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Historia 178512 — capítulo 1

Las voces llegaban hasta su habitación.Margaret las oyó, y con la certeza de que no traerían nada bueno, decidió salir al bosque que había alrededor de su casa. Anduvo durante un buen rato, hasta que de fondo, comenzó a escuchar el sonido del agua que se movía cautelosa entre las rocas.

Provenía de un pequeño arroyo donde el agua solía fluir con continuidad y que estaba rodeado de árboles y pequeñas plantas. El vestido escarlata que llevaba, parecía querer ahogarla y la producía tanto calor que empezaba a tener rojas las mejillas. Miro a su alrededor, pero no escucho nada. Así que con mucho cuidado, empezó a quitarse el vestido, con la intención de zambullirse en las aguas heladas del arroyo.

Por fin se había desnudado del todo, y cuando ya tenía un pie en lo alto dispuesta a tirarse al agua, vio como alguien la miraba desde uno de los largos árboles que ella había pensado la protegerían de los curiosos.

En menos de un segundo cogió el vestido que había dejado tirado en el suelo y como pudo, intento taparse lo más posible.

-¿Quién hay ahí?- preguntó Margaret.

El joven,  que no podía hacer nada pues había sido descubierto, salió de su escondrijo y la luz del sol ilumino su rostro como si se tratara  del de un ángel.

-Me llamo Brendan- dijo con vergüenza.

-¿Y qué hacías espiándome, Brendan?- pregunto Margaret algo divertida al ver como se le sonrojaban las mejillas.

-No estaba espiándote- contesto.-  Solo pensé que sería peor anunciar mi presencia…así que estaba esperando a que te marcharas.

¿E ibas a quedarte hay toda la mañana para no incomodarme? Oh que detalle por tu parte- contesto de manera sarcástica.

-No, lo siento, no quería ofenderte- se apresuró a decir.-Es que a veces no pienso con la cabeza…-hablo el muchacho manteniendo la mirada baja.

Pero Margaret no estaba ofendida.

-¿Y que hacías caminando tu solo por el bosque?- preguntó con la curiosidad visible en sus ojos claros.

Viendo que no estaba enfadada, el rostro de Brendan se relajó.

-Me mando la señora Leblanc. Estaba buscando leña para avivar el fuego. Al parecer necesitaran mucho, supongo que dentro de poco habrá una gran celebración- dijo con los ojos brillantes de emoción

-¿Leblanc?

  • exclamó extrañada.-¿Y por qué iba a necesitar mi madre celebrar algo?- preguntó, aunque no esperaba una respuesta.

-¡¿Qué?!- exclamo.- ¿Es usted  su hija? ¿La señorita Margaret? …-la chica asintió con la cabeza.- Oh, perdóneme señora, no sabía que fuera usted- la dijo mientras doblaba sus rodillas a modo de reverencia-. No la molestare más, ahora mismo me…

-¡No!- exclamo ella más alto de lo que había pretendido.- No te vayas.

Brendan la miro extrañado.

Si quieres…- comenzó a hablar, aunque por algún extraño motivo las palabras parecían no querer salir de su garganta.- podrías hacerme compañía.

El muchacho se quedó sin saber que decir, pero tal y como esperaba Margaret la dijo que si. Se acercó cauteloso a donde estaba ella  con el vestido puesto de mala manera sobre su cuerpo. Pero no duro mucho, porque rápidamente se lo quito y salto al agua helada que cubría el arroyo.

Brendan ahogo un grito de sorpresa, y se acercó al arroyo donde Margaret, ya en la superficie, le indicaba con las manos que  saltara también.

No tuvo que pensárselo mucho, y una vez desnudo se tiro al arroyo muy cerca de donde estaba Margaret. La miro durante unos segundos, mientras ella lo miraba a él. Y durante ese limitado tiempo, algo consiguió que sus ojos compartieran el mismo brillo y que sus miradas en vez de estar avergonzadas por contemplarse desnudos, se buscaran a cada segundo.

Esa extraña magia, hizo que los que hacía unos minutos eran dos completos desconocidos se convirtieran sin decir nada, en amantes de un amor silencioso, en el que no hacían falta las palabras, pues una mirada bastaba para expresar al otro que de alguna manera le estaba dando carta blanca.

Y así fue como Brendan, que desde el primer momento se había sentido cohibido por los ojos de Margaret, acerco su mano a su cara acariciándola. Y Margaret, que siempre se había sentido rehacía a mostrar sus emociones, dejo que la acariciara. Pero no solo de caricias trata el amor, y pronto sus cuerpos sintieron la necesidad de sentir el calor del otro, y sus labios, que en ambos casos habían permanecido en un segundo plano durante muchos años, despertaron de repente con la necesidad de sentir algo más. Y en ese bucle sin final, al que llamamos amor, gritaron de placer,  sin saber que lo que estaban haciendo esa noche les uniría de por vida, y que al igual que la flor más hermosa del mundo  puede tener sus espinas, en el momento en el que esa cuerda tan frágil que los unía se rompiera estarían perdidos para siempre.

Pero no esa noche. No en la noche del amor.