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Memorias de Idhún, el retorno de los descendientes — capítulo 1

Reinaba la calma. Las tres lunas brillaban en el firmamento iluminando la noche como faros en la oscuridad. Celestia siempre había sido un lugar tranquilo, pero esa noche el silencio parecía haberse asentado hasta en las casas de los celestes.

Shail siempre salía por la noche. Sus paseos solían alargarse durante horas. Le gustaba escuchar el silencio. Pensar en sus problemas. En sus amigos. En Jack y Victoria. Mas ese día decidió saltarse su paseo nocturno. Zaisei había estado tranquila durante toda la mañana, y su embarazo progresaba adecuadamente. Sin embargo el ambiente silencioso contribuía a aumentar la desconfianza de Shail. Desconfianza sobre su destino. Desconfianza sobre el de sus amigos.

Algo más lejos de allí, Ha-Din miraba al cielo, preocupado. No confiaba en el silencio. Las personas silenciosas siempre eran las más peligrosas. Solo había que mirar a Kirtash. Si no hubiera sido por Lunnaris, el shek habría matado y ayudado al Séptimo sin remordimientos. Con ello no pretendía insinuar su desagrado hacia el shek. Simplemente deseaba resaltar el hecho de que, bueno o no, Kirtash era un asesino a sangre fría. 

Pero aquella noche era el silencio lo que le atormentaba, no sus dudas sobre la benevolencia del chico. Y Ha-Din habría podido jurar ante los Seis que aquel silencio no traía nada bueno. No podía traerlo.

Muy lejos de allí, dos respiraciones se entrelazaban en la oscuridad. Dos corazones latiendo al unísono. Dos manos unidas por un cálido abrazo. Una puerta que se cierra sigilosamente y un reloj que marca los segundos antes de que llegue la hora.

Victoria se dirigió al salón, donde estaba Jack, sentado en el sofá viendo la televisión,

  • Y están dormidos- dijo ella-. Y han vuelto ha meterse en la misma cama. Cielos, ya tienen 15 y 16 años... Tendrían que aprender que no pueden seguir así siempre.

Jack miró a Victoria fijamente, con infinita ternura. Le gustaba cuando hablaba de cosas tan simples como esas, le hacía olvidar otros tiempos. Otros tiempos en los que banalidades como aquella no eran ni de lejos lo más preocupante de sus vidas.

  • Déjalos, Vic. Después de todo, son hermanos. Cuando era pequeño siempre quise dormir abrazado a la hermanita pequeña que nunca tuve. Es normal, aún en adolescentes.

Victoria resopló con condescendencia y se acomodó en el sofá al lado de Jack. Su marido le pasó un brazo por los hombros. A pesar de los años transcurridos seguían amándose con locura y eso los ayudaba a afrontar todos los problemas que les pudieran surgir. Pero Jack sabía que él no era el único hombre que ocupaba el corazón de Victoria.

Lo sabía y no le importaba. Con el tiempo había aprendido a dejar los celos a un lado y a vivir a sabiendas de que debía compartir a Victoria con otra persona.

  • Eva... ¿Estás despierta?

Erik se aburría. Su madre le había despertado al cerrar la puerta de su cuarto. Tenía calor. Pero no quería separarse de su hermana. Además, tenía un presentimiento que no acababa de gustarle.

  • Yo siempre estoy despierta. Ya lo sabes.

Y Erik lo sabía. Era obvio que su hermana dormía por las noches, pero siempre parecía estar consciente de todo lo que ocurría, aún dormida.

  • ¿Tú lo sientes?- preguntó el chico.

  • Sí. No me fío de esto. Algo está ocurriendo.Y tenemos que saber qué.

Erik pensaba lo mismo. Sin embargo, a pesar de haberse encontrado tan despierto hacía solo un par de minutos, los ojos se le cerraban.

  • Mañana viene tu padre- consiguió articular entre bostezos-. El sabrá lo que pasa.

  • Tal vez- coincidió Eva-. O tal vez no.

Pero Erik no escuchó esa última frase. Ya estaba dormido.