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Historia 170095 — capítulo 2

Narra Lily Luna Potter.

Cuando tenía once años y la profesora Clearwater me llamó para ser seleccionada, lo primero que me dijo el sombrero seleccionador era que mi corazón pertenecía a Slytherin y, casi como un instinto innato, quise rogarle que me pusiera en Gryffindor.

Si a mi papá le había funcionado, ¿por qué a mí no?

Pero luego, y aun habiendo pasado cuatro años lo recuerdo como si hubiera sido ayer, en mi mente aparecieron las sonrisas orgullosas de mis hermanos, a quienes siempre he amado y admirado, pero que también siempre supieron cómo fastidiarme el día.

Y ellos habían pasado todo el verano planeando cuán genial sería cuando los tres Potter estuvieran juntos en Gryffindor y cómo ganaríamos todos los partidos de Quidditch. E, incluso en ese entonces, bromeado sobre que espantarían a todos los chicos que quisieran algo conmigo, para que permanecieran lejos de mí.

Cuando, con tan solo once años, la imagen de mis hermanos persiguiéndome por todo Hogwarts con un cinturón de castidad apareció en mi mente (créanme, nada es demasiado exagerado cuando hablamos de mis hermanos), no tuve dudas. Cuadré los hombros, sonreí con algo de arrogancia y escuché con orgullo como el sombrero gritaba: "¡Slytherin!", rompiendo con la tradición de los Potter en la casa de los leones.

James y Albus se habían molestado un poco, pero todos en el colegio sabemos que ellos no pueden estar más de un día molestos conmigo, y al final lo habían aceptado. Y, hasta el día de hoy, no me arrepiento de mi decisión.

Por otra parte, también me alegra que ingresar a mi sala común sea más complicado que ingresar en la de Molly porque, de haberme jugado a mí la "broma" que le habían jugado a ella, ya estaría lanzando maldiciones a diestra y siniestra.

—¡¡JAMES SIRIUS POTTERRRR!!

Bueno, podría haber sido mucho peor.

Entre todos los primos Weasley, escuché la risa encantada de James, muy orgulloso de que Molly hubiera deducido, muy correctamente, que él había sido el culpable de que su colchón estuviese flotando en el medio del Lago Negro en ese mismísimo momento.

Lucy y Lysander querían hacerle un pastel y un lindo cartel para felicitarla por su recién adquirido puesto como Premio Anual, pero James y Nique tenían planes diferentes. Y si bien, por razones desconocidas para mí, las cosas están algo tensas entre ellos dos ahora, la idea la habían tenido en el verano y todos habíamos acordado en colaborar.  

Después de todo, la idea de llevar su colchón al lago, al puro estilo de Juego de gemelas, había sido una idea brillante.

Sin embargo, podía entender la encrucijada en la cual Molly se encontraba, buscando desesperadamente su varita o una manera de salir de allí sin tener que zambullirse en el agua, pero nosotros no nos habíamos pasado toda la noche sacándola de la torre de Ravenclaw sin que se despertara para que luego ella, con un simple movimiento de varita, llegara a tierra firme.

Y, tal como todos estábamos esperando que hiciese, Molly soltó un suspiro totalmente resignado y se tiró al lago, saliendo de éste con su corto cabello pelirrojo pegado a los costados y algunas algas adheridas a sus hombros.

— ¡Felicitaciones, Mol! — gritamos todos a la vez, corriendo a abrazarla.

La pancarta que había hecho Lucy, una verdadera obra de arte, quedó tirada en el césped mientras todos resultábamos mojados por la hija de tío Percy y tía Audrey, quien pese a las condiciones en las cuales se había despertado, seguía con una sonrisa en el rostro.

Esa es una de las pocas razones que me hacen admirar a mi prima: puede ser pomposamente moral y puritana, defendiendo hasta al más minúsculo ser en esta tierra y siguiendo al pie de la letra cada norma, pero siempre sabe mantener la sonrisa y el buen humor. Y créanme, siendo mejor amiga de mi hermano, eso no es cosa sencilla.

— La próxima podrían simplemente hornearme un pastel, ¿no creen?

Lysander miró a todos con un tinte de "yo les dije", más no acotó nada. Él es el único que colabora cada vez que mi prima hace los pasteles para los cumpleaños, así que no era extraño que sugiriera el regalo correcto.

Molly y él se llevaban, para sorpresa de varios, extraordinariamente bien. Siempre y cuando temas como las criaturas mágicas no apareciesen en los temas de conversación.

Pero vamos, hornear un pastel nunca se podría comparar a la diversión de ver a mi prima en esta situación.

— Tú eres la pastelera en la familia, Mol, ¿Acaso querías comer piedra al horno?

— De todas maneras, Lily consiguió que los elfos sirvieran tu comida favorita durante la cena.

Molly se giró hacia donde mi voz había sonado en un primer lugar, achicando los ojos en un vano intento de visualizar algo. Sin sus lentes, su vista es peor que la de papá, lo cual es bastante decir.

— Gracias, Lily-Pooh. — soltó con una sonrisa, antes de agregar: — Eres Lily, ¿verdad?

— Ven aquí, cuatro-ojos. — la llamó mi hermano mayor divertido, mientras le pasaba los lentes.

Comenzamos a caminar rumbo al castillo, con la mirada de varios alumnos que habían salido al jardín sobre nosotros.

Siempre, tanto cuando estamos todos los primos Weasley juntos como cuando andamos por los pasillos por separado, la gente se detenía a observarnos, como si fuéramos algún espectáculo del zoo.

Y, siendo completamente sincera, no es para menos: solo los primos Weasley que estamos en este mismísimo momento en Hogwarts, somos once (teniendo en cuenta que si bien Freddy terminó hace dos años, volvió a hacer sus prácticas para entrenador de Quidditch), y eso sin contar a los gemelos Scamander que siempre estaban donde Louis estaba y otros amigos de la familia, como Ivonne, Hollie, los rubios Malfoy y las rubias Longbotton, entre otros.

Fuéramos donde fuéramos, llamábamos la atención del resto, que incluso habían llegado a catalogarnos de "secta", recibiendo la broma correspondiente por hablar mal de nuestra familia.

— ¿Almorzarás con nosotras? Hagrid nos ha invitado a su cabaña.

La pregunta de Lucy captó automáticamente mi atención, haciéndome girar hacia Hugo, deseosa de saber qué contestaría mi primo. Pero, al igual que había estado sucediendo en estas últimas semanas cuando alguna de las dos le proponía hacer algo al pelirrojo, este se encogió de hombros con una sonrisa de disculpa y se excusó con un:

— El lunes es el cumpleaños de Alice y todavía no terminé con su regalo — cuidando su tono para que la aludida, metros delante, no lo escuchase. — Prometo recompensarlas luego, chicas. — aseguró al ver nuestras muecas de fastidio, apurando el paso para alcanzar a su novia y abrazarla.

Y es que desde que las cosas se pusieron más serias con la hija menor del tío Neville y tía Hannah, Lucy y yo perdimos completamente a nuestro mejor amigo, quien está como idiotizado con la belleza y dulzura de la rubia Hufflepuff.

— ¿No es ya como la… quinta vez que las deja plantadas?

La pregunta de Scarlet, cargada de ironía, no hizo más que aumentar mi mal humor mientras las tres nos sentábamos en la mesa de Slytherin y esperábamos a que la profesora Spunges, nuestra jefa de casa, nos entregase los horarios.

Davina se nos unió de inmediato, con su cabello resplandeciente suelto y una sonrisa en su rostro de barbie. La menor de los Wood siempre logra captar las miradas del resto, tanto de mujeres como de hombres ya que, después de todo, ¿quién no quisiera una perfecta y rubia cabellera como la de ella?

El cabello pelirrojo es algo así como una herencia de mi madre y de mis abuelas, pero siendo franca, no me molestaría para nada cambiar mis miles de pecas por tener un cabello como el de Dav o el de Scarlet.

Simplemente sería grandioso no tener que pasar media hora en el baño cada mañana intentando que mi pelo se vea aceptable.

— ¿Historia de la magia en la primera hora? — gimoteó Lucy, poniéndose de pie.

— No sé si sobreviviré tres horas seguidas con Binns. — admití.

Ambas compartimos nuestro odio a la materia impartida por el aburrido Profesor Binns, aunque Lucy realmente odia todas las materias del colegio. A ella le pueden dar un par de colores y una hoja y es capaz de hacer cosas que ni la magia imaginaría, pero es incapaz de conjurar un simple Alohomora.

Si no conociera el pasado de tía Audrey como bailarina, pensaría que mi mejor amiga jamás podría ser hija de tío Percy.

— Oh, cállense, no sé de qué se quejan. — nos pidió Scarlet, con una sonrisa demasiadoMalfoy, a la cual ya me había acostumbrado. — Empezaremos el viernes con una siesta de tres horas. ¿Qué podría ser mejor?

Hay que admitir que tiene un punto, uno muy bueno, y nuestras risas no hacen más que confirmárselo. Desde nuestro primer año no habíamos escuchado ni una sola lección y claramente no cambiaríamos ese hecho en los próximos cuatro que nos quedaban.

Cuando finalmente salimos del comedor, los pasillos ya se encontraban repletos de alumnos dirigiéndose apresuradamente a sus clases, sabiendo que no todos toleran la impuntualidad como tío Neville. La mayoría levanta la mano a modo de saludo e incluso hay quienes se detienen intentando charlar ya que… ¿Para qué negarlo? Todo el maldito castillo nos conoce.

Y no es que me moleste ser popular, es decir, ¿a qué chica de catorce años le molestaría? Pero saber que todos esos chicos nos saludan y conocen por algo que han hecho nuestros padres, ni yo ni ellas, es algo que realmente hace hervir mi sangre.

Algo que tenemos en común, fuera de la casa de Hogwarts y las edades: todas somos "las hijas de…"

— ¡Scarlet! ¡Potter!

Las cuatro nos giramos, encontrándonos con una de nuestras prefectas parada al final del pasillo por el cual acabamos de pasar: Megan Nott tenía la extraña habilidad de inspirar respeto, incluso estando calmadamente parada en medio de un pasillo lleno de niños.

Tal vez sea esa superioridad con la que siempre mira a todo el mundo o el hecho de que puede ser una verdadera perra con cualquier persona fuera de su grupo íntimo de amigos, pero la verdad es que durante todo mi primer año no había podido mantenerle la mirada más de dos segundos.

Eso había cambiado un poco cuando Lucy y yo nos hicimos más cercanas a Scarlet, quien prácticamente se había criado con la familia Nott, pero hasta que me uní al equipo de Quidditch el año pasado, no había podido cruzar más de dos palabras con ella.

Y aún después de todo un año compartiendo entrenamientos, la castaña seguía llamándome por mi apellido de esa manera tan… Megan.

— ¿Qué sucede, Megs?

De acuerdo, lo admito: nunca entenderé cómo hace Scarlet para estar tan relajada en situaciones así.

Yo también pretendo estar totalmente confiada mientras me acerco, pese a que mi capitana y prefecta, quien me aterroriza un poco bastante, me está llamando exclusivamente pero ¡es tan solo una pose! Scar, por su parte, está realmente tranquila.

A veces como que la envidio un poquititito por eso.

— Wood, Weasley, no recuerdo haberlas llamado. — ¿Ven? Ahí está. La perra sale a flote con facilidad. — Vuelvan a clases de inmediato.

Dav rodó los ojos y Lucy me alzó las cejas antes de retirarse, seguramente listas para pasar las próximas tres horas despotricando acerca de la chica. Y sinceramente, no las culpo: podría haber sido un poquito más amable.

Los pasillos se habían vaciado con el comienzo de las clases, dejándonos a las tres solas allí, esperando a lo que fuese que quisiera decirnos Megan y sin embargo, ella parecía estar esperando algo para hablar.

— ¿S-sucede algo?

Lancé una mirada ansiosa a la castaña, ya que no quería ganarme una detención la primera semana por llegar tarde a clases, pero mi pregunta no obtuvo respuesta ya que alguien me tomó por detrás, cubriéndome la boca y arrojando Polvo Peruano de Oscuridad Instantánea en el pasillo para despistarnos.

El pánico invadió todos mis sentidos mientras sentía un par de manos tapándome la boca y los ojos con pañuelos, recordando vagamente aquella vez en la plaza frente a Grimmauld Place, cuando un grupo de extraños había intentado raptarme.

No podía ver nada de lo que sucedía a mí alrededor, pero si escuchar a alguien forcejear a mi lado mientras me cargaban sobre sus hombros y comenzaban a trasladarnos.

Intenté con desesperación alcanzar el anillo que papá y tío George habían confeccionado cuando éramos unos niños, para situaciones como aquellas, pero alguien me había sentado y amarrado ambas manos a la silla.

— ¡¿Qué diablos está pasando?! — chillé cuando me desvendaron la boca y los ojos.

Estaba dentro de un aula, con las ventanas tapadas impidiendo que la luz del día entrase y tres figuras con capuchas frente a mí. A mi lado, Scarlet intentaba propinar patadas a quien desataba sus vendas y, cuando finalmente le liberaron la boca, no dudó ni medio segundo en escupir a quien fuese que se escondía detrás de esa túnica verde oscuro.

Miré a mi otro costado, encontrándome con mi otra compañera de cuarto, Jasmine Zabini. Sin embargo, Megan no parecía estar allí.

— ¡Ya basta! — gritó una voz femenina, provocándome tal escalofrío que frené de inmediato mis intentos por escapar.

La chica parada en el medio dio un paso adelante, dejando caer la capucha y revelando la cabellera larga y rubia de Elizabeth Dankworth. A su lado, el resto la imitó.

— Felicitaciones, chicas. — habló esta vez Megan, quien también se había descubierto. — Han sido elegidas… para formar parte de la mejor fiesta del año.


Narra James Sirius Potter.

Ser hijo de Harry Potter no es algo sencillo.

Luego de más de media hora corriendo alrededor del campo de Quidditch, me detengo al oír el sonido de un trueno a lo lejos, con esa conclusión que durante años he utilizado para excusar mi comportamiento infantil y algunas veces inmaduro.

De niño solía pensar que el hecho de que mi papá fuese "El elegido", lo convertía en el papá más genial de todo el mundo. Ahora solo pienso en hace cuánto tiempo no puedo ir a un partido de Quidditch con mi familia sin que al menos quince reporteros nos intercepten.

La fama es buena, si. Tiene sus privilegios, millones de ellos. Incluso se podría pensar que si tu apellido es Potter o Weasley, todas las puertas están abiertas para ti.

¿Entradas gratis para el mundial de Quidditch? Hecho.

¿El último modelo de escoba? Hecho.

¿La cita con la chica más impresionante de toda Europa? Dalo por hecho.

Es como si todo lo que una persona pudiera querer, todo aquello con lo que alguna vez soñó, estuviera al alcance de tu mano. Pero llega un momento en que todo eso empieza a hacer ruido y una vocecita comienza a hostigarte con la misma pregunta, una y otra vez: ¿Conseguiste esto porque realmente lo mereces o porque tus padres salvaron al mundo mágico?

Y ahí, ya no hay vuelta atrás: sientes la necesidad de rebelarte contra todo eso que en un momento adoraste acerca de tu vida.

Empiezas a hacer cualquier tipo de estupidez para demostrarle al resto que tú eres quien eres gracias a ti, no a tus padres. Que tú no eres ellos. Que tú tienes un nombre propio y no debes seguir ni imitar el camino de nadie más. Quieres diferenciarte y, muchas veces, no mides las consecuencias de lo que haces.

Tal vez de mis hermanos, es Albus quien mejor maneja todo esto. Pero eso es porque él todo sabe manejarlo bien. Lily, por su parte, es más como yo; más irascible, más… incontrolable. De las que actúan enceguecidas por el momento y luego se dan cuenta lo idiotas que fueron.

Eso, exactamente eso, es lo que me está pasando. Saber que lo que hice, ya no tiene arreglo y que para colmo, no hay nadie con quien pueda compartirlo y que realmente me entienda. Entienda qué diablos está pasando por mi cabeza.

Y es por eso que estoy corriendo a medianoche, pese a que mañana deba asistir a clases. Porque se supone que si corro, no pienso y si no pienso, me evito los dolores de cabeza y las preguntas sin respuestas.

Aunque si debo ser sincero, pensar es lo único que llevo haciendo desde que abandoné la torre de Gryffindor y si sigo así, mi cabeza explotara antes de llegar al primer partido de la temporada.

— ¡Ja-James, detente!

Si no hubiera hecho bien mis deberes y no supiera que esa noche, las patrullas le tocaban a mi prima y compañero de cuarto, posiblemente ese grito me hubiese dado un susto de muerte. Porque estar corriendo luego del toque de queda, teniendo en cuenta mi reputación, me haría ganar mínimamente una suspención.

Pero como suelo repetirle a Hollie cada vez que se pone un poquitito pesada sobre alguna broma que estoy planeando y sus consecuencias, podré ser muchas cosas, pero no un amateur; y sé que esta noche tengo pase libre.

— No esperaba que alguien me encontrara aquí. — admití, girándome para mirarla aunque puede que, inconscientemente, estuviera deseando que Molly me encontrase cuando salí del cuarto hace casi una hora.

Tenía el corto cabello atado en una coleta y se estaba acomodando las gafas mientras respiraba agitadamente, posiblemente a causa del esfuerzo que había hecho para alcanzarme el paso.

Tal vez incluso llevaba varios minutos intentando llamar mi atención, pero yo estaba tan sumido en mí mismo, que no había sido capaz de escucharla.

— Merlín, necesito hacer ejercicio. — Fue lo único capaz de soltar luego de varios minutos. Ni una reprimenda, como muchos esperarían teniendo en cuenta su posición, ni un "¿qué diablos haces corriendo en medio de la noche?", una reacción completamente comprensible. Simplemente, la pelirroja era así. — Me negaba a creerle a Ivy sobre que estoy fuera de estado, ¿sabes? Pero creo que dejé mis pulmones a varios metros de aquí.

Le sonreí a Molly, que seguía intentando recuperar el ritmo cardíaco y se sostenía el diafragma mientras me hablaba.

— Yo podría entrenarte. — comenté al pasar, mientras la veía sentarse en el húmedo césped y estirar las piernas, para descansar.

— No, gracias. — negó automáticamente, logrando ofenderme.

— ¡Ey! ¿Por qué no?

— He visto a tus compañeros de equipo prácticamente sin poder caminar por tus "entrenamientos" al estilo muggle; créeme, no me arriesgaré.

— Son todos unas nenas, no pueden soportar algo de ejercicio del bueno  — me defendí, balanceando mi peso de una pierna a la otra.

Sentí un tirón en la manga de mi túnica y lo próximo que supe es que estaba sentado también, mojándome el trasero a causa de la pequeña llovizna que había habido aquella tarde. Como siempre he dicho: Inglaterra sin lluvias es tan poco común como ver a mi padre sin ser perseguido por uno o dos periodistas cada vez que abandona la casa.

Molly no dijo nada más y si bien podría haber utilizado esos momentos de silencio para intentar aclarar mi mente y dejar de culpar a la fama de mi padre por todas las idioteces que yo solito cometo, lo único que quería en ese momento es que mi prima sacara algún tema banal de conversación para distraerme.

Realmente necesito que los entrenamientos comiencen lo antes posible y así poder sustraerme del mundo con la ayuda de mi escoba de carreras. Si bien no hay nada que libere mi mente tanto como volar a cielo abierto, hacerlo en medio de la noche hubiera sido demasiado arriesgado. Incluso para mí.

— Sabes que no importa que tan estúpido o malo sea lo que hayas hecho, yo seguiré apoyándote, ¿verdad?

¿Por qué no podía simplemente sacar algún tema random de conversación e ignorar los claros signos de que estoy enloqueciendo? ¿Por qué tenía que conocerme tan malditamente bien? ¿Por qué tenía que ser tan, tan… Molly?

Tal vez podría engañar a Niall e incluso a Alex, pero jamás podría engañar a Molly. Ella… simplemente era demasiado perceptiva para eso.

— Fui un idiota.

— ¿Alguna vez no lo has sido? — retrucó, logrando sacarme una sonrisa.

Enterré las manos en el suelo y comencé a cortar mañosamente partes del césped. Era eso o arrancarme el cabello debido a la mezcla de nervios y frustración, así que obviamente elegí la alternativa menos dañina para mi persona aunque a Molls no le agradara que me metiera con la naturaleza.

— Cuando deseé que el verano fuese inolvidable, te aseguro que no me refería a esto. — admití luego de un rato largo en silencio.

— A veces hay que tener cuidado con lo que deseamos. — comentó Molly, con sus ojos celestes examinandome incluso en la oscuridad de la noche. — ¿Esto tiene algo que ver con lo de la última noche?

Sé que ella le ha estado dando vueltas al asunto desde ese entonces y no puedo culparla. Después de todo, la había levantado sin razón alguna a las tres de la madrugada y arrastrado a un bar muggle donde no había hecho otra cosa que beber y mirar el vacío cual maniático depresivo.

Pero en aquel momento, eso había sido lo único que había sido capaz de hacer. Es decir, incluso ahora estoy encontrando serias dificultades para contarle a mi mejor amiga, a quien todo le cuento y en todo me apoya, lo que hice. Así que, ¿se dan una idea del caos mental en el cual estaba aquella noche, habiendo pasado minutos luego de mi idiotez?

— Hice algo muy estúpido.

— ¿Qué tan estúpido?

— Tan estúpido que creo que mi consciencia finalmente despertó y me está pasando factura por todos estos años. — La pequeña risa de Molly hizo eco en la noche, pero como no agregó nada, me sentí con la necesidad de seguir hablando. — Desde que volvimos, he dormido como mucho una hora cada noche. Simplemente… me quedo acostado dando vueltas y es como si mi mente no parara, no se callara. No puedo dejar de…

— ¿Pensar? — cuestionó. — Sí, te entiendo. Me pasa prácticamente todos los días.

— ¡Pero no a mí! — repliqué frenético, arrancando aún más césped — Tú siempre lo has dicho: yo no pienso, yo actúo. Tú piensas, no yo.

— Es por eso que somos un buen equipo.

— ¡Exacto!

Molly frunció el ceño ligeramente, tal vez allí notando que tan perturbado me tenía todo esto.

— De acuerdo, cálmate, ¿si? No puede ser peor que cuando tú y Fred pelearon por una chica.

— Eso… eso fue… — intenté defenderme, en vano.

— Exacto. No creo que sea peor.

Paulette Justice había jugado con nosotros cuando yo estaba en quinto y Fred en séptimo, haciéndonos creer que gustaba de ambos y generando una de las mayores peleas que alguna vez he tenido con alguien de mi familia (hasta ahora, al menos).

Verán, siempre me he llevado bien con todos en la familia, incluso con tío Percy, que es algo aburrido y fan de las reglas. Y, teniendo en cuenta cuántos somos los Wotter, ese no es un logro menor.

Con Fred, mi relación siempre ha sido prácticamente de hermanos: ambos compartimos un fanatismo por el deporte y un amor por las bromas innatas, sin embargo, aquel año también habíamos compartido nuestro gusto por las chicas. Por una chica, en particular.

Al final habíamos logrado superarlo, luego de varias peleas y discusiones en medio de la sala común, e incluso Roxanne nos había diseñado unas camisetas que rezaban "bros before hoes"**, las cuales habíamos usado prácticamente todo aquel verano, pero el gusto amargo cada vez que me acuerdo de aquello aún perdura.

— En realidad, sí lo es.

— ¿Qué puede ser peor que…? Bien, escúpelo. — exigió, sacando la varita y conjurando un fuego entre nosotros, que agradecí ya que comenzaba a no sentir mis partes.

— No quiero.

— ¿Cómo que no quieres?

— Me da… ya sabes, un poco de…

— ¿Vergüenza? — tanteó Molly, pero sonaba más como si fuera una broma.

— Si, vergüenza.

— Wow, es peor de lo que me temía. ¿Vergüenza, tú? — soltó con gracia, en su afán por sacarle algo de hierro a la situación (probablemente) y le arrojé los pedacitos de pasto que había estado arrancando. — Ya, hablando en serio, James, ¿qué sucede? Puedes contarme. Yo no juzgo, ¿recuerdas? — apremió, levantando su palma derecha solemnemente, como si estuviera haciendo un juramento.

No podía seguir mintiéndole, o al menos ocultándole los hechos. No a Molls, no a ella quien me había confesado hasta lo inconfesable en su vida. Mentirle a Molly sería casi tan malo como… como mentirme a mi mismo.

Pero a la vez, no me sentía capaz de hablar de ello aún. Ni con ella ni con nadie. Ni siquiera conmigo mismo, aunque debía reconocer que la charla introspectiva jamás había sido mi fuerte, sino el de la chica que tenía sentada enfrente, esperando una respuesta y/o confesión de parte mía.

— Creo que… bueno, no es que lo crea. Más bien siento, aunque no sé si "sentir" es el verbo correcto… — me enredé con las palabras, incapaz de expresar lo que pasaba por mi cabeza, y me llevé las manos al cabello, frustrado. Luego de algunos momentos de respirar profundamente varias veces, solté: — De acuerdo, este es el problema: no tengo ni la más mínima idea de qué me está pasando o cómo tengo que actuar.

Molly soltó una pequeña risa y me lanzó una mirada de "dime algo nuevo", a veces demasiado común en ella.

— Lo extraño sería si supieras que te está pasando, James — especificó, conservando la sonrisa. — Yo me he pasado todo el verano aclamando que Andrew estaba más que superado y sin embargo… los dos sabemos que no es verdad.

— Rhodes es un grandísimo idiota.

— Solía ser tu amigo.

— Sí, antes de que rompiera tu jodido corazón.

Veo los ojos de mi prima humedecerse detrás de sus gafas cuadradas y me maldigo por ser tan imbécil, siempre metiendo la pata. ¿Cuándo aprenderé a cerrar el pico? O a tener algo de tacto, al menos.

Molly puede repetir las veces que quiera que está bien y que ya no le dolía haber encontrado a su novio besándose pornográficamente con una de quinto, pero en este momento yo sé que eso no es cierto. Creerlo durante el verano había sido sencillo, porque todos estábamos más distendidos, pero todo eso había cambiado en Hogwarts.

— No estábamos hablando de mí de todas maneras; — soltó apresuradamente, mirando hacia el cielo — estábamos hablando de tu problema para dormir. ¿Así que lleva nombre y apellido?

— Podríamos decir que estuve con alguien con quien jamás tendría que haber estado y luego huí. — dije de golpe, y el silencio se cernió sobre nosotros.

Cuando luego de unos segundos, Molly no agrega nada, comienzo a sentirme nervioso y desear poder saber qué está pasando por su cabeza para que aún no haya hecho la pregunta más importante de todas y aquella que, ciertamente, me da pánico contestar.

¿Con quién?

Porque ahí radica el quid de la cuestión. No es el *qué,*el cómo ni el cuándo el que me está molestando, sino el quién.

Sin embargo, poco pude sorprenderme cuando Molly soltó un suspiro y, casi respondiendo a mi pregunta mental, dijo:

— Estuviste con Dominique, ¿verdad?

Después de todo, en diecisiete años de vida jamás he podido organizarle una fiesta sorpresa. ¿Qué me hacía pensar que ella ya no hubiera adivinado absolutamente todo lo que había comenzado aquel verano y culminado en la última noche de éste?


Narra escritora.

El día finalmente había llegado y, aquellos afortunados que podían considerarse dentro de los elegidos para formar parte de la iniciación de los nuevos miembros, salían apresuradamente de sus clases para poder llegar a sus dormitorios y preparar todo para la noche.

La Fiesta de Iniciación había comenzado algunas décadas atrás, con la camada de nuevos alumnos luego de la segunda Guerra Mágica, y se había mantenido como una secretísima tradición a lo largo de los años.

La primera semana de cada año escolar, los alumnos de sexto y séptimo que hubiesen sido previamente iniciados, se sentaban a evaluar a sus compañeros y elegir a cinco de cuarto año que representaran los valores de su casa. La valentía de los leones; la lealtad de los tejones; la creatividad de las águilas y la astucia de las serpientes, entre otros requisitos.

Luego, la planeación seguía: la decoración del lugar, el contrabando de bebidas y, por supuesto, la tarea conjunta de poner poción calmante en el zumo de los profesores para asegurarse de que ninguno irrumpiera en el medio de alguna de las cuatro fiestas.

Para esto último, solían pedir la ayuda de los elfos domésticos adecuados, aquellos que no se chivarían a algún Prefecto que no formase partes de los iniciados, profesor o al mismísimo director.

A pesar de todo, lo más importante ocurría durante la fiesta: cada uno de los iniciados debía realizar una serie de pruebas que demostrarían que eran dignos de formar parte del selectísimo grupo, que prácticamente gobernaba dentro del colegio, encargándose de absolutamente todo lo importante: Desde las fiestas oficiales (y clandestinas) hasta quienes entraban a los equipos de Quidditch, así como se aseguraban de que todos los miembros obtuvieran las mejores notas, los mejores horarios e incluso los mejores asientos en los partidos.

En la Sala Común de Gryffindor, el alboroto había comenzado hacía rato y los de séptimo incluso se habían saltado su última clase para poder revisar hasta el más mínimo detalle.

Sin embargo, algunos alumnos encontraban más difícil que otros el ocultar su actividad nocturna de aquella noche a las personas que no estarían invitadas a ella.

— ¿Qué cosa tan importante tienes que hacer un viernes por la noche que no sea pasarlo con tu novia?

Rebecca Felton se levantó del regazo de Aaron Wilds y cruzó los brazos en espera de una respuesta, sin importarle armar una escena delante de todos sus compañeros.

Como si fuera su deber hacerlo, Vivian y Chloe, sentadas frente al chico, fulminaron al castaño como si hubiera cometido sacrilegio y Jordan McLaggen ocultó la sonrisa burlona, mirando hacia otro lado, casi intentando que no lo incluyeran en aquel problema de fieras.

— Yo… tengo cosas que hacer, Becca. — respondió vagamente él.

— ¿Cosas que hacer? ¿Qué cosas que hacer? — exigió ella, elevando la voz.  

— Solo…. cosas que hacer, ¿sí? No puedo contarte.

La mueca de su mejor amigo, que no estaba siendo de ayuda, le hizo darse cuenta de su error, craso error: la mandíbula de la castaña Gryffindor se había descolocado y en sus ojos había brillado algo muy parecido a la furia asesina.

— ¿No puedes decirme? — soltó muy lentamente, digiriendo las palabras. — ¿No-puedes-decirme? — repitió, esta vez con los dientes fuertemente apretados.

Maldición, fue lo único que pasó por la cabeza del chico.

— Por favor, Becca, no te alteres.

— ¡¿Qué no me altere?! — chilló ella, haciéndolo sentir minúsculo desde su posición en el sillón mientras ella estaba parada. Varios alumnos giraron a verlos y Jordan, sabiendo lo que se le venía encima (y que posiblemente trataran de meterlo en el conflicto), palmeó la espalda de su amigo casi con lástima y se levantó, soltando una excusa muy poco creíble. — ¡¿Qué no me altere, dices?!

— Rebecca, por favor…

— ¡Mi novio tiene cosas que hacer un viernes por la noche y no puede decirme qué! ¡¿Y encima pretendes que no me altere?!

— Tranquila, Felton, es solo un entrenamiento de Quidditch.

La llegada de Zia McLaggen, quien volvía sudada de la Casa de los Gritos, se sintió como una intervención divina para Aaron, que ya se veía teniendo que escuchar a su novia por el resto de la semana exigiéndole que le dijera que había tenido que hacer el viernes.

— ¿Entrenamiento de Quidditch? ¿Un viernes por la noche? — soltó incrédula, ahora dirigiendo su mirada de furia a la metamorfomaga que no se dejó amedrentar. — ¿Acaso crees que soy estúpida?

— A decir verdad, si lo creo, pero eso no cambia el hecho de que esta noche tengamos entrenamiento.

Dominique entró justo a tiempo para ver la expresión de Felton deformarse con furia y, si no hubiera conocido a su mejor amiga tan bien como la conocía, hubiera temido por su vida cuando la castaña intentó lanzársele encima y fue detenida por un ya hastiado Wilds.

La rubia no tardó en sacar a la metamorfomaga del ojo del huracán, arrastrándola escaleras arribas para comenzar a prepararse y dejando que la pareja discutiera sus problemas con toda la sala común como testigos, no sin antes dirigirle un guiño burlón a quien consideraba su archi-enemiga.   

Siete pisos más abajo, en la Sala Común de Slytherin, más precisamente en el cuarto de las chicas de sexto, Megan Nott, Elizabeth Dankworth, Lily Potter, Jasmine Zabini y Scarlet Malfoy escuchaban atentamente lo que las mayores les explicaban sobre lo que pasaría aquella noche.

— ¿Y qué sucede con los que no pueden mantener la boca cerrada?

La trigueña Zabini había clavado sus ojos en la pelirroja, como si estuviera segura de que la chica no podría mantener el secreto.

Jasmine jamás se había llevado demasiado bien con sus compañeras de cuarto; las toleraba, si, pero ella era más de las que andaban por los pasillos sola, buscando algún rincón aislado para estudiar y apenas hablando con algunos de sus compañeros de casa. No por nada era la mejor estudiante de su año.

Nunca la habían visto hablar con alguien fuera de Slytherin e, incluso dentro de sus compañeros de casa, se mostraba algo reticente a siquiera saludar a aquellos que no era sangre pura; totalmente contrario a su hermano mayor, que salía con una Hufflepuff hija de muggles.

— Las consecuencias no son para nada agradables. El último que intentó chivarse a un profesor, terminó tres semanas en San Mungo.

— Tampoco las espantes, Meg. — intervino la rubia Dankworth, mirando a las tres iniciantes con una sonrisa más amable. — Si bien es cierto que la última, y única persona, que intentó delatarnos estuvo en San Mungo, no tienen nada de qué preocuparse: mientras no hablen con nadie de la Fiesta de Iniciación o siquiera de que existe, no habrá problemas.

Las tres chicas asintieron, algo intimidadas. Si bien la rubia les sonreía abiertamente, había una amenaza implícita detrás de su tono dulzón que les ponía el cabello de punta casi tanto como la sola presencia de la castaña.

— ¿Y dónde será la fiesta? — preguntó Scarlet finalmente.

— En las cocinas.

— ¿En las cocinas?

— Si, en las cocinas. — reiteró Megan con algo de hastío. — Cuando se reconstruyó el castillo, se creó una sala secreta allí, que durante años se ha usado para las iniciaciones y demás fiestas que nosotros organizamos; así como… actividades de ocio. Todos los iniciados de todas las casas tienen conocimiento de ello, no crean que es algo puramente de los Slytherin y, hasta donde sabemos, ninguno de los profesores sabe de su existencia. Sin embargo, intentamos ser lo más cuidadosos posible.

La rubia se sonrió, imaginándose qué clase de actividades de ocio se llevaban a cabo en aquella sala, que ya moría por conocer.

— Maldito James, jamás me habló de ella. — susurró por lo bajo Lily, teniendo por seguro de que sus dos hermanos debían ser conscientes de ese lugar: conocían el castillo como nadie lo hacía. — Y esas pruebas que tendremos que hacer, ¿cómo son?

La capitana se levantó de su cama y fue directo a uno de los armarios, sacando de allí tres túnicas negras como la noche, y Elizabeth tomó la palabra mientras su mejor amiga les entregaba a cada una las prendas.

— Por lo pronto, vayan a sus habitaciones, vístanse, péinense y maquíllense como para ir a una fiesta; asegúrense de que sus compañeras de cuarto no las vean y estén a las nueve en punto en la Sala Común, con la túnica que les entregó Megs encima de la ropa muggle que hayan escogido, ¿Entendido?

—  ¿Y qué sucede si aún queda gente en la Sala Común?

— No te preocupes, Potter, nosotras nos encargaremos de que esté libre.


— Al, ¿estás listo?

Desde su lugar en la primera planta de la Casa de los Gritos, le sonrió y asintió a Dominique, quien rápidamente pasó la voz a los mellizos McLaggen, que se habían encargado de guiar a los cinco nuevos miembros por la primera prueba: burlar el sauce boxeador para poder entrar a la fiesta.

— Cuando quieras, hermanito. — alentó James, palmeando su espalda y bajando rápidamente las escaleras para unirse al resto de los gryffindorianos que esperaban atentos.

Una vez que Zia y Jordan hubieran entrado, seguidos por los cinco elegidos con capas negras contrastando con el resto de rojo sangre, el azabache se aclaró la garganta y, rascándose mañosamente el cabello con una mano, se arrimó al barandal con una sonrisa confiada.

No solo se encontraban allí todos los alumnos de cuarto a séptimo año que formaban parte de su "hermandad", como ellos la llamaban, sino también muchos de los ex-alumnos que, en algún momento de sus vidas escolares, se habían podido considerar orgullosamente parte de todo aquello. Y como resultaba obvio, no podían dejar ir el momento.

— ¿Alguna vez se preguntaron para qué venimos a este mundo? — Su voz, mágicamente amplificada, se escuchó melodiosamente por toda la casa y atrajo inmediatamente la atención de todos los que estaban abajo —. ¿Para qué estamos aquí, por qué? ¿Alguna vez se preguntaron si nuestras vidas tienen algún tipo de sentido, o solo la viven cómo pueden, cómo los dejan?

Fred, luciendo orgullosamente su túnica roja al lado de Alex y James, sonrió ante las palabras de su primo y pasó un brazo por los hombros de cada uno de los castaños. Todos sabían que la labia siempre había sido la mayor ventaja del mediano Potter.

<< Vivimos tratando de no pensar que en algún momento nuestras vidas se van a acabar.

Dominique llegó a la altura de Zia y levantó las cejas sugestivamente hacia el lugar donde el azabache seguía caminando y hablando para el resto. Las capuchas rojas creaban un efecto casi vampiresco en contraposición con sus pieles tan blancas y sus ojos claros, mientras observaban la fascinación en los ojos de los cinco futuros miembros, si es que superaban todas las pruebas que les tenían preparadas.

<< ¿Qué vas a hacer? — continuó Albus, con una calma envidiable. — ¿Vas a lamentarte por todo eso que no pudiste hacer? ¿Vas a felicitarte por lo que sí hiciste? ¿Qué harías si mañana, yo te digo que el mundo se va a acabar? ¿Qué haces? ¿Lloras? ¿O sales a tratar de lograr ese deseo que siempre quisiste y nunca te animaste? ¿Te resignas o sales a comerte el mundo?

<< ¡Porque para eso estoy aquí, mis amigos, mis hermanos! ¡Estoy aquí para avisarles que mañana se acaba el mundo! Y les pregunto, ¿qué van a hacer esta noche?

Tan sumidos estaban todos escuchando al chico, que nadie notó a Niall acercándose sigilosamente al lugar donde algo muy similar a los reproductores de música muggle descansaba.

<< ¡Bienvenidos a la fiesta del fin del mundo!**

El efecto fue instantáneo y la habitación quedó a oscuras por cinco segundos, durante los cuales varias niñas de quinto y los iniciantes soltaron grititos. Luego, una de las últimas canciones de La snitch cantante comenzó a sonar y todo volvió a la normalidad, dando oficialmente comienzo a La iniciación de Gryffindor.


Roxanne repartió con una sonrisa de oreja a oreja las camisetas blancas, que ella misma había hecho aquella mañana, mientras Grace le pasaba a cada uno de los Hufflepuffs que se unirían a su hermandad un marcador.

La tercera prueba de aquella noche, al menos para los tejones, era muy sencilla: debían escribir en aquella camiseta lo más lejos que habían llegado en una primera cita y luego usarla delante del resto de la fiesta.

La idea, obviamente, había sido producto de las macabras ideas de Grace y Roxanne combinadas.

Y mientras Joanne explicaba aquello, también podía observar a su hermana menor, Alice, sonrojarse y mirar con incredulidad a las tres chicas y dos chicos de séptimo que tenía parados frente a ella, casi queriéndose esconder detrás de su capa negra.

Poppy, quien para suerte de la rubia también había sido reclutada, le sonrió animadamente a su mejor amiga antes de volver su mirada al frente. Pocas cosas, por no decir ninguna, lograban desanimar a la hija menor de Susan Bones y Justin Finch-Fletchley y aquella prueba lejos de parecerle vergonzosa, le parecía en extremo divertida.

— Piensen cuidadosamente que pondrán, — dijo con una sonrisa maliciosa Grace — ya que si mienten, la tinta los delatará.

Y chocando disimuladamente los puños con Roxie y J, observaron a los cinco futuros miembros escribir con vergüenza sus camisetas.


Scorpius se acercó con rapidez a donde Lily Potter se encontraba, gustosamente aceptando un trago. Aquel vestido revelaba demasiado las piernas de la pelirroja, dificultando cumplir la promesa que le había hecho a Albus y James, de asegurarse de que ningún buitre se acercara a su hermanita menor cuando ellos no estuvieran cerca para evitarlo.

— Maldición, Lily, ¿eso es whiskey de fuego? — se molestó el chico, arrebatándole el vaso.

— ¡Ey! Yo estaba por beber eso.

— Tú lo dijiste, estabas. Eres una niña, no puedes beber alcohol.

— ¡Ya tengo catorce, Scorpius!

— Exacto, tienes catorce. — recalcó el rubio con un tono mucho más serio, sintiendo una punzada en la cabeza. Siempre le sucedía eso cuando tenía que cuidar de Lily o su hermana. — No tienes edad para whiskey.

— Y tú no tienes cara. — le escupió la chica, harta. Estaba en una maldita fiesta, lejos de cualquiera de sus hermanos o primos sobreprotectores, y tenía que soportar al estúpido mejor amigo de Albus hablando sobre qué podía y qué no podía hacer. — ¿Por qué mejor no te fijas que está haciendo Scarlet con aquel chico de séptimo en lugar de molestarme?

Scorpius giró por dos segundos la mirada hacia donde Lily señalaba, sintiendo la sangre hervir de solo imaginarse a algún idiota acercándose a su hermana, pero rápidamente se dió cuenta que todo había sido un truco y la menor de los Potter ya había desaparecido, llevándose con ella el trago.

La fiesta estaba en su mejor momento y si no fuera porque se había pasado toda la noche de un lado a otro evitando que Scarlet y Lily se metieran en problemas, lo estaría pasando mil veces mejor.

¿A quién diablos se le había ocurrido que meter a esa dos a la hermandad sería una buena idea? ¡¿A quién?!

— Tú, mi amigo, necesitas un trago.

El chico se giró a la voz detrás suyo, encontrándose con Elizabeth Dankworth sosteniendo dos vasos de shots y una sonrisa ya bastante animada.

Meditó la situación: Scarlet había desaparecido hacía rato y no volvería a verla hasta la próxima prueba, probablemente; Lily había seguido el mismo camino de su hermana, haciéndole imposible cumplir su promesa a los hermanos Potter; Megan…. bien, mejor ni pensar en qué estaría Megan; y por último, Ely estaba frente a él, ofreciéndole unos tragos y algo de diversión fuera de sus preocupaciones de hermano-primo-mejor amigo.

— Creo que necesitaré más de uno. — admitió, aceptando el shot que la rubia le extendía y vaciándolo de un solo trago.


— ¿Deberíamos intervenir o… intentar hacer algo?

Alex Wood dirigió su mirada hacia el grupo de chicas que bailaba bastante inestablemente en el primer piso. Todas con las túnicas abiertas, luciendo los reveladores conjuntos que habían escogido para aquella noche.

La canción, de alguna banda muggle del momento, no era de las más lentas del repertorio, pero ellas se encargaban de mover las caderas y los brazos con una sensualidad digna de admirar.

— Lo único que deberíamos intentar hacer en este momento, es llevárnoslas a la cama.

Con una sonrisa y guiño a su mejor amigo, desapareció entre la multitud siguiendo su propio consejo e integrándose rápidamente al grupo de féminas que no tardaron en recibirlo con más movimientos sexys y miradas coquetas.

Niall decidió que un trago era lo que necesitaba ya que en poco tiempo debería reunirse con el resto a realizar la prueba número siete; algo tan antiguo como las fiestas en sí: el cerveza-pong.

El ganador o la ganadora del cerveza-pong debería enfrentar a Fred Weasley, el miembro más antiguo en haber ganado, y en caso de vencerlo, quedaría exento de realizar las tres pruebas restantes. Recibiría de inmediato su túnica escarlata y asumiría su puesto como miembro sin tener que enfrentar las tres mortales, como solían llamarlas.

— No veo la hora de patear el trasero del próximo pequeño ganador.

Fred llenaba su vaso con la misma sonrisa que tenía antes de cualquier partido de Gryffindor, cuando aún era alumno y capitán del equipo. La misma sonrisa de hoy morirán personas.

— ¿Sabes qué son los mismos niños a los cuales tendrás que enseñar este año, verdad?

El moreno se encogió de hombros y sorbió un largo trago antes de siquiera responder alguna cosa, sin perder su sonrisa:

— No es como si pretendiera ser su profesor el año que viene. Solo es por las pasantías.

Ambos bebieron simultáneamente de su trago, girando la vista hacia la pista de baile que se había formado en el medio.

— ¿Y Natalie? Pensé que estaría contigo. — preguntó al rato, distrayendo al Weasley que miraba atentamente cómo la fiesta iba desarrollándose.

— Está en el castillo, con los Hufflepuffs, aunque no me quiso decir dónde harían su fiesta. Casi tuve que obligarla a dejar los libros y venir aquí.  

— Ser medimago no es cosa sencilla.

— Ni que lo digas. Hay días que ni siquieras nos vemos en las comidas — aseguró él, volviendo a llenar su vaso antes de invitarlo con un gesto a que fueran a tomar asientos; extrañaba la simpleza de los problemas de Hogwarts, donde ganar la Copa de Quidditch y conseguir la mejor cita para Hogsmeade era la único que importaba.

Ahora, con casi veinte años, no hacía más que desear volver a ser un estudiante y tal vez esa era la razón por la que había querido que Oliver Wood terminase su preparación para ser entrenador de Quidditch y no entrar directamente a un equipo, como varios le habían ofrecido a principios de Agosto.

— Pensé que estaban viviendo juntos. — dijo Niall, tomando asiento en los sillones negros que habían traído luego de la guerra.

— Si, en el viejo apartamento de papá, pero igual es complicado. Entre sus horarios y los míos… — dejó la frase inconclusa, decidiendo que no era lugar ni momento para descargar sus frustraciones sobre la vida adulta y, vaciando de un nuevo sorbo su vaso, soltó esta vez más pícaramente: — ¿Y qué tal tus problemas de polleras?

Niall sonrió pero antes de que pudiera comentarle sobre Samantha, la chica de turno, la voz mágicamente amplificada de Albus volvió a sonar, anunciando que la prueba número siete daría comienzo y todos los iniciantes debían reunirse.


Scorpius ya había perdido la cuenta de cuántos shots de tequila y cuántos vasos de Demintor*** había tomado cuando escuchó el jadeo colectivo que solo una pelea podría causar.

Las diez pruebas finalmente habían concluido hacía rato, razón por la cual todos estaban bastante dispersos.

— ¿Esa no es-

La risa involuntaria y su falta de concentración le impidieron a Elizabeth terminar su pregunta, pero el rubio ya se había girado hacia la fuente del ruido, teniendo que sostenerse de alguien que pasaba por allí para no perder el equilibrio.

En cuanto vio que estaba sucediendo a unos pocos metros, supo que debería intervenir y arrastrar tanto a su hermana como a Lily fuera de aquella sala, para averiguar qué diablos podría haber sucedido para que ambas amigas estuvieran gritándose desenfrenadamente, con una audiencia ávida a su alrededor, pero por más que tenía intención de moverse, sus piernas no parecían responder a sus órdenes.

Su cabeza gritaba *"¡Vamos, haz algo!"*pero el resto de su cuerpo permanecía inmóvil, mirando cual idiota la discusión que cada vez atraía la atención de más y más curiosos.

Las palabras "zorra" y "traidora" se destacaban entre medio de la verborragia de insultos que pelirroja y rubia se gritaban cerca de la barra, mientras un castaño de sexto observaba la situación complacido, sabiéndose el detonador de aquella pelea.

Ya que, después de todo, él era nada más y nada menos que James Alexander Philip Theo Mountbatten-Windsor, también conocido en Europa como Su Alteza Real, el príncipe Jacobo de Wessex o simplemente como Jake Windsor, para el resto de Hogwarts que poco interesado estaba en títulos de la nobleza muggle.

Sin embargo, y a mediados del año anterior, si había habido una estudiante interesada - tal vez demasiado - en aquel título que acompañaba al engreído alumno de Slytherin y que se sentía tanto asqueada como traicionada ante la situación actual.

Scarlet miraba con rabia e incredulidad a la que horas antes había considerado su amiga y hacía momentos había encontrado besándose con su exnovio, mientras los intentos de Lily por dar vuelta la situación no hacían más que alimentar su furia casi asesina, llevándola a hacer algo que jamás hubiera imaginado al inicio de aquel día: abofetear delante de más de treinta personas a la chica, dejando inmediatamente la habitación y culminando la que, sin lugar a dudas, había sido una noche inolvidable.

***bros before hoes:**los amigos antes de las mujeres.

****Fiesta del fin del mundo:**Las palabras que dice Albus al comenzar la fiesta, no me pertenecen. La idea está sacada de una novela, llamada Aliados.

*****Demintor:**Trago inventado por su servidora. Vodka, jugo de calabaza y una pizca de café negro líquido, que le proporciona ese color oscuro a la bebida.

¡Hola a todas!

Bien, nadie puede decir que no soy una mujer de palabra: anticipé que las actualizaciones tardarían y... ¡no mentí!

Nada me gustaría más que poder actualizar cada semana, porque sinceramente esta historia y cada uno de sus personajes tienen algo que me hace estar pensando constantemente nuevas ideas, pero las diferentes obligaciones no me permiten dedicarle el tiempo que me gustaría.

Para colmo, ahora empieza la época de parciales en mi país y, literalmente, MO-RI-RÉ. Por eso quise hacer un esfuerzo extra y actualizar antes de entrar en las semanas de la muerte porque, ya saben, estaré algo desaparecida.

Como irán descubriendo a lo largo de los capítulos, si bien James y Molly serán bastante protagonistas, todos los personajes tendrán su gran importancia en la historia. Ya veremos más de la enemistad de Dominique y Rebecca, de las locuras de Roxanne, Grace y Joanne, del carismático y variado cuarteto de Albus, Hollie, Scorpius y Rose, de los conflictos de Lily, Scarlet, Lucy, Davina, Hugo y Alice atravesando plena adolescencia y de... bueno, absolutamente todos los personajes. Tanto los que están dentro de Hogwarts como los que no.

Solo tengan paciencia. Poco a poco, cada uno irá desarrollando su historia personal dentro del fic y si bien muero de ansías por contarles todo lo que tengo planeado, seré fuerte y los invitaré a agregarme a facebook (Ginny Potter), donde no solo hay descripciones de todos los personajes sino que también subo vestuarios y anuncio las actuaciones.

El próximo capítulo, que no sé cuando lo podré publicar, se titulará "Fue un desliz" y estará lleno de drama. 

¡Espero leerlas en los comentarios!

Besos,

Ginny.