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Historia 177181 — capítulo 3
En el momento en que las miradas del rubio y la castaña se cruzaron, el mundo pareció paralizarse durante un instante que para Erik fue eterno. Aquellos ojos azules eran los más bonitos que había visto nunca, y no podía apartar la mirada, aunque se lo achacó a seguir mareado tras todo lo que había sucedido.
A ella le ocurrió algo similar. Primero fue sorpresa, pero después su rostro se endureció como el acero y sus ojos se helaron por un segundo. Se dio la vuelta y salió de la sala sin pensárselo dos veces ante el gesto atónito del dragón herido, que se quedó mudo de nuevo. Su brazo se extendió rápidamente hacia el frente, mientras sus labios trataban de articular un "¡Espera!".
Sin embargo, pronto un intenso dolor sacudió su cabeza, haciéndole encogerse sobre sí mismo mientras se agarraba las sienes con ambas manos. Era un dolor tan intenso que le hizo emitir un jadeo de angustia. ¿Qué demonios había sido aquello? Tal vez… ¿un ataque shek a su mente?
El chico comenzó a atar cabos rápidamente. Ojos azules, dolor intenso en la mente nada más mirarlos, y la heladora mirada de aquella muchacha. Y, sin embargo, no había sentido aquel odio irracional que Markash y las demás serpientes aladas le inspiraban, incluida su propia hermana.
Por tanto, no tenía sentido que fuera una shek. Su instinto de dragón debería haberle alertado directamente… ¿o no? Una vez el dolor fue remitiendo poco a poco, los ojos de Kareth se dirigieron hacia la ventana, y lo que vio le dejó atónito por segunda vez en cinco minutos. Donde se suponía que debía haber tres soles… ahora había solo uno.
-"¿Qué demonios… dónde estoy?" -se preguntó a sí mismo, tratando de bajarse de la camilla en la que se encontraba, pero un dolor agudo en su pecho se lo impidió. Tratando de identificar la causa, se desabrochó una camisa que no sabía de donde había salido, y entonces comprendió.
Donde había tenido antes la herida causada por la serpiente, una gruesa cicatriz en forma de equis cubría gran parte de su pecho, extendiéndose hasta la mitad de sus pectorales, más o menos.
Su atención se desvió hacia la puerta cuando oyó pasos de nuevo; un hombre pelirrojo y sonriente entró a la habitación, mirando al joven con ojos curiosos. Erik tampoco conocía aquel rostro, pero aun así, el trato que recibió fue amistoso y cordial.
-Eh, me alegra verte despierto. Tenías una herida bastante fea… menos mal que te encontraron, o si no, ahora mismo estarías muerto. Lo he tenido bastante más complicado para ayudarte que de costumbre… el veneno shek no es sencillo de eliminar sin un antídoto.
Las preguntas que Erik tenía no tardaron en salir a la luz.
-¿Dónde estoy…? Esto no puede ser Idhún, no hay tres soles… -el muchacho dijo en voz baja, casi como un suspiro, mirando hacia la ventana.
-Ah, así que eres idhunita, ¿eh? Hay muchos como tú en este mundo.
-Más o menos. Pero, ¿qué quieres decir con eso?
-Ya lo entenderás. Por cierto, mi nombre es Varn, chaval. ¿Tú cómo te llamas? -inquirió el hombre pelirrojo, mirándole directamente a los ojos. Erik se preguntó cómo podría ser aquello, si todos los que lo hacían se ponían nerviosos por su esencia de dragón, a no ser que fueran criaturas de su mismo nivel.
-Mi nombre es… -comenzó, pero en el momento de decirlo, decidió esperar. En Idhún, todos le querían ver muerto para que se cumpliera la profecía. Tal vez le convenía saber exactamente qué le había ocurrido antes de revelar su identidad.
Al ver su titubeo, Varn sonrió.
-Bah, ya te acordarás. Tampoco es que importe mucho, la verdad… al principio todos somos desconocidos, ¿no? -dijo el cirujano. -De todas formas, teníamos poco tiempo, así que no te he podido operar sin que cicatrizara. Ahí tienes un espejo, si quieres ver cómo has quedado, échale un vistazo.
Erik giró la cabeza, y vio el objeto, por lo que se levantó y se dirigió hacia él. Lo que vio le sorprendió, pero no por la cicatriz en sí, sino por su mirada. Donde se suponía que tenía que estar su fuego, ahora no había nada más que un vacío. El chico no pudo evitar soltar un sonido de sorpresa, por lo que Varn se acercó a él.
-¿Ocurre algo? -inquirió, aunque era una pregunta para la que ya tenía respuesta. El rubio se sobresaltó, negando enérgicamente con la cabeza.
-No, no es nada… -dijo, aunque su expresión traicionaba sus palabras.
-"No tengo fuego en los ojos… es como lo que papá me contó aquella vez, cuando hirieron a mamá y perdió sus poderes un tiempo. Quizás ese ataque me ha afectado más de lo que yo pensaba" -el pensamiento cruzó la mente del joven dragón.
-"Tal vez sea lo mejor. Si he perdido mis poderes, no debería llamar la atención a los sheks… y ahora que lo pienso, tal vez por eso no sentí nada cuando miré a aquella chica y me dio ese dolor de cabeza. ¿Y si es una shek, pero mi alma de dragón está tan dañada que me ha pasado lo mismo que a mi madre, he perdido mis poderes, y no puedo sentirlo…?"
Eran demasiadas posibilidades, así que finalmente se decidió por seguir actuando con cautela, al menos hasta saber qué le había pasado y cómo podía regresar a Idhún.
-Bueno, chaval. Supongo que quieres saber dónde estás ahora mismo, ¿verdad?
-Estaría bien, sí. No recuerdo gran cosa… -mintió, aunque en cierto modo era verdad: no había sido consciente de nada tras haber sido mordido por el shek.
-Perfecto. Ahora mismo no estás en Idhún, ni en ningún mundo que conozcas. Esto es Talrrad, aunque supongo que ese nombre no te suena de nada, porque no hay nada escrito sobre este mundo en los libros que tenéis. Luego te dejaré un rato para que asimiles la idea de que has atravesado una Puerta, pero primero hay más cosas que debes saber.
Nuestra ciudad se llama Rannik, chico sin nombre. Está bastante bien: tiene playa, mucha gente simpática, cosas que ver y hacer… es un buen destino para irte de vacaciones -Varn hablaba sin parar, pero los ojos de Erik estaban fijos en las máquinas aparentemente terrestres que tenían en su habitación.
-Espera… ¿cómo tenéis acceso a la tecnología de la Tierra…? -musitó el rubio.
Varn rio, como si fuera la pregunta más inocente del mundo.
-Es tan fácil como aprender. Solo tenemos que ir allí, echarle un vistazo a los planos, y ponernos a ello. Después ya vamos haciendo nuestros arreglillos… pero no te creas que todo nuestro mundo está tan avanzado. Solo unas pocas ciudades tienen esta tecnología.
-¿Y eso por qué? -inquirió el rubio con un tono más acusador de lo previsto. Por fortuna, el pelirrojo se lo tomó con humor.
-Je, no pienses que no nos gusta compartir. Ya te explicarán el por qué…
Hubo silencio en la sala por un momento, y Erik se volvió a tumbar un poco, cruzando los brazos detrás de su cabeza tras pasarse los dedos por la cicatriz. Aunque podía haberlo hecho, el cirujano no se fue: tan solo se limitó a mirar a su nuevo paciente con ojos curiosos.
-Por cierto… ¿qué has hecho para que mi hija haya salido de aquí con esa cara? Suele ser muy difícil que algo le moleste, ¿sabes? -comentó, aunque más que enfadada, su voz sonaba divertida.
- Ni idea… y, ¿tu hija? -preguntó Erik, extrañado. No se parecían en casi nada, así que la noticia era bastante impactante.
-Sí, mi orgullo y satisfacción -bromeó el hombre. -Fueron ella y su hermana las que te encontraron, así que ya puedes darles las gracias porque si no, estarías muerto, muchacho.
El joven sonrió ligeramente mientras su mente trabajaba a toda velocidad. Su presencia incomodó a aquella muchacha de ojos azules, y por si fuera poco, le dio un dolor de cabeza terrible cuando la miró a los ojos.
-"No sé qué está pasando, pero esa chica tiene toda la pinta de ser un shek, como Eva y Christian. Sea como sea, tendré que andarme con cuidado, al menos hasta que esté recuperado" -se dijo a sí mismo.
En ese momento, una cabeza curiosa se asomó por la puerta. En el rostro del cirujano se dibujó una pequeña sonrisa, y Erik observó a la desconocida con cautela al principio, pero se relajó al comprobar que era alguien distinto.
-¡Oh! ¡Ya te has despertado! Menos mal… -suspiró la muchacha, visiblemente calmada. El rubio sonrió y habló con un tono de voz cálido, imaginándose que era la hermana de la otra joven.
-Sí… muchas gracias por rescatarme. Fuisteis vosotras dos quienes me encontrasteis, ¿no es cierto? -inquirió el dragón, aunque ya conociera la respuesta a la pregunta que acababa de formular.
La otra chica, de pelo castaño muy claro y ojos verdosos, dejó escapar una risita, asintiendo.
-¡Ajá! Mi nombre es Anne… ¿tú cómo te llamas? -le preguntó, inocentemente. Por pura inercia, la boca de Erik se abrió para pronunciar su nombre; sin embargo, una intervención de Varn ayudó a mantener el secreto.
-No lo tiene muy claro. Parece que todo esto le ha dejado algo confuso, así que le dejaremos algo de tiempo para que se recupere, ¿vale, cielo? -comentó el doctor pelirrojo, colocando un mechón de pelo rebelde de vuelta en su sitio.
-Vale, papá. Pero puedo hablar con él un rato yo también, ¿no?
Su padre sonrió, mirando a Erik en busca de su aprobación. Cuando el rubio asintió, el hombre también hizo lo mismo.
-No veo por qué no. En fin, voy a rellenar algo de papeleo de tu operación y me iré a por algo de comer, ¿vale? Cuando acabes, ¡ve a por tu hermana y salid a hacer algo, que tenéis que aprovechar el tiempo!
Dicho esto, se levantó y abandonó la sala. Rápida como el rayo, Anne ocupó su lugar, con una gran sonrisa y los ojos brillantes de emoción: estaba muy claro que le encantaba conocer gente nueva.
-Antes de nada, perdona a mi hermana. Es algo fría cuando quiere, ¿sabes? Pero por lo general suele ser muy buena, especialmente con todos en esta ciudad.
-No pasa nada -contestó, añadiendo un "Ya estoy acostumbrado a que la gente me mire mal…" en su mente. Con impaciencia, el bombardeo de preguntas comenzó.
-Dime, dime, dime, ¿de dónde eres? ¿Qué te pasó? -inquirió, con la impaciencia típica de una niña de su edad. Comparada con Cann, era mucho más inmadura, al menos a primera vista.
-Bueno… vengo de Idhún. Antes estaba allí, entrenando con mi familia, pero digamos que las cosas se torcieron, y acabé siendo atacado por un grupo de sheks.
-¿Perdiste?
-Claro que perdí… si te digo la verdad, no soy lo que podemos decir fuerte. De hecho, era el más débil; tal vez por eso acabé aquí.
-Hmmm… ya veo. Supongo que papá ya te ha contado que estás en Rannik, ¿no? ¿Tienes alguna idea sobre qué hacer ahora? ¿O acabaste aquí por accidente?
-Accidente. Hasta hace unos minutos, no sabía ni donde estaba, si te soy sincero… así que supongo que tendré que encontrar la manera de volver a Idhún más tarde o más temprano, cuando esté recuperado del todo. Seguro que todos están preocupados por mí… -contestó, más bien tratando de convencerse a sí mismo de ello.
Anne se mordió las uñas un poco antes de retomar la conversación.
-Puff… yo no entiendo muy bien nada del viaje entre mundos, así que no te puedo ayudar, chico sin nombre. Pero si es lo que quieres, de verdad espero que puedas volver cuanto antes -le sonrió. Erik no puedo evitar devolverle la sonrisa y revolverle un poco el pelo.
-Muchas gracias, a las dos, aunque tu hermana no esté aquí… creo que no le caigo precisamente bien.
-Anda, no te preocupes por eso. Lyia es algo desconfiada al principio, aunque reconozco que nunca la había visto actuar así con nadie. De hecho, nunca se suele enfurruñar como hoy. ¿Me pregunto qué le pasará…? -terminó la preadolescente, tocándose los labios con el índice mientras miraba hacia arriba.
Lyia… así que así se llamaba aquella chica. Casi como si la hubieran invocado, su esbelta figura apareció por la puerta, entrando en la habitación. Erik se quedó todavía más embobado que la primera vez, aunque fue apenas un segundo.
-Anne, nos vamos -soltó, echándole otra mirada al rubio. Sus ojos todavía eran gélidos como témpanos de hielo, aunque esta vez a Erik no le volvió a dar otro ataque de dolor de cabeza.
-Vale, hermana. Oye, ya veo que no os habéis presentado, así que lo haré yo, ¿de acuerdo? Lyia, chico sin nombre. Chico sin nombre, Lyia. Ahora que lo pienso… no tiene sentido presentarte si no te acuerdas de tu nombre, ¿no? -dijo después, ganándose un capón amistoso de su hermana.
-Estás más tonta… -dijo ella, aunque sonreía. -En lo que a ti respecta… -sus ojos se entrecerraron de nuevo -me alegra que estés mejor.
Erik la miró con los ojos algo abiertos, pensando que por la forma en que lo había dicho parecía claro que no le podía importar menos que hubiera muerto. Así, las dos hermanas salieron de la habitación, aunque Anne se volvió a girar una última vez para despedirle.
-¡Adiós, chico sin nombre! ¡Papá vendrá a verte luego otra vez, así que no te preocupes!
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De nuevo en Idhún, la noche estaba transcurriendo de forma muy extraña. Cann se había desmayado tras aquel estallido de llamas, y los adultos se habían encargado de llevarle a la enfermería para cuidar de él.
Eva se había tumbado en la cama, pero no podía conciliar el sueño. Séun, por su parte, tampoco era capaz. De hecho, nadie en el castillo podría ser capaz de cerrar los ojos, no después de saber que Erik se había marchado para siempre.
-Séun… -musitó ella, con los ojos enrojecidos, conteniendo las ganas de llorar.
-Dime.
Al hacer la petición, se terminó derrumbando del todo. Podría ser una shek, pero no todo en ella era hielo.
-¿M…Me abrazas? -susurró entre hipos, haciendo que el moreno se levantara y se tumbara a su lado, estrechándola con gentileza. La semishek se deshizo en llantos y lágrimas, enterrando su cabeza en el pecho del muchacho.
Por su parte, el chico rechinó los dientes, con un par de lágrimas solitarias cayendo por sus mejillas. No podía ser verdad… Tras un rato, tal vez por el cansancio, o por las emociones en su interior, Eva se desvaneció, cayendo en brazos de Morfeo e iniciando un sueño reparador.
Sin embargo, en medio de la oscuridad… en su mente comenzaron a arremolinarse las imágenes que había visto en la profecía. Todo se veía con nitidez al principio, pero luego comenzó a entrecortarse, simulando una televisión que pierde la señal. De forma desconocida para ella, una nueva imagen comenzó a formarse por un instante… para luego desaparecer.
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Perdón por la espera, aquí tenéis el nuevo capítulo! ¡Espero que os haya gustado! Muchas gracias a todos los comentarios, como siempre, sois los mejores!
Un saludo!