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Summer at Hogwarts — capítulo 15

Los gritos de Katie dramatizados por mí en el desayuno del día siguiente son seguidos por una larga y dulce carcajada de Lola.

Katie. Jamás había visto a una persona gritar así. Y eso, teniendo en cuenta que he pasado muchas semanas negras de exámenes en una de las facultades más prestigiosas del país, es destacable.

Anoche, minutos antes de irnos a dormir, Katie entró como un huracán en la habitación, con una toalla mal anudada a su cuerpo y con el pelo muerto, como si estuviera quemado, de un color amarillo enfermizo. Entre sus gritos de enfado rescaté que me echaba la culpa a mí, que estaba segura de que era la responsable de ello, Intentó agredirme, pero fui lo suficientemente rápida como para escaparme corriendo y llamar la atención del que estuviera por allí.

No tardé en encontrarme con uno de los fantasmas, que enseguida pusieron a Ashton en alerta. El chico apareció en muy pocos minutos y, dedicándome una mirada de soslayo, detuvo a Katie y la llevó a la enfermería. Doy por hecho que sigue ahí.

− Si os digo la verdad, desde mi punto de vista ese mejunje tenía todas las de fracasar. Yo ya imaginaba a esa chica calva. No sé si alegrarme por ser mejor bruja de lo que creía o entristecerme por simplemente haberle cambiado el pelo de color -dice Lola con tranquilidad mientras desayunamos.

Miro a mi alrededor para cerciorarme de que nadie nos escucha. Como siempre, la mesa de los Slytherin es silenciosa y el que no está metido en sus asuntos o en el de sus amigos no se preocupa por los demás. Me inquieta pensar que alguien pueda oír hablar a Lola tan libremente de lo sucedido anoche, cuando estoy segura de que Ashton, como poco, sospecha de mí.

− Si supieran algo ya estaríamos castigados. Otra vez -afirma Mikaelo cuando les confieso mi preocupación.

− Relájate, tía. No nos va a pasar nada. Esa zorra ha tenido lo que se merecía -añade Lola.


No hemos vuelto a sacar el tema hasta por la tarde, cuando los cuatro estamos en la sala común repasando yo los apuntes que he cogido hoy y charlando ellos.

− Este rollo con Katie me ha hecho pensar -dice Lola−. Harriet.

Me llama con sequedad, y mi respuesta es acorde a su tono autoritario: aparto la mirada de mis apuntes automáticamente.

− ¿Sí?

− He decidido que tú también necesitas un cambio de look.

− ¿Perdón?

Lola pone los ojos en blanco de la misma forma que los pone siempre que alguien le plantea una pregunta estúpida.

− Un cambio; necesitas un cambio. Al menos de pelo. No puedes ser más básica, nena. Pelo largo y castaño, sin maquillaje, sin tatuajes, sin piercings... eres como todas las chicas; ¿qué es lo que te hace especial?

Trago saliva, incómoda.

− Pues yo creo que el físico de Harriet es fantástico tal como es -opina Mikaelo, y me dedica una cálida sonrisa a la que no soy capaz de corresponder.

− Sí, Lo, no marees la perdiz -coincide Jason.

− Como dice Rachel, de Friends: no uterus, no opinion -responde ella, lanzándoles una mirada letal que suaviza cuando vuelve a dirigirse a mí−. Con tus ojos claros, te iría genial un tono de pelo...diferente. Pastel. Lo estoy viendo -sonríe con emoción−. Lo estoy viendo totalmente.

Miro a Lola con atención. Su físico no me fascina un ápice menos, a pesar de estar ya acostumbrada a sus finas facciones, al brillo de sus ojos, al casi blanco de su pelo. Desde luego ella sí es especial. Llamaría la atención si la pones entre un conjunto de cien chicas. Cien chicas que podrían ser yo. Porque, como dice ella, mi físico no tiene nada que me diferencia de todas ellas.

− ¿Qué tienes en mente?

− Oh, Dios...−se lamenta Mikaelo.

Lola se limita a ensanchar su sonrisa.


No puedo dejar de mirarme al espejo. Es como cuando vas a la peluquería, que te resulta raro acostumbrarte a tu imagen con el pelo un poco más corto. Es como eso solo que multiplicado por mil. Es como si la del espejo fuera otra, que, aunque parecida a ti, no eres tú. Porque ella, con su pelo verde azulado, verde mar, verde relajado, pastel, llama la atención. No está repetida. Es especial.

Y guapa.

Muy guapa.

Lola ha conservado la longitud de mi pelo, aunque sí que le ha dado cuerpo y lo ha ondulado ligeramente. Así, me sigue llegando hasta el pecho, solo que ahora no cae como una gran cortina muerta, sino que tiene movimiento propio. Tiene movimiento en sí mismo. Parece que el verde es el verde de las olas de un mar único. Es un verde bonito, casi azul, que combina a la perfección con el claro de mis ojos.

Cuando me puse en manos de Lola, por un momento temí que toda nuestra complicidad fuera un chiste y ella planeara hacer con mi pelo lo mismo que con el de Katie, quien aún no ha regresado de la enfermería. Sin embargo, verme tan estilizada, tan guapa, me hace ver a Lola de una forma distinta.

Es la primera noche que me voy a la cama con una sonrisa.

El uniforme veraniego de Hogwarts (camisa blanca de manga corta, falda negra y corbata verde) resulta combinar de maravilla con mi nuevo pelo. Es viernes y se nota en el ambiente la emoción por haber sobrevivido a la primera semana de clases, aunque en mi caso, la emoción es mayor, pues hoy voy a descubrir los entresijos del castillo. Además, lo haré de mano de Ashton, aunque eso me importa poco.

Decido llevar un gorro negro, de corte caído y de algodón, que contrasta muy bien con el color del pelo y a su vez combina con el del uniforme. Además, ondulo mi pelo para que se noten las ondas y esta vez marco más el eyeliner.

Mis compañeros de clase se dan cuenta, pues me miran con (más) detenimiento, cuando normalmente ni se percatan de mi presencia. Lola, por su parte, me dedica una sonrisa de aprobación durante el desayuno.

El primer conflicto se da en clase de Historia de la Magia. Al ser viernes, es el turno de Ashton, que entra, alegre, como un torbellino, y enseguida garabatea algo en la pizarra. Se sienta con tranquilidad en la mesa y sonríe abiertamente.

Hasta que su mirada da conmigo. Aunque sus labios siguen sonriendo, sus ojos se han oscurecido, sorprendidos. Yo alzo la barbilla y esbozo una sonrisa rápida e incómoda.

− Harriet, si eres tan amable...−consigue decir finalmente, y hace el gesto de quitarse el gorro.

La sorpresa me impide responder durante unos segundos y él, dando por hecho que estoy a punto de quitármelo, comienza la clase.

− ¿Por qué? -interrumpo en alto, sin miedo.

− ¿Disculpa?

− Que por qué tengo que quitarme el gorro.

Ashton se queda con la sonrisa colgando en los labios, sorprendido por mi pregunta.

− Es de mala educación estar con la cabeza tapada en los sitios cerrados -explica con serenidad−. Así que, si no te importa...

− ¿Acaso está contemplado en las normas de Hogwarts que no pueda llevar un maldito gorro a clase?

Ashton sonríe con incredulidad.

− Lo que está contemplado es que tengas que acudir a clase con el uniforme escolar. Y desde luego que ese gorro no forma parte de tu uniforme.

− Pensándolo bien −replico−, esas normas están para los cursos normales, no para los de verano, ¿no es así? Tú mismo dijiste que podríamos pasar por alto muchas normas, de hecho, estoy segura de que ya nos hemos saltado...

− Las normas de los cursos habituales se aplican al de verano, y...

− Pero si en esas normas está claramente reflejado que el curso escolar se desarrolla desde septiembre hasta junio -le interrumpo−; no deberían valer.

− Harriet.

− ¿Qué?

− Quítate el gorro. Aquí soy yo la autoridad.

Siento las miradas de toda la clase sobre mí. Lola, sentada unas filas por delante, incluso se ha girado y me mira con un gesto que va a medio camino entre el asombro y la diversión pasando por el orgullo. Sin embargo, yo me concentro en mantenerle la mirada a Ashton, en cuyo rostro se ha evaporado cualquier último rastro de su habitual sonrisa simpática.

− Quítate el gorro o vete fuera de mi clase.

Suspiro. Ni siquiera sé de dónde ha salido esta rebeldía por mi parte, pero poner en duda la autoridad de Ashton me ha resultado divertido. Pongo los ojos en blanco y me quito el gorro. Debido a ello, las ondas restantes caen como una catarata, y al ver el pelo teñido en su totalidad por primera vez, Ashton se queda plasmado por un par de instantes.

Después, recupera el hilo de la clase sin problema y no vuelve a mirarme en los siguientes cincuenta minutos.


El silencio en la torre de astronomía es tan profundo que sus suaves pisadas suenan atronadoras. Cada escalón, un trueno.

Cuando llega, solo me giro levemente, sin prestarle demasiada atención. Esbozo media sonrisa que creo que no llega viva a mis labios.

Ashton se mantiene a una distancia prudente, en el centro de la sala. Yo me mantengo en el balcón.

− Pensé que no vendrías -dice, en voz baja−; por lo del gorro, ya sabes.

Pienso bien la respuesta:

− Si de verdad hubieras pensado que no iba a venir no te habrías molestado en comprobarlo.

Me acerco a él y le planto cara. La noche es fresca, y enseguida me arrepiento de no haber cogido una chaqueta.

− Estás distinta -comenta él, paseando la mirada por mi cuerpo sin reparo.

− ¿Te gusta el pelo?

− Te pareces a ella. A Lola.

− No has respondido a mi pregunta. Y no sé si eso de que me parezco a Lola debería tomármelo como un cumplido o como una ofensa.

Ashton sonríe para sí por un instante, con ironía:

− Vamos. Desde luego que te lo has tomado como un cumplido.

− ¿Qué quieres decir?

Suspira.

− Cuando en esa carta te propuse enseñarte Hogwarts de la misma manera que se lo enseñamos a todo el mundo el primer día, lo hacía pensando que el hecho de que te hubieras perdido el primer día y hubieras acabado con esa gente había sido un accidente que lamentabas. Lo pensé porque la temporada que pasaste conmigo tras tu encontronazo con aquel mortífago me permitió conocerte, o al menos un poquito. Y la Harriet que conocí entonces tiene muy poco que ver con la chica que tengo delante, la que busca poner en entredicho a las personas que le han ayudado. Desde luego que no le ofrecí enseñarle Hogwarts a la Harriet infantil, rebelde y con rabietas que se comporta así porque busca impresionar a otras personas.

Abro la boca, sorprendida, y me dispongo a responder, pero él no me lo permite.

− No me niegues que el numerito de hoy en clase no era para impresionar a Lola.

Me encuentro, sorprendida, con que no puedo negárselo. Aunque aún no esté segura de a qué vino la discusión por el gorro, tengo la certeza de que cuando Lola me miró con aprobación me sentí bien, a gusto conmigo misma.

− Lola ha sido la única que me ha hecho sentir que de verdad estoy aquí, que mi presencia supone una diferencia. Que no estoy aquí de paso. Es mi amiga.

− Lo único que ha hecho esa chica ha sido teñirte de verde y convencerte de que quemarle el pelo a una compañera era lo justo por una broma algo pesada -hace una pequeña pausa en la que me ofrece claramente la oportunidad de negar que ni Lola ni yo tenemos nada que ver con lo sucedido con Katie, pero sé que sería ridículo. Asiente ante el silencio que confirma mi culpabilidad−. No os ha caído una buena encima porque hay pruebas de que tú estabas en clase en el momento en el que alguien entró en el despacho del profesor de Pociones y porque a Katie no se le ocurre qué otra persona podría haber hecho algo así. Sin embargo, no ha sido nada inteligente por vuestra parte experimentar con tintes ni veinticuatro horas después de lo que le pasó a Katie. Os pinta la palabra culpabilidad en la frente.

− ¿Vas a chivarte?

− ¿Por qué no debería hacerlo?

Suspiro, y miro alrededor.

− Te lo explico mientras me enseñas Hogwarts.

− ¿Acaso sigues queriendo verlo? ¿Acaso te importa estar aquí, lo que supone este lugar? ¿O la única razón por la que estás aquí es para hacer gamberradas y...?

− Sigo siendo yo, Ashton -le interrumpo, acercándome más−. Con otro pelo, con amistades, pero no he dejado de ser la que se tapaba con tus mantas hasta arriba mientras le contabas historias de Hogwarts. Sigo despertando cada día en un sueño por estar aquí. Sigo muriéndome de ganas de que me enseñes este sitio. Te lo prometo.

Hagamos una cosa: olvidémonos -los dos- de los malos rollos, de mi tinte, de Lola, de Katie, de los mortífagos. Ya hablaremos de eso en su momento. Prestémosle a Hogwarts la atención que merece, vamos.

Ashton me mira largamente y al final rompe en una risa entrecortada.

− Te va a sonar ridículo, pero me cuesta encontrarte, reconocerte, con ese pelo.

Pongo los ojos en blanco. Me saco del bolsillo del pantalón el gorro de esta mañana y se lo muestro con sorna. Él ríe, y su risa se relaja en una sonrisa tranquila cuando me ve con él puesto.

− Está bien, Harriet; vamos allá. Sígueme, que te voy a descubrir mi hogar.