Los Juegos Literarios — capítulo 9
El monstruo se inclina hacia adelante, dispuesto a atacar. La varita de Hermione apunta hacia él, al igual que la pistola de Thomas y la flecha tensada en mi arco. El sonido de nuestras agitadas respiraciones invade el lugar.
El Minotauro toma carrera y embiste hacia nosotros. Hermione es la primera en atacar. Grita algo que para mí no tiene sentido y un destello rojo se desprende de su varita, lanzando chispas. El hechizo impacta contra nuestro enemigo y parece marearlo, aunque no detenerlo. Sacude su cabeza y sigue acercándose a nosotros, atravesando el pasillo a toda velocidad.
Se oye un disparo. La bala que salió de la pistola de Thomas choca contra uno de los cuernos de la criatura. Esto parece enfurecerlo aún más.
Desesperados, mis dos aliados comienzan a correr por sus vidas, huyendo del monstruo. Yo permanezco allí, inmóvil, esperando el momento adecuado para atacar. El Minotauro se dirige directamente hacia mí.Me arrodillo para obtener un mejor ángulo.
Cuando se encuentra a tan solo unos metros, cierro un ojo y suelto la cuerda. La flecha se hunde en el pecho de la criatura, que suelta un aullido de dolor escalofriante. Pero, para mi desgracia, la herida no lo para.
Siento como sus enormes manos se cierran alrededor de mi cuerpo y mis pies se despegan del suelo. Pataleo en el aire, intentado zafarme. Sus garras me están apretando con una fuerza sobrehumana que me impide respirar bien.
Mi vista comienza a nublarse. Manchas negras aparecen, esparcidas por doquier. Estoy a punto de desmayarme cuando el Minotauro vuelve a aullar de dolor y la fuerza con la que me aprieta disminuye ligeramente.
A continuación, algo pasa zumbando ante mis narices y la mano que me sostiene se abre, dejándome caer a la roca. Intento prepararme para el impacto, pero un intenso dolor recorre mi cuerpo cuando llego al suelo.
Me encuentro en un estado de trance, realizando un terrible esfuerzo para no perder la conciencia. Apenas puedo moverme. Levanto la cabeza y distingo que alguien está combatiendo al monstruo. No luce como Hermione, tampoco como Thomas. Debe ser otro tributo. Es un muchacho. Se desplaza con agilidad y, a decir por los rugidos del Minotauro, le está provocando un daño importante.
Después de unos minutos, el combate termina cuando el cuerpo de la bestia cede y se desploma en el piso con un estruendo.
No sé si seguir allí tendida o levantarme. Mi cuerpo apoya la primera idea, aunque mi mente sabe que no voy a lograr nada si me quedo con la primera. Oigo pisadas a mis espaldas. Al parecer, mis aliados han regresado.
Apoyo las manos en el suelo y me impulso hacia arriba con las pocas fuerzas que me quedan. Me sacudo la ropa y cuando levanto la vista, descubro quien es el que me salvó de las garras del monstruo.
La mirada del chico de piel clara, cabello negro y ojos verde-azules se cruza con la mía y poso mis ojos en él por unos segundos. Noto un asomo de sonrisa cuando una de las comisuras de sus labios se curva hacia arriba.
- ¿Te encuentras bien? - pregunta la voz de Hermione, mientras se acerca.
Me doy vuelta para responderle.
- Si, Percy ha llegado justo a tiempo - vuelvo a mirar al muchacho, en forma de agradecimiento -. No lo habría logrado si él no hubiese aparecido.
El semidiós asiente con la cabeza, devolviéndome el gesto.
- Entonces… - dice Thomas, mientras le sostiene la mirada a Hermione. El chico alza las cejas y hace un gesto con los ojos para señalar a Percy.
La bruja parece entender lo que éste quiere transmitirle.
-
Asumo que, dado que eres el hijo de Poseidón, estás buscando agua en este momento.
-
Bueno… tengo algo en mi mochila pero no creo que alcance - le responde el semidiós.
-
Bien, entonces no creo que tengas problema en acompañarnos. Thomas asegura que ha estado aquí antes y hay más posibilidades de encontrar una fuente de agua en el claro donde fuimos liberados. ¿Te apuntas?
Percy parece pensárselo un segundo y luego asiente, con una media sonrisa dibujada en la cara.
Genial. Otro aliado. Sin decir palabra, nos ponemos en marcha una vez más, dispuestos a continuar explorando la inmensidad del laberinto.
***
Después de caminar por horas, comienzo a perder la confianza en Thomas. El muchacho va a la cabeza del grupo, seguido por Hermione, que lo ayuda con un encantamiento brújula cada vez que éste no está del todo seguro a la hora de tomar direcciones.
Finalmente, doblamos en un recodo e ingresamos en un extenso pasillo. Al final del mismo, distingo luz. Es el claro. Alcanzo a divisar el resplandor dorado de la Cornucopia.
- Es allí - exclama Thomas -. El Área.
Aceleramos el paso hasta emerger del laberinto. Una intensa sensación de libertad me recorre el cuerpo al darme cuenta que ya no estoy rodeada de gigantescos muros de piedra que me privan de desplazarme independientemente.
Levanto la cabeza para explorar el lugar. El cielo es celeste, el sol brilla en el cielo y el pasto color verde irradia vitalidad. También me encuentro con un pequeño bosque, con unos cuantos árboles. Al fondo, por detrás de la cornucopia, hay una pequeña granja construida pobremente con madera. Agudizo la vista para observar mejor. Distingo movimiento. Las figuras de los demás tributos son cada vez más nítidas a medida que se acercan.
Demonios. Esto va a ponerse interesante.
Extraigo una flecha del carcaj y me pongo en guardia. Puedo ver por el rabillo del ojo que mis aliados adoptan una posición similar. En el otro grupo, logro reconocer a algunos de sus integrantes.
Está Jace a la delantera, con su inconfundible cabellera dorada; no hay armas en sus manos, pero me encuentro con un par de dagas cuando bajo la vista hasta su cintura. Junto a él camina Bella, con el cuerpo tenso, apretando los puños con fuerza. La vampira tampoco sostiene armas. Más atrás les siguen Tris, con un rifle en alto bien cargado, y Susan, que porta un arma similar a un arco. Una ballesta.
- Que están haciendo aquí - exige saber Jace, cruzándose de brazos. Nunca comprendí la actitud de este chico. Es decir, si cuatro tributos te apuntan con sus armas, tu no simplemente te cruzas de brazos.
Como ninguno de mis aliados responde, decido ser yo la primera en hablar.
- Agua - suelto -. Venimos en busca de agua.
Las comisuras del cazador de sombras se curvan ligeramente hacia arriba.
- Les dije que iban a necesitarla, eventualmente - dice, para su grupo -. La respuesta en no. Pueden largarse.
Mi grupo permanece firme, sin moverse.
-
Por favor - dice Hermione -. Hay suficientes provisiones para todos. Podemos…
-
He dicho que no - la interrumpe Jace -. Si quieren el agua, tendrán que pasar por nosotros para llegar a ella.
Percy no aguanta y embiste hacia el rubio, con la espada en alto. Éste alcanza a extraer sus dagas justo a tiempo como para bloquear el ataque. Permanecen forcejeando unos segundos hasta que el semidiós se zafa, da una vuelta y vuelve a blandir su espada. Ambos son extremadamente ágiles, atacando y contraatacando con velocidad. Me siento impotente, mientras contemplo el combate que se desarrolla ante mis narices.
Finalmente, Jace logra derribar a Percy y levanta una de las dagas, dispuesto a hundirla en su oponente. Thomas entra en acción justo a tiempo. Empuja al cazador de sombras que pierde el equilibrio y cae.
-
¡Paren, por favor! - dice, alzando la voz -. No se dan cuenta que esto es totalmente innecesario. Ya he estado aquí encerrado, desesperado por encontrar una salida, y créanme, que pelear entre nosotros no ayudará en absolutamente nada. Allí afuera nos aguardan cientos de criaturas espeluznantes que nos están buscando para despedazarnos. Tenemos que permanecer unidos si queremos sobrevivir.
-
Esto no es lo mismo - repone Tris -. Estos son los Juegos. Se supone que debemos matarnos entre nosotros.
-
Estos Juegos son distintos - responde Thomas -. Estando en un laberinto, es posible que encontremos una salida. Más de uno podrá lograrlo. Pero no si nos aislamos, no si nos odiamos entre nosotros.
Se produce una pequeña pausa incómoda, que dura unos cuantos segundos, antes de que Jace volviera a hablar.
- Bien, me has convencido. Pero escúchame atentamente - se acerca a Thomas, entrecerrando los ojos -. Si no nos guías a una salida pronto, tendré que acabar con cada uno de los demás tributos para escapar de este infierno. Y si para eso tengo que partirte en mil pedacitos, juro que estoy dispuesto a hacerlo. No lo dudes ni un segundo.
Acto seguido, el rubio da media vuelta y regresa a la granja con la barbilla en alto.
- Sígannos - dice Tris, una vez que Jace se hubo ido -. Los conduciremos hasta el arroyo.