← Summer at Hogwarts · de
Summer at Hogwarts — capítulo 12
Lola enseguida se pone en cabeza. Camina con pasos rápidos y elegantes, como si conociera el lugar desde siempre. Como si supiera perfectamente dónde va, y como si hubiera recorrido el camino mil veces. Sus pies se mueven de forma segura, contundente, como si se tratara de una modelo malhumorada. Como si fuera poderosa.
A pesar de ser verano, se nota un poco de frío a causa de la brisa temprana. Mikaelo observa a su hermana con media sonrisa en los labios.
-Lola siempre tiene prisa -me informa.
Asiento con la cabeza, intentando corresponder a su sonrisa. Recorremos el resto del camino sin hablar.
Lola, además de ser rápida, también tiene instinto. Nos conduce sin dificultad alguna hasta un gran lago, escondido detrás de frondosos bosques verdes. El gris de la mañana cada vez es más débil, y el azul claro empieza a tomar cada vez más presencia. El lago, por su parte, es una gran lágrima de color platino. El agua está calma, y transmite tranquilidad y belleza. Se accede a la orilla a través de una pequeña cuesta a la que Mikaelo, Jason y yo nos acercamos. Lola, cómo no, ya está abajo.
—¡Vamos, mariconas! —grita, riéndose de nuestro gesto asustado ante lo pronunciada que es la cuesta.
Jason le saca el dedo y Mikaelo, por su parte, ríe, consternado. Jason es el que desciente la cuesta en primer lugar, seguido muy de cerca por Mikaelo. Los dos lo consiguen sin problemas y se unen, sin preocuparse por mí, a Lola, que observa la orilla.
Cuando la alcanzan, se aparta unos cuantos centímetros de ellos y se quita la ropa, quedándose en un minúsculo conjunto de ropa interior con encaje que deja al aire las decenas de tatuajes que decoran su piel. De no ser por ellos, estoy segura de que su cuerpo, tan esbelto y proporcionado, podría desfilar en las pasarelas más cotizadas del mundo. Jason, por lo embobado que se ha quedado al ver a la chica, me confirma que no soy la única que se ha percatado de ello. Ella también se da cuenta. Sonríe para sí, y vuelve hacia el lugar donde están los chicos, contoneándose con muy poca sutileza. Los aparta a ambos con un leve gesto de manos y se lanza de cabeza al agua, con limpieza, solemnidad, como si hubiera nacido para hacerlo con tanta elegancia y perfección. Emerge con la misma delicadeza, con el pelo perfectamente colocado hacia atrás e incluso con más brillo que cuando estaba seco. Abre los grandes ojos azules, les dedica una larga mirada de sirena a los chicos y acompaña a esta de una sonrisa suave. Parece un ángel.
Sin embargo, a nadie le da tiempo a alabar con palabras su salto, porque justo en ese momento el silencio calmo que nos envuelve se ve interrumpido por un gemido agudo, como una queja. Al eco de ese pequeño grito se une un fuerte chapoteo que es el precedente de que un largo cuello emerja del agua. Desde la distancia a la que estoy solo distingo que la criatura termina en una cabeza demasiado pequeña para la longitud del cuello y que se asemeja mucho a un dinosaurio. Una vez fuera del agua, vuelve a gemir de la misma forma aguda, solo que esta vez, al no estar distorsionada por el agua, suena con mucha más fuerza. Tras gritar, vuelve al agua y, después del chapoteo de rigor, el silencio vuelve a instaurarse. Pero este dura poco. Lola enseguida empieza a reír, emocionada, y a animar a los dos chicos a que se metan en el agua con ella.
—¿Estás segura, Lo? —pregunta Mikaelo, aún con la boca algo abierta debido a la criatura—. Ese bicho no parecía muy contento de que hayas invadido su territorio.
Lola pone los ojos en blanco, pero su gesto se alegra cuando comprueba que Jason ni siquiera se lo ha planteado: ya está en ropa interior, dispuesto a saltar.
—Vamos a explorar. ¿Vienes? —Lola le pone ojitos a su hermano y vuelve a vestir sus labios con una gran sonrisa.
Una sonrisa a la que no se le puede decir que no. Mikaelo comienza a desvestirse, derrotado.
Nadie parece prestarme atención. Sin embargo, esta vez ni siquiera me importa. Estos chicos desprenden tanta...experiencia. Son tan guays, que ni siquiera me extraña que actúen como si yo ni siquiera estuviera aquí.
Una vez ya desvestido, Mikaelo se sitúa al lado de Jason, listos para saltar. No obstante, mira hacia atrás, y en sus ojos brilla un ápice de sorpresa al encontrarme ahí, en la cima de la cuesta.
—¿Vienes, novata?
Y, evidente, no puedo decir que no. La Harriet de antes ni siquiera habría pensado en saltarse la primera clase, ni mucho menos en nadar en ropa interior con unos desconocidos en un lago que alberga un monstruo. Pero estos chicos ejercen una fuerza especial sobre mí, una fuerza que hace que descienda la cuesta sin miedo. Lola pone los ojos en blanco y, manifestando que no va a esperar a nadie, comienza a nadar por su cuenta. Jason, que todavía sigue embobado no duda en seguirla, y eso provoca que en los ojos de Mikaelo se refleje cierto matiz de disculpa cuando se une a su amigo.
Cuando llego a la orilla, me desvisto tan rápido como puedo, sin que me dé vergüenza que mi cuerpo quede al aire delante de unos desconocidos. Ellos ya han empezado a nadar hacia dentro cuando yo comienzo a meter los pies en la orilla. Detecto que Mikaelo se da la vuelta y observa mi cuerpo sin discreción alguna. Mi primer impulso es taparme lo posible con los brazos, pero los mantengo quietos e incluso intento responder a su sonrisa juguetona.
—Lo hemos perdido, joder —protesta Lola—. Tú, ¡tú la nueva! —grita, ocultando muy mal el hecho de que no recuerda mi nombre—. Salta, como lo he hecho yo antes. Así volverá a levantar la cabeza. ¡Vamos! ¿Es que tengo monos en la cara? ¿A qué esperas? ¡Hazlo!
Las miradas de los tres chicos se concentran en mi cuerpo y no me queda otra que saltar. Sin embargo, por la manera en la que caigo y el ruido que hago, sé que ni siquiera me he acercado a la elegancia y delicadeza del salto de Lola. La temperatura gélida del agua me muerde entera, y cuando emerjo, me dan ganas de gritar por el frío que pincha mi piel. Cuando abro los ojos, sé que, si lo hubiera hecho, no se me habría escuchado, ya que, efectivamente, el monstruo ha vuelto a emerger. Lola, Jason y Mikaelo nadan hacia él como si sus vidas dependieran de ello, dejándome notablemente atrás.
Mientras acelero mi ritmo para alcanzarlos, intento no pensar en que es una locura acercarse a la criatura, que puede comerlos, matarlos, ahogarlos... Decido que buceando siempre soy más rápida, por lo que me sumerjo en el agua y abro los ojos. La vista desde abajo me sorprende tanto que he de controlarme para no abrir la boca y mantener el oxígeno. La profundidad del lago es inmensa, tanto que no soy capaz de ver dónde termina, y está todo lleno de pequeñas paredes rocosas, con corales, pequeños peces y muchísimas algas.
Empiezo a nadar hacia ellos cuando distingo sus piernas, pero un sonido hace que me detenga en seco. Una voz, evidentemente potenciada a través de algún mecanismo que consigue que se oiga con claridad desde donde estamos, ordena de forma autoritaria y enfadada que Lola, Jason y Mikaelo regresen a la orilla. Con fastidio y pensando en la que nos va a caer encima, comienzo a emerger hasta que me doy cuenta de eso, de que estoy bajo el agua. Me detengo justo en el momento en el que mi cabeza estaba a punto de acariciar la superficie.
Contengo la respiración aún más; si la mantengo el tiempo suficiente, puede que me salga con la mía de esto. Buceo hacia uno de los extremos del lago. A su vez, bajo el agua, veo cómo las piernas de los demás empiezan a acercarse a la orilla, vencidos. Yo por mi parte, nado. Nado, nado y nado. Más de lo que pensaría que aguantaría. Nado durante minutos, y, cuando alcanzo mi meta, me doy cuenta de que estoy en el lugar perfecto: escondido tras la frondosidad de unas cuantas plantas acuáticas, totalmente oculto a ojos de las personas que están en la orilla.
Emerjo, aún sorprendida por la gran capacidad pulmonar que, por lo visto, poseo. Una vez fuera del agua oigo el rumor con claro aire de regañina que se está dando al otro lado del lago. Descubro unas tablas de madera que me ayudan a salir del algua. Una evz estoy encima de ellas, me doy cuenta de que son plataformas, como si formaran parte de algún equipo de natación o algo por el estilo. Suspiro mientras observo mi ropa interior empapada: es evidente que no puedo regresar al castillo en este estado.
Decido esperar a que termine la regañina y regresen al castillo; quizá entonces dejen mi ropa sobre la orilla, intacta. Sin embargo, la realidad no tarda en abofetearme. Cuando el rumor se calla, me asomo y, efectivamente, todos se han marchado de ahí, incluida mi ropa. Maldigo al mismo tiempo que camino hacia el sol y agradezco su calor, que enseguida empieza a secar mi piel.
Si me presento así en el castillo, es evidente que llevaré la palabra culpable escrita en la frente, además de que seré el hazmerreír del castillo. Menudo primer día. Esto solo puede pasarme a mí.
Ideo un plan. No es el mejor del mundo, pero al menos me ofrece alguna posibilidad de salir inmune de todo esto. Espero en la parte en la que da el sol -aun así, algo oculta por si a alguien se le ocurre venir a buscarme- a que termine la jornada escolar y llegue la hora del almuerzo. Agradezco el haberme estudiado los horarios en el tren y así tener la certeza de que faltan solo quince minutos para que la última clase de la mañana llegue a su fin.
Me cambio de sitio, dispuesta a empezar a acercarme al castillo. Aunque encuentro fácilmente el camino de vuelta, mi ánimo disminuye cuando compruebo lo abierto y claro que es el trozo de césped que he de atravesar hacia la entrada principal del castillo, en la que ahora mismo se agrupan algunos grupitos de chicos.
Mierda, mierda, mierda. Cómo no me iba a pasar algo así el primer día. Siempre soy la pringada a la que le pasan este tipo de cosas.
Suspiro, y cuando los grupitos abandonan la puerta y esta, por unos segundos, se queda vacía, no me lo pienso dos veces. Corro tan rápido como puedo, evitando pensar en la imagen de que debe de dar una chica corriendo por un prado, empapada, y en ropa interior.
Recorro la distancia sorprendentemente rápido. Sin planteármelo demasiado, entro por la puerta, esperando recibir, como una bofetada, las carcajadas adolescentes de cientos de chicos. Sin embargo, lo único que recibo es la brisa antigua que recorre todos los pasillos de Hogwarts y un bendito silencio que solo es molestado por el rumor que se desprende del Gran Comedor. Sin creer mi suerte, corro por el hall. Solo unos metros más y habré entrado en las mazmorras, solo unos metros más y lo habré conseguido...
—¡Woah, woah, woah! —oigo que se sorprende una voz a mis espaldas que, en este momento, suena como una pesadilla. A continuación, la voz ríe—. ¿Sigue estando seguro de que es buena idea meter en el colegio a jóvenes universitarios, señor?
Me giro, sabiendo que debería ignorarlo y simplemente entrar en las mazmorras, pero no puedo evitarlo. Detrás de mi hay dos...¿personas? Una desde luego que lo es, pero su acompañante es transparente y va...a caballo. La persona de carne y hueso, un hombre adulto que debe de rozar los cuarenta, con gafas redondas y pelo negro despeinado, comparte una mirada cómplice con su amigo y ríe entre dientes. Sin embargo, sé que no se ríe de mí, pues su sonrisa es amable.
—Realmente no quiero saber por qué vas así —sonríe—. Tampoco sé (ni quiero saber) cómo se pondría Ashton, Hermione, o cualquiera, si te vieran así...así que, lo que sí sé es que deberías meterte en las mazmorras cuanto antes. ¡Venga, venga, corre! ¿Verdad, Nick?
El hombre transparente inclina la cabeza de tal manera que se desencaja de su cuello, pero estoy tan preocupada por la situación que ya ni siquiera me sorprende o aterra.
—Estoy de acuerdo, señor Potter. Si se empiezan a registrar escándalos sexuales en un colegio...ay, si Dumbledore levantara la cabeza...
Evito aclarar que mi semidesnudez no tiene índole sexual en absoluto, ya que estoy demasiado sorprendida al escuchar el apellido del hombre alto y moreno.
Entonces, la cicatriz. Escondida tras un flequillo rebelde, asoma una pequeña marca. Harry se da cuenta de ello y la sonrisa regresa, fiel, a sus labios.
—¡Vamos, vamos! ¡O te pillarán!
Asiento con la cabeza y, sin ser capaz de decir nada más, atravieso con rapidez las puertas de las mazmorras. Estas están, como siempre, desiertas. Llego a mi habitación sin creer mi suerte y voy directa a las duchas.
Un rato después, cuando todo el mundo ha terminado de comer y Ashley ya ha llegado y se ha vuelto a marchar a clase, yo sigo en la habitación, colocando las cosas de la maleta. He optado por prescindir de las clases de por la tarde: ya he tenido suficiente por hoy.
Precisamente por eso, porque todo el mundo está en clase, me sorprende que alguien llame a la puerta de mi habitación. Yo solo llevo puesta una toalla que me cubre lo justo, pero decido abrir, por si fuera importante.
Al otro lado de la puerta me recibe un recuerdo. Ahí está Ashton, como lo estuvo la primera vez que vino a buscarme, con su pelo despeinado y su sonrisa nerviosa. La única diferencia es que esta vez no está contento ni está sonriendo. Está claramente enfadado, aunque en su rostro, detrás de ese ceño fruncido y esos labios inertes, se esconde un disgusto evidente. Lleva consigo ropa que me tiende con brusquedad, sin decir nada.
—Esto no es mío —miento, mirándole a los ojos.
En su mirada reluce un ápice de incredulidad.
—Viviste en mi casa tres semanas —replica, con sequedad—. Sé distinguir cosas que lavé y tendí. No me tomes por idiota, Harriet. No a estas alturas.
Se alza un silencio tenso entre los dos.
—En cualquier caso, te has preocupado por dar instrucciones exactas de quién eres: en el bolsillo de los vaqueros tenías un papel con la caligrafía de Hermione en el que se indicaba el número de tu habitación y cómo llegar. Estarías en un muy buen lío de no ser por mí, que he dicho que me encargaría de la otra persona del río.
—¿Y por qué lo has hecho?
Ashton suspira y rehuye mi mirada.
—Porque quiero creer que que te dejaste llevar por esos gamberros; porque quiero creer que tú no eres así.
Me mantengo en silencio.
—No necesito que me protejas ni que me saques de líos —digo finalmente, plantándole cara—. Soy lo suficientemente mayorcita como para afrontar las consecuencias de mis actos.
—¿Ah, sí? —replica él. Su enfado aumenta por momentos— El monstruo al que habéis molestado y que os hubiera matado en cuestión de segundos de no haber aparecido Hermione y yo no opina lo mismo. Hermione, que de saber que tú has formado parte de esto (y que ya considera una falta grave el que te escaparas de la cena de bienvenida y exploraras por tu cuenta), y que probablemente te habría expulsado, tampoco opina lo mismo. El primer mortífago disfrazado de tío cachas con el que te hubieras líado nada más salir y que te habría matado en un callejón también piensa que no te puedes valer por ti misma. ¿Acaso sería la primera vez que sucediera eso último, eh, Harriet?
Intento ocultar que sus palabras me han hecho daño y fracaso estrepitosamente. Ashton, aún enfurecido, sigue hablando:
—Claro que si nunca me diste las gracias por salvarte la vida y acogerte semanas en mi casa, tampoco me las darás por haber pronunciado un hechizo que aumentara tu capacidad pulmonar bajo el agua lo suficiente como para que Hermione no te pillara. El jugar tan a favor de un alumno que no lo merece pone en alto riesgo a mi trabajo y al proyecto con el que llevo ilusionado meses, pero eso a ti también te da igual, porque tú ya lo sabes todo y lo único que hacemos nosotros es poner piedras en tu camino, ¿no es así? Por eso ni me diste las gracias cuando te quité de encima al tío ese de la discoteca, porque obviamente querías que te violara y luego te matara.
El silencio abrupto que produce la parada repentina de su discurso me indica que incluso Ashton sabe que se ha pasado. Se pasa las manos por el pelo, enfadado ahora consigo mismo.
—Lo siento. Lo siento...yo...—me mira, y cuando detecta las lágrimas en mi rostro, el suyo se rompe—. No quería decir eso, Harriet. No...yo solo quería...quiero que todo esto salga bien...
Cierro la puerta con fuerza, sin que me importe lo cerca que está o el daño que pueda hacerle. El estruendo coincide con el sonido de un llanto que llevo reteniendo durante horas.