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Summer at Hogwarts — capítulo 11
El despertador suena con una urgencia que no resulta habitual. Resuena en cada rincón de la habitación y rebota contra mí. Cuando abro los ojos, asustada, el ritmo de mi corazón -ya acelerado por el escándalo del despertador- se desboca al darme cuenta de que no me encuentro en el cálido salón de Ashton. Tardo unos segundos en reconocer mi nuevo dormitorio. Mi nuevo hogar. Hogwarts.
Un simple vistazo hacia mi derecha, hacia la cama ya vacía de Katie, me basta para saber que me he quedado dormida y que llego tarde a mi primer día. Me levanto de un salto y comienzo a vestirme con lo primero que encuentro. No me da tiempo a coger papel ni bolígrafo, ni mucho menos a consultar el aula en la que tengo mi primera clase.
Solo cuando comienzo a bajar precipitadamente y de dos en dos los escalones del torreón donde se encuentra mi habitación, consulto el reloj y descubro que la clase ha empezado hace diez minutos. Pienso que, teniendo en cuenta que es el primer día y a muchos les habrá costado encontrar el aula, no es tan grave; solo tengo que dar con la clase tan rápido como me sea posible. Después de todo, no tiene que ser tan difícil: solo hay cien alumnos en todo el colegio, bastará con encontrar el foco de ruido y dirigirme hacia él.
Pero resulta que Hogwarts es un castillo tan silencioso como promete su imagen antigua y recta. Solo se oye el viento y el tintineo de copas y platos cuando camino cerca del gran comedor. Todas las aulas por las que paso parecen estar cerradas a cal y canto, y lo mismo sucede con el segundo piso.
Ya han pasado veinte minutos desde el comienzo de la clase cuando vuelvo a la planta baja y decido acudir al único sitio en el que he percibido ruidos humanos: el gran comedor. El corazón me empieza a latir más rápido cuando, a medida que avanzo, descubro que también se oyen voces dentro.
Las puertas están abiertas y al fondo de la estancia hay cuatro personas discutiendo. Ninguna de ellas percibe mi presencia, y a medida que me acerco, escucho su conversación:
— ¡La hora del desayuno pasó hace casi cuarenta minutos! —exclama con indignación uno de ellos. Cuando estoy lo suficientemente cerca me doy cuenta de que no se trata de una persona sino de...con sus orejas puntiagudas, su corta estatura y su voz aguda, se asemeja más a un elfo o un duende, quizá.
Alrededor del elfo hay tres personas: dos chicos y una chica. Esta última, acompañada de uno de los chicos es la que discute de forma más acalorada.
— ¡Pero nosotros no sabíamos que había un límite! Somos nuevos aquí, es normal que nos equivoquemos —rebate la chica, molesta.
— ¡Y tenemos hambre! —añade el chico que está junto a ella.
— No hay discusión que valga. Esperarán ustedes hasta la hora de la comida. No creo que se mueran entre terribles sufrimientos si pasan unas cuantas horas sin comer —insiste el elfo, socarrón—. Ahora, vayan a clase, contacten con un superior o hagan lo que les venga en gana, pero a mí déjenme en paz.
No puedo evitar proferir un pequeño gemido de sorpresa cuando el elfo, mediante un elegante chasqueo de dedos, desaparece delante de mis narices. Aún no me he acostumbrado a este tipo de demostraciones tan gratuitas de la existencia de la magia, y me cuesta pensar que algún día no solo estaré acostumbrada a ellas, sino que seré yo misma quien las practique.
Mi pequeño gritito de admiración ha provocado que las atentas miradas de los tres chicos recaigan sobre mí, interrogantes. Son los tres mayores que yo, y en sus rostros, además de un suave enfado, está dibujado cierto matiz de desprecio. Me imagino pequeña y joven ante ellos, insignificante. Aun así, pregunto:
— ¿Sabéis en qué aula tenemos la primera clase?
Me avergüenzo de la pregunta dos instantes después de haberla formulado: es evidente que, al no estar en clase y por su clara actitud de rebeldía, ellos tienen aún menos idea que yo de dónde está el aula en el que tendría que estar desde lo que son ya treinta minutos. Las carcajadas suaves que profieren me confirman la estupidez de la pregunta que acabo de plantearles.
— ¿Consideras que tenemos pinta de saberlo? ¿De verdad? —me pregunta la chica, sin esforzarse en evitar que una sonrisa burlona asome a sus labios, coloreados de un tono rojizo vivo.
El chico que está a su lado la secunda con una sonrisa de complicidad, pero se mantiene callado.
— ¿Acaso tienes interés en asistir a esa clase? —se extraña el segundo chico, consultando su reloj— ¿A estas horas?
— Me he quedado dormida —admito, algo avergonzada.
La chica rompe a reír de nuevo.
— Qué pava.
Suspiro, esforzándome por no replicar.
— ¿Ya se ha acabado el desayuno?
— ¿Es que no tienes ojos? ¿Oídos? —insiste ella— No finjas que no has estado cotilleando todo el sermón que nos ha pegado ese elfo.
— Lola —le advierte el chico que está junto a ella, a la vez que comparten una larga mirada que me informa de que, al contrario que todos nosotros, ellos no se conocieron anoche.
— El desayuno concluye veinte minutos antes de que dé comienzo la primera clase —me informa el tercer chico, con una sonrisa cálida—. Nosotros hemos llegado antes de que desaparecieran toda la comida, pero tan solo siete u ocho minutos: ¡no nos ha dado tiempo a probar casi nada! Por eso estábamos fingiendo no haber desayunado ante el elfo, pero no ha colado.
— Pero... ¿tan exigentes son? Quiero decir, ¿os arrebatan el plato incluso sabiendo que aún no habéis terminado?
El tercer chico ríe, divertido, y abre la boca para responder, pero Lola se le adelanta:
— Evidentemente esto no es un restaurante y los elfos no van con pajarita y chaleco preguntándonos si la comida está a nuestro gusto. La comida aparece, y, cuando se acaba el desayuno, desaparece. Sin más.
Intento mantener expresión neutral, que no se note lo mucho que aún me sigue asombrando el funcionamiento de este sitio.
— No lo sabía —admito finalmente.
— No hace falta que lo jures —ríe Lola.
El chico que parece conocerla exhala un profundo suspiro:
— Perdona a mi hermana, pero no se le da demasiado bien ser amable con las personas a las que no conoce. Sobre todo a estas horas de la mañana.
— ¿Hermana?
No se me escapa que, mientras el chico ríe, los ojos de Lola se ponen en blanco, como si estuviera agotada de que le plantearan esa pregunta una y otra vez.
— ¿A que no lo parecemos? —sonríe él.
Es entonces cuando me fijo detenidamente en la apariencia física de ambos. Los rasgos de Lola, sin llegar a ser duros, son cortantes. Su mirada es de un finísimo y gélido azul, e intimida sin que se lo proponga. Su piel es lisa y pálida, carente de adornos o imperfecciones, y a su gesto le falta la calidez que posee la sonrisa de su hermano, que tiene un rostro marcado y varonil. Los diferencia, sobre todo, el color de pelo: el de ella, rubio platino, que, combinado con el cortante azul de sus ojos, le aporta un carácter semifuturista; el de él, de un tono castaño, natural, cálido y cercano.
— Mellizos con una diferencia de seis minutos entre un parto y otro —informa ante mi silencio y sin perder la sonrisa—. Yo soy Mikaelo, por cierto.
— Yo soy Harriet y acabo de perderme oficialmente mi primera clase en Hogwarts. Como podéis observar, soy un desastre.
— ¡Anda ya! —exclama el tercer chico, del que aún no sé el nombre— ¿Por qué tenías tanto interés en esa clase?
Rio por primera vez desde mi estancia aquí. No sé qué tiene ese chico, pero su alegría es contagiosa.
— ¿Por qué no lo tenéis vosotros?
Lola ríe entre dientes, pero no dice nada.
— Porque es Historia de la magia —responde con sencillez Mikaelo.
— ¿Y qué tiene de malo esa asignatura?
— Dios, ¿es que hay que explicártelo todo? —pregunta Lola, entornando la mirada—. Aquí hemos venido a aprender magia. Queremos clases prácticas, y saber cómo narices se llamaba un mago fiambre no me va a ayudar a aprender a volar o a convertir a alguien en piedra.
Esta vez soy lo suficientemente rápida como para darme cuenta de que preguntar si realmente vamos a aprender aquello está fuera de lugar, así que opto por quedarme callada: no quiero enfadar más a Lola.
— Quizá te resulte extraña nuestra actitud porque es evidente que eres más joven que nosotros —sugirió el tercer chico—. Apuesto a que no llegas ni a los veinte —asiento con la cabeza, algo avergonzada—. Claro; ¡es que nosotros ya tenemos veintitrés! Para ti es muy importante la asistencia a las clases, pero nosotros, que ya hemos dejado atrás la vida académica...
— Lo que quiere decir Jason es que se nos ha dado la oportunidad de volver...ya sabes, de volver a ser adolescentes, de tener la suficiente edad como para tener todos los derechos pero ninguna obligación —explica Mikaelo.
— Y, evidentemente, no queremos desperdiciar esta oportunidad malgastando el tiempo en ir a clases que no nos van a aportar nada —prosigue Lola, como si fuera un discurso que tuvieran ensayado entre los tres.
Es, de nuevo, Jason el que culmina la explicación:
— Queremos vivir, ¡volver a ser adolescentes! Crear nuevos recuerdos. Y, créeme: todos los escenarios de los mejores recuerdos de nuestra etapa académica están situados fuera de las aulas.
— Pero, si no asistís a las clases ¿cómo pretendéis aprender? Tenemos tan poco tiempo para asimilar y llevar a la práctica tantas cosas...
— Iremos solo a lo necesario —sonríe Mikaelo—; mientras tanto, ¡vivamos! Ahora mismo pensábamos ir a explorar los exteriores del castillo; hemos oído que tiene hasta su propio lago cerca. ¿Te apuntas?
— ¡Mikaelo! —protesta su hermana, enfada, clavando sus ojos con furia en él— Ya tengo suficiente con que hayas invitado a tu compañero de cuarto como para que...
— No seas coñazo, Lo —protesta él, entre risas—. ¿Qué? ¿Te apuntas o no?
— De todas formas, ya has faltado a la primera clase —sonríe Jason.
— Ashton recomendó no visitar los exteriores del castillo sin haberse documentado antes acerca de ellos y de sus peligros —digo, procurando que no me tiemble la voz y sin estar segura de si nuestro instructor ha llegado a decir alguna vez algo así.
Mikaelo sonríe:
— Si está prohibido será, desde luego, más divertido. ¡En marcha!
Comienzo a caminar y, antes de darme cuenta, no solo les estoy siguiendo, sino que también sonrío, emocionada.