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La oportunista. — capítulo 11

Continuación...

—Cálmate Sae, no entiendo… ¿qué?

—¡Algu-a-ien se metió en tu casa! —grita, como si le hubiese pedido que alzara más la voz en vez de hablar claramente.

Niego con la cabeza, la cual todavía está impregnada de vino. Luego entiendo. Alguien se metió en mi apartamento.

—Estaré allí en un momento —Cuelgo y miro a Peeta—. Alguien se metió en mi apartamento —repito las palabras de Sae. Peeta toma las llaves de su carro.

—Te llevaré —dice dirigiéndome hacia la puerta. Él conduce más rápido de lo que yo haría y estoy agradecida por ello. Pienso en Pickles, quien me había olvidado de preguntarle a Sae. En silencio, rezo para que ella esté bien. Peeta me acompaña hasta la puerta, donde dos agentes de policía están a la espera.

—¿Es usted Katniss Everdeen? —pregunta el mayor de los oficiales. Tiene la mirada muerta y el rostro picado de viruelas.

—Sí. ¿Mi perra? —trato de mirar por encima de ellos, pero sus cuerpos uniformados crean una barrera entre mi puerta frontal y yo.

—¿Podemos ver alguna identificación? —saco mi licencia de conducir de mi bolso y se la doy.

Satisfechos, el oficial se aparta.

—Su vecina tiene a la perra —dice un poco más gentilmente. Suspiro de alivio.

Compruebo para asegurarme de que Peeta está detrás de mí y paso por encima del umbral. No sé lo que estoy esperando ver. Pero, no era esto. Todo lo que un ladrón quiere robar sigue ahí, televisión, reproductor de DVD, equipo de música. Parpadeo confundida y entonces mis ojos recogen el caos antes conocido como mi casa.

Todo está destrozado. Todo. Fotos, adornos, lámparas. Mi sofá había sido acuchillado y el relleno se agrupaba como un vómito negro. Me oigo hacer un ruido que es parte sollozo parte gemido. Peeta se apodera de mi mano y me aferro a él. Me muevo de una habitación a otra, con mis ojos sangrando lágrimas al evaluar los daños, o más bien la aniquilación de todo lo que tengo. Mi mesa de café es la única pieza de mobiliario que se mantiene intacta, sin embargo, el intruso ha tomado el tiempo para tallar la palabra "prostituta" en la madera.

—Esto no luce como un robo —escucho a Peeta decir a uno de los oficiales. Me meto en mi cuarto antes de que pueda escuchar su respuesta. Me paro entre mi ropa mutilada y mi closet.

Mi caja de recuerdos está colocada patas arriba en el suelo. Me dejo caer de rodillas y empiezo a hurgar, pasando mis dedos sobre cada objeto, aliviada mientras los recupero. Casi todo está allí. Casi. Aprieto mis manos en las cuencas de mis ojos y me pongo de cuclillas. ¿Por qué? ¿Por qué? Sólo una persona podría tener un uso a lo que falta. Ella es engendro del diablo, la maldad, con el pelo rojo y los motivos tan grandes como el culo de Ursula, la bruja del mar.

Mi cabeza se voltea automáticamente en dirección a Peeta. Tiempo. Estaba quedándome sin tiempo.

Estaba de camino a su apartamento, sin duda, con la evidencia en sus manos. Comienzo a temblar. No estoy lista. No puedo decir adiós todavía.

—¿Señorita? —el oficial está parado en la puerta del closet, mirándome desde arriba—. ¿Necesitamos que llene un reporte, para que nos haga saber que se llevaron? —Veo a Peeta empujándolo para pasar y caminando cuidadosamente alrededor de mis pertenencias arruinadas. Me levanta del suelo y me lleva de nuevo a la sala, sus manos son como anclas a mis brazos.

Siento rabia arremolinándose detrás de mis ojos, de mi nariz y mi boca. Cruzando por mis miembros y haciendo un baile de tap en mi abdomen. Quería agarrar a esa perra por su flaco cuello de gallina y zarandearla hasta que explotara. Busco a tientas la calma y me dirijo a los policías.

—No se llevaron nada —digo señalando con mi mano a la televisión—. Esto no fue un robo.

—¿Conoce a alguien que haría algo así. Sra. Everdeen? ¿Un exnovio quizás? —dijo robándole una mirada a Peeta? ¿La conocía? Aprieto los dientes. Puedo decirle todo aquí, en este momento, vencer a la perra con sólo un puñetazo. Peeta me está mirando fijamente. Abro la boca para decir algo, pero me gana primero él.

—Cuéntales de Marvel, Katniss —dice suavemente.

¿Marvel? No… Marvel nunca haría esto tan preciso. No, esto es trabajo de una mujer. El detalle impecable.

—No fue Marvel —le digo—. Vamos a buscar a Pickles.

Después de que nos retiramos, Peeta toma mi mano y dice tiernamente.

—Quiero que te quedes conmigo esta noche.

No tengo ninguna intención de hacer tal cosa, pero estoy en silencio hasta que pueda guisar un plan. Cerramos y nos vamos al apartamento de Sae, donde Pickles se lanza hacia mí con fiera histeria. Sae cacarea a mí alrededor como una gallina, tocando y pinchando hasta que me agarra las dos manos y se asegura que estoy bien.

—Espera aquí —dice desapareciendo hacia la cocina. Sé lo que viene. El momento en que ella puso los ojos sobre mí la primera vez, Sae decidió que yo necesitaba ser cuidada. Su primer regalo había sido un cuchillo de caza manchado que pertenecía a su querido, fallecido Bernie. —Si alguien irrumpe en tu apartamento, usa esto —impulsando el cuchillo en demostración, cortando el aire, y luego me lo pasó por la empuñadura. Me sentía honrada y mortificada, pero terminé escondiendo el cuchillo debajo de mi cama.

Ahora, cada vez que me ve, corre de vuelta a su apartamento en busca de algún elemento a medio comer o algún adorable objeto usado que había reservado para mí.

Yo no tenía el corazón para negarme. Ella sale a trompicones de la cocina con una bolsa enorme de naranjas y las empuja contra mi pecho. Peeta levanta una ceja en modo de interrogación y me encojo de hombros.

—Gracias Rosie.

—No hay problema —me guiña un ojo. Y luego en un susurro —te robaste el corazón del chico. Haz que se case contigo. —Miro a Peeta quien está pretendiendo estudiar las costuras de Rose. Está tratando de no sonreír.

Beso la mejilla arrugada de Sae y nos vamos. Peeta toma mis naranjas y me da una sonrisa que no entiendo.

—¿Qué?

—Nada.

—Dime…

Se encoje de hombros.

—Ella… tu. Fue muy dulce.

Me sonrojo.

Subimos a su carro y nos dirigimos a la autopista. Cuento las farolas tratando de pensar en una manera de alejarlo de Delly.

Cuando salimos de la autopista en vía a su casa, estoy maldiciendo en voz baja. Estamos a cuadras de allí y no quiero que seamos descubiertos. Tengo que hacer algo, y rápido.

—¿Te puedes detener?

—¿Qué? ¿Estás enferma? —Niego con la cabeza mientras nos dirige a un centro comercial. —¿Katniss?

Estamos parados en un estacionamiento de Wendy, y estoy inapropiadamente pensando en un Frosty. Luego tengo una idea.

—¿Podemos irnos de camping? ¿Ese lugar que viste en la revista?

*¿Después de que compremos un Frosty?*Añado en mi cabeza.

Las cejas de Peeta se fruncen y yo me marchito en mi asiento. Va a decir que no, diciéndome que soy loca y rara.

—Por favor —digo, cerrando mis ojos—. Sólo quiero estar lejos, muy lejos… —de Delly y la verdad.

—Es un viaje de ocho horas manejando. ¿Estás segura que quieres hacer eso?

Mis ojos se abren y asiento fieramente.

—Puedo tomarme un tiempo libre de mi trabajo. Podemos comprar lo que necesitamos cuando lleguemos allí. Sólo vayamos… por favor.

Él está considerando las cosas en su mente, lo puedo ver en el lento movimiento de sus ojos, mirando sus manos, a mí, al volante, y él asiente.

—Bien. Si eso es lo que quieres…

Le mando mis más profundas gracias a Dios y sonrío.

—Lo quiero. Gracias. Vámonos ahora, justo ahora.

—¿Ahora? ¿Realmente ahora, sin nada?

—Bueno, no tengo nada que llevarme de todas maneras. Viste mi closet. Convirtámoslo en una aventura.

Peeta le da la vuelta al carro y yo me reclino de nuevo en mi asiento queriendo llorar.

Sólo un poco más… por favor Dios, sólo un poco más de tiempo.

La carretera se extiende ante nosotros como el regaliz. Peeta abre las ventanas permitiendo que el viento entre, retozándonos con sus dedos. Nos vamos de Florida. Dejando mi hogar destrozado, dejando la vengativa amante de Peeta . Estoy a salvo... por ahora.

—¿Peeta? —Extiendo la mano y toco su brazo—. Gracias.

—No me des las gracias —dice en voz baja— esto es por los dos.

—Está bien —le digo, aunque no tengo ni idea de lo que quiere decir—. Hey, ¿podemos parar y comprar un Frosty?

...

Condujimos las ocho horas de viaje a Georgia en siete. Durante la mayor parte del viaje, nos quedamos en un cómodo silencio. Me preocupaba más Delly y el desorden que dejé atrás en mi apartamento. Me trato de morder las uñas, pero Peeta mantuvo mis manos lejos de mi boca. Busco algo que echarle en cara, algún mal hábito o vicio molesto pero él no tenía ninguno.

Me duermo y cuando despierto Peeta se ha ido. Levanto la cabeza para mirar por la ventana y veo que estamos en una parada de descanso. Me acurruco de nuevo y espero que vuelva. Le oigo venir, caminando en un pasodoble a lo largo del asfalto. Él se encarga de ser lo más silencioso posible con la puerta y las llaves, para no despertarme. No enciende el auto de inmediato y puedo sentir sus ojos en mi rostro. Espero, preguntándome si me va a despertar o a preguntar si necesito ir al baño. Él no lo hace. Finalmente, el motor zumba a la vida y siento su mano cambiar la marcha cerca de mis rodillas.

Llegamos a Quiet Waters Park justo cuando el sol tiñe de rosa el cielo, despertándose.

Los árboles estaban usando sus abrigos de otoño, naranjas, rojos y amarillos. Nos topamos casi en la grava cuando nos dirigimos hacia la entrada del parque. Sentí el peso de mi engaño cuando vi que el parque estaba igual que la última vez que estuvimos aquí. Me pregunto consternada si alguien me reconocería de nuestro último viaje y descarto la idea tan absurda. La última vez que estuvimos aquí fue hace tres años y las posibilidades de que los mismos empleados siguieran manejando el camping era una tontería, por no mencionar el hecho de que vieron cientos de caras cada año. Peeta aparca fuera de la oficina de alquiler y apaga la radio.

—Hace frío aquí —me rio abrazando mis rodillas a mi pecho. Pone los ojos en blanco.

—Esto es Georgia no Michigan.

—Aun así —le digo con picardía—. No tenemos mantas o ropa, así que puede que tengamos que utilizar calor corporal para mantenernos calientes.

Abre mucho los ojos y me rio de su reacción empujándolo hacia la puerta abierta.

—¡Ve! —le digo señalando la oficina. Peeta da unos pasos vacilantes hacia atrás aun mirándome con fingida sorpresa, luego se da la vuelta y trota hacia el interior de la estructura.

Me instalo en mi asiento, orgullosa de mi estupidez.

Peeta sale del edificio unos diez minutos más tarde con una mujer mayor detrás de él. Cuando llegan al auto, le despide con la mano y lo trata como si fuera una celebridad clase A. Sus mejillas se agitan como fundas de almohadas y me rio. Él siempre está haciendo amigos... o fans. La amnesia aparentemente no cambia todo sobre una persona.

—Ellos no permiten tiendas de campaña aquí — me dice —pero tienen estas estructuras que se alquilan. Parece una tienda de campaña, pero más grande y cuenta con pisos de madera.

Ya sé esto.

La primera vez que me engañó para venir aquí, me dijo que nos íbamos a quedar en una cabaña de lujo. Hice las maletas, emocionada por dejar Florida, algo que nunca había hecho antes, y pregunté si nuestra "cabaña" tendría una chimenea. Cuando llegamos a la base del campamento, miré a mí alrededor buscando la cabaña con anticipación.

—¿Dónde está? —había preguntado estirando el cuello para mirar hacia los árboles. Todo lo que veía eran tiendas estilo Tipi.

Tal vez las cabañas estaban más atrás en el bosque. Peeta sonrió y aparcó su auto delante de uno de los tipis. Se rio cuando mi cara se puso blanca.

—Pensé que estábamos en una cabaña —dije cruzando los brazos sobre el pecho.

—Confía en mí, esto es camping de lujo, duquesa. Por lo general, tienes que construir tu propia tienda de campaña y el piso es solo lona delgada debajo de ti.

Gruñí, y me quedé mirando el tipi miserablemente. Él me había engañado.

A pesar de mi horror inicial, resultó ser el mejor fin de semana de mi vida, y yo sería siempre adicta al camping "elegante".

—Vamos a comprar abrigos —dice Peeta arruinando el calor. Asentí con la cabeza y miré satisfecha por la ventana.

Nos encontramos con un Supermercado Wal-Mart a unos pocos kilómetros de distancia, dejamos a Pickles en el auto y Peeta puso su brazo alrededor de mí mientras corrimos a las puertas. La gente nos miró como si antenas hubieran crecido en nuestras cabezas.

Algunos de ellos usaban pantalones cortos.

—Hace un frío ártico aquí —le digo a Peeta, y él sonríe como si fuera tonta.

—No para ellos.

Estoy congelándome, aunque hace al menos cincuenta grados fuera, y me pregunto qué se siente estar en la nieve. Pienso en preguntarle a Peeta por la nieve, pero entonces recuerdo que él no tiene ningún recuerdo de ella.

Nos dirigimos a la sección de ropa primero. Peeta encuentra un par de sudaderas a juego con gatitos en el frente que dice: "Yo soy el gato de Georgia"

—Nos llevamos estas —dice tirándolas en el carro.

Las miro con mortificación y niego con la cabeza.

—¿Cómo es que una chica se verá bien usando algo como eso?

Me pellizca la nariz.

—Te verías bonita con arpillera y barro.

Me doy la vuelta para ocultar mi sonrisa.

Llenamos nuestra cesta con ropa interior, pantalones y calcetines y luego nos dirigimos a los pasillos de alimentos.

Para el momento en que estábamos en la cola para pagar, tenemos suficiente comida para dos semanas. Peeta saca su tarjeta de crédito y se niega a tomar mi dinero. Tiramos nuestras camisetas sobre nuestras cabezas al lado del puesto de revistas gratis en el vestíbulo y después nos precipitamos hacia el auto con las maletas.

—Desayuno —dice Peeta tirándome una lata de cacahuetes hervidos. Puse una cara fea.

—Estoy bastante segura de que vi un McDonald's un poco más atrás —le pasé la lata de nuevo a él.

—De ninguna manera —la arroja hacia mí— lo haremos de la manera correcta. ¡Come tus cacahuetes!

—La manera correcta —murmuro—. ¿Es por eso que compraste un calentador eléctrico? —Lo miro por el rabillo del ojo y vi una sonrisa tirar de las comisuras de sus labios.

Siempre le gustó que fuera descarada con él.

Nos detenemos en nuestro camino de grava temporal alrededor de las nueve y comenzamos a arrastrar las provisiones en la tienda. Entro despojando a los nuevos sacos de dormir de sus etiquetas y los organizo en lados opuestos del pequeño espacio que compartiríamos. Echo un vistazo fuera de la tienda y veo a Peeta organizando leña para hacer un fuego. Después de un momento de ver sus fuertes brazos, arrastro los sacos de dormir más cerca. Bien podría estar tan cerca como pudiera, mientras podía.

Una vez que el fuego estuvo encendido y crepitando, cada uno agarra una botella semi refrigerada de cerveza y nos acomodamos en nuestras sillas de playa con rayas arcoíris.

—¿Así que esto se siente familiar? —le pregunto inclinando mi cabeza hacia Pickles.

Frunce el ceño y sacude la cabeza.

—No, Sin embargo, se siente bien. Me gusta estar aquí contigo.

Suspiro.A mí también.

—¿Qué vas a hacer con tu apartamento? —pregunta sin mirarme.

—Comenzar de nuevo supongo. Realmente no quiero pensar en ello. Es deprimente —tirola tapa de la lata de cacahuetes hervidos y pesco uno.

—Ambos podemos empezar de nuevo —abre otra botella de cerveza y la lleva a sus labios.

Lo observo en silencio esperando que continúe.

—Voy a empezar a vivir mi vida como yo quiera vivirla —me dice. —No estoy realmente seguro de lo que era antes del accidente, por el aspecto de las cosas, creo que era bastante miserable.

Me bebo el resto de mi cerveza y limpio mi boca con el dorso de la mano. Me pregunto distraídamente si estaba triste por mi culpa. ¿Era posible que justo antes de su accidente estuviera siendo afectado por mi traición?

Pienso en Delly preguntándome si estaría esperando en su apartamento, esperando romperme como el huevo podrido que soy. Tal vez debería haber dejado que eso ocurriera. Se habría acelerado lo inevitable. Le puedo decir en este momento, pero entonces tendría que compartir el auto con él de regreso a Florida. Ocho horas de tortura. Me lo merezco. Abro la boca, la verdad quema detrás de mis labios para que la dejara salir. Puedo decir todo y rápidamente luego ponerme a cubierto. Jugueteo con la idea de llamar a Johanna para que venga a a buscarme. Miro a Peeta justo cuando se pone de pie y se estira.

—¿Cuarto de baño? —dice rascándose el pecho. Señalo a un edificio que se encontraba como un cartón de huevos sucio en medio de los campamentos. Era común y apestaba a lejía.

Lo observo hasta que desaparece en el edificio y voy al auto a buscar la bolsa de comida que compramos. Estoy buscando alrededor del asiento trasero cuando oigo un ruido. Me paro a mirar por encima del asiento. Su teléfono estaba tendido en el piso del lado del pasajero. Estaba vibrando y desde donde estoy puedo ver el nombre de Delly parpadeando en la pantalla. Echando un vistazo por encima del hombro reviso para asegurarme de que todavía está en el cuarto de baño y tomo el teléfono.

Diecisiete llamadas perdidas, todas de Delly. ¡Guao! Ella está realmente escupiendo fuego por mí. Veo mi apartamento destrozado en mi mente y me estremezco. Si Peeta ve cuántas veces lo ha llamado, seguramente va a llamarla. Él es muy considerado para dejar a una persona preocupada. Cierro los ojos. No puedo dejar que eso suceda. Mantengo pulsado el botón de encendido y veo la pantalla volverse negra. Entonces me meto el teléfono en el bolsillo.

—¿Katniss? —Me doy la vuelta. Mi corazón late tan rápido, puedo sentirlo latiendo en mis rodillas. ¿Vio lo que hice?

Abro la boca para dar una excusa, cuando me interrumpe.

—Vamos a dar un paseo —dice.

Un paseo.

—¿Un paseo?

—Te hará entrar en calor —me tiende la mano y la tomo. Una vez más me he escapado de lo inevitable.

Aprieto los dientes mientras caminamos. Toda esté asunto de escapar dependiendo de un hilo se estaba haciendo viejo.

El teléfono de Peeta se siente como un fajo de culpabilidad contra mi muslo. Rezo para que no vea el bulto y me aseguro de que él camine del lado opuesto de donde lo oculto.

Más tarde, cuando estamos de vuelta en nuestra tienda, le dije que tenía que llamar a mi jefa.

—Tengo que decirle que no voy a ser capaz de trabajar durante unos días —expliqué.

—Por supuesto. Tómate tu tiempo. Yo... eh... —señala con un dedo hacia la colina.

—¿Vagarás alrededor? —me rio.

Él hace una mueca y se va.

Espero hasta que estuviera a una distancia segura y me dirijo hacia el lago. Mis zapatillas chupaban el barro y hacían ruidos repugnantes.

Mi mensaje a Portia toma sólo un minuto. Explico brevemente sobre la ruptura de la promesa y que volvería a llamar en unos pocos días. Aprieto el botón de cortar y miro por encima del hombro. Peeta no está a la vista. Saco su celular del bolsillo y lo enciendo. Dos mensajes. Aprieto la tecla para encenderlo y acerco el teléfono al oído. Una voz me pide la contraseña.Mierda. Escribo su fecha de nacimiento y la voz me dice que la contraseña es incorrecta. Trato su año de nacimiento y ¡bingo!

Primer mensaje.

Peeta, es Delly. Mira... realmente tenemos que hablar. Tengo una noticia muy interesante para ti. Se trata de tu nueva amiga la pequeña Katniss. Ella no es quien crees. Dame una llamada de vuelta tan pronto como puedas —una pausa, y luego— te amo.

El segundo mensaje fue dejado treinta minutos después del primero.

Es Delly de nuevo. Estoy empezando a preocuparme. Estoy en tu casa y parece que la dejaste con apuro. Realmente necesito hablar contigo bebé. Llámame.

Hago una mueca y cierro el teléfono. Ella tiene la llave de su apartamento. ¿Por qué no sospeché que tendría una llave? Probablemente estaba husmeando en su apartamento mientras él estaba en el hospital después del accidente.¡La pequeña vagabunda probablemente ya ha visto su anillo!

Miro el teléfono, sopesando mis opciones. Se tiene que ir, era el teléfono o yo.

Camino por la sucia pendiente que conducía a la orilla fangosa del agua y vi mosquitos danzando a lo largo de su superficie.

—Delly —le digo mirando al teléfono de Peeta—. Todavía no —y luego lo tiro al agua.

...

—Katniss, ¿Has visto mi teléfono?

Me inclino sobre una lata de judías tratando de manipular el abrelatas barato que habíamos comprado y dejo caer los dos.

—Mierda —digo esquivando el lío marrón que se esparcía por el suelo a mis pies.

Peeta agarra otra lata de nuestro escondite y la abre para mí.

La vacía en nuestra olla caliente.

—Puedes usar mi teléfono. Está allí en mi saco de dormir.

Peeta se dirige hacia donde había señalado y se pone de cuclillas.

—Podría haber jurado que mi teléfono estaba en el auto...

—Tal vez se cayó en la tienda Wal-Mart —sugiero por encima de mi hombro.

—Sí...

Aguanto la respiración mientras él marca y rezo para que no esté llamando a Delly.

—Mamá —le oigo decir y me desplomo contra Pickles en alivio—. No, no, estoy bien. Me decidí a hacer un pequeño viaje... ¿ella lo hizo? ¿Qué es lo que quiere? —No pensé que Delly llamaría a la casa de sus padres—. Oh, ¿pero ella no te dijo por qué?... Bueno, voy a estar de vuelta en un par de días, voy a hablar con ella, entonces... Sí, estoy seguro mamá. Yo también te quiero.

Miro su rostro con cuidado. Se ve preocupado.

—Hey —digo tomando mi teléfono de su mano y metiéndolo en mi bolsillo—. Ven a coquetear conmigo mientras caliento estas judías.

Lo tomo de la mano y lo llevo hacia afuera.

Durante los siguientes cuatro días, nos quedamos engañándonos en nuestra tienda mientras la temperatura descendía a los cuarenta. Comimos fideos instantáneos peleamos por quien tenía que dormir al lado de la estufa portátil. Cuando oscurecía fuera juntábamos nuestras sillas de playa y nos envolvíamos en mantas para ver el fuego. Peeta seguía trayendo a colación mi falta de llenar mis aplicaciones al colegio de abogados y yo respondía con su fracaso proponiéndoselo a Delly. Para el momento que nos arrastrábamos a nuestras bolsas de dormir separadas en la noche, teníamos sonrisas estúpidas pegadas en la cara. Cada noche Peeta me involucraba en una charla que hacía que mis dedos de los pies hormiguearan debajo de los cuatro pares de calcetines.

—¿Katniss?

—¿Sí, Peeta?

—¿Vas a soñar conmigo esta noche?

—Cállate.

Y luego se reía de esa hermosa manera, con su risa sexy.

No comento por que ahora subo otro... :D