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Summer at Hogwarts — capítulo 16

—Está bien, está bien: lo primero que has de saber de Hogwarts es que es inmenso. Inmenso, inmenso, ¡inmenso! No exagero, de verdad -las palabras de Ashton salen de su boca a toda pastilla. La emoción es evidente−. Cuando crees que te sabes todos sus recovecos, la escalera de acá se mueve y el piso de más allá se transforma. Que no te engañe su estructura señorial y su aspecto sobrio: Hogwarts está vivo, y su arquitectura es de lo más juguetona.

Ashton y yo bajamos las escaleras de la Torre de Astronomía sin hacer ruido, y es obvio que a él le cuesta mantener a raya el volumen de su voz: está tan emocionado que le gustaría gritar y reír mientras habla.

—En Hogwarts hay 142 escaleras, pero no me preguntes cuántos pisos hay exactamente porque ni yo ni nadie a quien conozca lo sabe con certeza. Algunas de las cosas que tampoco nadie sabe muy bien es exactamente dónde duermen los profesores o los elfos domésticos. Se sospecha, sin embargo, que el personal docente accede a un nivel del colegio que es como otro castillo en sí mismo. ¡Apuesto a que montan fiestas con música altísima que nosotros no podemos oír!

—Espera, espera. Tú ahora eres un profesor; ¿no se supone que tendrías que estar durmiendo allí?

Ashton sonríe como si fuera un niño:

—No soy exactamente un profesor −explica−; soy uno de los monitores de este lío que hemos montado. Para ser profesor de Hogwarts hay que pasar un montón de trámites burocráticos la mar de aburridos. Además, ¡me gradué hace dos meses! Aunque no te niego que algún día me gustaría serlo...En cualquier caso, yo sigo durmiendo en mi dormitorio de toda la vida, en la torre de Hufflepuff. En fin, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! Lugares secretos y desconocidos. Hogwarts cuenta con atajos y pasadizos. Docenas, cientos de ellos. En mi estancia aquí, sin embargo, nunca me preocupé demasiado por ellos.

—¿Por qué no?

Pasamos ahora por un pasillo que reconozco cercano a la biblioteca del segundo piso.

—Porque la historia me indica que esos pasadizos no llevan precisamente a prados con unicornio y purpurina.

Nos sentamos entonces en unas escaleras que, si no me equivoco, conducen a la torre de Gryffindor y Ashton me explica la historia de una terrible cámara secreta a la que se accedía a través de los baños y que guardaba un gigantesco basilisco que mataba con la mirada.

Se me escapa un grito ante el que él ríe cuando me cuenta que ese basilisco estuvo aquí, por estos pasillos, que consiguió salir de su cámara y casi se cobra la vida de varios estudiantes.

—Esto se dio cuando Hermione estaba en... ¿segundo curso, puede ser? Tenía solo doce años y ella misma adivinó cuál era el mecanismo para evitar que el basilisco te matara. Se recorrió Hogwarts mirando a través de un espejo. Cuando me lo contó, no entendía cómo pudo ser tan valiente...

Sus palabras hacen que recuerde las advertencias de Hermione cuando le dije que un colegio no podía albergar tantos peligros. Trago saliva.

Ashton entonces procede a relatarme un pasadizo que conducía a una casa encantada en la que encontraron a Sirius Black, que, por lo visto, era un preso que parecía peligroso y un traidor pero que al final resultó ser todo lo contrario. Otra entrada secreta resultaba guardar un perro de tres cabezas, y un pasillo bastante desconocido da al embarcadero donde el mismísimo Lord Voldemort puso fin a la vida de Severus Snape, del que Ashton ya me ha hablado alguna vez.

—Como ves, hay sitios muy turbios. ¡Pero eso no significa que no haya también sitios alucinantes! Y por eso quería enseñarte el castillo. ¿Vienes?

El primer sitio al que Ashton me conduce está bastante alejado de la torre de Gryffindor. Se trata del lugar que custodian dos grandes puertas situadas en los sótanos, muy cerca de la sala común de los Hufflepuff.

—Como buen hufflepuff, creo que gran parte de mi estancia en Howgarts las pasé aquí -sonríe y abre las dos grandes puertas mediante un movimiento de varita−: ¡las cocinas de Hogwarts!

Entramos entonces en una gran estancia en la que todo lo que veo me parece a tamaño reducido. Parece una cocina muy elaborada y profesional, pero de juguete. Entonces caigo en la cuenta: los elfos domésticos. Caminamos con cuidado de no mover nada de sitio mientras Ashton me cuenta la historia de cómo descubrió este lugar por primera vez y cómo consiguió ganarse a los elfos jefes para que lo dejaran entrar de vez en cuando.

—Que en sexto, entre los TIMOS, el miedo por los ÉXTASIS y demás, no engordara veinte kilos sigue siendo el gran misterio de Hogwarts. ¡Cada vez que me agobiaba bajaba aquí a devorar todos los brownies de chocolate que pudiera!

Hace una pequeña pausa y mira a su alrededor, nostálgico.

—Llegué a ser tan pesado con esos brownies que la elfita que siempre me los preparaba terminó por enseñarme la receta para que pudiera cocinarlos yo solo y así dejarla en paz -cierra los ojos, como si estuviera concentrado en algo. Después, con los ojos aún cerrados, comienza a moverse por la cocina, con media sonrisa en los labios. Los abre de vez en cuando y coge una cacerola allí, azúcar más allá. Finalmente, regresa triunfal al punto que está frente a mí. Me sonríe, enigmático, y me muestra sugerentemente todos los ingredientes que ha recogido por el camino−. Creo que recuerdo la receta.

—Crees -repito yo, sonriente, desconfiando.

— Si no lo intentamos, nunca lo sabremos.

— ¿Intentamos? ¿Los dos?

—¡Claro! -responde él con alegría, y me insta a ir junto a él.

Camino hasta donde está y me mira con una sonrisa mal contenida. Después, empieza a pasarme cantidades para que las pese, y, así, sin darnos cuenta, empezamos a cocinar brownies. Como niños, en silencio, aguantándonos la risa. Comiéndonos los ingredientes a medida que los añadimos. Me permito sonreír, relajada, por primera vez desde que llegué al castillo.