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Reencontrándome con un viejo amor (Draco y Hermione) — capítulo 2

Viste a mi padre… Mamá

Hora y media después, Hermione inspeccionaba el elegante vestíbulo de la casa georgiana por enésima vez preguntándose cuánto tiempo más tardarían los propietarios en enseñársela a Draco. Su presencia no había sido requerida para realizar el gran tour, no.

Los Raschid los habían estado esperando al enterarse de que Draco Malfoy iba a ver su hermoso hogar. El señor Raschid era un diplomático y había conocido a Draco en una cena en la embajada el año anterior. El matrimonio, ansioso por renovar su amistad con él, le dijo a Hermione, nada más llegar, que esperase en el vestíbulo, y le aseguraron a Draco que la visita a la casa sería más interesante si ellos se la enseñaban. Bueno, Hermione podría haberse sentido perdida entre tres personas que dialogaban en árabe.

Draco no la había vuelto a mirar. Repentinamente había adquirido la invisibilidad de una humilde doncella. Y así era como tenía que ser. Como los Raschid, Draco era un cliente, y los clientes, especialmente los ricos, a menudo daban a los empleados de la agencia un trato infrahumano. Pensándolo bien, su aventura hacía trece años había roto con todas las reglas sociales: Draco, el adorado hijo único de la dinastía de banqueros propietarios del Malfoy Black Bank y Hermione, la au pair que trabajaba en una casa en la misma carretera donde se alzaba su palaciega casa de verano.

No habían tenido nada en común. Draco se había criado como parte de una familia muy unida que lo apoyaba y Hermione había perdido a sus padres antes de los seis años. Sus abuelos la habían criado hasta que las enfermedades y la vejez finalmente se llevaron a todos sus seres queridos y la hermana de su madre se hizo cargo de ella a los dieciséis años. Profesora titulada próxima a los cuarenta años de edad, Janet había alentado a su sobrina a ser más independiente de lo que sus padres le habían permitido, pero se había mostrado dudosa cuando Hermione sugirió pasar el verano anterior a su último año de escuela trabajando como au pair.

—Apuesto a que acabas en manos de una familia espantosa que te tratará como a una criada y querrá que trabajes día y noche —le había anticipado Janet con preocupación.

Pero de hecho, Hermione había tenido mucha suerte. La agencia le había asignado una amable pareja que tenía un pequeño chalé en la Toscana e iba allí todos los veranos con sus hijos. Los Morgan le habían dado mucho tiempo libre y Liz Morgan había hecho lo imposible para que Hermione conociera a otros jóvenes. La primera semana, Hermione había sido invitada a la fiesta en la que había conocido a Draco.

Había aparecido haciendo ruido en una motocicleta gigantesca, enfundado en unos vaqueros negros que tenían un agujero en la rodilla y una camiseta blanca. El viento había echado atrás su pelo revuelto y lacio de color rubio platino y toda una habitación de jóvenes adolescentes se habían quedado sin aliento. Más aún, los de su mismo sexo se habían apiñado alrededor de él con el mismo entusiasmo. Draco era enormemente popular.

Era joven, atractivo, brillante en los estudios y rico. Y el mayor atractivo de Hermione sólo podía haber sido que era diferente de las muchachas con las que solía salir. La cara nueva, la extranjera, que tenía que trabajar para tomar el sol, había sobresalido entre los rostros conocidos.

Pero Hermione no había sabido entonces quién era él. Su nombre no significaba nada para ella. E incluso después de haberlo abofeteado, Draco la había seguido en su moto hasta la casa de los Morgan después de que Hermione se marchara disgustada de la fiesta y emprendiera a pie el camino de vuelta. Cuanto más le había dicho que creciera y la dejase en paz, más había reído Draco. Hermione estaba convencida de que se había burlado de ella por haber reaccionado exageradamente a su proposición deshonesta.

—Cualquiera te hablará bien de mí. Soy una persona maravillosa cuando se me conoce —le dijo con una sonrisa burlona que hizo que su vulnerable corazón diera un vuelco—. Y me encanta saber que no eres el tipo de chica que se entrega en la primera cita. Tampoco es que hubiese dicho que no, me entiendes… Pero una respuesta negativa ocasional es probablemente mejor para mi carácter.

—Eres muy presuntuoso —le había lanzado Hermione.

—Al menos no me escondo detrás de los sillones por miedo a hablar a la gente ni reacciono como un conejo asustado cuando me dicen algo —replicó, rápido como el rayo.

Y Hermione entró corriendo a resguardarse en su habitación y lloró hasta quedarse dormida.

Pero Draco apareció a la mañana siguiente. Liz lo llevó hasta la cocina, donde Hermione estaba recogiendo la mesa del desayuno. Durante el tiempo que estuvo allí, la mujer clavaba sus ojos en Draco como si no pudiera creer que era real.

—Te recogeré a las siete… ¿de acuerdo? —le dijo con voz serena, sin preocuparse por la audiencia—. Iremos a cenar a alguna parte.

—De acuerdo.

—Sonríe —le dijo acariciando el cabello de una niña de dos años que se había agarrado a su pierna— Ella me sonríe, ¿por qué tú no?

—No te esperaba —confesó Hermione en un impulso de franqueza.

—No debes decir eso.

Liz la asedió en cuanto se fue.

—Hermione, perdona que haya actuado de manera extraña, pero estaba atónita al ver a un Malfoy en mi humilde morada.

—¿Por qué?

—Llevamos diez años viniendo aquí y todavía no he conseguido más que una mirada en señal de saludo. Sus padres son multimillonarios y son muy selectos con sus amistades —le explicó—. Y Draco tiene una reputación con las chicas que pondría los pelos de punta a cualquier madre. Pero normalmente se limita a salir con los de su clase. Hermione, por favor, no lo tomes a mal, pero… ¿de verdad crees que podrás controlar a un joven como él? Ha vivido mucho más que tú.

Pero Hermione no la escuchó. Draco no parecía ni remotamente un esnob. Y sus padres no la preocupaban lo más mínimo.

Apareció en un Ferrari de color escarlata para llevarla a cenar aquella noche a un lujoso restaurante de Florencia. Hermione estaba abrumada por el entorno hasta que Draco estiró la mano y entrecruzó sus dedos con los suyos sobre la mesa. Entonces pasó a sentirse felizmente abrumada por él.

En el trayecto de regreso detuvo el coche en un área de servicio de la carretera, la rodeó con sus brazos y la besó. Pasados diez segundos de aquella experiencia increíblemente excitante, empezó a enseñarle cómo besar, riéndose cuando ella se avergonzaba y trataba de disculparse por su técnica inexperta alegando diferencias culturales. Pero, sorprendentemente, no trató de hacer otra cosa más que besarla. Era tan diferente de sus amigos. Romántico, tierno, inesperadamente serio. Al término de aquella velada, se sentía profundamente enamorada…

Hermione emergió de aquel perturbador recuerdo y se dio cuenta de que estaba todavía esperando en el vestíbulo de los Raschid. El sonido de voces la avisó de que estaba a punto de tener compañía otra vez. Se levantó justo cuando aparecieron en lo alto de la escalera y pudo percibir el ceño de sorpresa de Draco.

—Pensé que habrías regresado a la agencia —reconoció una vez en la calle.

—A mi jefe no le habría gustado. ¿Tienes alguna pregunta? —inquirió rígidamente sin prestar atención al chofer de la limusina, que había abierto la puerta a la espera de que entrase.

—Sí… ¿estuviste esperando en el vestíbulo durante todo el tiempo que duró la visita?

—No, estuve balanceándome de la lámpara de araña para divertirme un poco. ¿Qué crees que iba a estar haciendo?

—Si hubiera sabido que estabas esperando, no habría pasado tanto tiempo con los Raschid. ¿Llegaste a tomar al menos un café?

—¿Tratas de decirme que te preocupas por mí? —se mofó al borde de la desesperación—. Primero me dices que soy una… ¡Draco! —exclamó con incredulidad cuando la agarró de la cintura y la depositó apresuradamente en el interior de la limusina—. ¿Por qué diablos has hecho eso?

—Si estamos a punto de tener otra discusión, prefiero que sea en privado —le comunicó Draco irónicamente. Durante el tiempo que habían estado separados había recobrado aquel control de acero con el que se burlaba de su turbulenta confusión.

—Mira, yo no quiero discutir. Sólo quiero irme a casa.

—Te llevaré.

Hermione se quedó helada.

—No, gracias.

—Entonces te llevaré hasta la agencia. Voy en esa dirección.

Hubo un silencio incómodo. Hermione se sentó en el borde del asiento lo más lejos posible de Draco.

—No mentía cuando dije que todavía me parecías atractiva —susurró Draco con voz lastimera. Hermione se puso tensa, con la cabeza alta—. Ni quise humillarte —prosiguió lentamente Draco en un perceptible tono de desagrado—. Pero es mejor contener ciertos impulsos lujuriosos.

¿Impulsos lujuriosos? Tal y como lo veía Hermione, se trataba de un lobo rondando a una oveja indefensa. Y, a pesar suyo, recordó su respuesta a la provocación sexual de Draco horas antes. Durante unos segundos Draco había conseguido que lo deseara otra vez. Y lo peor de todo era que él lo sabía. Pero sí, Draco tenía razón en una cosa: nunca se olvida el primer amor, especialmente cuando la relación había acabado en dolor y desilusión.

—Creo que es aconsejable que no nos volvamos a ver —le dijo Draco en voz baja—. Tengo que reconocer que tenía curiosidad, pero ya la he satisfecho.

Una dolorosa oleada de calor subió por el esbelto cuello de Hermione. Cielos, le estaba advirtiendo que se alejara de él. Preocupado de que su confesión de deseo animal hubiese despertado expectativas en su codicioso corazoncito, estaba tratando de eliminar cualquier idea ambiciosa que Hermione pudiera haber alimentado. Tan fríamente, con tanta superioridad.

Rechinó los dientes. ¿Cómo podía Draco hablarle así? ¿Se creía irresistible? ¿Se imaginaba alegremente que iba a acosarlo?

—Yo ni siquiera sentí curiosidad —mintió Hermione.

—Yo sí, naturalmente. La última vez que te vi estabas embarazada de cinco meses y seguías siendo mi esposa.

—Tú no querías una esposa —dijo Hermione tensando con fuerza los músculos de la cara.

—No, lo confieso. Y dudo que encuentres muchos adolescentes que quieran casarse —respondió Draco con gravedad—. Estaba igual de preparado que tú para afrontar la situación… pero al menos lo intenté…

—Sí, te comportaste como un héroe, ¿verdad? Hiciste algo honorable. ¡Te casaste conmigo! Tu mamá lloró y a tu papá le embargó la pena por ti. Por supuesto, ninguna italiana decente se habría quedado embarazada.

—Me estás poniendo furioso —dijo Draco clavando unos ojos en llamas en Hermione, pero ella se encogió de hombros.

—Así es como te recuerdo… furioso. No existe tal cosa como el perdón en un Malfoy.

—Dadas las circunstancias, creo que me comporté razonablemente bien.

—¿Haciendo el increíble sacrificio de casarte conmigo? —replicó Hermione mirándolo conclaro desprecio—. No te engañes, Draco. Me habrías hecho un favor más grandedeshaciéndote de mí y echándote a correr en el momento en que te dije que podía estarembarazada.

—¿Por qué demonios guardas tanta amargura? —inquirió Draco desgranando las palabras y mirándola con ojos fieros—. Fuiste tú la que me dejaste. Y cualquiera que te oyera pensaría que fue la semana pasada.

Hermione intentó tragar saliva pero no pudo. Por un instante, su confusión y desmayo se reflejaron abiertamente en sus rasgos delicados. Volvió la cabeza y vio la familiar fachada de la agencia inmobiliaria con alivio.

—Comportarse civilizadamente no es fácil, ¿verdad? —admitió con voz tensa.

—Yo te amé —murmuró Draco con aspereza.

Cuando se abrió su puerta, Hermione se volvió hacia él mirándolo con ojos mieles llenos de sarcasmo.

—¿Crees que quiero o necesito tus mentiras ahora?

—No dejes que te entretenga —replicó Draco con profunda ironía lanzándole una mirada gélida de antipatía.

La agencia estaba cerrada. Por supuesto. Eran más de la una. Hermione siguió caminando, tensa y sintiéndose fatal por dentro. Aquél era el peor día de su vida. Volver a ver a Draco y rememorar todos aquellos recuerdos dolorosos era más de lo que podía soportar. Pasados unos minutos, no podía creer algunas de las cosas que le había dicho a Draco. No era de extrañar que le hubiera preguntado por qué mostraba tanta hostilidad. Habían pasado trece años y seguía vociferando como si el divorcio se hubiera consumado el día anterior.

Pero durante los tres meses y medio que duró su matrimonio Draco la había convertido en una patética y llorosa mujer, y destruido todo su orgullo y autoestima. Nunca había tenido gran seguridad en sí misma, pero cuando Draco terminó con ella no le quedó nada. Sin embargo, antes de casarse, antes de que las cosas se torcieran, Draco había hecho maravillas con su confianza. La había fortalecido, regañándola por infravalorarse y frunciendo el ceño cada vez que bromeaba sobre sí misma. Draco le había dicho lo hermosa y especial que era y lo feliz que lo hacía. ¿Era de extrañar que se hubiese enamorado profundamente de él? ¿O que cuando la cruel realidad había llamado a la puerta para condenarlos a un matrimonio forzoso, su relación se hubiese venido abajo?

Un novio fantástico, un marido terrible. Se había casado con ella solamente por el bien del hijo que llevaba. Pero en cuanto la boda hubo terminado, hablar del bebé se convirtió en un tema tabú. Y una noche, cuando la curva de su estómago era demasiado pronunciada como para pasarla por alto, se había alejado de ella y, durante las últimas y espantosas semanas, se había mudado a otra habitación. El rechazo definitivo… había roto incluso el débil lazo del sexo.

Pocos días después, su hermana Cassiopeia se había burlado de ella como una bruja malvada.

—A Draco la gordura le quita las ganas. Sólo han pasado cuatro meses y ya pareces un pequeño barril con patas. Ni siquiera muerto aparecería contigo en público. Ahora tampoco quiere dormir contigo. ¿Puedes culparlo por eso?

Ningún golpe era demasiado bajo para Cassiopeia. Aquella lengua viperina no perdía ninguna oportunidad de humillarla. Hermano y hermana estaban muy unidos y se había imaginado a Draco describiéndola como un pequeño barril con patas. Hermione había llorado angustiadamente en la soledad de su cuarto. Qué raro que a ninguno de los dos se les hubiese ocurrido que aquel repentino aumento de su vientre se debía, no solamente a una alimentación abundante, sino a que llevaba dos bebés en vez de uno…

La casa de Janet estaba a la vuelta de la esquina de su apartamento. Hermione se dirigió a ver a su tía rezando para que Lyra estuviera todavía en casa de su amiga y preguntándose si un sexto sentido la había impulsado aquella mañana a ceder a los ruegos de su hija de tener un poco más de libertad.

Janet estaba al teléfono cuando entró por la puerta de atrás.

—Pon el agua a calentar —le dijo haciendo un inciso en su conversación.

Hermione se quitó la chaqueta del traje, se miró en el pequeño espejo de la pared de la cocina yse quedó horrorizada. Se frotó las mejillas, se mordió los labios para recuperar el color, perosólo pudo ver su mirada de aflicción. Esperaba que Draco no la hubiese notado, pero luegose preguntó por qué debía importarle. Era de suponer que por orgullo.

—Estás callada. ¿Has tenido una mañana dura? —le preguntó Janet mientras sacaba un par de tazas de un armario.

—Me encontré con Draco…

Una taza cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.

—A mí me afectó de la misma manera —confesó Hermione con voz nerviosa.

—Vamos al salón —le sugirió su tía—. Estaremos más cómodas allí.

Hermione no podía estarse quieta. Cruzó los brazos y paseó arriba y abajo de la pequeña estancia mientras resumía lo ocurrido.

—Y espera a oír esto… ¡Su horrible padre le dijo que yo acepté el dinero que me ofreció!

La cara angulosa de su tía se puso extrañamente tensa.

—¿Mencionó Draco el dinero?

—No me creía cuando le dije que lo había rechazado.

—Porque yo lo acepté en tu nombre —comentó con turbados ojos azules. Sus mejillas de color cetrino se ruborizaron. Hermione se paró en seco.

—¿Que hiciste qué?

Janet se acercó a su mesa de trabajo y extrajo una delgada carpeta de un cajón. Se la tendió a Hermione.

—Intenta comprenderlo. No estabas pensando en el futuro. Estaba terriblemente preocupada por cómo ibas a poder salir adelante con un bebé si a mí me ocurría algo.

Hermione contempló a su tía completamente aturdida.

—Está todo en la carpeta. Un consultor financiero me ayudó a organizarlo. Ni siquiera un penique de ese dinero ha entrado nunca en este país. Está en una cuenta corriente en Suiza —explicó Janet—. Pero está allí para Lyra y para ti si alguna vez lo necesitáis.

—¿Draco decía la verdad? —balbuceó Hermione. Su tía suspiró.

—Su padre vino a verme mientras estabas en el hospital. Prácticamente me suplicó que aceptara el dinero. Se sentía fatal por el giro que habían tomado las cosas…

—¡No lo creo! ¡Estaba deseando interferir en nuestra relación!

—Me resultó muy difícil no decirle que todavía tenía otro nieto en camino —confesó Janet forzadamente—. Pero, al igual que él debía lealtad a su hijo, yo te la debía a ti. Respeté tus deseos.

—Pero aceptar el dinero… —dijo Hermione, completamente destrozada por la revelación.

—Creo que tomé la decisión más sensata. Eras muy joven y muchas cosas podían haberte ido mal. ¿Y qué me dices de Lyra? ¿No crees que tiene derecho a tener algo de la familia de su padre?

—¡Devolveré el dinero! —juró Hermione, demasiado irritada para escuchar nada.

—Espera a preguntarle a tu hija qué piensa de eso cuando tenga dieciocho años. Dudo mucho que Lyra piense lo mismo que tú. Después de todo, la sangre de los Malfoy corre por sus venas…

—¿Crees que no lo sé? —preguntó Hermione poniéndose a la defensiva—. Lyra sabe exactamente quién es…

—No, sabe quién quieres tú que sea. Tiene una curiosidad insaciable por su padre.

Hermione estaba recibiendo un ataque sorpresa de una mujer que respetaba y amaba, y le estaba resultando una experiencia muy perturbadora.

—¿Desde cuándo?

—Cada vez más a menudo. Me habla de él. A ti no te pregunta nada porque no quiere disgustarte.

—Nunca me he escabullido de ninguna de sus preguntas. He sido totalmente sincera con ella.

Janet hizo una mueca.

—Va a resultarte muy difícil, pero creo que es hora de que le digas a Draco que tiene unahija…

—¿Te has vuelto loca? —jadeó Hermione conmocionada.

—Un día Lyra va a entrar en su despacho en el centro de Londres y va a presentarse… y por su bien Draco debe estar prevenido.

—No puedo creer lo que me estás diciendo.

—¿Tienes intención de decirle a Lyra que has visto a Draco hoy?

Se oyó un pequeño ruido seco por detrás. Las dos mujeres se volvieron. Lyra estaba de pie en el vestíbulo, con los ojos abiertos y paralizada por lo que acababa de oír. Luego se lanzó hacia ellas con su bonito rostro lleno de alegría.

—Viste a mi padre… Mamá, ¿hablaste con él? ¿De verdad hablaste con él? ¿Le hablaste de mí?

Hermione estaba perpleja al ver la alegría de Lyra y la mortificante mirada de esperanza e ilusión en sus ojos. Estaba enfrentándose a una hija distinta de la que creía conocer en profundidad. Unos dedos gélidos se clavaron en el corazón de Hermione. Janet tenía razón. Lyra estaba desesperada por conocer a Draco, pero había tenido el cuidado de ocultárselo a su madre. Incluso aquella mañana había llamado «desgraciado» a su padre.

—No… me temo que no —dijo Hermione con voz inexpresiva, traumatizada por lo que había visto reflejado en el rostro de su hija.

—Tu madre no tuvo ocasión de hacerlo —intervino Janet.

La cara de Lyra se contrajo como si comprendiera lo mucho que su madre la había traicionado y, luego, un crudo resentimiento afloró en sus ojos llenos de dolor.

—¡El que a ti no te quisiera no significa que no quiera conocerme a mí! —la condenó con un ahogado gemido.

Hermione se quedó blanca. Su hija se quedó mirándola horrorizada y se marchó por la puerta de la cocina cerrándola de golpe.

—Señor, todo lo que he hecho ha sido tratar de protegerla y de que no la hirieran —susurró Hermione desdichadamente.

—¿Cómo te hirieron a ti? —inquirió Janet estrujándole el hombro para reconfortarla—. ¿Nunca se te ha ocurrido pensar que Draco puede haber cambiado tanto como tú? ¿Que el adolescente que no podía afrontar la paternidad es ahora un hombre adulto de treinta y dos años? ¿Crees que Draco no podría soportar ver a Lyra una sola vez? Eso puede bastar para satisfacerla y, si su padre ni siquiera accede a ello… bueno, Lyra tendrá que aceptarlo. No puede protegerla eludiendo la cuestión.

—Supongo que no…

Y la voz trémula de Hermione se apagó por completo.

Dos noches sin dormir no habían mejorado nada el ánimo de Hermione. Todo lo que pudo pensar cuando entró en el Malfoy Black Bank fue que en solo una mañana, Draco había hecho trizas su mundo. Y seguían cayendo pedazos. Lyra seguía disgustada por la crítica que le había hecho a su madre llevada por la angustia. De genio vivo y pasional, Lyra también era fiel y protectora. Nada de lo que Hermione le había dicho hasta entonces había suavizado su congoja por haberla herido.

¿Existiría la remota posibilidad de que un hombre tan egoísta como Draco Malfoy pudiera responder de manera apropiada a una hija adolescente y vulnerable que no había deseado tener en su momento? Hermione reconoció que supo lo que hacía al no revelarle la existencia de Lyra. El riesgo de exponer a su hija al mismo rechazo que había experimentado ella misma había sido demasiado grande.

Hermione salió del ascensor en el último piso. Si había pensado que el despacho de Giles era el último grito en lujo, empezaba a darse cuenta de su error. El lustroso edificio de cristales ahumados del Malfoy Black Bank era asombrosamente elegante con su decoración contemporánea. Había dos mujeres en recepción. La mayor se acercó hasta ella.

—¿La señorita Granger? Soy la secretaria del señor Malfoy. Si es tan amable deseguirme…

Hermione enrojeció. La secretaria de Draco parecía un poco tensa, seguramente como resultado de la férrea determinación de Hermione de que no le negasen una cita. Draco estaría indudablemente furioso. Después de todo, le había dicho muy claramente que no deseaba volverla a ver. Sin embargo, Hermione no sabía dónde vivía, de modo que no había tenido más alternativa que dirigirse al banco.

Con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta, Hermione entró vacilante en el despacho de Draco, una estancia enorme con una gran mesa de cristal y… Draco allí de pie, emanando furia contenida y rigidez por cada línea de su cuerpo alto y musculoso.

—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó con gélida precisión.

La cabeza le dio vueltas y sus piernas tambalearon. Abrió la boca y la volvió a cerrar. Le sobrevino el mareo, sintió que se hacía la oscuridad y sus piernas cedieron bajo el peso de su cuerpo.