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Historia 177181 — capítulo 1
Los primeros rayos provenientes de un solo sol golpeaban las costas de la pequeña ciudad costera de Rannik, anunciando el albor del nuevo día que estaba por comenzar para los habitantes del lugar. Poco a poco, una por una, las persianas y ventanas de las casas se fueron abriendo y levantando, y los más madrugadores asomaban sus cabezas por las aberturas, listos para continuar con sus vidas.
Aquella mañana, los curiosos miraban al mar, en pos de algún signo del objeto que, unas horas antes, se había precipitado sobre el mismo, desvaneciéndose en el interior de las cálidas aguas veraniegas tras un estruendoso sonido.
Había otros, sin embargo, a los que no les importaba. Y ese era el caso de una muchacha que dormía plácidamente en su cuarto, con una sonrisa en los labios, su pelo castaño ligeramente despeinado.
La paz y tranquilidad que se respiraban en su cuarto pronto serían interrumpidas por otra chica, de menor edad, que se movía sigilosamente, tratando de no despertarla. Llevaba un vaso de agua en la mano, y una sonrisa maliciosa en el rostro. Poco podía sospechar que la víctima era más que consciente de su presencia…
Una vez se hubo acercado lo suficiente y se disponía a volcar el contenido sobre la muchacha durmiente, esta se movió con una agilidad sobrehumana para colocar sus manos en el cristal y darle un giro de ciento ochenta grados, de manera que el líquido elemento cayó sobre la cabeza de la más joven de las dos.
Un gritito se escapó de su boca: estaba muy fría.
-Así nunca vas a pillarme, Anne. ¿Qué clase de Cazadora sería si pudieras colarte en mi cuarto, hermanita? -la mayor rió a carcajadas mientras la pequeña hinchaba los carrillos un segundo, haciendo una cara enfadada.
-Jo, ¡no es justo! Para una vez que vienes, al menos déjame ganar… -Anne se quejó. Tenía el pelo de un color castaño mucho más claro que el de su hermana, casi rubio oscuro, y a diferencia de ella, sus ojos eran verdosos.
-¡Sí es justo! Déjame dormir, que estoy de descanso, y ya sabes que necesito un par de días para relajarme.
La chica de ojos verdes miró hacia un lado, poniendo morros. A sus trece años, podía parecer que seguía siendo como una niña pequeña, pero eso era debido a su personalidad juguetona. Con una sonrisa, la joven de ojos azules se inclinó para darle un beso en la mejilla, y se agachó, dándole la espalda.
-Venga, vamos a desayunar. Para compensar, te bajo, ¿de acuerdo?
-Hum. No vale comprarme… -se quejó Anne, pero aun así, se lanzó sobre su hermana mayor, que la cogió a caballo y se levantó sin ninguna dificultad, aunque se rió un poco.
-Vaya, sí que has crecido, ¿eh?
-Sí, pero cuando me levantas lo haces como si no pesara nada -contestó, apoyando la mejilla en su hombro mientras descendían las escaleras. Mientras bajaban rápidamente para ir a desayunar, la pequeña comenzó a hablar de nuevo.
-Oye, ¿podemos ir a la playa? Quiero ver si encontramos lo que sea que cayó anoche… tu también lo viste cuando estabas en tu lugar secreto, ¿verdad? -inquirió la ojiverde, a lo que la otra asintió.
-Sí, y ya te he dicho que de secreto no tiene nada… Seguro que mucha gente va por allí -musitó la chica, que debía tener entre diecisiete y dieciocho años. Para su sorpresa, su hermana le confesó que nadie osaba acercarse al lugar, por respeto a su persona. La joven de ojos azules sonrió para sus adentros. No pensaba que llegaría a ser tan famosa como para que no fueran a su lugar favorito.
-¿Qué hay de desayunar? Por favor, dime que papá no ha cocinado, es un desastre para esas cosas y todo el mundo lo sabe. Dime que le has estado cocinando tú porque si no, no me extrañaría que hubiera pillado cualquier enfermedad.
Y así, continuando la conversación, las dos bajaron hasta la cocina, donde comenzaron a desayunar. Tras unos minutos hablando con su padre, que para su desgracia había hecho el desayuno, las dos comieron los más deprisa que pudieron, listas para apurar hasta el último minuto del día. Al fin y al cabo, la mayor solo tenía un par de días de descanso que quería aprovechar con su familia.
También le había preguntado a su padre, pero la respuesta fue tajante.
-No puedo, cielo. Sabes que tengo que atender la consulta, la gente enferma no se va a atender sola, ¿no? Además, sin mí, los otros estarían algo perdidos, ¿no crees? Todavía les queda mucho que aprender antes de ocupar mi puesto -el hombre rió.
A primera vista, parecía tener entre cuarenta y cincuenta años. Su cabello marrón brillante, casi pelirrojo, ya estaba provisto de varias canas, y su cara tenía bastantes arrugas, pero aun así, su barba recién afeitada dejaba al descubierto una piel libre de manchas, de tonalidad ligeramente morena, haciendo ver que pasaba mucho tiempo en contacto con el sol, como los demás habitantes.
No en vano, Rannik era una población costera, por lo que las altas temperaturas y un sol que pegaba fuerte eran elementos constantes en la vida cotidiana de todos los ciudadanos.
-Oh, vamos, papá -la muchacha ojiazulada terció con una media sonrisa -ya sabes que no te podrían superar. Lo llevas en el alma…
Las dos chicas se despidieron de su padre, que simplemente levantó el brazo y asomó la cabeza al pasillo, para pedirles un favor.
-¡Si veis al tendero del mercado, decidle que Varn necesita varios medicamentos, se me están caducando! -pidió el adulto, ganándose un "síííí" cansado de las dos jóvenes que cruzaron la puerta y se encaminaron hacia la playa, a solo unas manzanas de donde se encontraban. Con una risita, ambas comenzaron el paseo.
Poco podía la Cazadora sospechar que lo que allí encontrarían sería algo que cambiaría radicalmente su vida, para bien o para mal. Tal vez una casualidad, quizá una broma del destino. Nadie podía saberlo…
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Las olas mecían la arena de la playa con un sonido tan relajante que facilitaba el sueño en la cálida costa. Varias personas aprovechaban el fin de semana allí, con los niños jugando y los adultos descansando, siempre vigilantes.
A poco más de un kilómetro, casi en las afueras de la ciudad, en el extremo de la bahía, un cuerpo inerte flotaba a la deriva. A su alrededor, el agua era rojiza, como si estuviera teñida, y aunque el movimiento de las aguas movían el rojo fluido, más aparecía para reemplazarlo.
Finalmente, la figura, inconsciente, varó en la fina arena normalmente dorada, de tono marrón por el agua que la empapaba ahora que había marea alta. Una vez su cara hizo contacto con el suelo, los músculos de la cara comenzaron a agitarse, sus ojos abriéndose ligeramente.
-"¿Dónde… estoy…?" -pensó, tratando de levantarse con los brazos. Inmediatamente, un dolor agudo, como una corriente eléctrica, que le hizo proferir un mudo grito, haciéndole caer de nuevo, volteándose para quedar boca arriba. Su respiración se hizo mucho más pesada e intensa, casi hiperventilando.
Cada bocanada de aire era respondida con una aguda tos que expectoraba el agua en los pulmones del muchacho… o mejor dicho, en lo que quedaba de sus pulmones. Para cualquiera que le contemplara, era muy sencillo adivinar por qué el agua se había vuelto rojiza…
Un agujero de gran tamaño perforaba su pecho, que rezumaba sangre aunque parte de la herida había coagulado. La piel de chico estaba blanca como la leche, dado que la mayor parte del líquido que corría por sus venas se había derramado por ahí.
Ni siquiera sabía cómo seguía vivo. Una herida como esa debía haber sido suficiente para acabar con cualquiera… Entonces, ¿por qué no él?
Una bandada de pájaros, como una mezcla entre el buitre y la gaviota terrestre, descendieron de los riscos hacia el chico, oliendo la muerte en su cuerpo. En poco tiempo no sería más que carroña para ellos, si esperaban lo suficiente, pero ¿qué les impedía tomar asiento mientras esperaban a que eso ocurriera?
El muchacho rubio ni siquiera lo notó. Seguía expectorando la mezcla entre agua y sangre que se arremolinaba en su cuerpo cuando las aves se acercaron. Sin embargo, algo extraño comenzó a ocurrir una vez se hubieron puesto a su lado, ansiosas por comenzar la comida.
De manera inconsciente, la mano del muchacho se alzó lentamente hacia ellas, tocando a uno de los individuos y haciéndolas retroceder. De repente, el ave que había palpado comenzó a tambalearse y se desplomó con su último aliento. Poco después un hilillo de color oscuro salió de su cuerpo, llegando al dedo del muchacho y perdiéndose en la yema de sus dedos.
La herida del muchacho, de forma casi imperceptible, se hizo ligeramente más pequeña. Asustadas por lo que acababa de ocurrir, la bandada levantó el vuelo, alejándose de aquella extraña criatura. A su vez, Erik, aún con increíbles dificultades, se levantó del suelo, tambaleándose.
-"Tengo… que… volver…" -pensó para sí, su mano derecha tapando el agujero en su pecho. Por suerte, la espalda seguía intacta tras el bocado del shek, por lo que no tenía la columna dañada.
Sin embargo, sus pasos eran tan pequeños que un bebé podría caminar más deprisa, y sentía cómo la fuerza que había adquirido de forma desconocida se desvanecía por momentos.
Estaba perdido…
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Mientras se encaminaban hacia la playa, las dos jóvenes casi no tenían tiempo de entablar una conversación. Saludos, presentaciones, gestos amistosos, sonrisas… los habitantes de la ciudad giraban sus cabezas en la misma dirección: hacia la joven castaña de ojos azules que sonreía también, encantada de reencontrarse con sus conocidos.
Un gesto de ligera incredulidad asomaba en su cara, pero tampoco se lo pensó demasiado. Mientras tanto, su hermana levantó la cabeza, orgullosa; tenía muchos motivos para estarlo, al fin y al cabo.
Frases como "¡qué bien os veo!" o "¡bienvenida a casa!" eran repetidas una y otra vez por los vecinos, aunque eso no provocó que la sonrisa en las caras de las muchachas cambiara a una mueca de cansancio.
Una vez hubieron llegado a la playa, las dos se estiraron y tomaron una gran bocanada de aire, respirando la brisa marina con un tenue olor a sal. El sol refulgía sobre la superficie del océano, color azul oscuro, y la arena de color dorado-pardusco, la cual se encontraba muy caliente. Ambas se quitaron los zapatos, cambiándolos por unas simples sandalias, y comenzaron a escrutar la orilla al tiempo que reanudaban la marcha, en busca del objeto misterioso.
La mayor de las dos no estaba tan centrada en la búsqueda como la pequeña. A primera vista podía pensarse que era debido a que, al ser más mayor, no tenía tanta curiosidad, pero en realidad estaba dándole vueltas a lo que podía haber sido aquello.
Las cosas no caían del cielo por casualidad, no con tanto estruendo.
-"¿Y si se ha abierto otra Puerta más? Puede ser bueno para nosotros. A más mundos, más encargos, y más recompensas. Pero hay algo en todo esto que no me gusta nada" -las palabras surcaban la mente de la chica; sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos por su joven familiar.
-Eh… ¿quién es ese? -inquirió, señalando al frente. Extrañada, la ojiazul escrutó la distancia, y la visión le sorprendió. Una persona caminaba hacia ellas a paso increíblemente lento, como si fuera a perder la consciencia en cualquier momento. Sus ojos se entrecerraron, y le pareció ver algo rojo que cubría el torso del muchacho… ¿no sería…?
Sus temores se confirmaron cuando el hombre cayó al suelo con estrépito.
Sangre.
Aquella persona se encontraba malherida. Las dos se acercaron corriendo, aunque pronto se hizo evidente que la más pequeña no podía competir con la velocidad de su hermana, que se movía con agilidad sobrehumana.
Una vez llegó, la castaña trató de despertar al joven rubio que yacía ante ella. Sus ojos se abrieron mucho al ver la herida, un agujero en el pecho en el que podía observarse una ponzoña mezclándose con la sangre que trataba de coagular, con poco éxito.
Con solo un vistazo ya podía deducir qué había ocurrido.
-¡Anne, tenemos que volver a papá, rápido! ¡Ese chico necesita atención urgente! ¡Le ha mordido un shek! -urgió. Con un rápido movimiento, cogió al joven, mucho más alto que ella, cargándole a la espalda.
Una centésima de segundo después, y las dos salieron disparadas de vuelta, con un misterioso y malherido invitado regresando con ellas.
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Anne no podría explicar lo que ocurrió posteriormente. No había asistido a demasiadas emergencias como aquella, por no decir ninguna, por lo que se encontraba muy perdida. Una vez llegaron a su destino, el padre salió por la puerta, alarmado ante la vista del chico. Minutos después se encontraban en la sala de urgencias del hospital de la ciudad.
Aunque el hospital parecía tener equipamiento terrestre, tampoco era tan parecía tan novedoso. Tal vez la mejor forma de describirlo era como una mezcla entre dos épocas completamente distintas.
Varn, el hombre pelirrojo, llevaba puesto el traje de cirujano, guantes y gorro incluidos, listo para lo que se avecinaba. Se giró hacia su hija mayor, que había traído al joven, y la instó a salir de allí, pues tenía que estar plenamente concentrado en la tarea.
No tuvo que repetirlo dos veces. Poco después, ya estaban fuera del lugar, por lo que Varn suspiró, llevándose al joven a la sala de operaciones junto con un equipo de tres personas más. Tras realizar todos los preparativos, tumbaron al muchacho rubio sobre la cama, contemplando la herida.
Los ojos parduscos del hombre, ya entrado en años, relucieron con interés al comprobar algo muy interesante.
-"Parece que el cuerpo de este chico rechaza la ponzoña de serpiente… ¿Qué me has traído, hija?"
Ahora no tenía tiempo que perder con contemplaciones, así que se quitó los guantes y juntó las palmas de las manos, como si rezara. Pero no podía ser nada más diferente…
Al tiempo que una chispa despertaba en su interior, la operación comenzó de una forma muy poco ortodoxa y nunca vista antes por cualquier terrestre o idhunita con vida… que no conociera a Varn, claro está.
Ya más lejos de allí, las dos hermanas habían vuelto a casa. Anne se quedó traspuesta, pues no soportaba ver sangre y por tanto había perdido las fuerzas que necesitaba para estar de pie. Con un beso en la frente, su hermana se despidió de ella por el momento, pensando que debería volver con su padre hasta que la operación concluyera.
Ella convivía con la sangre, por lo que no le impactaba lo más mínimo, algo extraño en una joven de su edad. Sin embargo, todo el que la conociera sabía que la muchacha había pasado por muchas cosas a lo largo de su corta vida, demasiadas.
Pero aquello era lo que la había hecho fuerte.
La humana caminó fuera de la casa, pero sintió algo en las afueras, por lo que se apresuró. Una vez salió del pequeño edificio, sus ojos azulados se entrecerraron al comprobar que una sombra cubría uno de los soles, circulando Rannik. Los habitantes corrieron rápidamente a encerrarse en sus casas, con pánico.
Una serpiente alada había llegado. Un shek. Y parecía estar buscando algo, por la forma en que descendía y volvía a ascender en cuanto notaba movimiento en una calle. En sus moradas, los ciudadanos rannitas observaban a la mítica criatura con curiosidad, pues no eran frecuentes las visitas de los sheks.
Un solo par de ojos azules era suficiente para un territorio.
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Buenas a tod@s! Ya he vuelto, aquí con la segunda parte fresquita, recién salida del horno, espero que os haya gustado! En el próximo capítulo ya empezamos con la acción...
¿Qué creéis que ocurrirá en el siguiente?
Un saludo!