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-No te acerques a mi o te quemarás. -Alguien nacido del Sol no puede quemarse. — capítulo 9

Capítulo 7...

-Evan… -dije intentado sacar mi tono cariñoso y comprensivo, aunque nunca se me había dado demasiado bien.

-¿Qué quieres ahora? -preguntó con una voz que dejaba ver un gran dolor.

-Quiero besarte.

Esas palabras hicieron mella en él, que con una mirada llena de furia, se levantó del suelo para mirarme con algo de rabia.

En ese momento le temí. Temí lo que pudiera decir, sabía que no me haría nada, ya había tenido la oportunidad millones de veces de dejarme morir, pero a veces las palabras podían doler más que cualquier tortura, y yo mejor que nadie lo sabía.

Capítulo 8: Describiendo a un pegaso difícil de describir, la solución seria verlo… aunque si lo ves, ves al psicólogo.

-¿Crees que puedes hacer esto? -preguntó Evan con un notable enfado, aunque yo no comprendía a que se refería, y él lo notó -. Me dices que no podemos estar juntos, me destrozas el corazón y al cabo de media hora vuelves y me dices que quieres besarme. ¿Pretendes volverme loco? ¡Contesta! Contesta porque yo no entiendo nada….

Sus ojos estaban al borde de las lágrimas y sus manos temblaban de los nervios, sabía que no debía ser fácil decirme aquello y entendía su enfado, pero no me iba a ir sin hablar.

-Evan escucha… Yo tenía miedo. Miedo a perderte como amigo, porque eres de lo poco que tengo. Miedo a que vieras que soy una chica del montón y no valía la pena. Miedo a que dejaras de amarme, a que te pasara algo y me sintiera sola. Miedo a tantas cosas…

           »Pero ya no, hablé con Marta y me hizo darme cuenta de que no tengo que tener miedo. Tu eres el indicado, el chico que no me hará sufrir, yo lo puedo ver, sé que tú eres ese chico, mi chico, así que no quiero esperar, no quiero torturarme y pensar por qué no lo hice más tarde, por qué ni siquiera lo intenté.

Me miró pensativo, analizando mis palabras, y parecía querer contestar pero no saber qué decir, no soportaba más ese silencio tan incómodo. El uno delante del otro, mirándonos a los ojos en un silencio total, ni siquiera los pájaros cantaban.

Cuando ya no podía esperar más, es decir, al cabo de unos vente segundos, me acerqué lentamente a él. Cerré mis ojos y lo besé. Evan me besó durante unos segundos, antes de separarme de él y mirarme fijamente a los ojos, de una forma incomprensible para cualquiera.

            -Tiara -dijo él con una pequeña sonrisa de felicidad a unos pocos milímetros de mis labios, una sonrisa que yo también tenía, había vuelto a probar esos deliciosos labios que me habían vuelto adicta -, ¿querrías salir conmigo?

-Sí, sí, sí -contesté sin verme capaz de contestar otra cosa, desbordada de felicidad y alegría -, y mil veces sí.

Después de aquello nos volvimos a besar como si el mañana no existiera, como si solo existiera el aquí, el ahora y el nosotros, ni nada ni nadie más.

Al separar, con pena, nuestros labios, nos cogimos de la mano y salimos de aquel lugar para sentarnos cerca de los establos de pegasos. Empezamos a hablar distraídamente sobre muchos temas diversos hasta que salió uno en concreto.

-¿Alguna vez has montado en un pegaso? -le pregunté mientras lo miraba con una pequeña sonrisa, todo aquello era mejor que un sueño, muchísimo mejor.

-Claro, decenas de veces -contestó como si fuera lo más normal y obvio del mundo -. Se dan clases para ello y son muy útiles cuando vas a alguna misión.

-¿Y no te da miedo caerte del pegaso mientras vuela?

-No, es parte de mi naturaleza, y de la tuya también -contestó mientras me miraba feliz y sonriente y me explicaba todo con clama -. ¿Quieres que te enseñe a montar?

-Me da miedo. ¿Y si me caigo? -pregunté yo imaginándome en el suelo estampada -. No creo que eso esté en mi naturaleza.

-Está en la naturaleza de todos los semidioses, como hablar y leer en griego.

-¿Quieres decir que también se leer en griego? ¿Y hablarlo? -pregunté yo curiosa, distrayéndome del tema del que estábamos hablando -. Yo no sé si…

-Vamos -dijo el con carita de cordero degollado -, yo estaré detrás de ti aguantándote así que no te podrás caer.

-¿Me lo prometes?

-Sí -dijo el levantándose  y tendiéndome la mano para ayudarme a levantar.

Me levanté y caminamos hacia el establo, donde vi la chica que me había ayudado a encontrar el laberinto, Cami, acariciando a un pegaso y hablando con él.

-¿Está hablando con un pegaso? -pregunté bajito cuando aun estábamos algo lejos, de forma que no me oyó -. ¿También está en la naturaleza de los semidioses?

-No en la de todos los mestizos, solo algunos, son habilidades especiales, en este caso solo los hijos de Poseidón, que pueden hablar con los pegasos, caballo o animales marinos.

Enseguida entendí el porqué, por lo que no me puse más en evidencia y caminé callada hacia ella, cogida de la mano con mi nuevo novio, que tanto me estaba ayudando.

-Cami -la saludé cuando ya estaba más cerca -, me alegra verte de nuevo.

-Hola Tiara -dijo con una amable sonrisa -. ¿Qué haces aquí?

-Evan me trajo para que montara en pegaso, pero yo no estoy muy segura de que sea buena idea.

-Anímate, los pegasos son animales geniales, a mí me encanta estar con ellos. Es más, creo que tengo el pegaso perfecto en el que te puede enseñar a montar.

Me cogió de la muñeca y me arrastró en frente de un pegaso ni demasiado grande ni demasiado pequeño, muy parecido a un caballo normal si no fuera por aquellas dos enormes alas que sobresalían por los lados y hacían que ocupara el doble de espacio.

Aunque lo que realmente lo que me llamó la atención de aquel peculiar pegaso fue su color, todos los otros eran o blancos o negros y en cambio este eran  los  dos colores. No tenía el  cuerpo ni con manchas  ni rayas, simplemente eran los dos colores mezclados, sin llegar a mezclarse para parecer gris.

Algo imposible de explicar, solo se podía entender si se veía, y aun así con dificultad, aunque claro, lo normal es que si ves un pegaso te lleven directo a un psicólogo.

-Se llama Grico, y de momento no tiene dueño -comentó ella mientras lo acariciaba, debía sentir un gran cariño por todos los animales, y se le notaba -, pero es un gran pegaso, créeme, es dócil y muy bueno. ¿Por qué no te das una vuelta en él y así lo ves tu misma?

-¿Yo sola? Algo me dice que no es buena idea, tengo un mal presentimiento…

-Solo son nervios -intentó tranquilizarme ella, sin mucho éxito -, tranquila no te pasará nada.

-¿No se puede subir Evan?

-Sí pero solo hará que el pegaso le cueste más volar porque haya más peso.

-Pero yo me siento mas protegida con él -admití con la mirada algo bajada y las mejillas ardiendo.

Evan me agarró de la mano y levanté la vista, me miraba feliz, seguramente por mis últimas palabras. Pero sabía que aquella era más que una simple mirada de felicidad, era una mirada de ánimo, intentando decir que yo sola podía, cosa de la que no estaba tan segura.

-Si ves que sola no puedes me monto contigo, pero si crees que sí, inténtalo.

Miré a Evan, luego a Cami, y finalmente al pegaso, mientras recapacitaba.

Subirme a un pegaso y surcar el cielo podía hacerles ilusión a muchos niños, pero porque no sabían que ese sueño se podía hacer realidad, si tuvieran que hacerlo estoy segura de que a más de la mitad no les hubiera hecho gracia.

Algo dentro de mí me decía que yo estaba más segura en el suelo, tocando tierra, pero la verdad es que sus miradas pidiendo respuesta, a ser posible positiva, y la pequeña curiosidad de como debía sentirse uno al volar en un pegaso de dos colores pudieron con aquel sentimiento y acabé aceptando subir sola.

Con muchos nervios y aquella odiosa sensación en el estómago vi como Cami sacaba al pegaso, que me miraba como si el también supiera que algo malo iba a pasar, o quizá yo ya me hubiera vuelto majara del todo.

Le pusieron una silla de montar algo diferente a la de los caballos, algo normal pues aquellas enormes alas de un metro cada una, impedían cogerlo como a un caballo normal.

-¿Alguna vez has montado en caballo? -preguntó Evan mientras Cami lo acababa de preparar todo.

-En uno normal y corriente, era fácil montar, aprendí rápido.

-Perfecto, esto es lo mismo.

-Con la pequeña diferencia de que este vuela -dije yo con algo de ironía en mis palabras.

-Sí -dijo esta vez Cami, que ya tenía todo preparado y se había unido a la conversación -, pero se mueve por el cielo como si tocara el suelo, lo único que notarás de diferente son las alas y la altura si miras hacia abajo, cosa que no te aconsejo.

-No mirar hacia abajo. ¿Algún consejo más?

-Cuidado con los pájaros -añadió riéndose Evan, a lo cual Cami se sumó, y después de mirarlos un rato mal, también yo.

-Pues súbete, verás cómo es facilismo, cuando lo hagas por primera vez te gustará.

Se me hizo un nudo en la garganta y me lo volví a pensar unas cuantas veces, pero al mirar a Evan, que tenía una sonrisa que me decía: "tú puedes, yo lo sé", no me quedó otra que subirme al caballo con los nervios a piel de flor.

Me subí al pegaso y lo miré, seguía pareciendo que él también sabía que algo malo iba a pasar, o yo seguía estando loca, el caso es que debí hacerle caso a mi intuición.

-Vamos Grico -dije hablando con el pegaso, definitivamente estaba loca, pero no me importaba, todo aquello era de locos, y por lo tanto una loca era algo normal -, acabemos con esto cuanto antes mejor, intenta no volar muy rápido.

El pegaso hizo un ruido como intento de contestar y empezó a galopar, enlairándose en los aires, sentía mi cuerpo temblar, y no sabía si era por el miedo o por el frio, en cualquier caso estaba deseando bajar.

Cuando al fin me relajé un poco noté que aquello tampoco era tan malo, el aire en la cara, la libertad, sin presiones, sin gente al alrededor molestando, nada malo había allí arriba, aunque como tantas otras veces me había pasado, me equivocaba.

Miré un momento al suelo, donde se veían a Cami y Evan, a unos diez metros, que aunque dicho así parece poco, si estas volando en un pegaso parece bastante más. Alrededor solo se podía ver un campo sin demasiada vegetación.

Volví a mirar al frente, el cielo azul despejado, sin muchas nubes, por no decir ninguna.

De repente del cielo cayó un rayo, demasiado cerca, no solo para mí, sino para el pegaso, que relinchó  y empezó a moverse nervioso, o más bien dolido, porque cuando me fijé vi que tenía una herida sin demasiada buena pinta en su ala izquierda.

A partir de aquel momento todo sucedió rápido y visiones borrosas y cortadas atacaron mi mente.

Vi al caballo cayendo en picado hacia el suelo, vi el suelo, sin ni una sola planta debajo, me imaginé allí en el suelo estampada, y no tenía demasiada buena pinta.

Cerré los ojos con toda mi fuerza y estos empezaron a escocerme mucho más que cuando me cambiaban de color, aunque esa era mi menor preocupación.

Desee tener una de aquellas grandes plantas que había visto en mi infancia, se llamaban… Paulownia tomentosa, una enorme planta con hojas de más de cincuenta centímetros que amortiguarían perfectamente mi caída.

Mi lado más masoquista me impulso a abrir los ojos durante una milésima de segundos para ver mi muerte.

Como prometí un capitulo el fin de semana, después de acabar los deberes, porque quiero que disfruteis antes de que llegue el lunes.

Aquí os dejo una foto de la planta que imagina Paulownia tormetosa, ya que no sabia como describirla y es importante que le deis forma:

Y como se que no actualizo muy a menudo os propongo algo, si llegamos a seis comentarios hago un maratón de tres capítulos para la semana que viene, ¿os parece bien?

Besuss.