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-No te acerques a mi o te quemarás. -Alguien nacido del Sol no puede quemarse. — capítulo 8

Capítulo 6...

-Tienes razón amiga -dije yo cuando ya había recapacitado y sabía cuál era la buena decisión -. Por cierto, jamás había oído hablar así, con esa firmeza y esa certeza, y he de darte la gracias por dejarme oírte así, ya se lo que tengo que hacer.

-Pues corre y corrige todo aquello que has hecho mal antes de que sea tarde, porque después te arrepentirás de no haberlo hecho.

Di un beso en la mejilla a mi sabia amiga, que quizá se hubiera vuelto así por aquella extraña posesión, y salí de aquella enorme casa en busca de algo concreto.

En busca de él.

Capítulo 7: Y sé que las palabras pueden doler más que la peor de las torturas.

Volví donde habíamos dejado de hablar pero ya no estaba, en su lugar había esa chica, su hermana.

-¿Te llamabas Joanna no? -se limitó a asentir, sin decir nada -. Perdón por la molestia, ¿pero no habrás visto a tu hermano? A Evan.

-Estaba aquí hace un rato.

-¿Sabes dónde se fue?

-Estaba algo triste…

-Lo sé, por eso quiero hablar con él. ¿Sabes dónde está?

-Lo vi yéndose hacia allí -dijo señalando el bosque -, normalmente cuando está triste va a la entrada del laberinto, que aunque está totalmente sellada y es imposible que los monstruos o lago pase, nadie se atreve a acercarse mucho, así que es un sitio genial para estar solo…

-Muchas gracias Joa.

-De nada… ¿Tiara?

-Así es.

Empecé a correr hacia el bosque, cuando me di cuenta de una cosa, no sabía dónde estaba la entrada de aquel laberinto, ni siquiera sabía que era eso del laberinto.

Paré y miré al cielo, debía ser más del mediodía y ya habrían almorzado, pero me daba bastante igual, yo no tenía hambre. Busqué a mí alrededor a alguien para que me ayudara a encontrar a ese sitio y de repente vi a una chica no muy mayor, unos once años quizá.

Tenía el pelo castaño y no muy largo, con unos bonitos ojos verdes. Pero lo que me sorprendió de ella no era su físico, sino que estaba en problemas.

Dos chicas, de unos quince años la empujaban pasándosela como si fuera una pelota, no tenía tiempo que perder pero no iba a dejar a aquella chica indefensa.

Corrí hacia allí y me interpuse entre la pequeña y la chica que la iba a volver a empujar.

-Déjala en paz -dije con una voz decidía.

-¿O si no qué? ¿Qué piensas hacer chica de la profecía? Si no sabes ni quien es tu progenitor.

-No necesito saber quién es mi progenitor para saber que esto está mal, y no me voy a quedar mirando como abusáis de una chica más pequeña, meteros con alguien de vuestra edad.

-¿Con alguien como tú? Déjanos tranquilas, no sé porque intentas defender a la chica del pegaso, solo te vas a meter en problemas por alguien débil que no merece la pena.

-Todo el mundo merece la pena, menos vosotras claro está, que tenéis que meteros que gente más pequeñas para sentiros mejor con vosotras mismas.

Las dos empezaron a reír para luego mirarme con odio.

-¿Sabes acaso quien es nuestro padre?

-Claro que no lo sabe -contestó la que hasta ahora había estado callada -, si lo supiera no diría esas cosas.

-Sinceramente, me importa una mierda quien sea vuestro papi, solo os dijo que dejéis a esta chica en paz, no me quiero enfadar.

-¿Por qué si te enfadas que vas a hacer? ¿Vas a mirarnos mal?

Las dos se volvieron a reír y la furia se apoderó de mí, cerré los ojos con fuerza y noté como me escocían, entonces supe que me habían cambiado nuevamente de color.

Miré mi mano y allí estaba, una bola de fuego, perfectamente redonda, apunté a la chica que se había burlado de mí, lista para disparar, cuando alguien me agarró la mano.

Giré para mirar con odio al que se había interpuesto entre yo y aquel perfecto disparo a aquella estúpida chica que tanto se lo merecía.

Era la chica que había visto en el campamento y que me había salvado la vida, con aquella rara combinación de color de ojos, mirándome fijamente, intentando analizarme de nuevo.

-Relájate nueva y deshaz eso de tu mano -dijo para luego mirar a aquellas dos -. Hijas de Ares, ara ya sabéis de lo que esta chica es capaz, la próxima vez no la pararé, así que no la mosqueéis. Ahora piraos.

-Debías haberme dejado dispararle, no iba a darle, solo quería asustarla, se controlarme.

Intentaba calmarme, pero aquellas chicas me habían puesto de muy mal humor, y debía pagarlo con alguien.

-A mí no me digas estupideces, no pensabas fallar y lo sabes, las hubieras chamuscado si no te lo hubiera impedido.

-Y bien que les habría estado.

-No te metas en problemas nueva, que te salvara la primera vez no significa que lo haga cada vez que te vea.

Cerré los ojos y conté lentamente hasta diez, intentando respirar y tranquilizarme, cuando los volví a abrir, la chica, Electra, ya no estaba.

-Gracias -dijo la voz de aquella chica que acababa de salvar hacia un rato -. Y perdón por mi mala educación, me llamo Camila Bennet, hija de Poseidón.

-Yo soy Tiara, hija de solo Hades sabe quién, y dime Camila, ¿por qué te molestaban esas dos?

-No lo sé, desde que viene lo han hecho, me llaman débil y se dedican a meterse conmigo. Y no me llames Camila, llámame Cami, así es como me llamarían mis amigos, bueno, si tuviera.

-¿No tienes amigos? Yo tampoco tenía antes de conocer a Marta… -dije recordando aquellos momentos y aquellos sentimientos -. ¿Pero tú tienes una hermana no? La conocí hace muy poco, se llamaba Laura creo recordar.

-Sí pero ella y yo nunca nos llevamos demasiado bien.

-Bueno ahora me tienes a mí, puedes considerarme tu amiga.

-¿Enserio?

-Claro -en aquel momento recordé porque había ido allí, para encontrar a Evan -. Oye amiga, ¿me ayudarías a encontrar la entrada del laberinto?

-No te aconsejo que vayas a aquel lugar, Quirón lo tiene prohibido, puede ser peligroso.

-Debo encontrar a un amigo que está allí -expliqué yo mientras se lo suplicaba con la mirada -, pero soy nueva y no sé por dónde queda, ya de paso podrías explicarme que es todo eso del laberinto.

-De acuerdo, te llevaré, no está muy legos.

-Gracias, me acabas de salvar.

Empezamos a andar, y mientras la seguía me explicó otra de las historias de Percy Jackson, que parecía un gran héroe, está vez relacionadas con un laberinto que lo comunicaba todo, al parecer de allí provenía aquella enorme perra, la señorita O'Leary.

-La entrada está allí -dijo Cami mientras señalaba hacia delante, donde pude distinguir una sombra, supongo que su sombra -. A partir de aquí vas sola, no me hace demasiada ilusión acercarme allí…

-Tranquila Cami, no te preocupes, te agradezco que me hayas traído hasta aquí, de verdad -le dije con una pequeña sonrisa impaciente -, cualquier cosa que necesites aquí tienes una amiga.

-Lo mismo te dijo Tiara, puedes contar conmigo para lo que sea.

-Lo tendré en cuenta.

Y sin esperar más respuesta empecé a dirigirme hacia él, quería abrazarlo, decirle que le amaba y que había sido una idiota por dejarle ir, por irme de un forma tan cobarde y rastrera.

Lo miré desde algo lejos, con una pequeña sonrisa en mi rostro, sin que él se percatara de mi presencia, era perfecto, completamente perfecto.

A su lado cualquiera parecía más pequeño, más débil e imperfecto. Y es que él no tenía comparación con nada ni nadie, y no me refiero solo al físico, con esos preciosos ojos azules que recordaba des del primer día o ese pelo rubio oscuro que me volvía loca. Tampoco hablaba de su atlético cuerpo, musculoso  y  (repito por  enésima vez porque  no existe otra  palabra) perfecto.

Su carácter también era algo envidiable, tan cariñoso, atento, generoso… Y por dios, o dioses, es que no tenía ningún fallo, todo él era algo que yo quería para mí, nadie más podía tenerlo.

Aunque yo seguía sin poder entender, de entre tantas chicas guapas, listas y atléticas que había en ese campamento, se podía haber siquiera dado cuenta de que yo existía.

Yo, una chica para nada atlética, no demasiado alta ni ágil, con unos ojos que ni siquiera podría definir, un carácter brusco y facilidad para huir de los problemas en lugar de afrontarlos que dejaría asombrado a cualquiera.

Y es que en definitiva, yo era todo lo contrario a él. Yo era la imperfección en persona.

Me acerqué a él y le toqué el hombro, mientras él se limitaba a girarse para mirarme un segundo, y luego volver a bajar la cabeza.

-Evan… -dije intentado sacar mi tono cariñoso y comprensivo, aunque nunca se me había dado demasiado bien.

-¿Qué quieres ahora? -preguntó con una voz que dejaba ver un gran dolor.

-Quiero besarte.

Esas palabras hicieron mella en él, que con una mirada llena de furia, se levantó del suelo para mirarme con algo de rabia.

En ese momento le temí. Temí lo que pudiera decir, sabía que no me haría nada, ya había tenido la oportunidad millones de veces de dejarme morir, pero a veces las palabras podían doler más que cualquier tortura, y yo mejor que nadie lo sabía.

Aqui os dejo otro capítulo, siento si os hice esperar mucho, este fin de semana como mucho intento publicar otro que ya lo tengo algo avanzado.

Lo siento de nuevo, pasar y dejar algun comentario si quereis.

Besuss.