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Un amor de otro tiempo — capítulo 4

Cesar descabalgo de su caballo y entro por la puerta. Los pasillos estaban completamente vacíos, y tan solo se escuchaban unas voces de fondo, cosa que no le sorprendió. Era una casa muy grande, y estaba acostumbrado a la soledad.

Tenía la espalda muy dolorida de tanto forzarse al montar a caballo y pensó que no le vendría nada mal un buen baño de agua templada. Ya se podía imaginar el roce del agua en su piel y los olores a cítricos, y a frutas que tanto le gustaban, cuando escucho un lamento seguido por innumerables sollozos.

Un temor se apodero de él, al ver que provenían de muy cerca de su habitación, al final del pasillo, donde solo se encontraba la habitación de su hermana pequeña: Lucrecia.

Fue rápido hacía la habitación y toco la puerta pero esta siguió cerrada. En el interior, seguían escuchándose los sollozos, y Cesar, algo más alarmado grito:

-¡Lucrecia! ¿Qué es lo que ocurre?

Al ver que seguía sin contestar, dio un fuerte golpe a la puerta, abriéndola de par en par.

En la cama estaba ella, con el pelo enredado y con un almohadón de plumas en la cabeza. No paraba de llorar, y lo hacía con tanta fuerza que  pareció no darse cuenta de que alguien más estaba ahora a su lado.

-¿Lucrecia?- pregunto vacilante, mientras le apartaba el pelo de los ojos-.Cuéntame hermanita ¿Qué es eso que te inquieta tanto?

La joven, se dio la vuelta y miro a su hermano.

-No quiero contártelo, no a ti- contesto fríamente.

-¿Es que he hecho algo?- pregunto con la mirada fija en sus ojos tristes-.Porque si es así lo ignoro completamente. Quiso añadir que nunca jamás haría nada que la molestara, y menos aún que la hiciera llorar de esa manera, pero se contuvo y dejo que ella siguiera hablando.

-No, tú no has hecho nada- admitió Lucrecia, y al ver a su hermano tan preocupado, se sintió un poco avergonzada.

-Entonces, ¿Por qué no puedes contármelo?, Soy tu hermano ¿ Recuerdas?, pensé que no había secretos entre nosotros.

-Y no los hay, te lo juro Cesar, yo jamás te ocultaría nada- se apresuró a decir la joven, pues no quería que él se sintiera decepcionado por sus palabras-. Es padre- hablo por fin-. Lo he visto en su cama con una mujer  y no era madre.

Una lagrima cayo por su rostro al revelar por fin la verdad.

Cesar la miro por un momento, y vio a la niña que aún era. Es tan inocente- pensó. El desde luego ya conocía las relaciones de su padre con otras mujeres, y no había tenido que pillarle en la cama para darse cuenta. Simplemente lo sabía. Conocía a los hombres, él era uno también.

Le acaricio su suave piel y la dijo, eligiendo bien las palabras.

-Tienes que entenderlo Lucrecia, el amor no puede durar para siempre. El tiempo es capaz de matarlo todo  y a veces lo que empieza con un ardiente deseo acaba de la manera más trágica.

-¿Quieres decir, que la razón por la que no ha funcionado es que se amaban demasiado?- pregunto ella.

Cesar movió la cabeza afirmativamente a modo de respuesta.

Lucrecia seguía pensativa y volvió a preguntar:

-¿Cesar, tú me quieres?

La pregunta le sorprendió un poco, pero con una cálida mirada la respondió:

-Por supuesto que te quiero hermana, más de lo que jamás querré a nadie.

-Entonces… ¿si tú eres un hombre y yo una mujer, y está claro que nos queremos, está condenado nuestro amor a fracasar por ser demasiado intenso?

No  esperaba una pregunta así. Estaba claro que los grandes amores, esos que cuentan en las novelas, los amores ardientes, los amores sinceros, los que de verdad importan, siempre tendían  a acabar de las peores maneras. Pero… ¿cómo contarle a su hermana pequeña la verdad sobre el amor sin romperla el corazón?