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Historia 170095 — capítulo 1

La fachada de su casa apareció a medida que los síntomas que la desaparición dejaba en él se evaporaban. La calle estaba vacía, algo completamente comprensible teniendo en cuenta que eran pasadas las cinco de la madrugada, y el frío viento, pese a estar en verano, le causaba escalofríos en los desnudos brazos.

Se abrazó a sí mismo y, tomando una profunda inhalación, comenzó a caminar rumbo a la entrada que permanecía iluminada con los faroles exteriores.

El aroma característico de su hogar lo invadió al entrar y cerró la puerta de entrada con todo el sigilo que poseía antes de dirigirse a las escaleras; sus padres debían de estar durmiendo y, si tenía que ser totalmente sincero consigo mismo, agradecía que así fuera ya que no se encontraba preparado psicológicamente para enfrentar al batallón de preguntas que Ginny y Harry Potter tendrían para su hijo luego de pasar un mes alejados.

Todo estaba exactamente igual a como él lo había dejado en su habitación: la cama tendida, ropa ni muy sucia ni muy limpia sobre una silla, su libro de Las mejores jugadas de Quidditch en la historia sobre el escritorio y su vieja escoba debajo de la cama. Por primera vez, su madre lo había escuchado y no había tocado nada de su cuarto, pese a que notaba que había estado limpiando en esas semanas que estuvo fuera.

El espejo le devolvía su marrón y cansada mirada, producto de haber pasado toda la noche despierto. La camisa estaba demasiado arrugada y los jeans manchados con barro, pese a no poder recordar cómo había llegado eso a su pantalón.

Se pasó las manos por la cara y luego por el corto cabello, logrando que éste se levantara aún más en la parte de atrás, con esa rebeldía que ni los años ni los peluqueros habían logrado domar. Una rebeldía heredada de la familia Potter, sin lugar a dudas.

Necesitaba un baño de inmediato, no solo debido a la suciedad, sino porque tenía la esperanza de que el agua caliente lograra relajarlo y dejarlo razonar un poco. No estaba seguro de querer pensar lo que había pasado la noche anterior, pero sabía que tenía qué.

No había actuado de la mejor manera, lo admitía, pero tampoco tenía idea de qué otra forma debería haber actuado. Es decir, no era el tipo de tema que pudiera debatir con sus amigos o leer en alguna revista amarillista. Simplemente había actuado como un patán, pensando con la cabeza de abajo en lugar de la de arriba, y arruinado absolutamente todo.

— ¡James, santo cielos, me asustaste!

Abrió los ojos con sorpresa, ya que no se había dado cuenta cuando había cerrado la ducha,  se había cubierto con una toalla y salido del baño, pero allí estaba. Su mamá, con una bata de seda blanca, tenía la mano en el corazón y expresión de susto.

— Ma, lo siento, no quise asustarte— Ginny Potter sonrió, aún intentando calmar su respiración.

— ¡Merlín, te extrañé tanto! — envolvió con sus brazos al mayor de sus hijos y éste le devolvió el abrazo. — ¿Por qué no me avisaste que venías? ¡Te habríamos ido a buscar!

James no pudo evitar rodar sus ojos ante esto: no importaba que fuese  mayor de edad desde hacía más de un mes, su madre siempre lo trataría a él como a su bebé.

— También te extrañé, ma. — admitió, dejando un cariñoso beso en la mejilla de la mujer. — Me olvidé algunas cosas y preferí venir a buscarlas personalmente.

La pelirroja mujer sonrió con dulzura, le acarició la mejilla y se alejó rumbo a las escaleras anunciando que prepararía el desayuno.

No había pasado tanto desde la última vez que había caminado por esos pasillos, sin embargo, sentía que todo un abismo lo separaba de su última noche en su cuarto. Como si él mismo hubiera cambiado radicalmente durante aquel verano.

Sintió a su padre palmeándole la espalda cuando bajó a la cocina y a continuación, ambos hombres Potter se fundían en un abrazo.

Harry tenía el pelo mojado y los lentes recién limpiados, con la túnica de la oficina de aurores colocada perfectamente. Las arrugas y las pequeñas canas en su cabello, al igual que con su madre, eran los únicos rastros de que los años habían pasado para los salvadores del mundo mágico.

— Hijo, no sabía que vendrías. ¿Qué tal el verano? — preguntó tomando asiento en la mesa.

— Ha sido increíble. La casa que Teddy y Toire alquilaron tenía salida al lago y a unos pocos kilómetros estaba el pueblo, así que teníamos todo lo que necesitábamos cerca.

— No quiero ni imaginarme los desastres que habrán hecho en ese lugar. — expresó la Sra. Potter, dejando sobre la mesa dos platos con waffles y un pote con salsa de chocolate, la favorita de James, al tiempo que tomaba asiento a su lado. — Y cuéntame, ¿cómo estaba Teddy? ¿Y Toire? ¡Por Merlín, no puedo creer que ya estén comprometidos! Crecen tan rápido…

James sonrió y bebió un largo sorbo de su leche tibia antes de contestar. Todos en la familia querían al metamorfomago como si fuese un Potter o Weasley más, y Ginny había llorado como una niña cuando Teddy le había pedido ayuda para elegir un anillo de compromiso así que, de cierta forma, entendía toda la melancolía que su madre debía estar sintiendo.

Era como si su propio hijo fuese a casarse.

— Ya conoces a Toire. Las chicas y ella pasaron horas y horas hablando sobre cómo sería la boda e incluso Roxie ya hizo tres bocetos de posibles vestidos de novia. — los Sres. Potter soltaron una carcajada, conociendo la vena artística de la hija menor de George y Angelina. — Y Teddy… bueno, él está asquerosamente enamorado. Cuando le dijimos que nos haríamos cargo de su despedida de soltero dijo que él no necesitaba una ya que eso era para aquellos que extrañarían su vida de soltero. — el Potter hizo una pausa para poner los ojos en blanco antes de continuar. — ¿Puedes creerlo, pa? ¡Está tan enamorado que ni siquiera planea despedir su soltería como corresponde!

Ginny les mandó una mala mirada a su marido e hijo llevándose las manos a la cintura, censurándolos con un simple gesto cuando ambos habían comenzado a reírse. En esos momentos, su parecido con Molly eran algo impresionante.

— Eso es… muy romántico en realidad, James. — intentó arreglar la situación Harry, llevándose la mano a la nuca y jugueteando con su cabello nerviosamente. — No deberías ser tan duro con él, ya te enamorarás tú y…

James volvió a poner los ojos en blanco al escuchar lo fácil que su padre se amedrentaba; solo se necesitaba una palabra o mirada de su madre para que cualquiera en la casa, incluyéndose, se replanteara cualquier cosa que hubiera dicho y pudiera haberla ofendido.

La furia de Ginny Potter era algo que no se debía tomar a la ligera. Todos los Weasley-Potter, o Wotter como Ivonne Brown había denominado al clan en su primer año, sabían que no debían meterse con las mujeres de su familia a menos que quisieran terminar con la cabeza metida en el excusado.

Cuando el timbre de la casa sonó, fue Harry quien se apresuró en ir al hall rápidamente para evitar seguir con la mirada acusadora de su mujer en su cabeza y James frunció el ceño, sin saber quién podría aparecerse en su casa el primero de septiembre a esa hora.

— ¿Esperaban a alguien?

Ginny se encogió de hombros, también poniéndose de pie cuando escuchó las voces de Hermione Granger y Ron Weasley susurrando rápidamente en la puerta. Sin embargo, cuando el mayor de los Potter se acercó a saludar a sus padrinos, ambos habían entrado a la oficina de su padre.

— Ellos… han recibido otra carta de amenaza, papá está intentando ver de qué se trata esta vez.

James asintió con molestia, mientras subía a su cuarto a terminar de empacar, sabiendo que debía darles espacio a sus padres y padrinos. Ginny se apresuró a entrar a la oficina ni bien su hijo desapareció en las escaleras.

Todos en la familia recibían aquellas cartas, algunos más que otros. Como héroes de guerra, cada día cientos de cartas de admiradores agradeciéndoles y de amantes de las artes oscuras amenazándolos o blasfemándolos llegaban a sus casas.

Ellos como hijos del niño-que-vivió y de una de las cazadoras más exitosas de las Holyhead, además de heroína de guerra, continuamente eran acosados en la calle cuando les pedían autógrafos o fotos. Incluso, en más de una ocasión habían intentado lastimarlos y cuando un grupo de extraños había intentando secuestrar a Lily Luna, su padre había decidido no solo darles clases de defensa personal sino de proveerles unos anillos mágicamente modificados para que los activaran si algo malo sucedía.

Sin embargo, desde que Hermione Granger se había convertido en la voz progresista dentro del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica luchando contra las leyes pro-sangre pura, las amenazas de aquellos grupos afectados habían crecido tanto,  que tanto ella como su marido habían recurrido en más de una ocasión a Harry para asesorarlos sobre si aquello sería una simple amenaza o deberían tomar cartas en el asunto. Una cosa era que la amenazaran a ella o intentaran sobornarla, ya que se podía defender sola, pero que se metieran con sus hijos era un asunto mayor.

— Ey, campeón, ¿cómo estás? — Ron Weasley chocó los puños con su ahijado, mientras su mujer se adelantaba con una sonrisa y estrechaba al adolescente entre sus brazos.

— Oh, James, cada día más guapo. Y alto — agregó, mientras se separaba. — Hugo ya me pasaba la última vez que nos vimos, no quiero imaginarme lo alto que estará ahora; siento que tendré que subirme a un banquillo para poder hablarle mirándolo a los ojos.

Hermione y Ginny salieron mientras seguían con la charla y se acomodaban en el asiento trasero del auto de los Weasley-Granger. Ron, que se había quedado rezagado junto con Harry, frenó a James antes de que saliera y le extendió una pequeña caja con el sello de Sortilegios Weasley.

— No le cuentes a Hermione que te di esto o me matará — susurró el pelirrojo, mientras su mejor amigo contenía la risa y caminaba hacia el auto, para que las mujeres no sospecharan. — Es un nuevo producto que hemos estado desarrollando con George y no saldrá a la venta hasta las Navidades, pero creímos que sería un buen regalo para que comiences tu último año.

James sonrió ampliamente, tomando el paquete y metiéndolo dentro de su campera de mezclilla, asegurándose de que no pudiera caérsele. Aún después de tantos años, Ron Weasley seguía siendo como un niño en muchos sentidos y era algo que el castaño adoraba de su padrino.

— Muchísimas gracias, padrino.

Cuando ambos subieron al auto, tanto Hermione como Ginny les lanzaron una mirada suspicaz, más ninguna hizo ningún comentario mientras el auto era encendido y comenzaban a transitar las calles rumbo a la estación de King Cross.

Todos querían saber que tal habían sido las vacaciones ya que había sido decisión de Victoire y Teddy pasar el último mes de vacaciones junto a todos sus primos en una casa que ellos mismo habían alquilado, en la bellísima Sicilia, para festejar su compromiso. Por cuatro semanas, nada de padres estaban permitidos e incluso los últimos días, sus amigos de Hogwarts los habían ido a visitar.

— Hugo ha estado pegado a Alice la última semana así que Lily se la pasó refunfuñando por los rincones y confabulando con Scarlet y Lucy maneras de obtener su atención. — Los cuatro adultos rieron, sabiendo lo celosas que podían ser Lucy y Lily cuando de su primo y su novia, Alice Longbottom, se trataba. — Fallaron horrorosamente, aunque sospecho que Scarlet no quería sabotearlos realmente, porque de otra manera lo hubiera conseguido. Esa niña tiene 14 años y a todo Hogwarts asustado.

— ¡James, no puedes temerle a una Malfoy! — soltaron los hermanos Weasley a la vez.

— Ustedes no conocen a esa chica, es…

— Encantadora. — intervino Hermione, quien había conocido a la rubia menor en varias reuniones, cuando Lily la había invitado a pasar las fiestas, y creía que era una muchacha simpática y carismática.

— Escalofriante, iba a decir. — contrapuso James. — Supo que Molly sería Premio Anual antes de que las cartas llegasen e incluso anticipó que llovería en la final del año pasado, dos días antes del partido. ¡Eso no es normal!

— No me dirás que ahora crees que es algún tipo de psíquica, ¿verdad?

Su padre soltó una carcajada y se sostuvo cuando el pelirrojo hizo una maniobra poco ortodoxa, para evitar un pozo. Ron Weasley manejaba como vivía: apresuradamente y respetando muy poco las señales de tránsito. Nadie entendía cómo había conseguido su permiso y, si no fuera porque desde que había aprendido no perdía oportunidad para conducir, nadie lo dejaría subirse a un auto.

— De todas maneras, Rose no se despegó de la cámara que le regalaron para su cumpleaños y Albus estuvo haciendo el tonto en todas sus fotos. — continuó narrando el chico. — Estuvieron pegados todo el verano… bueno, hasta que…

— Si es sobre un chico, no quiero saberlo. — se adelantó Ron, intentando pasar a un auto.

— ¡Pero yo sí quiero!

— De hecho, es una chica.

— ¿A Rose le gustan las chicas? — preguntó Hermione con ningún tono en especial.

— En realidad, hablaba de Albus.

— Entonces yo no quiero saberlo. — especificó Ginny, con una expresión de horror.

— ¡Pero nosotros sí! — exclamaron Ron y Harry a la vez.

Cuando el semáforo se puso en rojo, ambos mejores amigos se giraron para poder quedar frente a frente con James, incitándolo a que continúe hablando.

— Bueno, no podría especificar fecha y hora, pero…

— ¡James, no! — interrumpió Ginny — No quiero saber ese tipo de cosas de mis niños, ¿de acuerdo? Prefiero vivir en la bella ignorancia, como contigo.

— Oh, por favor, Ginn… — se burló su hermano. — No creerás que James y Albus serán tus niños para siempre. Es decir, James claramente no lo es hace tiempo y al parecer, Albus ahora tampoco lo es.

El mayor de los hijos Potter soltó una sonora carcajada cuando su madre, roja de la furia, le pegó una colleja a su padrino por decir tales cosas de sus bebés.

— Yo que tú no hablaría tanto, Ronald. Te recuerdo que tienes una hija de esa edad también. — soltó maliciosamente Harry, mientras el auto volvía a ponerse en movimiento.

— Mi Rosie no tendrá novio hasta los treinta. — gruño él, apretando los manos en el manubrio.

— Ya quisieras tú. — contra-atacó Ginny. — ¿Has visto lo que el Quidditch ha hecho con la figura de Rose? De seguro tiene medio Hogwarts a sus pies.

James estaba a punto de meterse en la conversación con un comentario propio de él cuando su madrina, sigilosamente, le rogó piedad haciéndolo recordar de los problemas de presión que últimamente había estado sufriendo su marido.

— Ya, cambiemos de tema. — soltó bruscamente Ron, pasando la mirada de un lado a otro, buscando un sitio donde estacionar. — De solo recordar cuando fingió ser la novia de Scorpius para darme una lección, se me pone la piel de gallina.

Todos, excepto él, habían soltado una carcajada recordando el episodio de su tercer año, cuando Rose se había enfadado terriblemente con su padre por no dejarla pasar unos días de las vacaciones de Navidad en la Mansión Malfoy y había aparecido en su casa con el rubio a cuestas, fingiendo durante toda la semana que estaban felizmente enamorados.

Había sido un espectáculo digno de ver: Hermione lo había aceptado como si fuera algo natural, sospechando en el fondo lo que su hija estaba haciendo, y Ron había hecho un berrinche digno de un niño.

Solo luego de haber admitido que Scorpius no era como su padre solía ser en el colegio (el que fuera fan de los Chudley Cannons ayudó a esto) y que él tendría que aceptar si ella quería salir con él, Rose le había admitido que en realidad ella y Scor eran solo amigos.

— ¿Emocionado? No puedo creer que ya vayas a empezar tu último año en Hogwarts, amor.

— Si te sirve de consuelo, yo tampoco puedo creerlo.

Ginny enlazó su brazo al de su hijo ya que por muy alta que ella fuese, James lo era aún más, complicándole la tarea de pasar un brazo por sus hombros.

Harry, detrás de ellos, ya tenía el baúl y la lechuza negra de su hijo, Blinblack, en manos mientras sus padrinos avanzaban por la concurrida estación tomados de las manos.

Podían ver a cientos de niños acompañados por su familia, algunos ya con el uniforme de Hogwarts puesto y otros vistiendo ropas muggles, con su equipaje y mascota causando un gran revuelo entre los transeúntes muggles que no entendían a qué se debía semejante batallón de niños en la estación.

— ¿Creen que Lily me hechice si la abrazo en frente a sus amigas?

Ante la pregunta del salvador del mundo mágico, nadie pudo evitar largarse a reír. Harry Potter, quien había vencido a Voldemort no una, sino dos veces, quien se había enfrentado a cientos de dementores, quien había luchado contra un dragón, un troll, arañas gigantes, un basilisco y tantas otras criaturas horripilantes, perdía toda su seguridad y valentía cuando de su hija menor se trataba.

— Creo que, considerando que hace un mes no se ven, podría llegar a perdonarte la vida.

— Sabía que la idea de unas vacaciones de los primos Weasley solos, me beneficiaría de alguna manera.

Al atravesar la barrera que separaba la estación muggle de la mágica, el vapor de la locomotora así como el ulular de las lechuzas llenó su sentidos y no tardaron mucho en encontrar a Victoire parada en medio de la estación, su mano entrelazada a la de Teddy, y a su alrededor el resto de sus primos que aún no se habían reunido con sus padres, charlando animadamente entre ellos.

Lily, con su cabello pelirrojo moviéndose de un lado a otro con su coleta, corrió al ver a sus padres llegar y se lanzó sin pensarlo a los brazos de Harry, quien sonrió encantado. Estaba algunos centímetros más alta y sus mejillas excesivamente rojas, producto de las horas bajo al sol. Su prima Rose, quien venía detrás de ella, también mostraba los hombros y la nariz peladas por la misma razón.

Albus se vio desprovisto de aire cuando su madre lo enredó entre sus brazos y llenó su rostro de besos, claramente avergonzándolo frente a medio colegio. Cuando llegó el turno de Harry, su hijo del medio ya se veía extremadamente colorado y, en su caso, poco tenía que ver con el sol que había tomado esas vacaciones.

—   Los extrañamos tanto, chicos. — admitió la mujer, soltando finalmente a su niña.

—   Nosotros también los extrañamos. — aseguró Albus, sonriendo, y Lily sonrió cuando James pasó su brazo por sobre sus hombros. — Aunque las vacaciones estuvieron geniales.

—   Si, algo de eso nos comentó James.

Albus rodó los ojos y sonrió, mientras susurraba un "Por supuesto que James lo hizo", generando la carcajada en el resto de su familia. Hermione, quien abrazaba a Hugo sin poder creerse lo alto que estaba, y Ron, que hacía lo propio con Rose, se unieron a la conversación cuando Teddy Lupin se acercó a saludar.


Hogwarts era un colegio que se regía por tradiciones: todos los alumnos de primer año llegaban al castillo en botes; el vicedirector era el encargado de la selección y, hasta antes de que la segunda guerra mágica estallara, ningún profesor de Defensa contra las Artes Oscuras duraba más de un año en su puesto.

Muchas de esas cosas aún seguían vigentes (los chicos, sobre todo los hijos de muggles, aún se preguntaban cómo es que Hogwarts no tenía cobertura de internet), pero muchas otras habían cambiado como por ejemplo, que desde 1999, Penélope Clearwater era la profesora de DCAO.

Sin embargo, había algo que no había cambiado desde el primer año en Hogwarts de Victoire Weasley y eso era el vagón que todo el clan Wotter ocupaba en cada viaje. Al principio, eran solo Teddy y la rubia, a quienes luego se le había sumado Fred, pero a medida que los años aumentaban, también la cantidad de pelirrojos, pelinegros y rubios en aquel vagón.

Cada uno ocupaba un compartimiento con sus amigos, pero era cuestión de pasos para poder encontrar a alguno de sus primos, comiendo algún pastelito, jugando una partida de snap explosivo o simplemente conversando animadamente.

Al subir al tren escarlata, los tres chicos Potter se separaron: Lily se unió rápidamente a sus amigas de Slytherin, entre las cuales destacaba la rubia Scarlet y su propia prima, Lucy Weasley; Albus y Rose se apresuraron a saludar a los dos rubios que completaban su grupo, Scorpius Malfoy y Hollie Northman; y por último, James entró al último compartimiento a la izquierda, donde Alex Wood y Niall Jordan ya lo estaban esperando, ambos luciendo relajados mientras conversaban sobre la última conquista del hijo de Oliver Wood y Katie Bell.

— ¡¿Tenía 14?! Tú estás mal de la cabeza, amigo.

— Si puede caminar en dos piernas, no cuenta como pedofilia. — argumentó James, acomodando su baúl.

Ambos Gryffindors sonrieron a su amigo mientras chocaban puños con el castaño a modo de saludo. Los rasgos del verano eran visibles en todos ellos: Niall había crecido varios centímetros, convirtiéndose oficialmente en el más alto de sus amigos, y el sol parecía haber aclarado el usualmente castaño cabello de Alex, quien además presentaba un favorable bronceado.

— No cuenta si tú lo dices, Potter, todos sabemos que te le tirarías a cualquier cosa con algo de trasero y que no comparta tu apellido. — se mofó el moreno, ganándose el primer puñetazo de la mañana.

Los tres se habían conocido a temprana edad, incluso antes de entrar a Hogwarts, y desde su primer encuentro habían formado un trío explosivo, cosa que volvía loco al director Macmillan. Durante su segundo año, pasase lo que pasase en el colegio, ellos eran citados a su oficina por la simple intuición de que estarían involucrados.  

Cuando Molly Weasley e Ivonne Brown entraron también al compartimiento, Niall tuvo la delicadeza de bajar sus pies del asiento del frente para que Ivy se siente y Molly, con las ojeras tan o más marcadas que James, se dejó caer pesadamente al lado de su rubia amiga.

— Cuéntalo todo, Molly, ¿una noche fogosa te mantuvo en vela? — inquirió el único con ojos verdes, mientras deslizaba su brazo por los hombros de la pelirroja.

La hija de Percy y Audrey, con toda la clase que poseía pese a llevar más de 36 horas sin dormir cómodamente en una cama, puso los ojos en blanco y quitó el brazo de Wood sin dejarse amedrentar por el tono lascivo del chico.

— Aunque ese fuera el caso, no sería a ti a quien se lo contaría. — respondió por ella Ivonne, mientras le sacaba la lengua con gracia.

James y Molly compartieron una mirada antes de meterse en la tonta discusión de sus dos mejores amigos, desviando la conversación hacia el último partido de las Holyhead.

Como hijos de Ginny Potter, todos los Potter eran grandes seguidores de las Arpías por decreto y, debido al poco conocimiento de la pelirroja en la materia, en su quinto año James la había hecho socia del equipo y llevado a más de veinte partidos en esos dos años.

Contrario a lo que muchos pensarían, no era la divertida y apasionada Roxanne o la alocada y dramática Dominique quien ocupaba el puesto de mejor amiga entre todas las primas Weasley, si no lo era la racional y siempre atenta Molly quien sabía todos y cada uno de los secretos de James Sirius y viceversa.

Ellos tenían una relación que parecía difícil de comprender, teniendo en cuenta lo opuestos que eran, pero la capacidad de James de siempre sacarle una sonrisa y la paciencia infinita de Molly, además de esa habilidad para nunca juzgarlo por lo que hacía o decía, era lo que volvían al castaño y a la pelirroja los más inseparables del clan.

Cuando la puerta del compartimiento volvió a abrirse y tres chicas entraron, James no pudo más que sonreír con socarronería mientras tarareaba lo suficientemente alto para que la morena recién llegada lo escuchase.

— Roxanne, you don't have to put on the red light. Those days are over, you don't have to sell your body to the night ¡Roxanne!

— Vete al diablo, James.

— Pasarán los años y jamás me cansaré de eso.

Augusta Longbottom, Joanne para todo aquel que apreciara sus pelotas, chocó puños con el mayor de los Potter mientras Grace Monroe, a su lado, no podía evitar carcajearse.

— Lo harías si desde que este neandertal tiene capacidad de hablar te hubiese cantado la misma estúpida canción cada vez que entras a una habitación.

Roxanne acomodó su equipaje y, entre medio de bromas, risas y comentarios mal-intencionados, sintieron el gran tren escarlata doblar en algún punto del trayecto mientras el paisaje cambiaba, dejando atrás cualquier signo de civilización.

Era un extraño, ruidoso y numeroso grupo el de ellos, todos diferentes entre sí, pero capaces de compartir horas y horas sin agotar los chistes o temas de conversación pese a que luego en Hogwarts cada uno tomara sus propios caminos: Molly e Ivonne con los Ravenclaw; Roxanne, Grace y Joanne con los Hufflepuff y los chicos con los Gryffindor.

Luego de haber llenado sus estómagos con golosinas del carrito de la comida y que el sol lentamente comenzase a esconderse, los ocho adolescentes tomaron las túnicas de sus baúles y, mientras los varones se quedaron dentro del compartimiento, las chicas salieron rumbo a los lavatorios para poder cambiarse.

— Tienes que ver el vestido que diseñé este verano, Gracie. Quedará tan perfecto en ti.

— Oh por Merlín, ya quiero… verlo.

Roxanne también se detuvo al ver el titubeo en su cobriza amiga, y automáticamente se paró delante de su prima, a modo de escudo.  Frente a ellas, un chico de increíbles ojos azules estaba parado, también pareciendo sorprendido por el encuentro.

— No soy ningún monstruo, Roxie-Rock, no es necesario que…

— No me llames Roxie-Rock, idiota. — espetó la hija de George Weasley, mientras fulminaba al Slytherin con sus profundos ojos ámbar. — Hace tiempo perdiste ese beneficio.

Ivonne, quien viniendo algo más atrasada había tardado menos de tres segundos en comprender la situación, imitó la acción de Roxanne y se colocó protectoramente frente a Molly, quien para ese momento tenía la cabeza gacha y simplemente deseaba desaparecer.

— Solo quiero hablar contigo, Molly-Love, por favor… — suplicó el chico, intentando alcanzar con su mirada el rostro de la pelirroja.

— Pues ella no hablará contigo, Rhodes.

— ¿Qué tal si dejas que ella responda, Brown?

La rubia se obligó a morderse la lengua para no replicar y entrelazó sus dedos con los de su amiga, en señal de apoyo.

A su alrededor, varios alumnos aminoraban su paso con la esperanza de escuchar qué estaba sucediendo para que la correcta Molly Weasley detuviera la marcha a medio pasillo, pero rápidamente apuraban el paso cuando Joanne Longbottom lanzaba una de sus miradas asesinas-fulminantes a cualquier curioso.

Molly levantó la cabeza y, aún detrás de sus gafas cuadradas, la convicción en ella era tan clara como el color celeste de su iris.

— No quiero hablar contigo, Andrew. — anunció con una calma que realmente no poseía. — Y por favor, hazte a un lado. Estás obstruyendo el pasillo.

La pelirroja no dijo más y, evitando el contacto físico, lo rodeó para poder llegar a la entrada del baño. Las cuatro chicas la siguieron automáticamente, aunque Grace se tomó la cortesía de propinarle un empujón al pasar por su lado.

— ¿Estás bien? — cuestionó Ivonne, mirándola a través del pequeño espejo.

— No creí que… sería tan duro volver a verlo.

— Él es un idiota, Mol. — afirmó Roxanne y luego comenzó a acomodarse sus rulos, mientras distraídamente decía: — Estás mucho mejor sin él.

— Hufflepuff está lleno de chicos guapos. — aseguró Grace, quitándose la remera para poder pasar la túnica por su cabeza. — Te encontraremos algún chico sexy para que sea tu pareja en la Fiesta de Iniciación.

— O una chica. — aportó Joanne, recibiendo las miradas divertidas del resto. — ¿Qué? No puedes saber que no te gusta, si no probaste un poco de ello.

La pelirroja soltó una carcajada, tal vez más histérica y finita de lo que ella hubiera querido, pero risa al fin.

— Serás la primera en saber cuando quiera experimentar, J.

Poco a poco, sentía como sus músculos se iban relajando y la tensión que antes se había apoderado de todo ella, iba dejando paso a un temblor de piernas para nada reconfortante.

— Vayamos por algo de chocolate caliente. — propuso la más rubia de las cinco, sosteniéndole la mano y sonriéndole cálidamente. — Y luego te trenzaré el cabello, como cuando estábamos en primero. ¿Qué dices?

Molly terminó de acomodar su corbata de Ravenclaw y colocó su placa de Premio Anual del lado izquierdo de su pecho, justo debajo de la de Prefecta, antes de devolverle la sonrisa más honesta de todo ese rato.

— Eso suena exactamente a lo que necesito, Ivy.


— ¿Sabes qué es lo único bueno acerca de volver a Hogwarts?

Zia McLaggen terminó de acomodar su túnica antes de dirigir la atención a su mejor amiga, quien en ese momento estaba atándose el rubio cabello en una coleta alta. En ambas brillaba el escudo de Gryffindor, tal como sus padres, pero ninguna había sido "honrada" con la placa de prefecta.

— ¿Qué tu familia ya no saturará tu celular en el grupo de whatsapp?

— Exactamente. Al principio, creí que sería cool que todos compartiéramos un grupo — afirmó Dominique, para luego rodar los ojos. — pero créeme, no es nada divertido despertar cada maldita mañana con más de doscientos mensajes por parte de ellos. ¡Esta porquería se tildaba todo el tiempo!

La azabache soltó una carcajada, sabiendo que en la familia de Nique solo los íntimos eran más de treinta y sí compartir un grupo entre cuatro personas, que eran amigos, era fastidioso más debía serlo con tanta familia junta, por mucho que los amara.

Con un espejo de mano, cambió su pequeña nariz a voluntad, probando los distintos estilos para ver cuál pegaba mejor con ella con ese peinado en particular y con el uniforme de Hogwarts. Dominique la observaba con la misma fascinación con la cual observaba a Teddy cada vez que cambiaba de apariencia y, llegado a un punto, ambas asintieron a la vez, conformes con su aspecto.

— Deberíamos ir a buscar a los chicos. — comentó Zia, mientras guardaba el espejo en uno de los bolsillos. — Deben estar dando vueltas por ahí, pensando que aún no terminamos.

— De todas maneras, a Sebastian le tocaba patrullar en esta hora.

— Entonces peor, porque Tanner debe andar solo y haciendo estupideces por el tren.

La rubia asintió, abriendo la puerta del compartimiento y saludando a Scorpius y su primo Albus, que justo pasaban por allí. Afuera ya había comenzado a oscurecer y, en ese paisaje tan rupestre y libre de luces artificiales, las estrellas eran aún más visibles que en la ajetreada Londres.

Alumnos iban y venían, ya con el uniforme puesto, pero parecían abrirles el paso a medida que ellas dos pasaban: claramente, todos en Hogwarts sabían quienes eran. Y, conociendo el carácter de ambas chicas, lo mejor era no meterse en su camino ni física ni metafóricamente.

Claro que para todo hay una excepción y las suyas venían caminando justo por el mismo pasillo, con la cabeza en alto y la mirada de superioridad clavadas en ella, en una formación de fecha que Rebecca Felton comandaba con orgullo.

— Wow, veo que este año la mugre sigue en la tren.

Chloe Tribbiani y Vivian Joke, una a cada lado de la castaña, sonrieron maliciosamente ante la broma de su líder

— Si tu opinión me importara, tal vez me sentiría insultada. — aseguró Dominique, sin dejarse amedrentar. — Pero todos en este colegio saben que lo que tú digas tiene tanta importancia como lo que opine el calamar gigante así que, ¿para qué molestarme, verdad?

La rubia no solo era conocida en Hogwarts por su belleza exorbitante, algo que compartía con sus hermanos, sino también por tener una lengua afilada y la mayoría de las veces venenosa.

Todas las mujeres del clan Wotter tenían un carácter que hacía que el resto del mundo las respetase, pero Dominique solía jugar demasiado con la fina línea que separaba el "defenderse de las perras" y el "ser una perra".

— Por favor, cariño. — repuso Rebecca con un falso tono dulzón. — Ambas sabemos que si tu apellido no fuese "Weasley", sólo serías una más de las zorritas que se acuesta con el primero que se cruza para obtener algo de  atención.

Zia había sacado la varita inmediatamente, tal como Chloe, y si no hubiera sido porque Sebastian Hastings pasaba por allí en el momento adecuado, Dominique ya estaría sobre Felton, enseñándole cuán zorra podía ella ser.

— ¿Qué es todo esto? — bramó el Premio Anual, parándose entre medio de las chicas. — Joke, se supone que tú como prefecta debes evitar este tipo de comportamientos, no animarlos.

La rubia bajó la vista avergonzada, sabiendo que el castaño tenía razón, pero Rebecca no pensaba lo mismo ya que rápidamente le espetó:

— No vengas aquí a pretender ser imparcial, Hastings. Todos sabemos que tú besas el suelo por donde la perra número uno y la perra número dos pisan.

Esta vez, Zia había dejado de lado la magia y se apresuraba para lanzarse encima de Felton cuando nuevamente Sebastian la frenó, esta vez ejerciendo más presión ya que tanto rubia como azabache tenían todas sus fuerzas puestas en enseñarles una lección.

Que se metieran con ellas ya era malo, pero que tuvieran el tupé de insultar a Bastian, que era una de las personas mas buenas y justas de todo ese colegio, ya era demasiado.

— Te has ganado una semana en detención, Felton.

— ¡Eso es abuso de poder! — reclamó Chloe.

— Que sean dos semanas, entonces. Para todas. — repuso, clavando su mirada en ambas chicas.

Decidiendo que esa batalla se había perdido en el momento en que el Premio Anual había aparecido, las tres chicas giraron sobre su eje, Rebecca teniendo la delicadeza de golpear con su larga cabellera a Dominique en el rostro, marchándose rumbo a su propio compartimiento.

— Eres un sol. — halagó la rubia, acercándose para abrazarlo, pero el chico la detuvo con una mala mirada.

— No me gusta tener que jugar este papel, Nique, y lo sabes. Ya estoy harto de escuchar que no soy imparcial con mis amigos.

— Que les den a todos esos idiotas, no son más que un grupo de fracasados. — repuso Zia, aún enojada por el encuentro anterior. — Todos saben que eres el mejor Prefecto y Premio Anual.

— Junto con Molly. — agregó Dominique.

— Junto con Molly.


Al finalizar la cena, todos los alumnos se levantaron de sus respectivas mesas hablando de lo mismo: el anuncio que el director Macmillan había hecho con respecto a los Premios Anuales del año próximo.

Albus Potter, desde la mesa de Gryffindor, saludó a un par de compañeros antes de acercarse a una rubia con placa de prefecta y escudo de Ravenclaw, quien le sonrió antes de continuar dándoles directivas a los pequeños de primer año para que siguieran a los prefectos de quinto y no se perdieran.

— ¿Saben qué fue lo más horripilante de toda la selección? — preguntó el azabache, mientras veía a Rose y Scorpius acercarse a donde ellos dos estaban.

— ¿Que el director Macmillan nos haya hecho cantar dos veces el himno? — aventuró el rubio.

En su papel de prefecta de Hufflepuff, Rose le llamó la atención a unos niños de segundo para que no corrieran en el hall y logró también girarse para meterse en la conversación:

— Nadie estaba cantando, era lógico que nos haría cantarlo de nuevo.

Albus y Scorpius rodaron sus ojos en conjunto ante esta respuesta, como cada vez que la pelirroja se ponía en su papel de digna hija de Hermione Granger.

— De todas maneras, me refería al hecho de que seis niños llevaban el nombre de mi papá. — un segundo y una mueca después, agregó: — Aunque lo del himno también fue bastante traumatizante.

Luego de haberse asegurado que todos los niños de primero hubieran seguidos a sus respectivos prefectos rumbo a sus salas comunes, Hollie Northman se giró hacia sus mejores amigos con una angelical sonrisa en el rostro.

— Eso es lo que sucede cuando tu padre es el salvador del mundo mágico, Al. — le contestó ya que, aún siendo hija de muggles, sabía todo sobre la historia del niño que vivió.

Mientras se dejaba abrazar por Rose, quien al ser varios centímetros más alta que ella no tenía dificultades en pasarle el brazo por los hombros, los cuatros comenzaron a avanzar hacia uno de los jardines interiores de la planta baja.

Haber llegado a sexto año tenía sus beneficios, como que su toque de queda fuese más tarde que el de los años inferiores y pudieran pasar ese rato luego de la cena juntos, antes de tener que separarse para ir a sus salas comunes.

— Y, ¿qué opinan de lo que dijo Ernie?

— No lo llames Ernie, Al. — pidió Rose, recostando la cabeza en el regazo de Scorpius. — Es el director.

— Oh, por favor, Ro-Ro, crecimos viéndolo tirarse a la piscina en pantalones cortos durante el verano. — puntualizó el azabache, utilizando el apodo que le habían puesto con el rubia al enterarse de la historia de su padre, Ron, con Lavender Brown. — Es un milagro que pueda llamarlo "Director Macmillan" sin reírme en su cara.

— Igualmente, creo que la idea es genial.

— Te postularás, ¿verdad? — preguntó el rubio, aunque fuese una mera cortesía: todos allí sabían que la respuesta sería un gran y rotundo "sí".

— ¡Eso es como preguntarle a Roxanne si le gusta la moda! Por supuesto que me postularé, Scor. — obvió la pelirroja, mientras los otros tres sonreían divertidos. — Es la posibilidad de ser elegida Premio Anual no solo por mis logros académicos, sino porque mis compañeros creen que merezco serlo.

— Si pero… tienes que armar discursos y campañas y carteles y… ¿No crees que ya tienes demasiado con el Quidditch y los deberes de prefecta?

Rose miró a su primo como si no entendiera su punto y luego, incorporándose del regazo de Scorpius, miró a los otros dos con la misma expresión de desconcierto.

— ¿Acaso ninguno de ustedes planea postularse? — los tres negaron con las cabezas. — ¿Por qué no?

— Todos los alumnos de sexto competirán por UN solo lugar. — le explicó Hollie. — Y sinceramente, entre los deberes de prefecta, las tutorías y todas las materias en las que estoy, apenas podré dormir seis horas cada noche. No sé cómo harás tú, que además tienes entrenamientos.

— Si lo puedes soñar, lo puedes lograr. — soltó la pelirroja solemnemente.

— ¿Realmente estás citando a Walt Disney?

— Ese hombre inventó a Mickey Mouse; obviamente lo estoy citando.

Sus tres amigos rieron ante la facilidad de Rose de pasar de ser la alumna modelo que se esforzaba hasta la muerte con tal de recibir todos los méritos académicos posibles a la chica fresca y despreocupada, que amaba los dibujitos animados pese a tener 16 años y podía reír durante horas con sus amigos.

No pasó mucho tiempo antes de que Hollie se pusiera de pie y anunciara que era hora de volver, si no querían que el celador les pusiera un castigo. Si bien estar todos en distintas casas ayudaba a que cada vez que se veían, tuvieran horas y horas de conversación disponible, el hecho de pasar tanto tiempo separados era molesto.

Mientras que Rose y Scorpius se dirigían a las mazmorras, Albus y Hollie pudieron conversar unos minutos más antes de tener que tomar diferentes pasillos para llegar a sus torres.

Al entrar a la Sala Común de Gryffindor, el usual bullicio de sus compañeros lo invadió y no tardó en encontrar a su hermano que, con una sonrisa, lo llamaba desde uno de los sillones bordó.

Los compañeros de cuarto de James estaban allí y también dos de sus compañeros, Jordan McLaggen y Aaron Wilds, sentados en frente a los de séptimo y luciendo mortalmente aburridos por tener que esperar.  

— ¿Qué sucede, James? Debo subir a alimentar a Sniky.

— No te preocupes, Potter, alguno de tus groupies ya debe haberlo hecho.

Y con cada nuevo comentario de Jordan, Albus recordaba el por qué no había entablado amistad con ninguno de sus compañeros de cuarto: dos eran unos idiotas y los otros dos, por más que odiara darle la razón al castaño, estaban más cerca de querer besar el piso por donde pasaba el hijo del niño que vivió, que de realmente interesarse por conocerlo.

Podría haber hecho algún comentario para defender a Colin y Jackson, pero sabía que eso era lo que McLaggen buscaba, así que una simple mirada de "ya cállate, idiota", fue suficiente.

— ¿Qué sucede? — volvió a preguntar, aún de pie.

— La fiesta de iniciación, ¿recuerdas? — dijo James, indicándole con una gesto que tomara asiento. — Los de séptimo, con la colaboración de los de sexto, deben organizarla.

Albus soltó un suspiro cansado, recordando la estúpida fiesta que como alumno de sexto tenía que co-organizar, junto a su hermano mayor y los compañeros de este.

— ¿Y por qué Nique y Zia no están aquí? — cuestionó finalmente, notando la ausencia de la rubia y la azabache.

— Al parecer, Jamie y Dom-Bon no se hablan. Así que las chicas se reunirán aparte.

Elevó una ceja en dirección de su hermano, pero éste estaba demasiado ocupado golpeando a Alex Wood por su gran bocota como para siquiera notarlo.

Albus no era tonto, por el contrario, era en extremo inteligente, y sabía que si James y Dominique no se hablaban, algo realmente malo había sucedido, posiblemente por culpa del castaño. Un rápido escaneo a la Sala Común se lo confirmó, al captar los caracterñisticos ojos verdes de su prima fulminando en su dirección.

— ¿Qué has hecho esta vez?

— ¿Por qué asumes que es mi culpa? — saltó James, luciendo ofendido.

— Siempre lo es. — replicó con rapidez.

Tanner los interrumpió antes de que alguno de los dos pudiera seguir contestando ya que, si bien los hermanos Potter se llevaban de maravilla, todos sabían que sus peleas solían durar horas y terminar con algún tercero en la enfermería.

— Tenemos una fiesta que planificar, ¿recuerdan? — remarcó el moreno. —  Es este viernes y ni siquiera hemos hecho la selección de los nuevos miembros.

— Y las chicas necesitan la temática para empezar con la decoración. — agregó Hastings, hablando por primera vez.

La Fiesta de Iniciación era una de las tantas nuevas tradiciones que se habían desarrollado en Hogwarts luego de la última guerra y cada una de las casas tenía una, a escondidas de todo el cuerpo docente.

Elegir los lugares para tener cuatro fiestas diferentes el mismo fin de semana siempre llevaba a peleas interminables entre las casas, pero ese año Molly Weasley había llegado a séptimo y tal vez no era una experta en fiestas, pero sí lo era en organizar grandes grupos.

A ellos ese año les había tocado la Casa de los Gritos y, como dignos seres llenos de testosterona que eran, todas las ideas tenían un punto en común: tenía que ser de terror.

Aaron insistía en una versión mágica y menos siniestra del Juego del miedo, una película de hacía más de dos décadas, donde podrían poner en cada habitación un prueba y, los/las perdedores/perdedoras, deberían cumplir una prenda tal como quitarse la ropa, besar a alguien o tomar un trago.

Tanner y Jordan apoyaban la idea, mientras que los hermanos Potter, Niall y Alex pensaban que era algo tonto y trillado. Sebastian, como solía pasar cuando estaba entre muchas personas, prefería mantenerse callado y al margen.

Otra de las temáticas, predeciblemente propuesta por Wood, había sido una fiesta de "Santos y pecadores", donde cada cual podría ir disfrazado según a cuál categoría perteneciese, pero teniendo Halloween a poco menos de dos meses, no era una idea viable.

— ¿Qué les parece…"Fiesta del fin del mundo"? — propuso Albus, cuando poco a poco la Sala común iba quedando vacía y no podían parar de bostezar.

— Me gusta cómo suena eso. — admitió Niall.

— ¿Qué tienes en mente, hermanito?

— "Estamos aquí para decirles que mañana se acaba el mundo. Entonces: ¿Qué es lo que harán esta noche?"

Sendas sonrisas se vieron en los rostros de los ocho chicos que, aquella noche del primero de septiembre, se habían reunido en una esquina de la Sala Común de Gryffindor dispuestos a organizar la mejor fiesta que Hogwarts hubiera visto.

Y así, con esa última frase de Albus, los ocho supieron que lo lograrían.

¡Hola! Volví, con una historia de la Tercera Generación.  Realmente espero que les guste, ya que estoy realmente emocionada sobre este nuevo proyecto. Planeo que, si les gusta la historia, los capítulos sean largos por lo que las actualizaciones rápidas no serán posibles. Pero como aún "Peligrosamente Weasley's" es un proyecto, me encantaría saber si les gusta la historia como para que la continue.  Les manda saludos y espera leer pronto de ustedes,  Ginny.