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2 Generación: Archivos Clandestinos — capítulo 6
Caminé de un lado a otro de la habitación, tan nerviosa que tenía las puntas roídas hasta la raíz. Necesitaba moverme, no podía estar quieta, y sobre todo, necesitaba pensar. Pensar en lo que iba a hacer. Gwen ya me había avisado de que era un suicidio, peor no podía continuar así.
Continué recorriendo de un extremo a otro mi pequeño cuarto, sin tropezar en ningun momento con ninguno de los objetos que había por el suelo. Menos mal que vivía en la cabaña de Hefesto y tenía mi propia habitación, así los demás no sabrían lo que estaba a punto de hacer.
Paré frente al espejo y contemplé mi reflejo. Mi pelo color caramelo estaba recogido en una coleta muy mal hecha, los mechones caían como serpientes por mi cara. Mi piel era del mismo color que m madre, Calipso, pero estaba tan llena de hoyín que parecía un blanco cenica. Tenía las manos callosas y llenas de heridas de tanto trabajar en la forja. Incluso mi ropa estaba llena de aceite y hoyiín. Bueno, a un mono de trabajo y la camiseta del mestizo por debajo con mas de un agujero se le podía llamar ropa ¿Verdad?
Repasé otra vez lo que iba a hacer ¿De verdad lo haría por EL? Con el, obviamente, me refiero al chico que me gusta, y con el chico que me gusta me refiero a Elliot. Si, a Elliot Grace, a Elliot Soy El Mejor Del Universo Grace. Puede parecer extraño, pero oye, cada uno tiene sus gustos.
A pesar de sonar patético, llevo enamorada de el desde que vinimos al campamento y me salvo de morir ahogada a manos de un monstruo a los quince años. Lo peor es que practicamente sale con una nueva cada mes. Creo que ha salido con toda la cabaña de Afrodita menos con dos personas.
Y, sinceramente, estaba harta. Harta de estar siempre a su lado, escuchando cuando tiene un problema y ayudarlo en todo y que luego el solo se fije en mi como una amiga. Si tenía que cambiar para que se fijara en mí, entonces lo haría. Y para parecer una hija de Afrodita, solo hay una manera posible para ello...Exacto, recibir la maldición. Tecnicamente sería la Bendición de Afrodita, pero como la mayor parte de las chicas la odia se que como la maldición.
-Oye, ni se te ocurra hacerlo ¿Me has oído?-me gritó Gwen mientras entraba por la puerta-yo recibí esa maldción, y creeme, aparecer con un vestido escotado azul en medio del Campamento no es bonito.
Gwen, por raro que sonara, era una hija de Afrodita. Según las estadísticas, en cada generación hay una o dos hijas de esa Diosa que tratan de ocultar su belleza. Pues bien, Gwen era la Piper de esta generación.
-No puede ser tan malo-dije tratando de quitarle importancia.
-Si que lo es. Escucha, tienes que estar muy loca para hacer algo así.
-O muy enamorada-la contrarrestré.
-No, no puedes. Hazme caso, no lo hagas. Mi madre puede llegar a pasarse un poco de entusiasmo a veces. Llega a dar miedo.
-No es cierto-dijo otra voz apareciendo a nuestro lado. Nada más y nada menos que Afrodita-me parece precioso que quieras mi bendición cariño, además por un chico. Llevo tiempo observandos, y creo que no haceis mala pareja. Te voy a dejar preciosa.
-Mama-murmuró Gwen.
-Oh, vamos hija ¿Y si te doy mi bendición a ti tambien?-le preguntó esperanzada.
-Como hagas eso otra vez juro que me voy con los de Hermes-le amenazó.
-De acuerdo, de acuerdo...-aceptó la Diosa-pero tu amor eres otro tema. Yo te daré mi bendición encantada ¿Pero estás segura de que quieres hacerlo?
Afrodita me sonreía, pero por detrás Gwen me hacía señas de negación. Nio sabía que hacer. No podía estar así durante el resto de mi vida. No podía continuar enamorada de Elliot y que él solo me viera como una amiga. Había probado de todo para olvidarlo. Tal vez, esta fuera la manera de pasar página.
-Si, estoy segura.
Gwen undió la cabeza entre las manos y se sentó en la cama. Afrodita profirió un chillido agudo antes de decir:
-Cierra los ojos amor, cuando los abras no te reconoceras.
Hice lo que me decía. Segundos más tarde, escuché gritar, pero a Gwen. Abrí los ojos, pero no había ni rastro de Afrodita. En cambio, Gwen tenía la boca abierta en una o. Me miré al espejo, y juro, que no me reconocí.
El mono y la camiseta había sido substituído por un vestido rojo sin mangas. Tenía escote en forma de corazón y un cinturón marrón. A parte, era muy corto, llegaba hasta la mitad del muslo. Mi piel estaba sin un rasguño o rastro de suciedas, y las uñas las tenñia perfectamente arregladas. La cara tenía un poco de maquillaje, no demasiado, pero estaba irreconocible. Y el pelo lo tenía suelto, con una pequeña trenza a un lado. Lo más sorprendente era que en mitad de la trenza había ilos de oro. Además, llevaba unas sandialias romanas que combinaban con mi cinturón.
-¿Que tal te sientes?-me preguntó Gwen.
-Extraña-respondí-muy, muy exrtraña. Los zapatos son incómodos.
Ahí fue cuando me fije en que Gwen hacía esfuerzos para no reírse.
-¿Tan ridídula estoy?
-No, pero pareces una hija de Afrodita.
Me senté a su lado en la cama y me tumbé.
-La cena-me avisó Gwen, aunque tambien había escuchado el cuerno-vamos a ver que impresión causa tu nuevo aspecto-me guiñó el ojo antes de que las dos salieramos de mi habitación.
Se podría decir que la primera impresión no había sido mala. De mi cabaña hasta el comedor solo algunos me miraron. Vale, lo admito, fueron bastantes. A mi lado, Gwen no dejaba de reírme, mientras que yo enrojecía por momentos por las miradas de los demás. Entramos en el comedor, y mi amiga soltó una última carcajada antes de irse para su mesa. Aunque perteneciera a esa cabaña, yo no comía con los de Hefesto. Me acerqué a mi mesa, donde Elliot y Teseo ya estaban hablando y Silena se centraba en un libro que había empezado a leer. Giró la cabeza hacia donde yo estaba para coger una manzana, pero centró la vista en mí.
-¿Lia?-preguntó, no parecía muy segura de que fuera yo.
Elliot y Teseo tambien me miraron. Teseo se sorprendió al verme así vestida. En cambio, la cara de Elliot se descompuso en una mueca, y no parecía que iba a hablar.
-Wow, estás diferente ¿Te has cortado el pelo?-bromeó Teseo.
-¿¡Pero qué llevas puesto!?-preguntó/gritó Elliot.
-Creo que es obvio-respondí con indiferencia.
-Lia, vas medio desnuda-dijo, y al instante se levantó y se sacó la chaqueta. Se acercó a mi y me cubrió con ella-¿Y desde cuando tienes piernas?
-Siempre las he tenido-respindí quitándome la chaqueta-¿Como si no pienas que iba a caminar?
-Ya lo sé, me refiero a que...a que...¿Por que estás así vestida?
-¿Es que acaso no puedo ponerme vestidos?
-NO, claro que no puedes ponerte vestidos, eres Lia. ¡Lia!-gritó como si fuera obvio.
-Gracias Einstein, por un momento había olvidado mi nombre.
-Ve a cambiarte-me volvio a gritar-no puedes ir así vestida, como si fueras, como si fueras...
-¿Como si fuera Elliot?
-Como si fueras una maldita hija de Afrodita.
-¿Hay algún problema en eso?
-¡SI! No puedes ser así. Tienes que llevar monos, y el pelo despeinado, y tiene que darte igual que parezcas recién salida del Tartaro.
-No me vas a decir lo que tengo que hacer, si quiero serasí, pues lo soy-grité.
Salí de allí, bastante enfadada.
-Eh tú, deja de mirarla-escuché gritar a Elliot antes de que me fuera.
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Lo sé, capítulo corto y poco interesante. Lo tenía pensado subir el sábado, y hoy el de la Navidad futura, pero hubo algunos problemas técnicos (exámenes) y no pude subir hasta hoy. Lo siento de verdad. Si todo va bien, el martes podré subir un nuevo capitulo.
¡VIVA LA FUMIGACIÓN DE CUCARACHAS!