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Poseída por Malfoy — capítulo 6
Ni tampoco eres Virgen
Hermione se despertó bruscamente del sueño erótico y simbólico que había tenido, en el que era transportada por una lujosa alfombra voladora a la tienda de un poderoso guerrero que se parecía terriblemente a Draco.
Se sonrojó mientras intentaba ignorar la sensualidad de su sueño, y la forma en que se había presentado ante Draco, con el cuerpo cubierto por velos semitransparentes de todos los colores, que mostraban más que ocultaban. Llevaba los pezones pintados con una suave pasta de oro, y el sexo cubierto por una seda que aumentaba su misterio en lugar de esconderlo.
Mientras avanzaba hacia Draco, había percibido que él intentaba no mostrar interés por ella, pero al deslizar la vista hasta su hombría, había visto que estaba erecta, que se apretaba contra la tela que la constreñía.
Ella había sentido entonces todo su cuerpo inundado de un deseo ardiente hacia él, preparado para la promesa de aquella hombría.
Él no había pronunciado ni una palabra mientras ella se acercaba a la tarima sobre en la que él estaba sentado, pero lo había visto inspirar agitado cuando ella se había subido sin pedirle permiso. Había caminado orgullosa hacia él en lugar de esperar a que le permitiera acercarse a él.
Al llegar a su lado, se había arrodillado graciosamente delante de él, haciendo destacar sus senos pintados de oro, ansiosos de que él los acariciara, ante la mirada hambrienta de él.
Lentamente, había colocado sus manos sobre los muslos de él, a escasos centímetros de su pene, sintiendo cómo crecía su excitación, cómo se hinchaban los labios de su propio sexo y el centro de su placer latía ansioso.
Había alargado la mano para colocarla sobre la hombría de él, pero él la había detenido, la había sentado en su regazo, y había comenzado a mordisquear apasionadamente sus pezones, a juguetear con ellos con la lengua, mientras con la mano le separaba los muslos y apartaba los velos, para dejar expuesto completamente a su tacto su sexo húmedo.
Ella había gritado de placer, provocando en él una respuesta inmediata de triunfo.
Sus dedos largos y hábiles habían separado los pliegues más íntimos de ella y, mientras ella se retorcía bajo sus caricias, envuelta en un placer ardiente y sensual, la boca de él mordisqueaba su pezón, hasta que ella había creído que iba a explotar de lo que lo deseaba.
Entonces él había introducido sus dedos en lo más íntimo de ella, primero uno y después otro más, y los frotaba contra su humedad, investigando sus profundidades. Cuando ella había gemido a gritos, él había separado aún más sus muslos y la había besado apasionadamente, hasta dejarla sin aliento y sin capacidad para pensar. Todo su cuerpo se había tensado, al límite del placer más intenso. Ella había sentido cómo se acercaba, en oleadas, su alivio. ¡Quería más de eso, y de él!
No quería recordar más, especialmente la sensación real de estar suspendida al filo de su propio orgasmo. Estaba avergonzada porque aún sentía la excitación física que le había provocado el sueño, y se sentía mortificada por haber soñado algo así, independientemente de que fuera con Draco. Agradeció estar sola y a oscuras, para ocultar sus mejillas encendidas.
Se quedó tumbada rígida, casi temiendo volver a dormirse.
Dentro de tres horas amanecería, Draco estaba quieto en el silencio de la tienda. Los agentes especiales habían decidido que, en cuando El Khalid anunciara las intenciones de la visita de Nazir, abandonarían el campamento y comunicarían sus hallazgos al Consejo de Gobierno del país.
Draco frunció los labios. Él los había urgido a que no se retrasaran, pero ellos se habían mantenido firmes: no podían recomendar un movimiento contra Nazir hasta que no tuvieran pruebas irrefutables de que tenía intención de hacer daño al soberano de Zurán.
Del dormitorio le llegaba el sonido de Hermione dormida. Hermione… su esposa… ¿pero la mujer de otro hombre? ¡Seguramente la mujer de más de un hombre! Un sentimiento primitivo mezcla de ira y celos lo invadió. Dio un paso hacia el dormitorio y se quedó helado. Lo que sentía era sólo un espejismo, no era real, y silo ignoraba desaparecería.
Igual que la hambrienta necesidad de su cuerpo.
Hermione se despertó con la llamada matutina a la oración, pero los acontecimientos del día anterior le estaban pasando factura y volvió a dormirse antes de poder evitarlo.
Draco, por el contrario, ya se había levantado y sentía la tensión apoderándose de su cuerpo. En cuanto terminó la oración, todo el campamento se llenó de rumores de que El Khalid tenía un visitante importante, y que se convocaba una reunión inmediata.
Draco, como los demás hombres, se dirigió al espacio que usaban para reunirse, cuidándose de colocarse cerca de los tres agentes infiltrados, pero no directamente a su lado.
La charla de El Khalid fue breve y directa. Les habían contratado para infiltrarse en las celebraciones de la fiesta nacional de Zurán y despertar inquietud entre los civiles.
—No ha mencionado nada de intentar atentar contra tu hermano —le comentó uno de los agentes a Draco cuando terminó la reunión.
—Nazir no confiaría en nadie para asesinar a mi hermano. Lo matará él mismo, encubierto por el alboroto que va a causar El Khalid. Oficialmente, Nazir está fuera del país, eso ya lo sabemos. No tengo ninguna duda de que lo ha planeado todo —afirmó a los agentes con gravedad—. Lo que supongo es que se hará pasar por uno de los hombres de El Khalid, y actuará cuando mi hermano realice el tradicional paseo entre la gente.
—No tenemos pruebas de que vaya a hacer eso —objetó uno de los agentes.
—¿Asumís el riesgo de que puedo estar equivocado? —los desafió Draco—. La vida del soberano es más importante.
Hubo un breve silencio y habló el otro agente.
—Ahora nos vamos a preparar nuestro informe. Un helicóptero nos recogerá en cuanto lo avisemos, y entregaremos el informe al Consejo de Gobierno en cuestión de horas. Recomendaremos que fuerzas armadas se desplacen al campamento inmediatamente lo rodeen y detengan a todo el mundo. Si estás en lo cierto, eso incluirá también a Nazir.
Draco fue consciente de que era lo más que podía esperar. No podía meter prisa a los agentes ni rogarle a su medio hermano que cancelara su tradicional paseo el día de la fiesta nacional.
El sol comenzaba a calentar el desierto mientras él atravesaba el campamento camino de su tienda, y el olor a, comida se esparcía por el aire.
Fue el aroma a café recién hecho lo que despertó a Hermione. Durante unos segundos, se deleité en la comodidad de la cama y el delicioso olor a café, pero entonces la realidad la sacudió bruscamente.
Ella no estaba simplemente prisionera, ¡además estaba casada con su captor! Se miró la muñeca. Siempre estaría unida a Draco. Se incorporé en la cama, sintiéndose enferma y mareada.
Como siempre, escuchó atentamente por si Draco estaba cerca, antes de correr al pequeño cuarto de baño. Se dio una ducha rápida, y enrojeció cuando sus pezones reaccionaron al enjabonarlos tal vez sólo hubiera sido un sueño, pero lo que había experimentado la noche anterior le había dejado una memoria corporal igual que si él le hubiera hecho el amor.
Casi se sintió aliviada de vestirse y ocultar sus pezones erectos. Dos minutos después, se detuvo junto a la cortina que separaba el dormitorio del salón. Tomó aire profundamente y lo echó poco a poco, mientras se recordaba quién era Draco en realidad. No era el hombre que su corazón ansiaba que fuera, ni mucho menos. Ese era fruto de sus estúpidos sentimientos.
Con decisión, apartó la cortina y salió al área común. Draco la contempló desde unos metros más allá. Hermione se sonrojó, mientras intentaba mirarlo a los ojos sin conseguirlo.
Aquel hombre era su esposo. Estaba unida a él de una forma tan íntima como si él la hubiera tomado en sus brazos y le hubiera hecho el amor. Un temblor como de gacela joven la recorrió.
Al observarla, Draco tuvo que admitir que el tono sonrosado de su piel y su mirada modesta eran justo lo que un marido tradicional esperaría de su nueva esposa la mañana siguiente a su boda. Y sin duda, si ellos fueran una pareja, al verla así él se habría acercado rápidamente a ella y la hubiera subido en brazos, la habría llevado a la cama para enseñarle nuevos placeres.
Pero ellos no eran nada de eso.
Mientras se quitaba el pañuelo que lo ocultaba a la vez que lo distinguía como tuareg, esbozó una sonrisa de amargura. Hermione estaba lejos de ser una tímida e inocente recién casada. ¿Cuántos amantes habría tenido antes de que aquel cobarde la abandonara por salvarse a sí mismo? Sintió su lucha interior entre su herencia ancestral y la sangre europea de su madre.
¿Cómo iba él a encontrar a una mujer que comprendiera y aceptara esos dos lados opuestos de él? Al mismo tiempo, ella debía apelar a los dos de forma que él sintiera que la necesitaba y la amaba tanto que no podía vivir sin ella.
Pero sabía que eso no era posible. Y estaba muy contento de que en su vida no hubiera ninguna mujer. Tenía cosas más importantes de las que ocuparse.
—Había un gran alboroto hace un momento —comentó Hermione, esforzándose por comportarse como si todo fuera normal, y no como si fuera plenamente consciente de que no sólo era la esposa de Draco, ¡sino también su posesión!
—No más de lo normal —mintió Draco tranquilamente—. ¿Qué esperabas? ¿Qué tu amante viniera a buscarte?
—Sólo intentaba mantener un poco de conversación —respondió ella enfadada.
—Te he traído esto —le anunció Draco, tendiéndole una túnica negra como las de las otras mujeres—. No saldrás de la tienda sin esto puesto.
Hermione lo miró atónita, sin poder creérselo.
—¡No lo haré!
—Si no accedes, no me dejarás otra opción que asegurarme de que cooperas.
—¿Y eso cómo? —le desafió Hermione ferozmente—. ¿Poniéndomela tú mismo?
—No. Si no accedes, simplemente me aseguraré de que no abandones la tienda. Si es necesario, te encadenaré en su interior.
Hermione no podía creer que él la tratara de una forma tan primitiva. No confiaba en lo que fuera a decir, así que prefirió que fuera su cuerpo el que expresara su furia y su indignación.
—Es hora de que comamos algo. Toma, póntelo —le ordenó Draco tranquilamente.
—No voy a ponérmelo —insistió ella tercamente—. Huele al perfume de otra mujer.
Draco no dijo nada. Le había costado mucho esfuerzo y más dinero del que valía conseguir que una de las mujeres de El Khalid le vendiera esa túnica. Él había percibido el penetrante olor del perfume de la mujer, pero tenía que asegurarse de que Hermione se tomaba la amenaza en serio, sobre todo por su propio bien. No quería que Nazir la viera y se preguntara qué hacía una mujer europea en el campamento. Si sospechaba que ella podía representar el mínimo riesgo para él, la mataría, Draco estaba convencido de eso. Pero vestida como la mujer de un tuareg no levantaría sospechas…
—Debes ponértela por tu propia seguridad —le explicó tranquilamente.
La sincera preocupación por ella pilló a Hermione desprevenida y llamó su atención. ¿Sería verdad que, después de todo, él tenía un lado cálido y bondadoso?
—¿Es por Sulimán? —preguntó, incapaz de ocultar su temor.
Draco dio un paso hacia ella, como queriendo que se sintiera segura.
—No temas, él no va a hacerte daño, yo me encargo de eso. Pero las mujeres esperan que te vistas como ellas, y los hombres esperan que te vistas como mi esposa. De verdad que es por tu propia seguridad por lo que debes vestirte al modo tradicional.
Hermione supo instintivamente que él decía la verdad. De nuevo, sintió que reaccionaba ante su humanidad, ¡y ante él mismo! Agarró la prenda negra y se la puso, arrugando la nariz ante el fuerte aroma a su anterior propietaria.
Draco apartó sus ojos rápidamente de ella. No quería que viera en ellos su alivio al no tener que verse sometido al tormento de su aroma natural, que provocaba un efecto demoledor sobre él cada vez que lo aspiraba.
Hermione necesitó varios minutos para acomodarse la túnica, que estaba confeccionada para alguien más grande que ella. Durante ese tiempo, Draco entró en el dormitorio y salió con una sábana en la mano.
Sin comprender lo que él hacía, Hermione lo observó desdoblar la sábana y arrugarla, antes de pincharse ligeramente con la daga en un brazo y hacer que la sangre manchara el centro de la sábana.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó ella desconcertada.
—¿No recuerdas tus estudios sobre las tribus del desierto? La madre de El Khalid me ha recordado que, la mañana posterior a la noche de bodas, debe mostrarse la sábana manchada con tu sangre como símbolo de tu virginidad. Si tú no hubieras llegado virgen al matrimonio, sería un deshonor tanto para ti como para mí.
Hermione se sentía tan indignada que sólo podía mirarlo, con el rostro desencajado.
¡Después de escuchar aquello, lo último de lo que se sentía capaz era de mostrarse en público! Se apartó de él y comenzó a quitarse la túnica.
—¿Qué sucede? —le preguntó Draco.
—He decidido que no tengo hambre —mintió ella, pero al registrar la mirada que él le lanzaba, no pudo contenerse más—. ¿De verdad crees que voy a permitirte que me pasees por delante de todo el mundo junto con esa sábana, para satisfacer su curiosidad lasciva?
Sabía que estaba a punto de echarse a llorar, e intentó contenerse. No iba a llorar delante de él. ¿Cómo era posible que le hubiera parecido alguien humanitario?
—No somos europeos, no nos juzgues como tal. No hay nada lascivo en esta tradición. Y está pensada para proteger a las mujeres, no para humillarlas. Una muchacha tuareg en tu posición acompañaría orgullosa a su marido para mostrar a todo el mundo la prueba de su virginidad.
—Tal vez, pero yo no soy tuareg —replicó ella ferozmente.
—Ni tampoco eres virgen —añadió Draco fríamente.
—Sí que lo… —comenzó Hermione acaloradamente.
Draco la hizo callar.
—Puede que tú no tengas hambre, pero yo sí —dijo él, mientras se cubría la cabeza y el rostro.
Tenía un aspecto severo y cautivador, y Hermione sintió que el corazón se le aceleraba con el aura de magnificencia y peligro que él destilaba.
Draco se detuvo brevemente a recoger la sábana, le lanzó una mirada dura y salió de la tienda.
No podía seguirlo, simplemente no podía, admitió ella, mientras lo observaba salir.
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