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James S.Potter y el reencuentro — capítulo 2
Habían pasado muchos años desde que James había ido a parar a ese lugar, más exactamente casi once años. No importaba las veces que se lo preguntara a Aidan Towley, el director del orfanato donde vivía, nunca le respondía de donde era ni quienes eran sus padres, según él simplemente se lo había encontrado abandonado en la calle una noche de diciembre.
A James le importaba ya poco quienes fueran sus padres, simplemente sabía que los odiaba por haberlo dejado abandonado cuando tan solo era un bebé.
El muchacho vivía en EE.UU desde que tenía uso de razón, pero no en un pueblo propiamente dicho, sino en una aldea perdida entre las montaña y los bosques que la rodeaban. Esta aldea tenía una cosa que la caracterizaba y la diferenciaba del resto, todos los que vivían en ella eran magos. Por ello, en el orfanato solo vivían niños que ya daban señales de magia e iban a ser futuros magos.
Aunque James no sabía como había ido a parar allí, otras personas sí lo sabían, y esas personas eran Alecto Carrow y Fenrir Greyback, las mismas que lo habían llevado hasta allí el día que lo secuestraron junto con tres personas más. Los dos juntos lo vigilaban todo lo cerca que podían, esperando el momento ideal para que se acercase a ellos y se convirtiera sin saberlo en un arma de los mortífagos que habían logrado evadir Azkaban escapando de los aurores.
Alecto y Greyback cada vez estaban más inquietos, cada vez el chico se alejaba más de ellos en el sentido de ideología y personalidad. El joven parecía ser una imagen exacta de su abuelo paterno y los gemelos en el sentido de personalidad, y los tres habían rechazado totalmente a Voldemort y sus mortífagos. Fue entonces cuando Greyback decidió poner solución al problema por su propia mano. No pudo haber encontrado peor solución que lo que hizo aquel día.
La noche de luna llena, cuando el pequeño tan solo tenía cuatro años y estaba durmiendo en su cama del orfanato tranquilamente, el licántropo se acercó a él y lo levantó. El pequeño se despertó de inmediato e intentó zafarse de sus garras, pero fue totalmente inútil. Greyback lo sacó fuera del edificio y lo llevó hasta el bosque, donde lo estrelló contra un árbol y le gruñó. Seguídamente clavó sus garras en su mano izquierda y las arrastró hasta el codo, provocando que el niño gritara de dolor. En un principio eso era lo único que iba ha hacer, hacerle una herida para que a partir de entonces cambiara su forma de ser y se acercase más a ellos sin darse cuenta, pero el olor de la sangre pudo con él. Sin poder controlarse, cogió el pie del chico y se lo llevó a la boca, mordiéndole en el tobillo, transpasándole su licantropía, infectándole su cuerpo. Eso era algo que siempre le había encantado hacer y le seguía encantando, y más en los niños pequeños como él. Aulló a la luna y salió corriendo, lejos del chico, que se retorcía de dolor en el suelo.
Así lo encontraron al día siguiente, sangrando y retorciéndose de dolor. Los que lo encontraron se dieron cuenta de lo que ocurría y le limpiaron las heridas lo mejor que pudieron, pero era inútil, el chico ya era un hombre lobo, ahora y por siempre.
De este modo, a partir de entonces el chico se transformó cada luna llena en un hombre lobo, lo que le producía dolor y odio así mismo, se veía así mismo como un monstruo. Además no podía tomarse la poción matalobos, era demasiado joven. Fue entonces cuando decidieron retirarlo de las fichas de niños en adopción, no podían permitir que un hombre lobo fuera adoptado y dañase a los que le acogían y le habían adoptado. Esto fue un jarro de agua fría en el pequeño, que era la única cosa que le hubiera encantando, ser adoptado por alguien.