómo era Draco, ¿no?

Lentamente, con un tremendo dolor en el corazón, comenzó a meterlos en la caja.

—¿Qué demonios estás haciendo?

No había oído entrar a Draco, y dio un respingo ante la sorpresa, casi tirando uno de los libros al captar la furia desatada de su voz. Pero no iba a rendirse ante él. Se puso en pie y se dio la vuelta, enfrentándose a él, pero él la ignoró. Se arrodilló junto a la caja, guardó los libros en su interior y cerró la tapa, esa vez con una llave que sacó de un bolsillo.

—¿Cómo te atreves a fisgonear entre mis posesiones? —le increpó él ferozmente.

—¡Tus posesiones! Esos libros no te pertenecen —le desafió Hermione con bravura—. He visto la inscripción, ¡se los has robado a alguien!

Draco no podía creer lo que escuchaba. Hermione había estado husmeando entre sus posesiones personales, los preciados recuerdos que tenía de sus padres, ¡y encima lo acusaba de haberlos robado! En la intensidad de su furia, no se paró a pensar en las razones que Hermione creía tener para cuestionar su sinceridad, y recordó sólo lo mucho que había cuidado siempre aquellos libros, regalos de amor de su padre a su madre antes de que se casaran.

Aquel sentimiento había significado mucho para él cuando era pequeño e incapaz de expresar sus sentimientos pero consciente de que tener aquellos libros en sus manos le hacía sentirse más cerca de la madre que no había llegado a conocer. Se habían convertido en su talismán y no iba a ningún sitio sin ellos. Si alguno de los rebeldes de El Khalid los encontrara, tendría que fingir que los había robado, pero entre los rebeldes era una ley no escrita el respetar la privacidad y las posesiones de los otros.

¡Una ley que Hermione no parecía respetar! Y ahí estaba la mujer que le había dejado sin dormir varias noches y que invadía sus pensamientos más de lo que debía, ¡atreviéndose a decir que él no tenía derecho sobre las posesiones de su madre!

—Los libros son míos —replicó él ferozmente.

Hermione lo miró con desdén, incrédula.

—Eso es imposible. Valen una fortuna, son piezas de museo —recalcó secamente.

Draco se puso en pie y se acercó a ella, llenando la atmósfera de hostilidad. Demasiado tarde, Hermione se dio cuenta del efecto que sus palabras habían tenido sobre él y lo furioso que estaba. Atemorizada, intentó alejarse, pero sólo logró arrinconarse contra el diván.

—¿Te atreves a acusarme de ser un mentiroso? —preguntó él, conteniendo su ira, mientras se acercaba a ella.

¡Ella no iba a rendirse ante él!

—¡Eres un mentiroso! —le espetó—. ¡Un mentiroso y un ladrón!

Aquellas palabras apasionadas y el desprecio que vio en sus ojos y captó en su voz hirieron el orgullo de Draco como si fueran ácido. Agarró a Hermione por los hombros con tanta fuerza que le hacía daño.

—No vas a volver a hablarme de ese modo, ¿entendido? —rugió furioso.

—¿Por qué no? ¡Sólo digo la verdad! —contraatacó ella, tan furiosa como él.

—Esos libros me los regaló mi madre.

Draco no pudo contener las palabras por más tiempo. Fue como si se las hubiera arrancado del corazón, dejando un vacío que le quemaba de dolor.

Hermione se lo quedó mirando, incapaz de creerse lo que acababa de escuchar. ¿De verdad él esperaba que lo creyera?

Sintió la intensidad de sus emociones llenando el aire. Sintió también el calor que desprendía el cuerpo de él y, sorprendentemente, su respuesta de mujer ante él. El pánico se coló entre su indignación. ¿Cómo era posible que se sintiera así? ¿Cómo podía excitarla un hombre al que no respetaba? No podía aceptar aquello, tenía que regresar a la realidad.

—Eso no es posible —se obligó a decir, aunque en el fondo deseaba que sí lo fuera, que él le estuviera diciendo la verdad y, sobre todo, que le estuviera permitiendo conocer algo de su auténtico pasado—. Los libros llevan el sello del soberano de Zurán —añadió ella.

Las palabras rasgaron el tenso silencio como piedras cayendo en un estanque profundo.

Hermione no se atrevía a mirarlo a los ojos y que él supiera que no la podía engañar.

—Ya no tiene sentido que sigas mintiéndome, Draco —continuó con voz ronca—. No te creo. Eres un mentiroso y un…

La resignación de su voz hirió el orgullo de Draco y, lo que era peor, su rechazo a creerlo estaba provocándole un tremendo dolor, un dolor como nunca había experimentado y que no podía soportar.

—¡Ya basta! —gruñó, como si se estuviera muriendo.

Y entonces, para acallarla a ella y a su propio dolor, cubrió su boca con la suya.

Su intención había sido castigarla con aquel beso, usarlo como una muestra de su dominación, pero en cuanto sintió la boca de ella bajo la suya, algo cambió' en su interior a lo que no se pudo resistir. Algo sobre lo que no tenía control transformó su ira en urgencia, el castigo que quería infligirle a ella en el dolor del deseo, y derrumbo las barreras que había construido para no ser tan vulnerable ante ella.

La suavidad de su boca, el leve temblor de su cuerpo, el dulce sabor de su lengua, hicieron que cada fibra de su cuerpo vibrara de deseo.

La deseaba más de lo que nunca había deseado nada o a nadie… Deseaba saborearla, abrazarla, poseerla, dejarle su marca para el resto de la eternidad.

Hermione intentó detener lo que estaba sucediendo, pero su cuerpo respondía ansioso a lo que él le estaba haciendo.

La cordura y su habitual sentido de alerta y supervivencia estaban sometidos a la excitación y la ansiedad que la poseían. Él era tan masculino y tan peligroso… entonces, ¿por qué no estaba apartándolo de sí en lugar de hundir sus dedos en su pelo y atraerlo más hacia ella, presa de un ardiente placer?

Al entrelazar su lengua con la de él, sintió cómo él se estremecía y cómo la tumbaba sobre los suaves cojines del diván. En lugar de retroceder ante aquel avance, Hermione sintió que su deseo se encendía aún más. En respuesta, se abrazó posesivamente a él, atrayéndolo hacia sí.

En sus fantasías soñaba con un hombre así, de pasiones feroces, indomable, que con sólo tocarla activara sus sentidos, tal y como Draco estaba haciendo en aquel momento. Y en sus fantasías, ella respondía plenamente, ¡como estaba haciendo en aquel momento!

Las manos que hacía un momento la habían atenazado habían pasado a estar debajo de ella en el diván, sujetándola y protegiéndola.

No debería estar haciendo aquello, se dijo Draco. Pero el rechazo de ella al creerlo lo peor, había despertado unas emociones en él que no podía controlar. Lo controlaba una necesidad primaria de poseerla como ningún hombre lo había hecho, de borrar de su cuerpo cualquier recuerdo que tuviera de otros hombres que no fueran él.

Con una mano le sujetó el rostro para poder mirarla a los ojos y verse reflejado en ellos.

—¡Mírame!

Hermione levantó la vista. Con un escalofrío, fue consciente de su feminidad y de la masculinidad de él, mientras él le apartaba el pelo del rostro.

Si no fuera por la furia que había percibido en su brusca orden, Hermione hubiera dicho que había ternura en la forma en que la tocaba.

Pero en la boca que reclamaba la suya no había ternura, aunque sus labios estaban respondiendo con un ansia apasionada. Él le hizo entreabrir los labios con un movimiento de su lengua, mientras su peso la hundía entre los cojines.

La discusión que los había conducido hasta allí había perdido toda su importancia.

Draco se dio cuenta de que sus acciones ya no estaban impulsadas por su orgullo y la necesidad de castigarla, sino que era su cuerpo quien la necesitaba ardientemente.

Hermione sintió las manos de él sobre su cuerpo, quitándole la ropa, y en lugar de resistirse se retorció para ayudarlo a despojarla de las barreras que le impedían sentir su tacto sobre su piel.

Sólo algunos rayos de sol se colaban por las gruesas paredes de la tienda, pero fueron suficientes para resaltar su cuerpo desnudo como si estuviera cubierto de polvo de oro.

Hermione vio que Draco se quedaba repentinamente quieto mientras la contemplaba y sintió un estremecimiento de timidez e inseguridad. Era el único hombre que ella había querido que la viera desnuda.

Levantó la vista insegura. Lo que vio en los ojos de él provocó que sus pezones se endurecieran y que su centro más íntimo reclamara atención. Y él ni siquiera la había tocado.

Lo deseaba, ansiaba sentirlo sobre ella, dentro de ella, en aquel momento, en aquel lugar… Dejó escapar un gemido tremendamente excitante y Draco apretó la mandíbula.

Se quitó la ropa rápidamente, sin darle casi tiempo a Hermione a apreciar sus poderosos músculos y su vientre plano, y se tumbó sobre ella.

Sentir a Hermione entre sus brazos le estaba provocando algo que nunca habría imaginado que podía provocarle ninguna mujer, y menos aquélla, pensó él mientras se entregaba a su necesidad de llenar sus sentidos con el aroma, el sabor y el tacto de ella.

La sensación del cuerpo desnudo de él contra el suyo era lo más parecido al cielo, pensó Hermione, mientras recorría sus hombros con las manos con los ojos cerrados, para sentirlo mejor.

Si nunca volvía a darse una situación como aquélla, recordaría por el resto de su vida cómo era su piel empapada de sudor, su olor masculino mezclado con el de su colonia, sus músculos fuertes y definidos… y su erección. Aún no se había atrevido a tocarlo, pero podía sentir su pene hinchado y caliente apretándose contra ella. Se moría de ganas de tocarlo, de sentir cómo se endurecía más y más bajo su tacto, segura de que sería una sensación única.

Draco había tomado posesión de su boca de nuevo explorándola apasionadamente con la lengua, y sus manos acariciaban sus senos y jugueteaban con sus pezones.

Incapaz de contenerse, Hermione se retorció salvajemente contra él, arqueándose y cerrando los ojos mientras gemía de placer. Viendo su reacción, Draco se dio cuenta de que se estaba apoderando de él una feroz necesidad de dejarle huella de una forma que ella nunca lo olvidara, y que lo recordara como su único amante.

Acercó la cabeza a sus senos, jugueteando con la lengua sobre los pezones endurecidos. Hermione gritó de placer. No se dio cuenta de que le clavaba las uñas en la espalda, ni de que elevaba las caderas para apretarse más contra su erección, frotándose rítmicamente contra él para intentar aliviar el deseo que la poseía.

Su sensualidad lo estaba destrozando, pensó Draco, con una mezcla de ira y excitación.

Cada movimiento de aquel cuerpo experimentado y ardiente estaba provocando una respuesta en él.

—Draco, te deseo tanto… —le murmuró ella al oído, y siguió explorándolo con la lengua.

Draco sintió que su capacidad de autocontrol explotaba en una incontenible lujuria.

—Vas a tenerme —le contestó—, todo entero. Y yo voy a tenerte a ti. Voy a llenarte y a hacerte sentir como no lo ha hecho ningún hombre ni nunca lo hará… ¿Es eso lo que quieres?

—Sí. ¡Oh, sí! —gimió Hermione.

Hubiera respondido lo que él quisiera, hubiera hecho lo que él quisiera, tanto lo deseaba.

La mano de él estaba separándole los muslos, acariciando su piel suave y sedosa, y haciéndola estremecerse ante la intensidad de su deseo. Colocó su mano sobre el sexo de ella, separó los labios exteriores y frotó la piel húmeda. Hermione escuchó el sonido de satisfacción de él al localizar su clítoris erecto y comenzar a acariciarlo de la forma más erótica, elevándola hasta un nivel de deseo y placer que casi no podía soportar.

Una vocecita dentro de Draco le dijo que lo que hacía estaba mal, pero quedó apagada por los gemidos de placer de Hermione y su propio deseo.

Nunca había deseado a una mujer como a aquélla, ni sabía que era capaz de sentir una urgencia tan abrumadora. Se colocó entre los muslos abiertos y receptivos de ella.

Hermione se estremeció. Vio a Draco sobre ella y sintió el corazón latiéndole como loco. Aquél era el momento, el momento de intimidad en el que tanto había pensado, con el que tanto había soñado con una mezcla de curiosidad y temor.

Levantó su mano hasta el rostro de él y le susurró como rogándole:

—Bésame…

Draco inclinó la cabeza y la besó profunda y largamente, mientras empujaba más allá de los hinchados labios exteriores de su sexo, y penetraba en el abrazo más íntimo de todos.

Hermione encontró su propia estrechez insoportablemente erótica.

Ingenuamente, ella no había esperado que fuera a dolerle, reconoció mientras su cuerpo se contraía ante la impresión; pero su deseo por él era mucho más fuerte que su impresión y su dolor. Se agarró fuertemente a él, ofreciéndose más, para que él la penetrara más profunda y más rápidamente.

Él sintió la barrera de la virginidad de ella y escuchó su grito ahogado, y se quedó perplejo.

Hermione se estremeció mientras el cuerpo de él se quedaba quieto dentro del suyo. El dolor había pasado, pero no las pequeñas y reveladoras contracciones de su interior. Se estaban intensificando, haciéndola moverse rítmicamente y cada vez con más urgencia contra él, obligándolo a unirse a ella.

Hermione lo oyó gemir y hundió sus dientes en su hombro, conforme mientras la excitación se apoderaba de ella y gritaba de placer. Los movimientos de él dentro de ella eran puro placer, y ella se entregó, dejándose llevar por lo que estaba experimentando, un orgasmo que la estaba haciendo temblar de pies a cabeza. Pero fue al sentir cómo Draco se derramaba dentro de ella cuando los ojos se le inundaron de lágrimas de emoción.

Dejando escapar un suspiro de placer, Hermione apoyó su cabeza en el hombro de Draco y se acurrucó contra él.

—¿Cómo es posible que fueras virgen?

Aquellas palabras duras e iracundas la confundieron. ¿Qué importaba lo que fuera cuando se sentía gloriosamente completada por él?

Draco estaba intentando recuperarse de la conmoción. Descubrir que ella era virgen y él había sido su primer amante lo cambiaba todo. Por cómo lo habían educado, se sentía moralmente responsable hacia ella.

—Deberías habérmelo dicho.

Sonaba frío y enfadado y, para disgusto suyo, Hermione descubrió que, en lugar de sentirse inmensamente feliz, se sentía totalmente miserable y a punto de llorar.

—Te dije que Viktor no era mi amante —le recordó.

—Podías haberme dicho que me detuviera —dijo él, con una expresión en el rostro que Hermione no supo interpretar—. Para cuando me he dado cuenta de que debía parar, era demasiado tarde.

Él estaba criticándola por lo que había sucedido. ¿La culpaba? A pesar de su indignación, Hermione reconoció que él tenía razón. Ella podía habérselo dicho, pero había elegido no hacerlo, quizás porque había intuido que él no continuaría haciéndole el amor, quizás porque deseaba con todas sus fuerzas que él lo hiciera…

Además de ira, lo que empezaba a sentir a un nivel mucho más profundo y más doloroso era una mezcla de rechazo, desesperación y la certeza de que todo lo que ella había entregado en aquella intimidad sexual no era correspondido. Un escalofrío sacudió su cuerpo aún desnudo.

—Toma, ponte esto.

Hermione se tensó conforme él le ponía su propia bata, con el ceño fruncido, con movimientos precisos pero sin nada de ternura.

—Eres consciente, supongo, de que esto cambia todo entre nosotros. Si hubiera sabido que eras virgen, nunca…

Hermione trató de contener las lágrimas que inundaban sus ojos.

—¿Te das cuenta de lo despreciable que eres? —le preguntó acaloradamente—. Cuando creías que Viktor era mi amante, te pareció perfectamente aceptable hacer… lo que has hecho, pero ahora que has descubierto que era virgen, las cosas son distintas. ¡Puede que tú sientas algo diferente hacia mí, pero yo sigo sintiendo lo mismo hacia ti! De hecho, si acaso te desprecio más ahora que antes. El tipo de hombre a quien yo puedo respetar me valorará por mi persona, ¡no sólo por mi virginidad! ¡Eres odioso y despreciable!

Vio el destello de orgullo en los ojos de él, pero no se amilanó. ¡Tenía tanto derecho a decir lo que pensaba como él! En su interior, se sentía avergonzada y se despreciaba por haber creído que él era alguien especial. Se había engañado a sí misma, y estaba pagando el precio no con su virginidad, sino con su corazón.

Al menos, a partir de aquel momento podría destruir aquel floreciente amor al recordarse lo que había sucedido aquel día y lo cruel que había sido él.

Las palabras furiosas de Hermione pillaron a Draco desprevenido, igual que le había pasado con su deseo hacia ella. La imagen que ella le devolvió de él le hirió en su orgullo.

La había mentido al decirle que sólo había hecho el amor con ella porque creía que tenía experiencia. La verdad era que no había sido capaz de contenerse, pero su orgullo le había impedido admitirlo ante ella, y ya era demasiado tarde para decirle la verdad.

También era demasiado tarde para regañarse a sí mismo por no haber tomado precauciones. ¡Con los riesgos que existían, y él no se había contenido de ninguna forma!

Miró a Hermione. Su hermoso rostro estaba pálido y lo miraba con los ojos muy abiertos. Aunque tenía puesta la bata, seguía tiritando.

Bruscamente, Draco se puso de pie y, con una expresión grave y sin decir nada, subió a Hermione en brazos.

—¿Qué estás haciendo? ¡Bájame! —le ordenó Hermione inútilmente, mientras él la llevaba a la parte privada de la tienda.

El pánico se apoderó de ella. ¿Qué iba a hacer él? Pero en lugar de dirigirse al dormitorio, la llevó al pequeño cuarto de baño y se metió en la ducha con ella en brazos.

La dejó en el suelo, le quitó la bata y cerró la puerta de la ducha.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —preguntó ella, pero su voz se perdió en el ruido de la ducha, que tuvo que reconocer que le agradaba.

—Estás helada y seguramente un poco en estado de choque —respondió él gravemente.

Era cierto que estaba temblando, reconoció Hermione, pero se debía más a los furiosos comentarios de él que a la intimidad que habían compartido.

Se arriesgó a levantar un poco la mirada hacia él. Draco la estaba enjabonando, y la expresión de su cara revelaba que no había nada sexual ni placentero para él en lo que estaba haciendo, algo que ella no podía decir, ya que su cuerpo no era capaz de tanta contención.

No era ninguna ayuda el hecho de que él estuviera tan desnudo como ella. Incapaz de evitarlo, Hermione deslizó su mirada por el cuerpo de él, y se tensó cuando vio que su pene no estaba pequeño y fláccido, como había supuesto que estaría, sino impresionantemente hinchado y firme. Frunció levemente el ceño de asombro.

—¿Qué sucede? —inquirió él.

Hermione sintió que las mejillas le ardían. No se había dado cuenta de que Draco la observaba tan detenidamente.

—Nada. Es sólo que… creí… —comenzó, enrojeciendo aún más cuando él miró su propio cuerpo.

—¿Creíste el qué? —le desafió él con frialdad—. ¿Que estaba planeando volver a acostarme contigo?

—¡No! —negó Hermione al momento y sinceramente, aunque sus pezones endurecidos indicaban que su cuerpo contemplaba esa posibilidad—. Sólo creí que tú… que después del sexo… Eres mucho más grande de lo que yo había imaginado.

—¿Lo habías imaginado?

La palabra se le había escapado sin darse cuenta, evocando las fantasías y pensamientos eróticos que había creado sobre él, y dejándola sin habla.

Draco se inclinó hacia delante, frotándole la espalda con la esponja, desde los hombros hasta sus firmes glúteos.

—¿Y qué habías imaginado exactamente? —le preguntó él suavemente.

—Nada —se apresuré a negar Hermione.

—Mientras que los hombres y las mujeres están básicamente hechos igual, dentro de esa igualdad hay tamaños diferentes, por esa razón debías haberme dicho que eras virgen —dijo él, mientras le aclaraba el jabón de la espalda—. Me sorprende que tus padres no te advirtieran de esta situación…

—No tengo padres —le informó Hermione tranquilamente—. Murieron en un accidente cuando yo era una adolescente.

—¿Un accidente?

—Eran científicos —explicó ella—. Estaban trabajando en una excavación en Turquía cuando el techo les cayó encima.

Escuchó que él contenía el aliento.

—No hace falta que me tengas lástima. No quiero la compasión de nadie. Me hace feliz al menos que murieran juntos, y estoy agradecida por el amor que me dieron y el que se tenían el uno por el otro.

Habló con una dignidad que de nuevo tocó un lugar íntimo de las emociones de Draco.

Tuvo que contenerse para no rodearla con sus brazos y simplemente abrazarla.

—Quédate aquí —dijo secamente en su lugar, apagando la ducha y regresando al momento con una enorme toalla con la que la envolvió.

Cuando ella sintió su suavidad, él le explicó:

—Es algodón egipcio, y de la mejor calidad.

—Y el más caro —añadió Hermione, recordando quién era él.

Seguro que había adquirido las toallas de la misma forma que los libros pero, al recordar a dónde les habían llevado las acusaciones que ella le había hecho, decidió no desafiarlo una segunda vez.

Draco se sujetó su toalla por la cintura y comenzó a secar a Hermione, más enérgica que apasionadamente, advirtió ella. Cuando hubo terminado, la envolvió en otra toalla seca y la subió de nuevo en brazos.

—Puedo caminar, ¿sabes? —protestó ella molesta, pero no le sirvió de nada.

Percibió el aroma a limpio de la piel de él y sintió que el corazón se le revolucionaba. Se moría de ganas por acercar sus labios a su cuello pálido, y lamer y mordisquear el camino hasta su boca.

Un sentimiento cada vez más familiar de tensión sensual estaba empezando a formarse en su interior de nuevo. ¿Qué le había hecho él? ¿Cómo la había transformado de una ingenua virgen en una mujer con deseos y necesidades que lo deseaba otra vez?

Él la llevó al dormitorio y la depositó sobre la cama.

—Ahora descansa.

—No necesito descansar —protestó ella—. Sólo porque fuera virgen no significa que sea delicada.

Él estaba dándose la vuelta para marcharse, pero se detuvo y se la quedó mirando.

Deslizó un dedo por el cuello de ella obligándola a que lo mirara.

—Puede que fueras virgen, pero estabas ansiosa y preparada para mí, ¿verdad?

Había subido su mano hasta sus labios y jugueteaba con el dedo pulgar sobre ellos.

Hermione deseó abrirlos y saborear aquel pulgar juguetón que la atormentaba de placer.

—Respóndeme —repitió él, apartando su dedo.

—De acuerdo. Sí, lo estaba. Está claro que tú eres un amante experimentado —contestó ella sin ninguna emoción, decidida a no revelarle lo que realmente sentía.

—Estarás en mucha mejor posición de saber cuán experimentado soy mañana al amanecer —le dijo él burlonamente—. Apenas has empezado a vislumbrar cómo es el placer sensual, aunque debo admitir que eres una alumna extremadamente receptiva. ¿Tienes alguna idea de lo excitante que es para un hombre que una mujer le muestre lo receptiva que está hacia él? Descansa ahora, y esta noche te enseñaré lo que es el auténtico placer.

Su arrogancia era increíble, pensó Hermione furiosa, pero detrás de su enfado podía sentir lo excitada que estaba. Lo que estaba permitiendo que sucediera era muy peligroso, era consciente de ello, pero no podía evitarlo.

Debería odiarlo, despreciarlo y no amarlo. Debería…

¿Amarlo? Ella no lo amaba. No podía amarlo. ¿Qué le había traicionado poniendo esa palabra en su cabeza? Quizás lo deseara, quizás se sintiera excitada y atraída por él… ¡pero no lo amaba!

C****ontinuará...