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Reencontrándome con un viejo amor (Draco y Hermione) — capítulo 3
Quiero conocer a mi hija
Hermione volvió en sí muy lentamente. Las facciones pálidas de Draco aparecieron poco a poco nítidamente ante sus ojos y sonrió vagamente. La sostenía entre sus brazos, su cuerpo todavía débil, y tenía la cabeza apoyada sobre su hombro. Era maravilloso. Con soñolientos ojos mieles alzó la vista…
—Tienes unos ojos preciosos —susurró Draco acercándose cada vez más.
Se ahogaron en los suyos. Lagos de un gris apasionado bordeados de voluptuosas pestañas claras más largas que las suyas. Hermione suspiró levemente sintiendo el calor de su cuerpo delgado y musculoso sobre sus miembros relajados. Instintivamente se ciñó más a él.
Draco levantó una mano y sus dedos largos y pálidos se deslizaron por su melena acariciándole la oreja. El corazón de Hermione se desbocó en aquel silencio reverberante.
—Draco… —musitó.
—Piccola mia… —dijo Draco suspirando dolorosamente aquel nombre afectuoso.
Bajó la cabeza y atrapó sus labios húmedos en un beso apasionado que los entreabrió.
Desde aquel primer momento de contacto, Hermione quedó electrificada. La chispa erótica de su lengua al explorar el suave interior de su boca le hizo dar una sacudida y jadear. Levantó las manos y las hundió en su pelo rubio y se agarró a sus hombros anchos y fuertes. Draco la apretó contra él y Hermione se rindió con entusiasmo sintiendo la fiebre del deseo apoderarse de su cuerpo vibrante con un ímpetu voraz.
Draco gimió y separó sus labios de los suyos. La miró fijamente con intensidad y asombro. Bruscamente, se puso en pie y levantó su esbelto cuerpo con él. Su rostro se endureció mientras observaba los ojos de Hermione, brillantes de pasión. Giró sobre sus talones y abrió los brazos para dejarla caer sobre el sofá del que antes se había levantado.
—Primero dame las malas noticias —dijo abarcándola con la mirada.
Hermione había aterrizado confusa sobre el sofá. No sabía qué la había conmocionado y por un momento no supo dónde estaba, sólo que Draco se alzaba frente a ella como un juez amenazador.
—¿Las malas noticias…?
Por un momento no quiso pensar… ni en el tormento de placer de estar en los brazos de Draco ni en lo horrible que era volver a estar a distancia de él.
—Sólo te desmayas cuando estás aterrorizada. ¿Crees que no me acuerdo? —le lanzó Draco gravemente—. Te desmayas, abres esos enormes ojos mieles y los fijas en mí, y yo siento un ímpetu incontrolable de ceder a mis instintos más básicos. Así es como anunciaste tu embarazo.
—¿Mi embarazo? —inquirió Hermione con desesperación—. No llegué a ese estado yo sola.
—No hubo nada accidental en ello —la condenó Draco duramente.
Hermione se quedó helada, destrozada por aquella acusación. Ni siquiera trece años antes se le había ocurrido pensar que Draco pudiera creer que su embarazo no hubiera sido accidental. Que su familia sospechara que había sido una manipulación no la sorprendía, pero había dado por hecho inocentemente que al menos Draco no compartía aquella sospecha.
—¿En serio me acusas de haberme quedado embarazada delibera…?
—No vamos a hablar de esto —la interrumpió Draco poniéndose en pie bruscamente—. Deja las malas noticias del pasado donde están. No vamos a volver a las andadas y peleamos por viejas historias como un par de niños estúpidos.
Viejas historias… ¿Cómo reaccionaría Draco cuando lo informara de que las malas noticias del pasado eran más actuales de lo que podía suponer? A Hermione se le quitaron las ganas de discutir.
—¿Quieres saber por qué le dije a tu secretaria que tenía que verte por un asunto urgente y confidencial…?
—Creo que ya me lo imagino… —le dijo Draco con innato cinismo haciendo una mueca—. Estás arruinada, ¿verdad? Tienes deudas.
—No sé de dónde te sacas eso —dijo Hermione, pero se ruborizó con culpabilidad al recordar la cuenta corriente de Suiza rebosante del dinero de los Malfoy después de todos aquellos años de intereses.
Draco se acomodó en el sofá de cuero que es taba frente al suyo. Tenía un aspecto formidable ante sus ojos huidizos. Llevaba un traje de sastre de color azul marino a rayas y una corbata roja de seda. Enseguida apartó sus ojos de él, pero su imagen persistió en su mente. Tan dolorosamente atractivo que su garganta se cerró y se quedó en blanco. ¿Por qué no podía haber empezado a perder algo de pelo o a tener algo de barriga?
—Hermione, mi tiempo es oro y he tenido que suspender una cita importante para hacer hueco para ti…
—¿Para hacer un hueco en el sofá? —dijo rechinando los dientes.
—En este momento creo que cuanto menos hablemos de lo ocurrido, mejor.
Un amargo resentimiento hizo que Hermione se pusiera tensa. Draco… todo pasión en un momento y hielo polar un momento después. Hermione nunca había entendido cómo podía hacerle el amor loca y apasionadamente por la noche y luego alejarse de ella cuando trataba de hablarle. Ella siempre reflejaba sus emociones, pero Draco las guardaba bajo llave.
—Para serte sincero, no me sorprende que tengas problemas económicos —declaró Draco fríamente—. Imagino que el dinero del divorcio se terminó hace tiempo…
—¿Y por qué lo imaginas?
—A tu edad, no creo que tuvieras ni idea de cómo administrar aquella suma. Pero me alegro de que por fin reconozcas que recibiste aquel pago. Era muy ingenuo por tu parte pensar que no iba a haberlo sabido y que podías permitirte el lujo de mentir.
—No estaba mintiendo. Y no estoy aquí para pedirte un préstamo. Moriría de inanición antes que pedirte ayuda.
—Entonces, ¿qué haces aquí exactamente? —inquirió Draco.
Hermione inspiró profundamente y hundió la mano en su bolso para extraer una copia del certificado de nacimiento de Lyra y una fotografía de carné. Sus delgadas manos temblaban y tenía el estómago hecho un nudo.
—Esto va a ser una gran conmoción para ti, Draco… pero me temo que no hay una manera más fácil de hacer esto…
—¿De hacer qué? —la interrumpió con impaciencia.
Hermione se puso en pie con el corazón desbocado y las piernas temblando como si la hubieran amarrado a unos raíles y el tren estuviera a punto de arrollarla.
—Creo que me limitaré a dejarte esto aquí y luego tal vez pueda llamarte mañana y ver qué te parece.
Pero antes de que pudiera hacer nada, Draco ya había saltado hacia adelante con las facciones contraídas.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Después de separarnos, descubrí que esperaba mellizos… y a pesar de que había perdido uno —balbuceó Hermione sintiendo un hilo de sudor nervioso deslizarse entre sus senos—, no perdí el otro. Tengo una hija de trece años… tu hija —concluyó dando un paso hacia atrás.
Draco se quedó mirándola fijamente con fieros ojos entornados y un ceño de perplejidad.
—Eso es imposible —dijo con voz levemente trémula—. Tuviste un aborto involuntario.
—Nació tres meses después de que yo abandonara Italia, dos semanas antes de la fecha prevista —murmuró Hermione torpemente—. El doctor de Roma se equivocó en la fecha porque yo estaba más gorda de lo esperado, debido a que llevaba gemelos.
—Tuviste un aborto involuntario —repitió Draco con obstinación—. Y si más tarde diste a luz a una hija prematura es imposible que sea mía…
—Lyra nació en abril —dijo Hermione apretando los labios trémulamente—. Perdí a su mellizo, pero no a ella —susurró con mirada agonizante. Si Draco hubiera sido capaz de razonar habría deducido que en el intervalo de tiempo transcurrido era imposible que la niña no fuese suya—. Pero cuando me fui de Roma no lo sabía. Lo que sabía era que no me querías ni a mí ni al bebé y que, cuando aborté, no había razón para seguir casados. No podías esperar a librarte de mí. Ni siquiera pudiste venir a compadecerte de mí en el hospital porque no podías evitar sentirte aliviado de que todo hubiera terminado…
—Madre dijo… —susurró Draco con voz temblorosa y sus manos delgadas se cerraron en dos fuertes puños.
—Y no te culpo por ello, de verdad —reconoció Hermione con sinceridad—. Pero había tenido bastante y lo último que hubiera podido afrontar era irrumpir de nuevo en vuestras vidas y deciros «¿A que no lo adivináis? Todavía estoy embarazada». Era más fácil hacerte pensar que todo había terminado, como todos queríais. Así que no habría venido aquí esta mañana a aguarte la fiesta…
—¿A aguarme la fiesta? —repitió Draco con visible dificultad.
Hermione se inclinó torpemente y dejó el certificado y la foto de carné en la mesita de cristal que los se paraba.
—Nunca te lo habría dicho si dependiera sólo de mí —reveló mientras empezaba a retroceder hacia la puerta—. Sé que estás perplejo y enfadado y sin duda maldecirás el día en que me conociste, pero, por favor, piensa en todo esto desde el punto de vista de Lyra. Le gustaría conocerte. No quiere ser un estorbo ni nada parecido, pero tiene curiosidad…
—¿Dónde demonios crees que vas? —inquirió Draco haciendo un súbito movimiento hacia adelante que le arrancó de su inmovilidad.
—He dicho todo lo que tengo que decir por el momento —confesó Hermione, y aceleró el paso en dirección a la puerta abriéndola de golpe sin molestarse en mirar atrás y echando a andar a toda prisa por el pasillo. Apretó el botón del ascensor y se volvió.
—Hermione, vuelve aquí ahora mismo —le lanzó Draco con rabia desde una distancia de seis metros.
El corazón se le subió a la garganta. Tuvo una borrosa imagen de la incredulidad de la recepcionista y luego se volvió y corrió hacia las escaleras. No tenía sentido ayudar a Draco a hacer una vergonzosa escena en público. Era evidente que estaba en estado de shock o no le hubiera gritado de aquella forma. Bajó ruidosamente el último tramo de las escaleras de incendio y siguió a toda velocidad por otras escaleras más anchas.
—Te subiré a rastras si no vuelves ahora mismo —rugió Draco desde un tramo superior—. ¡Zorra!
—¡No te atrevas a llamarme así! —gritó Hermione haciendo una pausa—. Y por cierto, fue tu método anticonceptivo el que falló, no el que yo no tuviese ninguno. Las fechas lo demuestran sin lugar a dudas.
Draco espetó algo en italiano que sonaba bastante agresivo. Hermione pestañeó. No lo había conocido con aquella furia incontrolada. Nunca se le habría ocurrido pensar que un hombre que a los diecinueve años se enorgullecía de su autocontrol la estuviera persiguiendo por el Malfoy Black Bank.
Pero Lyrra había sido concebida en agosto, no en julio, lo que significaba que Draco era elúnico responsable. Por supuesto, había tratado de hacerla a ella responsable mencionando laprimera vez que habían hecho el amor. En aquella ocasión, tuvieron un pequeño malentendidoy Draco había supuesto erróneamente que Hermione tenía protección. Incluso con Draco en lostalones, Hermione sintió la infantil alegría de haber sido capaz decírselo.
—Vas a romperte el cuello —gritó Draco a corta distancia.
En sus intentos por correr más deprisa, Hermione perdió pie y cayó hacia delante. Jadeó cuando una férrea mano la sujetó por el cuello de la chaqueta impidiendo la caída. Luego la sacudió haciéndole girar y la aprisionó entre su fornido cuerpo y la pared del rellano sin percatarse de que sus pies no tocaban el suelo.
—Dime… ¿Cómo te atreves a acusarme de sentirme aliviado cuando perdiste a nuestro hijo? —rugió Draco con brillantes ojos grises chispeantes de furia—. Agarré tal borrachera que casi me mato. No tuve valor para ir a verte al hospital, estaba demasiado avergonzado como para mirarte a la cara. No supe qué decir cuando ya era demasiado tarde para decir que lo sentía. ¡Nuestro hijo ya estaba muerto!
La liberó lentamente y Hermione se deslizó hacia abajo por la pared perdiendo uno de sus zapatos. Lo miró con enormes ojos mieles que dejaban ver su incredulidad ante lo que le decía.
—Fui a verte tres días después y ya te habías ido —añadió Draco con voz vacilante, y Hermione pudo ver el dolor y la culpa en lo profundo de sus ojos sombríos—. Mi padre me dijo que si ponía un pie en un avión a Londres me mataría. Dijo que ya había hecho bastante daño. Pero no lo escuché hasta que Cassiopeia me dijo lo del dinero y me convenció de que eso era todo lo que habías querido desde el principio…
—Dudo que necesitaras mucha persuasión.
—Te habías ido —repitió Draco—. Aceptaste el divorcio sin ni siquiera hablarlo conmigo.
—Pero eso era lo que tú querías —apuntó Hermione temblando de arriba abajo. Pero aunque su boca hablaba, sólo podía pensar en el intenso dolor y remordimiento que Draco le había confesado. Nunca había imaginado que podría haberse sentido así después de su separación.
Tenso y agresivo, Draco dio un paso hacia atrás. Desde arriba llegó a sus oídos el ruido de una puerta girando sobre sus goznes, seguido por el eco de voces femeninas que parloteaban.
—Vuelve conmigo a mi despacho —le pidió Draco con aspereza.
Hermione hundió el pie en el zapato que había perdido y se apartó de él, horrorizada porque iba a echarse a llorar delante de él. En aquel momento, no podía más. Le había dicho lo de Lyra y Draco necesitaba tiempo para reflexionar sobre ello.
—Te llamaré por teléfono… mañana —balbuceó Hermione, sujetándose a la barandilla con una mano sudorosa mientras empezaba a bajar de nuevo por las escaleras. Draco masculló algo con frustración en su idioma al tiempo que se oían unos pasos cada vez más cerca. Hermione aprovechó la compañía que se aproximaba para salir corriendo y no volvió la cabeza aquella vez.
Las lágrimas la cegaban cuando alcanzó el último tramo de las escaleras y atravesó el vestíbulo. Tomó un taxi para regresar a la agencia. Cruzó el aparcamiento y entró por la puerta de atrás hasta la pequeña habitación que el equipo de ventas utilizaba para tomar café.
Una vez allí, se derrumbó en un sillón.
Hermione se preguntó por qué se había sentido tan destrozada al oír que Draco reconocía haberse sentido avergonzado y hundido por un sentimiento de culpabilidad que le había llevado a emborracharse y que reflejaba su incapacidad para sobrellevar ni sus propias emociones ni las de Hermione. Darse cuenta de que la imagen que tenía de Draco se había desvirtuado con el tiempo la había desgarrado.
A los diecisiete años había dependido de él y lo había visto como un adulto experto y fuerte en comparación con ella. No se le había ocurrido pensar entonces que también podía tener sus puntos flacos. Sólo trece años más tarde comprendía que, debajo de su aspecto frío y viril, no había sido nada más que un niño. Pero Hermione lo había convertido en un héroe porque sólo un héroe la habría hecho sentirse segura en el mundo amenazador en el que su familia y él vivían.
Pero todo aquello pertenecía al pasado, así que inspiró hondo y se dispuso a borrar las huellas de que había estado llorando.
El teléfono estaba sonando cuando se acercó a su mesa. Asió el auricular una fracción de segundo antes de que Barry el Piraña lo hiciera. Barry retrocedió hasta su mesa con sus curiosos ojos castaños fijos en ella y una leve mueca en sus atractivos labios.
—Pareces un poco alterada… ¿algo va mal?
Hermione lo negó con la cabeza ignorando su calurosa mirada de apreciación. Pese a que se comportaba como una estatua de hielo con él, Barry era perseverante. Una leve broma y volvería a avergonzarla diciéndole lo bien que se lo pasaría una mujer madura con un chico joven. Se acercó el auricular a la oreja.
El corazón de Hermione golpeó contra sus costillas. Era Draco.
—¿Qué quieres? —susurró.
—A ti… ahora —barbotó Draco de manera sucinta—. Estoy en el bar de la esquina. Te doy cinco minutos para que vengas.
La línea se cortó. Hermione se irguió, increíblemente pálida, y luego volvió a asir el bolso.
Draco estaba en la esquina más oscura del bar. Mientras caminaba hacia él, la observó con brillantes ojos duros y su cuerpo fornido rígido por la tensión.
—Te prometí que te llamaría mañana —le recordó Hermione poniéndose a la defensiva.
—Quiero conocer a mi hija y no estoy dispuesto a esperar a que a ti te convenga —masculló Draco con fiereza.
—Está en el colegio.
—¿Dónde?
—No puedes ir allí… —empezó a decir Hermione mientras se sentaba horrorizada al ver lo que pretendía hacer.
—¿A qué hora sale?
—No estás pensando con claridad —protestó Hermione, alterada por la inmediatez de su pregunta—. Lyra ni siquiera sabía que había ido a verte hoy.
—¡Deberías estar encerrada! Entras en el banco después de trece años de silencio y me dices que tengo una hija. Luego te vas otra vez y me dices que no estoy pensando con claridad. ¿Qué clase de mujer eres? ¿Cómo has podido estar tan resentida como para ocultarme el nacimiento de mi hija…?
—Por aquel entonces no estaba resentida. Pensé que te estaba haciendo un favor.
—¿Un favor? —inquirió Draco con galopante in credulidad.
—Creí que serías más feliz si no lo sabías —reconoció Hermione finalmente.
—¿Más feliz…?
—Evidentemente estaba equivocada —reconoció Hermione en seguida—. Me gustaría que dejases de mirarme como si fuera una lunática o algo así… Nunca tuve la menor idea de lo que sentías al respecto.
Draco controló su furia y clavó sus gélidos ojos grises en Hermione.
—Fue una acción despreciable. Aun habiendo cometido errores, no merecía que me ocultaras la existencia de mi hija. Todavía estábamos casados cuando nació. No intentes excusar tu silencio…
—Tal vez aceptaría mejor lo que me dices si alguna vez hubieras demostrado el menor interés o preocupación por tu hija antes de que naciera —lo retó Hermione con voz vacilante.
—Demostré mi preocupación casándome contigo. Ni una sola vez sugerí otra manera de salir del apuro. Ni tampoco mi familia —le recordó Draco fríamente.
—Pero seguías sin querer el bebé —discutió Hermione, desesperada por oírle reconocer aquel hecho. Pero Draco la miró con ojos burlones.
—¿Por qué si no iba a casarme contigo sino por el bien de nuestro hijo?
Hermione jadeó, conmocionada por el golpe de efecto de aquella pregunta tan simple.
—Creo que necesito un poco de tiempo para asimilar esto antes de ver a mi hija —masculló Draco, y apartó la copa con un brusco ademán—. Que Lyra esté en casa elmiércoles. Me presentaré a eso de las diez y la llevaré por ahí. Por el momento —aseguró conconvicción gélida—, no tengo nada más que decirte.
—Necesitarás las señas.
Durante el palpitante silencio que siguió, Hermione, utilizando la pluma de oro de Draco, escribió su dirección en la parte posterior de la tarjeta que él le tendió. Draco se puso en pie.
—Aunque sea lo último que haga en la vida, te castigaré por lo que has hecho —juró a media voz.
Hermione se quedó a solas con una botella de vino sin descorchar y dos vasos intactos. Le temblaban las rodillas y durante un momento de debilidad, estuvo seriamente tentada a ahogar sus penas en el alcohol. La culpa y la perplejidad la desgarraban. Draco estaba indignado y horrorizado por lo que ella había hecho e iba a tomarse dos días de tiempo para hacerse cargo de la situación. ¿Por qué la asustaba eso todavía más?