Un amor de otro tiempo — capítulo 3
¿Cuánto amor puede un hombre sentir hacia una mujer hasta que ese amor y cariño se convierta en algo pasional? ¿Dónde están los límites? ¿Los habría cruzado?
La mente de Cesar en ese momento estaba llena de pensamientos que nadie parecía dispuesto a aclarar. Miles de preguntas sin una verdadera respuesta.
¿Amaría a su hermana? ¿Iría al infierno por eso? ¿O es que solo se estaba volviendo completamente loco?
Lo único que sabía con certeza era que su Dios nunca aceptaría una relación así y que de ser ciertas sus suposiciones estaba acabado.
Pero eso no le impedía querer averiguar la verdad, hacer hablar a su corazón, aunque eso supusiera el final de Cesar Borgia, y de todos los sueños y ambiciones con los que un día soñó y que ahora se veían eclipsadas por los ojos verdes de una joven de su mismo apellido y sangre.
Una leve brisa removió su pelo y Cesar suspiro tranquilo. Al menos nadie conocía su secreto.
Los ojos de la niña no podían mirar a su padre. Estaba demasiada dolida para soportarlo. Pero sí que se fijaron en la mujer (que en realidad no lo era tanto). Como mucho tendría dos o tres años más que ella. Pero su largo pelo oscuro, y su robusto cuerpo, la hacían parecer más mayor de lo que era. Recordó a su madre, que a pesar de su ya avanzada edad, seguía teniendo la tez blanca y sin imperfecciones, y el pelo sedoso y con ondas de color cobrizo.
Seguramente, de joven sería muy parecida a la muchacha que ahora se encontraba en su cama, con el busto al natural, y las mejillas enrojecidas por la vergüenza.
-Déjame explicarte-hablo su padre notablemente angustiado.
Pero Lucrecia no quería hacerlo. Estaba harta de comportarse debidamente para luego tener que soportar tales humillaciones por parte de su propia familia.
-¿Ya no quieres a mama?- pregunto la niña con un tono de voz tan sereno que desconcertó a su padre.
-Por supuesto que la quiero-respondió Rodrigo-. ¿Cómo no quererla? Fue mi primer amor y siempre habrá un hueco para ella en mi corazón.
-Pero ya…Ya no es de la misma forma ¿Verdad?- pregunto con lágrimas en los ojos.
Rodrigo se acercó lentamente a su hija y acaricio su frágil piel al tiempo que decía:
-No Lucrecia….tienes razón, ya no es de la misma forma.
La joven bajo la cabeza, y entre pequeños sollozos, consiguió decir:
-¿Y ahora qué ocurrirá? , ¿Nos abandonaras por esa mujer, y formaras una nueva familia? ¿Nos abandonaras a todos, padre?
-¡No!, No- contesto inmediatamente-.Por supuesto que no. Eso ni lo pienses. Que tu madre y yo ya no compartamos la misma habitación no influye en mi amor por mis hijos. Mi amor por ti siempre será el mismo, Lucrecia. Y ninguna mujer jamás, por muy hermosa o joven que sea, podrá alcanzarlo. Pero debes entender, mi pequeña niña, que un hombre necesita ciertas necesidades y que si ya no puede obtenerlas donde antes lo hacía, debe buscar en otro lugar, o en este caso, en otra mujer. Tranquila hija mía- dijo al ver la cara de desconcierto de su hija-. Lo entenderás todo cuando crezcas.
-Te equivocas padre, lo entiendo todo muy bien-replico con los ojos llenos de dolor-. Madre me lo explico hace mucho tiempo, pero yo no la creí, pensé que el dolor la cegaba, pero ahora puedo ver que la única ciega era yo. Ella me hablo sobre los hombres papa, los hombres como tú y lo que hacían con las mujeres cuando estas se hacían mayores e inservibles. Eso es lo que harás conmigo, ¿verdad padre? ¡Cuando tu nueva amante te de una nueva hija, mucho más joven y hermosa que yo, me apartaras y me olvidaras como has hecho con mi madre!
Sin poder aguantar más ese dolor que sentía en su vientre, salió de la habitación y corrió más allá, con el corazón roto en mil pedazos.
Rodrigo se quedó helado por la dureza de las palabras y llamo a su hija, la imploro que volviera, pero esta ya estaba muy lejos. Se sentía mareado. Después de tantos años, había llegado el momento que tanto temía. Su pequeña y dulce hija, la luz que iluminaba su oscuro corazón, al fin conocía como era realmente su padre.