Un amor de otro tiempo — capítulo 1
-¡Cesar Borgia!- exclamo una voz al fondo de la sala.
El aludido, un joven con una espesa cabellera castaña se levantó inquieto de su asiento y avanzo hasta la plataforma. Allí, le esperaba el recién nombrado Papa Alejandro VI, su padre...
-Estas aquí- comenzó a hablar pausadamente -. Para revelar a los presentes tus mas oscuros pecados. Aquellos que os atormentan por la noche y ensucian vuestra mente. Reveladlos y seras perdonado. De lo contrario, vuestro cuerpo sera condenado al fuego eterno y el alma que ahora poseéis, vagara solitaria por un paraje peor que la propia muerte.
Cesar doblo las rodillas con la vista fija en el suelo y comenzó a hablar sintiéndose avergonzado. Pues a pesar de ser tan joven su alma no era pura y había odio en su corazón.
Una vez hubo terminado, y ante el silencio que invadía la sala, miro a su padre esperando su perdón. Pero el no dijo nada, y el nudo que tenía en el estomago se endureció.
Se limito a esperar, mientras el Papa le miraba fijamente con gesto de reproche. El estomago se le revolvió y noto como un montón de ojos se fijaban en el sin saber de donde provenían. Su padre pronto aclaro el asunto. Le agarro del brazo y mientras señalaba primero a las paredes y luego al techo grito:
-¡MIRA!
El no pudo hacer nada para detenerlo, y se resigno a mirar. Noto como un hilo de sudor frió caía de su frente al tiempo que temblaba de miedo. Los cuadros, tanto de las paredes como del techo le estaban mirando y parecían muy enfadados. Las vírgenes, con vestidos de seda de forma burlona y los ángeles con el ceño fruncido.
Pensó que se estaba volviendo loco por segundos y miro a su padre con miedo . Pero el, seguía con el brazo levantado, señalando los cuadros, lo cual significaba que no se lo estaba imaginando. Entonces supo porque estaban tan enfadados. Y es que a pesar de estar en la casa del señor no estaba siendo del todo sincero. Había obviado quizá el peor de todos sus pecados.
Cerró con fuerza los ojos, pensando que así todo desaparecería, pero su padre volvió a agarrarle del brazo y grito:
-¡MIRA!
Sin poder evitarlo volvió a abrir los ojos y la escena le paralizo. Uno de los retratos se había despagado de la pared y parecía flotar acercándose lentamente. Era una de las vírgenes, ataviada con un fino camisón de hilos plateados. Tenia el pelo rojizo y le caía delicadamente por la cintura en perfectos bucles. Sus ojos eran grandes, verdes y llenos de vida.
El corazón de Cesar comenzó a latir con fuerza al sentir el suave roce de la mano de su hermana pequeña. El también se dispuso a tocarla, algo mareado por el dulzón aroma a perfume. Pero cuando estaba a punto de tocar su delicada piel esta se desvaneció ante sus ojos oscuros.
Y entonces , se despertó.