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Historia 178512 — capítulo 2
-¡¿Dónde has estado todo este tiempo?!- pregunto encolerizada la señora Lebranc.
-Solo paseaba por el bosque-contesto Margaret serenamente.-Y no creo que ni siquiera tú puedas hallar algo malo en caminar.
-¡Pero tú sabes lo preocupados que estábamos!- siguió gritando sin hacer el menor caso a las palabras de su hija.- Y más en este día tan importante para nuestra familia. ¿Que hubiéramos hecho si no llegas a aparecer?
Margaret se quedó pensativa y recordó las palabras que hacía unas horas le había dicho Brendan: "Me mando la señora François. Estaba buscando leña para avivar el fuego. Al parecer necesitaran mucho, supongo que dentro de poco habrá una gran celebración".
-¿Qué es eso tan importante que va a ocurrir, madre?- pregunto con un mal presentimiento.
El rostro de Teresa cambio de pronto, y miro a su hija a los ojos.
-Pensaba decírtelo antes, pero tus imprevistas escapadas no me han dejado ninguna oportunidad de hacerlo .- Hace unos días recibí una carta de tu tío Carlos diciendo que vendría a visitarnos durante unas semanas.
-¿El príncipe Carlos?- pregunto Margaret.-¿ Y porque iba a querer venir a nuestra casa? El posee cientos de castillos, y fortalezas mucho más atrayentes que la nuestra.
Teresa ignoro su grosero comentario y continúo hablando:
-En la carta, escribió sus deseos de ver a su familia, de verte a ti.
-¿A mí?- se extrañó.
Su madre asintió con la cabeza.
-Su padre, el rey Luis, ha envejecido muy pronto, más de lo que jamás nadie podía imaginar, y sus desgastados huesos ya no pueden aguantar la carga de esa pesada corona que lleva consigo- relato como si se tratara de una trágica historia.- Los hombres del reino reclaman a un nuevo rey, y es por eso que Carlos vendrá aquí. Dentro de una semana será la coronación, y despues va a necesitar a una mujer que ocupe la silla al lado de su trono. Y él ha querido que esa mujer seas tú.
Los ojos de las dos mujeres se llenaron de lágrimas. Teresa dichosa, al ver como su única hija, contraería matrimonio con el futuro rey. Mientras que Margaret veía como el amor que hacía unas horas había conocido se deshacía en sus manos, como el oro en la de los hombres y sellaba su corazón.