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Summer at Hogwarts — capítulo 14

Lola escucha con atención mi encontronazo con Katie durante el desayuno del día siguiente. A veces sonríe con dulzura, como si se relamiera.

− Menuda zorra -dicta, una vez he concluido.

Mastica con calma su tostada y le da un largo sorbo a su té antes de continuar. Mikaelo y Jason están idos, como si apenas hubieran dormido.

− Es una zorra tan zorra que hay que hacérselo pagar, ¿no crees?

Me encojo de hombros, nerviosa. El filo de la mirada de Lola me atraviesa a medias desde su vaso de té. Sé que no puedo negarme. No ahora.

− Claro. ¿Qué propones?

En sus labios se alza una sonrisa victoriosa. Alza la mirada, y su sonrisa se convierte en una propia de un guepardo que tiene a una presa indefensa delante.

− Déjamelo a mí.

Mi primera mañana académica en Hogwarts se desarrolla con tranquilidad. De momento solo tenemos dos asignaturas: Historia de la Magia e Instrumental. La primera también se da en los cursos normales de Hogwarts, y básicamente consiste en atender a las batallitas de un grupo de hechiceros chiflados o de brujas cabreadas. Al menos, eso es lo que damos en las clases de los lunes y los miércoles: los martes y jueves, añadimos el adjetivo «contemporánea» al nombre de la asignatura, y, por lo visto, esas clases consistirán en que Ashton se siente en la mesa y nos explique los acontecimientos que nos alejaron de Hogwarts en su momento y los que nos han traído hoy hasta aquí. De momento, en la clase de hoy, miércoles, lo más interesante que ha sucedido es que la profesora, la señorita McGonagall, en un momento particularmente aburrido de la revuelta de los gnomos del 56, se ha transformado en gato para volver a capturar nuestra atención.

«Esta no es mi materia, y, como entenderán, a mí tampoco me resulta particularmente entretenido. Cuanto antes terminemos, antes podrán entender cómo he podido transformarme. He incluso puede que ustedes aprendan a hacerlo», había explicado antes de retomar la historia.

Y, aunque probablemente no consiguió que ninguno entendiéramos qué había empujado a los gnomos del 56 a revolucionarse, McGonagall provocó que nos interesáramos más por las clases que futuras, las que no eran "de entrenamiento", como las de ahora. Lo bueno, la enseñanza verdadera e importante, la razón por la que estamos aquí, la descubriríamos dentro de dos semanas, una vez conozcamos todos los utensilios mágicos que se pueden utilizar y sepamos las diferencias entre un encantamiento y un hechizo.

Instrumental, por su parte, consistía en entender el mundo mágico: sus estructuras, sistemas, objetos...Dinstinguir varitas, calderos, pociones, bolas de cristal, objetos mágicos...

A la hora de comer, me dirijo al comedor esperando encontrarme con Lola, Mikaelo y Jason. A pesar de que los he visto esta mañana e incluso me he sentado a su lado en la clase de Historia de la Magia, les he perdido la pista en la clase en la que hemos aprendido los distintos mecanismos que se pueden usar para volar.

Estoy agotada, y el aroma de la comida se hace cada vez más delicioso a medida que me voy acercando al Gran Comedor. Sin embargo, algo me detiene cuando intento entrar. Se trata de Lola, que me ha agarrado por un brazo. La acompañan Mikaelo y Jason.

− Tenemos una venganza que cobrarnos, ¿recuerdas? -me dice la chica, con una sonrisa desafiante, como si esperara que me fuera a echar para atrás.

Respiro hondo, y cuando el aroma a muslo de cordero se mete hasta dentro y la sensación de hambre es más intensa, enseguida me arrepiento. Sin embargo, no dejo que nada de ello trasluzca y esbozo una sonrisa:

− Claro. No contaba con que se te hubiera ocurrido algo tan pronto, ¡pero cuanto antes mejor!

Sin decir nada, Lola y los chicos comienzan a caminar y no me queda otra que seguirlos. Enseguida sé adónde nos dirigimos: el baño de las chicas Slytherin. Al ser la hora de comer, la gran habitación de la tercera planta que alberga el inmenso baño está vacía. En los meses de curso estándar, imagino que estas duchas -a ojo creo que son unas cincuenta- deben de servir a todas las chicas de la casa Slytherin, a las de todos los cursos. Sin embargo, al estar en el curso de verano, somos muchas menos, y cada una tiene la suya propia. Encontramos la de Katie rápidamente: su nombre está escrito en una pegatina identificativa en la puerta de la cabina de ducha.

Lola sonríe, casi parece relamerse los labios. Saca con destreza un pequeño bote, no más largo que un dedo, del bolsillo de su falda. Lo mira primero a él, orgullosa, y después me lo tiende. Lo cojo con cuidado.

− Es una mezcla −explica−. Por una parte, está mi crema decoloradora, la que uso cada vez que voy a teñirme. Elimina completamente el pigmento del pelo y te lo deja de un amarillo pollo terrible -sonríe, y me fijo una vez más en su pelo, de un rubio casi blanco. Siempre pensé que era su color natural−. Claro que, usarlo así, a lo loco, sería una tontería: su textura es muy distinta a la del champú normal, y la chica lo notaría. Por eso, he conseguido colarme en la biblioteca y consultar unos cuantos libros de una asignatura llamada Pociones. Después, visitar el despacho del profesor de esa asignatura ha sido insultantemente sencillo: por lo visto, los profesores no cierran sus despachos cuando se van de vacaciones. Si he mezclado todo bien, dentro de ese botecito debería haber una sustancia que huele igual que el champú y que tiene su misma textura, pero que en realidad es un mejunje que hará que nuestra querida Katie se quede rubia durante al menos dos semanas. Lo mejor es que creerá que es irreversible.

«Si lo he hecho mal, bueno, pues a lo mejor se le cae el pelo y nunca más le vuelve a crecer. Ah, la sensación de incertidumbre es fantástica. ¿Qué serááá, seráááá…?

Jason ríe divertido ante la perorata de su amiga, quien lo premia con una sonrisa cómplice. Mikaelo, por su parte, niega con la cabeza. Centra la mirada en mí.

− ¿Tú qué opinas, Harriet? -me pregunta.

Me muerdo el labio inferior, confusa.

− Dejarla rubia durante un tiempo y asustarla me parece lo justo. Pero, no sé, quizá que se le caiga el pelo y nunca más le vuelva a crecer sea algo…¿excesivo? para haberme apagado el despertador.

− ¿Te vas a rajar? ¿En serio? -pregunta Lola, esbozando un gesto de desprecio.

− Nadie aquí ha hablado de rajarse -aclaro yo, empezando a ponerme nerviosa. Esto es lo que siempre he querido. Amigos, complicidad. Reír juntos, tener una razón para estar contenta. No puedo fallarles ahora. Agarro con fuerza el bote−. ¿Qué tengo que hacer?

Lola sonríe, satisfecha.

− Simplemente échalo en su bote de champú y remuévelo un poco.

Obedezco. Me meto en la ducha y respiro hondo. Soy muy consciente de que lo más probable es que Lola, como bruja inexperta, haya confundido algún ingrediente, de que es casi seguro que lo que estoy a punto de hacer deje calva a Katie de por vida. Podría tirar el líquido al desagüe, desentenderme, pero sé que Lola no tardaría en percatarse de ello. Tengo que hacer esto por mí. Así que cierro los ojos y vierto el líquido.

Es esto. Esto es lo que quería. Cuando salgo y recibo sus sonrisas de aprobación, me convenzo de que por fin tengo a alguien. De que es lo correcto. De que soy algo para alguien. Me convenzo de ello y me arranco una sonrisa.