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La oportunista. — capítulo 9
CAP. 9
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EL PASADO
La decisión fue tomada. Le dije a Johanna sobre el aborto cuando nos sentamos con nuestras bandejas en la cafetería.
—Estás bromeando — dijo ella mientras una papa frita caía de su boca.
—No —dije tragando el nudo en la garganta—. La escuché hablando con esa chica alta, esa que se saca costras.
Metí la última de mis patatas fritas en mi boca y lamí la sal de mis labios.
—¿Nadia? —preguntó Johanna, empujando su plato.
—Sí, Nadia, pero no le puedes decir a nadie que te lo dije Jo, quiero decir ¿cuán horrible sería si eso se supiera?
Estudié la cara bonita de mi compañera de cuarto y su ceño. Tal vez, esta sería la única vez que Johanna mantuviera la boca cerrada. ¿Qué haría entonces?
—¿Crees que a Peeta le importaría, me refiero, crees que él hubiera querido tenerlo?
Me quedé mirando sus brillantes ojos y sentí un hundimiento en el estómago. Nunca había pensado en eso. Él hubiera querido mantenerlo. Lo sabía en mi corazón. La forma en que había hablado acerca de su familia esa noche en Jackson me dijo que quería ser padre. Cerré mis ojos malvados y suspiré.
—¿Por qué crees que sabría la respuesta a esa pregunta?
Johanna se encogió de hombros.
—Tú como que lo conoces un poco. Quiero decir, pasaste algún tiempo con él, sólo pensé…
—No sé nada de él —le espeté, levantándome y agarrando mi bandeja. Excepto que lo quería a él más que a nada en el mundo. Miré a Johanna y sentí pánico. Eso fue todo.
Johanna no podía cerrar la boca. Iba a estar sobre toda la escuela y rápido. Tenía ahora asegurado oficialmente mi asiento en primera fila en el tren al infierno.
¡Choo, Choo!
—Voy a volver a los dormitorios —le dije. Quería que me siguiera para que pudiera mantener un ojo en ella. No estaba segura de que quería...
—Ok. Voy pasar el rato aquí por un tiempo. —Johanna me sonrió dulcemente. Su rostro parecía inocente, pero sus ojos lucían como la maldad pura. Pude ver el monstruo chismoso arrastrándose desde su esófago y empujando frenéticamente hacia su boca para que lo dejara salir.
Giré sobre mis talones y huí antes de que pudiera ver las lágrimas que se acumulan en las esquinas de los ojos.
Choo Choo...
La noticia del aborto dio vueltas, a través de la cadena de chismes, hasta llegar a Peeta dos días más tarde. Fue una ex-novia la que entregó a Peeta la noticia. Tomó su primera oportunidad de deshacerse de Glimmer para reconquistarlo. Había visto darle miradas sucias a Glimmer las últimas semanas. Lo reconocí porque yo también se las estaba dando.
Toda la ruptura duró menos de diez minutos. Esto fue presenciado por gran parte de los estudiantes que volaban por la escena como moscas sobre un cadáver. Yo no estaba allí, pero me contó Johanna que tenía un asiento en primera fila. La ex lo programó perfectamente, diciéndole a Peeta justo antes de que, supuestamente se encontrara con Glimmer para ir a cenar, y luego colocándose a mirar. Glimmer se encontró con Peeta que estaba esperándola en las escaleras de la cafetería. El intercambio fue breve. Glimmer histérica, admitió todo a Peeta, algunos dicen, que dio un puñetazo a la pared y otros que arrojó un banco a un árbol. En verdad, se alejó de la cara sin expresión que había puesto ella y nunca le habló de nuevo. Glimmer se fue a casa un día después de la conmoción y supuestamente dejó todas sus pertenencias.
Me pregunté si sabía que había sido yo, si incluso pensó en mí después de ese día o si mi cara borrosa fue a ese lugar donde todos los no populares pertenecen.
Llevé mi culpa por una semana. Era como una mano firme presionando sobre la parte trasera de mi cuello. Bajé mi cabeza por la vergüenza y me escondí alrededor de los dormitorios como una sombra. Al octavo día, ya estaba justificando lo que había hecho.
Estaba refugiándome en mi amor propio. Había tomado ventaja de una mujer que buscaba a alguien en quien confiar y utilicé su situación para mi propio beneficio personal. Era la hija de mi padre. Me odiaba a mí misma.
Mi padre, Oliver Everdeen, sin segundo nombre, era la peor clase de hijo de puta que una mujer podía dejar acercarse. Mi madre solía decir que era un calco de Elvis, oscuro y atractivo, con ojos seductores. Tenía el tipo de boca que decía cosas bonitas, pero cuando las cosas iban a mal, se encorvaba en una sonrisa de odio y te cortaba donde más dolía. Pero, antes de desprenderse del abrigo de encanto que llevaba, y antes de que él te dijera que la única razón por la que estaba contigo era por la fea mocosa que tuviste, era todo sonrisas, besos y felicitaciones. Así fue como llegó a mi madre y esa es la forma en que siempre me vio, la fea mocosa.
Sólo estuvo durante tres años después de mi nacimiento, hasta que se fue con su bolsa de lona sobre su hombro. Periódicamente, a través de mi pre adolescencia se "reconciliaba" con mi madre, se instalaba en el lado izquierdo de la cama, antes de volver a sembrar su avena salvaje en otro lugar. Apostó nuestro dinero de comestibles, nos insultó cuando lo perdió, y nunca nos dio una mirada culpable cuando no teníamos nada para comer, salvo una caja de galletas saladas rancias. Mi padre.
Una vez que, nuestras alacenas estaban vacías, y estaba royendo mi pulgar con hambre, desapareció con el último dólar de mi madre. Mi mente de cinco años pensó que se había ido a buscar algo de comida, pero horas más tarde, regresó con un olor tan fuerte a un sándwich de carne, que hizo mi boca agua. A Oliver Everdeen sólo le importaba Oliver Everdeen. Ouch. Esa había sido la gota que colmó a mi madre. Ella le dio una patada fuera de nuestro apartamento de mierda con una serie de malas palabras que nunca había oído antes.
...
La caza por Peeta comenzó poco después de que Glimmer se fuera. Chicas clamaban por la atención de Peeta como chimpancés con crack.
—Él tiene el plátano que cada chica quiere —comentó Marvel, una tarde mientras veíamos a un par de rubias a su alrededor como globos de helio atados flojamente.
Peeta estaba riendo por algo que una de ellas dijo. Ella se inclinó y le dio un beso en la mejilla que lo hizo sonrojarse y dar un paso atrás en sorpresa. Aparté celosa la mirada. Yo no podía aguantar mucho más de esto. Estaba mentalmente asesinando a alguien nuevo cada cinco minutos.
Mi oportunidad llegó el mismo día que suspendí mi examen de latín. Nunca había recibido algo como una C en toda mi carrera, por lo que una gran F en un círculo rojo y subrayado dos veces, vino como un choque para mi cerebro. Estaba perdiendo mi agarre. No me podía concentrar. Peeta se había arraigado en mi mente como un parásito y se alimentaba de mis emociones y pensamientos. Algo tenía que hacer. Yo estaba entre edificios agarrando mi prueba contra mi pecho y mirando con los ojos vidriosos un ladrillo al azar en la pared, cuando alguien que pasaba, me metió un volante en la mano. Normalmente lo habría tirado, pero esta vez, échale la culpa a mi estado de shock, le di la vuelta.
FIESTA DE FLAV ¿Dónde? ¿Dónde más? ¿Cuándo? Sábado a las 10:00 Traer: Cerveza
Cuando regresé a mi habitación, metí el volante en la cara de Johanna.
—Vamos a ir a esto.
Ella estaba inclinada sobre una cartulina con delineador líquido para ojos dibujando las palabras "Plan de Negocios" en la parte superior. Miró el volante por un breve segundo y empezó a soplar sus letras.
—¿Tienes algún tipo de crisis de mediana edad?
—Tengo sólo veinte años, mocosa, tienes que estar en el medio de tu vida para tener una crisis de mediana edad. ¿Por qué no estás usando un marcador?
—No tengo uno y no estoy de humor para bromas. Este proyecto es para mañana y lo único que sé de negocios es cómo se escribe.
—Bueno, tú ni siquiera sabes mucho porque te estás olvidando de una s.
Johanna frunció el ceño ante su cartel y se fue a trabajar en la última s.
—Necesito que vengas conmigo... Me acerqué a mi cajón y saqué una caja de marcadores.
—¿Qué vas hacer en la fiesta?
Sofoqué el impulso de golpearla y traté de sonar agradable.
—No lo sé. Cosas normales que la gente hace en las fiestas... como... pasar el rato.
—No tomas, no bailas, no fumas. Lo siento Katniss, nadie va a querer hablar de política contigo, a menos que vayas a una fiesta de barril en Beta Nu, y eso sería muy, muy malo.
—Puedo bailar —dije a la defensiva— y cualquier persona puede tomar, no es necesario un talento especial para hacerlo.
—Sí, pero se necesita un talento especial para no actuar como una tonta cuando se está bebiendo. —Estaba dibujando corazones en las esquinas de la lámina y haciendo caritas sonrientes en el centro de cada uno.
Ella era una pérdida de buen aire.
Suspiré dramáticamente.
—Voy a hacer el proyecto por ti, si vienes conmigo.
Johanna rodó sobre su espalda y agitó los brazos en el aire como si estuviera nadando estilo pecho.
—¡Aleluya! Has dicho las palabras mágicas.
Solté un gruñido. Yo lo habría hecho de todos modos. Que me torturen si dejo que mi compañera de cuarto haga un plan de negocios parecido a una tarjeta del día de San Valentín.
El sábado me preparé con la precisión de un cirujano de espina dorsal. Todo tenía que ser perfecto. Iba a ganar esta batalla, ya sea con lápiz labial Mad Merlot y el perfume Sexy de Victoria Secret. A las diez en punto Johanna y yo estábamos flotando por las escaleras de la casa Flav rodeadas por nubes de nicotina. La cabeza me daba vueltas y mi vestido, que era de un tamaño muy pequeño, estaba abrazando a mi pecho como una boa constrictora.
—Es bueno que parezcas una chica normal —dijo Johanna, sonriéndome con aprobación.
—Normal, ¿a diferencia de qué?
Yo estaba tirando de mi vestido tratando de cubrir lo expuesto de mis pechos, que estaban en aumento al igual que dos bollos, fuera del sujetador push up de Johanna.
Me sonrió y tiró del vestido hacia abajo de nuevo.
—Bueno, tienes esas por una razón, —me dio unos toques en el pecho—. Has estado escondiéndolas en las feas camisas obsoletas que llevas. Y el maquillaje te hace ver sexy, exótica, incluso. Puedes reformarte muy bien mi amiga.
Eso esperaba.
—¿Estás lista Kat? — preguntó Johanna apretando mi brazo. Me sentía un poco mal de hecho pero tomé un profundo aliento y asentí.
—Bien, porque va a ser la noche más interesante de tu vida.
La puerta se abrió y entramos en una habitación tan llena de cuerpos y hedor a cerveza, que mi primer impulso fue dar un paso atrás. Johanna me empujó por la puerta, hacia una tabla llena con botellas.
—Una bebida primero —dijo, me dio un vaso de plástico rojo— luego, haz lo que viniste a hacer.
Johanna salpicó vodka en mi vaso y añadió un toque tacaño de arándanos. Estaba tan nerviosa. Tomé un sorbo demasiado grande y se derramó la mezcla en la parte delantera de mi vestido.
—Cuidado, Julia Roberts. El plan es estar tranquila. —Johanna me miró con desaprobación y tomé otro sorbo con cuidado esta vez. Era peor de lo que pensaba. La gente estaba sudando y tocando todo, respirando su propio aliento de alcohol en la cara del otro... ¡los gérmenes! ¡Lujuria! Estaban actuando como animales. De repente sentí una oleada de pánico. Era demasiado difícil ser otra persona. Tenía que haber otra manera de hacerlo.
—No creo que pueda… —dije dándome la vuelta. La puerta estaba a unos diez pasos de distancia. Todo lo que tenía que hacer era esquivar un par de cuerpo y podría deslizarme en el aire frío de la noche antes de que tuviera la oportunidad de humillarme a mí misma.
Johanna me agarró del brazo.
—Ahí está —siseó en mi oído. Me di la vuelta.
Él estaba en una habitación a nuestra izquierda, jugando al billar. Risas estridentes fueron llevadas hasta donde estábamos paradas y capté las palabras "vibrador y cerrajero".
—Bueno, quizás podemos quedarnos un rato —dije débilmente. Era el turno de Peeta. Se inclinó sobre la mesa con una fuerte concentración y golpeó dos bolas en sus agujeros.
—¿Qué hago ahora?
—Tienes que llamar su atención sin llamar su atención.
—No hablo idioma de chicas.
Johanna saludó a alguien al otro lado de la habitación.
—Mira, simplemente no seas obvia —dijo ella—. No hay nada menos atractivo que una chica que se lanza a un chico. —Esto, proveniente de la misma Johanna que frotaba aceite de bebé en su escote cada mañana para atraer la atención sobre sus "mejores partes" como ella las anunciaba.
—¿Cómo demonios hago eso?
—Eras la que quería venir. Descúbrelo. —Y con eso, me abandonó. Escoria de primer año. Me cerní sobre la mesa de bebidas por unos minutos para después darme cuenta que debía parecer una perdedora y me alejé. Está bien, tenía que hacer algo para llamar su atención, para dejarle saber que estaba aquí.
Vi la cabina del DJ y una idea se formó en mi cerebro. ¡Bailar! ¡Mi arma secreta!
Un sujeto usando una franela de "Korn" estaba escribiendo algo en un ordenador detrás de la mesa. Él hizo un gesto con la cabeza hacia mi cuando me aproximé y sus ojos inmediatamente encontraron mi escote.
—¿Puedo pedir una canción? —grité por encima de la música. Él asintió hacia mis chicas y presionó un pedazo de papel y un lápiz en mi mano. Garabateé rápidamente el nombre de una canción y el artista en el papel y se lo devolví.
—Mi cara está aquí —le dije extendiendo mi mano y levantando su barbilla hasta que me estuvo mirando a los ojos. Sonrió y me guiñó un ojo.
Degenerado. Medio me gustaba.
—La tuya es la siguiente —gritó por encima de la música. Alzó sus pulgares, mientras me alejaba.
Miré la pista de baile con inquietud y vi que la única persona que estaba ahí era un sujeto prematuramente borracho que arrastraba los pies, meneando las caderas sin un rastro de ritmo. Esto iba a matarme, pero esto era obsesión e iba a hacerlo. Tomé un gran trago, terminando lo que quedaba de mi cóctel de vodka y convoqué el recuerdo de nuestro beso en la piscina. La idea me dio un aumento temporal de la audacia. Quería ser besada de esa manera nuevamente, posiblemente cada día de mi vida.
Entré a la pista de baila cuando mi canción fluyó desde los parlantes. Me tomó como seis segundos apoderarme de la habitación completa. Las personas simultáneamente dejaron lo que estaban haciendo para observarme. Yo era buena. Era realmente muy buena. Silenciosamente le agradecí a mi madre por los ocho años de lecciones de baile gratuitas que le había reñido al estudio local cuando torcí mis caderas en un complicado giro.
I'm obsessive, when just the thought of you comes up…
Vi el rostro de Johanna aparecer por la esquina para ver lo que estaba pasando. Su boca hizo la forma de una "O" y me guiñó un ojo con aprobación.
It's not healthy for me to feel this…
Otras personas empezaron a unirse a mí en la pista de baile pero mantuvieron una respetuosa distancia, balanceándose alrededor como mis bailarines personales de respaldo.
—Parece que tenemos a alguien caliente esta noche en la casa —escuché decir al DJ por el micrófono.
Cuando más gente empezó a amontonarse alrededor para observarme, vi a Peeta y sus amigos de billar salir del cuarto trasero. Es correcto, ven a echar un vistazo y ver de qué se trata toda la conmoción. Dejé que mi cabello cayera seductoramente en mis ojos y giré las caderas en su dirección.
This time, please- someone come and rescue me…
Observé su rostro al verme y mi estómago hizo un pequeña baile de emoción. ¡Bingo! Contacto visual. Aparte de un leve medio cerramiento de ojos, su rostro no mostró ni un ápice de emoción. ¡Maldición! Hice mi movimiento distintivo de la danza del vientre y vi con satisfacción que él levantaba una ceja. Cuando Rhianna cantó:
*Just your presence and I second-guess my sanity…*miré directamente a Peeta y lo llamé con un dedo.
No pareció sorprendido en absoluto. Se empujó lejos de la pared y se acercó casualmente hacia mí, las manos todavía dentro de sus bolsillos. Me permitió bailar alrededor de él por unos segundos, sonriendo ante los gritos y silbidos antes de agarrarme por la cintura y bailar sincronizado a mis pasos. Era bueno, con fluidez, como había esperado.
Cuando la canción terminó, bailamos la siguiente, y la siguiente a esa. Mi cabello estaba húmedo y pegándose a mi nuca, cuando Peeta me sacó finalmente de la pista de baile. Me aferré a su mano mientras nos dirigía a través del océano de cuerpos y salíamos al pórtico. Nos apoyamos en nuestros codos sobre la barandilla, y dejé que el aire frío pasara sus dedos a través de nuestra piel pegajosa.
—Estás llena de sorpresas. —Estas fueron las primeras palabras que me había dicho en meses. Saboreé el sonido de su voz antes de responder.
—¿Por qué? ¿Porque puedo bailar? —Levanté mi cabello de la nuca y lo miré a los ojos.
Peeta negó e hizo algo con sus labios que casi me hizo desfallecer.
—No. Porque viniste… porque estás usando ese vestido. —Sonrió, mirando mi escote— y no porque puedas bailar, sino porque bailas.
—Crees que soy una mojigata —dije en voz baja, mirando a una chica vomitar en unas azaleas a unos cincuenta metros.
—Todos crees que eres una mojigata.
Sabía que no lo estaba diciendo para ser malo. Era solo un hecho, como que las manzanas verdes son agrias.
—Eres como un par de botas con tacones de quince centímetros. Todo actitud y sensualidad, pero haces sentir a las personas incómodas al solo mirarte.
Bueno, me había graduado oficialmente de pasar de ser una llama a ser calzado.
—¿Y luego de esta noche? —le pregunté, removiendo la pintura descascarada del pasamanos.
—Creo que te rompiste un tacón y vas a usar chanclas como el resto. —Hubo risa en su voz.
—Podría ponerme mis botas de nuevo mañana —dije—. ¿Y por qué estamos hablando metafóricamente? Peeta rio y luego de repente se volvió a poner serio.
—Me gustan tus botas. Son sensuales. —Su voz fue ronca y seductora. Sabía que él podía meter chicas, quizás incluso a mí en su cama, solo usando su voz.
—Tengo algo para ti —dije retirándome repentinamente del trance en el que él me estaba metiendo. Ladeó la cabeza. Ese pequeño gesto me puso tan nerviosa que olvidé lo que se supone que estaba haciendo hacía cuestión de segundos. Agarrando su mano, puse mi regalo en su palma. Me sonrió, casi inquisitivamente, y bajó su mirada. Era el centavo. Lo encontré en el bolsillo de su sudadera la mañana después de nuestro beso.
Esta vez, yo hice el primer movimiento. Me acerqué a él, eliminando el espacio entre nosotros, mientras él me miraba. Sus manos se envolvieron alrededor de mi cintura y con un suave movimiento, acercó nuestros cuerpos hasta que mi espalda estuvo presionada contra la pared. Estaba intentando proteger nuestro momento de los rezagados que vagaban por el pórtico. Casi desaparecí detrás de su espalda, pero pude escuchar algunas risitas y exclamaciones de sorpresa.
El beso fue diferente del primero. Nos habíamos besado antes así que no hubo ninguna vacilación o timidez esta vez. Hizo cosas con su boca que deliberadamente me provocaron pensamientos picantes. Me estaba costando respirar cuando él se retiró. Mis manos estaban apoyadas detrás de mí contra el áspero estuco de la casa. Peeta rio, pasando sus dedos a través de mi cabello, tirando de las puntas abiertas.
Estaba apoyada contra la pared, preguntándome si mis piernas funcionarían si daba un paso lejos. La puerta trasera se abrió, dejando filtrar el ruido de la fiesta.
—Vamos —dijo tomando mi mano— quiero verte bailar nuevamente.
...
Me enamoré con fuerza y rápido como un puñetazo de Tyson. Un día estaba simplemente disfrutando su compañía y al siguiente no podía vivir sin él. Nos veíamos cada minuto libre, incluso si era por un beso rápido y hambriento antes de clases. Cuando nuestras notas se desplomaron, fijamos límites; no hablar por teléfono al anochecer y no vernos durante la semana, salvo en la hora de comer. La mayoría de las veces, rompimos nuestras reglas luego de hacerlas. Era insignificante intentar permanecer alejada de él. Él era mi droga. Nunca podía conseguir suficiente y cuando lo tenía ya estaba pensando cuando podría tenerlo la próxima vez.
Parecíamos más felices que otras parejas, atrapados permanentemente en un estado de alegría tan intenso que nuestras bocas se curvaban en sonrisas incluso en nuestros sueños. Peeta me enseñó cómo jugar, algo que nunca había sabido en mi juventud o como adulta. Me trajo cupcakes y luego las estrellaba en mi cara. Me llevó a hacer kayak y nos volcó en el agua. Una vez cuando su fraternidad organizó una noche de lucha de gelatina, me convenció de asistir y luego me retó a un duelo de lucha libre. Hasta las rodillas en gelatina de color, cargué contra él apuntando a sus rodillas. Tuve suerte y lo lancé fuera de balance. Ambos aterrizamos sobre nuestras espaldas con Peeta riendo con tanta fuerza, que sonó como si estuviera sollozando. Lo amé con todo mí ser. Me enseñó quién era yo, algo que nunca habría sabido, sin su hábil manejo de mi personalidad.
Ese verano, tomé un trabajo a tiempo parcial en una pequeña librería. Era la única empleada, además de la propietaria, y trabajaba en las noches lo que me obligaba a cerrar la tienda cerca de la medianoche. La librería compartía un estacionamiento con un bar llamado Gunshots y la mayor parte de las noches tenía que soportar silbidos y chiflidos de motociclistas intoxicados que se quedaban afuera. Lo odiaba y mantenía las manos hechas puños en dirección al auto, en caso de que tuviera que pegarle a alguien.
Había estado trabajando allí por tres semanas cuando Peeta pasó a verme. Su rostro estaba rojo y tenso cuando pasó a través de las puertas.
—¿Qué pasa? —dije dándole la vuelta al mostrador para abrazarlo. Miré por encima de su hombro, preguntándome si una de las ratas del bar le había dicho algo que lo puso furioso. A menudo hacían comentarios groseros a los clientes cuando ellos entraban o iban.
—¿Estás aquí sola?
—Bueno, hay unos pocos clientes —dije mirando alrededor de los pasillos.
—Cuando sales a la noche, ¿caminas a tu carro sola? —Su voz era impaciente y me pregunté exactamente a dónde quería ir con esto.
—Sí.
—No vas a trabajar más aquí —dijo, con rotundidad.
—¿Qué? —Mi mandíbula cayó. Él nunca me había hablado de esa manera antes.
Señaló hacia el bar.
—Es peligroso. Eres una mujer. Estás sola y no ayuda el aspecto que tienes.
—¿Me dices que tengo que renunciar a mi trabajo por la manera en que luzco? —Levanté una ceja y caminé detrás de la registradora. Me estaba cabreando.
—Te estoy diciendo que no es seguro para ti estar sola y luego caminar a tu auto sola.
—Puedo cuidar de mí misma. —Comencé a apilar libros que necesitaban ser acomodados en una carretilla.
—Eres una debilucha de cincuenta kilos, y esos son unos hombres muy ebrios.
Me encogí de hombros.
Peeta lucía como una bola de energía ardiendo y me estaba poniendo nerviosa.
—No voy a renunciar — dije colocando las manos sobre mis caderas. —Tengo que trabajar. No todos nosotros tenemos padres ricos y fondos fiduciarios para valernos a través de la vida.
Su rostro palideció. Él odiaba que alguien mencionara el hecho de que era rico, y sobre todo yo. Caminó fuera de la tienda sin decir adiós. Lance un bolígrafo hacia la puerta, deseando que estuviera allí para que pudiera golpearle en la cabeza.
Más tarde esa noche, cuando estaba cerrando, vi su auto en el estacionamiento.
Camine hacia el lado de la ventana del conductor, y golpee el cristal con mis llaves.
—¿Qué estás haciendo aquí? —dije cuando bajo su ventana.
Él se encogió de hombros.
Molesta, caminé lejos sin decirle nada más.
De ahí en adelante, cada vez que trabajaba, el auto de Peeta estaba aparcado en el estacionamiento cuando me iba. Nunca nos vimos el uno al otro en el estacionamiento, y nunca hablábamos sobre ello durante nuestras horas regulares de relación. Pero a media noche, él siempre estaba allí, asegurándose de que yo estaba a salvo. Me gustaba.
Me tomó un tiempo acostumbrarme a la vasta popularidad de Peeta. Quizá cinco personas en el campus sabían mi nombre, pero el de él era un nombre que estaba grabado sobre placas de metal en el gimnasio de la escuela.
—Siento que estoy saliendo con una celebridad —dije una noche cuando salimos a cenar, un par de chicas lo saludaron de una mesa cercana. Él puso los ojos en blanco y lo ignoró como si estuviera siendo dramática. Pero mis celos tomaban su camino dentro de mi mente cada vez que alguna rubia tonta le rendía reverencia.
Esas chicas no tenían consideración al hecho de que era mi novio. Ellas estaban esperando la oportunidad para saltar sobre él, justo como yo lo había hecho. Y luego estaba el problema del sexo. Nosotros no habíamos ido tan lejos. Johanna me preguntaba en las noches sobre cuán lejos iban nuestras sesiones de besos.
—Solo nos besamos — le dije por enésima vez. Ambas estábamos en nuestras camas, con las luces apagadas y Johanna estaba chupando una paleta haciendo húmedos, sonidos de sorbidos.
—Necesitas lavarte los dientes cuando termines con eso.
—¿Y él nunca trata de hacer más? — pregunto ignorándome.
—No quiero que lo haga.
—Katniss, solo mirar a ese hombre me hace querer tener sexo y estoy segura que el noventa por ciento de las estudiantes femeninas están de acuerdo conmigo. ¿Cuál es tú problema? ¡Espera! ¿Fuiste abusada?
Ella lo pronunció "Abu-sada." Puse mis ojos en blanco.
—No, cállate. Simplemente no quiero. ¿Por qué tengo que ser producto de un asalto sexual solo porque no estoy saltando a la cama con él?
—Holaaa, Peeta es un hombre. Él quiere tener sexo y si tú no se lo das, lo encontrará en otro lugar.
Me di vuelta y me negué a decir algo más. ¿Qué sabía de todos modos Jo? ¿No eran las de primer año infames por ser estúpidas y zorras? ¿No era mi padre famoso por "encontrarlo en otro lugar"?
No. No iba a usar a mi padre como excusa para perder a Peeta otra vez. Peeta era fiel, atento, y nunca me había presionado para hacer más que besarnos, porque me respetaba. Recordaba la última vez que nos besamos. Había sido en su habitación, yaciendo sobre su cama. Todo su cuerpo se sentía tenso, como si estuviera herido y listo para saltar al suelo. ¿Qué si él estaba usando cada onza de autocontrol cuando estaba conmigo? La palabra "calienta pollas" resonó en mi mente y se arrastró bajo mi colcha en vergüenza.
No era que no pensara sobre tener sexo con él. Pensaba sobre ello todo el tiempo. Pero, pensarlo y hacerlo eran dos cosas diferentes. No estaba lista y no sabía por qué.
Rue Hilberson fue encontrada la misma semana que Peeta y yo nos empezamos a tocar por primera vez. La policía la encontró merodeando el aeropuerto de Miami, descalza, sus parpados caídos sobre ojos turbios. La historia de Rue fue que un hombre la había secuestrado mientras estaba trotando sobre un camino en el parque a no más de dos kilómetros de la escuela. Pidiendo ayuda, él pretendió tener un tobillo torcido, y rogó su asistencia. Le pidió que lo ayudara hasta su auto, el cual estaba justo allí en el lugar.
De mala gana, Rue accedió. Ella cargo con su peso y camino la corta distancia hasta su van blanca. La van era una Astro con óxido corroyendo el metal como cáncer. En retrospectiva Rue contó que las ventanas ahumadas y la puerta ligeramente agrietada era una señal intermitente de advertencia. Mientras lo ayudaba a entrar al asiento del conductor, él dejo caer sus llaves en el césped a los pies de Rue.
Cuando ella se inclinó para tomarlas, el hombre alzó una barra de metal del asiento de pasajero y conecto con un movimiento bastante poderoso la cien de Rue. Luego la metió en la parte trasera y se la llevó a lo que los periódicos lo llamaron "La Madriguera del Violador." Rue recuerda haber estado encerrada en un tipo de sótano, por un tiempo que no pudo determinar, porque había sido sedada.
El hombre, a quien ella describió como "tímido", la uso para sexo y compañía. Luego un día, sin ningún motivo, la beso en la mejilla y la dejó en el aeropuerto. Le dijo a la policía que su nombre era Devon. Rue Hilberson había estado perdida por seis meses.
Mientras Rue yacía en una cama de hospital siendo interrogada por la policía, Peeta y yo estábamos en una subasta de caridad que la mayoría de los estudiantes de último año en su fraternidad estaban obligados a asistir. Era una de esas ostentosas reuniones donde todos se vestían con costosos trajes y vestidos, con mesoneros circulando el salón con copas de champán. Él vio unas personas que estaban juntas en un apretado grupo.
—Fui a la escuela secundaria con ellos. — dijo él casualmente, deslizando una aceituna de un palillo de dientes con su boca.
—¿Con cuántas de esas chicas saliste? —dije mirando hacia él grupo. La mayoría de las chicas eran lo suficiente hermosas para estar en la portada de una revista y varias de ellas saludaron a Peeta con una sensual familiaridad que hacía a mi monstruo verde chasquear sus nudillos.
—¿Por qué es eso importante? —pregunto él y pude ver la diversión en sus ojos.
—Porque, si yo hiciera una declaración así, a ti te gustaría saber a quién había estado besando —espeté impacientemente.
Él sonrió y accedió, inclinando su cuello para hablar suavemente en mi oído.
—Adriana Parsevo —sus voz fue tan baja que tuve que forzarme por escucharlo. Reposicione mi oreja más cerca de sus labios y me estremecí cuando los sentí contra mi lóbulo. —Ella es la del pequeño vestido plateado —dirigí mi mirada hacia una llamativa chica cuyo vestido no lograba cubrir ni siquiera la mitad de sus interminables piernas. ¿Qué pasaba con Peeta y las piernas?
—Salimos por un tiempo, ella era muy… experimental —esa última palabra y la textura de su voz insinuaba a mucho más, sentí una oleada de celos aplastar mi tráquea. Peeta, pareciendo disfrutar mi reacción, continúo.
—La chica con la que está hablando, la que está bebiendo la mimosa, su nombre es Kirsten si recuerdo correctamente. Ella tiene una marca de nacimiento que se parece a África en la parte interna de su muslo.
Soplé aire con fuerza por la nariz y lo mire. Se echó a reír, el tipo de risa traviesa y sexy, que agitaba las mariposas dormidas en mi vientre.
—Tú preguntaste Duquesa…
Me lo imaginé besando a esas chicas. Sus dedos trazando sus marcas de nacimiento y mi respiración quedo atrapada en mi garganta. Las odiaba y lo odiaba a él por gustarles.
—¿Te gustaría escuchar más? — pregunto él, sus labios rozando la parte superior de mi oreja.
—No —dije malhumorada y lo decía en serio. Preguntarle fue un gran error.
Tan pronto como llegamos a su auto, me lance sobre él. Lo besé duro, saltando a través del asiento subiéndome en su regazo. Él se rio dentro de mi boca sabiendo que su juego había tocado una fibra y ahueco sus manos alrededor de mí trasero. Lo ignoré y seguí besándolo con intención de mostrarme seductora.
El humor de Peeta cambio rápidamente y pronto todas las sonrisas se habían ido mientras estábamos unidos en un beso tan intenso que ambos estábamos jadeando. Pensé que iba a morir cuando sus dedos bajaron las tiras de mi vestido y sentí aire sobre mis pechos. Luego era más que aire. Sus manos y su boca me encontraron y me pregunté porque nunca antes había hecho esto. Dije algo. No sé qué fue, pero mi voz pareció devolverlo a la realidad, porque se apartó al momento de escucharlo y me sostuvo a cierta distancia de su brazo. Nunca había hecho nada tan desenfrenado, atrevido, y mostrado lo que mantenía seguro debajo de mi sujetador y él nunca había parado en un punto tan temprano de los juegos previos.
—¿Por qué…? —estaba sin aliento y todavía aferrada a su camisa. Él me besó suavemente en los labios. Toda carga sexual se había ido. Él encendió el motor. Regrese a mi lado del auto y me hundí en mi asiento.
Fue debido a que él no quería ir hasta la mitad. No había un "solo tocarse" con Peeta. La mayoría de los chicos estaban felices de poder obtener y sentir tanto como pudieran. Con Peeta, era diferente. Tú o ibas todo el camino, o te quedabas en las aguas poco profundas de solo besar. Él no alcanzaría su camino al sexo alejándome más y más de mi castidad dándome piezas de lo que me estaba perdiendo. Me senté de regreso en mi asiento y contemple tirar todas mis inhibiciones al viento. ¿Dónde estaban ellas de todos modos? Apenas podía recordar cuando pensaba en sus manos y la manera que sabían exactamente donde tocar.
Me pregunte qué diría mi madre. Estaría feliz de que encontré a un chico como Peeta, pero aun así sería precavida sobre él. Mi padre nos había regalado a ambas un paquete de desconfianza que se encontraba como un organismo de control dejando al descubierto los dientes en nuestras mentes.
—Cuida tú corazón, así no se rompe como el mío— mi madre decía tan seguido como dos veces a la semana.
Sheri, la mejor amiga de mi madre, le dio un abrupto final a la vida de Oliver Everdeen un cuatro de Julio después que yo cumplí once. Utilizó su propia escopeta calibre 22 para cometer el acto, enluciendo su materia gris sobre toda su cortina de baño de flamenco rosado. Sin el conocimiento de mi madre, Sheri fue una de las muchas mujeres que mi padre usaba por sexo y dinero. Ella me recordaba a un perro cocker spaniel con ojos húmedos con un personalidad tan viscosa como un huevo crudo. Antes de que mi madre descubriera sobre su aventura con Sheri, yo ya sabía. En las tardes que mi mamá trabajaba hasta tarde y mi padre me recogía de la escuela, nosotros iríamos a visitar a sus "amigos". Estos amigos resultaban ser todas mujeres, o tenían acceso a dinero, drogas, o ambas.
—No vayas a decirle a tu ma estas pequeñas visitas que has estado haciendo con tu papa — decía Sheri moviendo un dedo hacia mí—. Ya tiene mucho sobre su plato como están las cosas, y tu papa solo necesita un amigo para hablar.
Ellos hablaban por horas en la habitación de Sheri, a veces con un radio tocando canciones viejas y humo de cigarrillo saliendo por la abertura bajo la puerta. Mi papá sería realmente agradable conmigo después que salía de la habitación. Siempre nos parábamos por helado de camino a casa. No lo extrañé cuando se había ido. Él solo era un tipo que me llevaba a casa de la escuela y me sobornaba con helado. Al momento de su muerte, habían pasado diez meses desde la última vez que lo vi, y ni siquiera había llamado en mi cumpleaños. Oliver Everdeen, mi tocayo, murió dejándome con un montón de malos recuerdos y una cerradura sobre mi corazón a la que solo él tenía la llave.
Tenía problemas paternales que condenaron a Peeta desde el principio.
Bueno en este capitulo vimos lo que paso después del aborto de Glimmer, Kat se dedico a conquistar a Peeta & tuvieron una relación.
Gracias por seguir la historia. Me gustaría saber que opinan!
Si tienen dudas haganmelas saber, se que es complicado estar leyendo en dos lineas del tiempo diferentes.
& dejen un comentarios por favor! , entre mas comentarios mas rápido actualizo, ademas así veo si sigo la historia o no... !
Besos a todoooos :)