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Summer at Hogwarts — capítulo 17

El intenso sabor a chocolate inunda toda mi boca cuando salimos por la puerta principal. Aunque es cierto que quizá nos hayamos pasado con el azúcar, el brownie estaba delicioso, y el helado con el que lo hemos acompañado, aún más.

—Hogwarts es un lugar precioso -le digo a Ashton a la vez que la noche nos envuelve.

Él al principio se gira, sorprendido. Después estalla en una risa alegre.

—Crees que el tour ya ha terminado -comprende, y vuelve a reír para sí−. ¿En serio? ¡Pero si queda la mejor parte!

Río y los dos caminamos en silencio. Ashton me pregunta si tengo frío, pero la verdad es que, aunque estemos en el norte, hace una perfecta noche de verano. Corre el viento de vez en cuando, pero no resulta molesto.

—Hay algo que no me has dicho -le recuerdo mientras descendemos la cuesta que lleva al castillo−. Me has hablado de un montón de salas secretas y alucinantes, pero no me has contado cuál de todas ellas es tu favorita. ¿Las cocinas, quizá?

Ashton borra la sonrisa de su semblante, que enseguida es invadido por un gesto recto. En ese momento terminamos de descender la cuesta. Hemos tomado la dirección opuesta a la que seleccionamos el día en el que Lola, Mikaelo, Jason y yo fuimos al lago, y ahora Ashton y yo nos encontramos en una gran explanada rodeada por unas gradas y decorada con altísimos postes cuya función no comprendo.

—Aquí es donde quería llegar -me informa, abriendo los brazos, libre, disfrutando del paso del viento por su cara−. Hoy es noche de perseidas.

—¿A qué te refieres? Seguro que este sitio de día tiene su encanto, pero así...tan vacío...qué quieres que te diga: me ha parecido mucho más bonito el despacho del director.

Ashton ríe ante mis palabras como si yo fuera una niña que no sabe lo que dice.

—Mira hacia arriba -me dice con sencillez.

Entonces me uno a él: miro hacia arriba y lo entiendo. En tres segundos veo dos. Más brillantes que nunca, como si fueran perlas que desfilan con una tranquilidad rápida, queriendo ser admiradas.

Ashton hace que caiga en la cuenta de que hoy es la noche de las lágrimas de San Lorenzo, y de que no es casualidad que concertara nuestro paseo por Hogwarts hoy. Enseguida nos tumbamos en el césped y nos limitamos a observar las perseidas en silencio, solo compartiendo palabras para hablar de esa que acaba de pasar o de aquellas que van juntas.

Cuando llevamos un rato, me giro, y por primera vez, dejo de mirar a las perseidas. Miro, de lado, a Ashton, que, de vez en cuando, es ligeramente iluminado por la luz de las estrellas fugaces.

—No me has respondido -le recuerdo, en un susurro−. Y sabes, cuál es...

—Sí, cuál es mi lugar favorito de Hogwarts. No lo he olvidado. Simplemente estaba pensando.

—¿Y qué has pensado?

—Que el lugar que más te guste no tiene que ser necesariamente uno en el que hayas pasado buenos ratos. Podría haberte dicho perfectamente que las cocinas eran mi lugar favorito, pues ahí me divertí, me sinceré, y crecí. También podría haberte respondido que es este campo, en el que, al oír a cientos de personas corear mi nombre con orgullo, al unísono, me sentí la persona más feliz del mundo. La sala común de Hufflepuff, donde me enamoré por primera vez, la zona del Gran Comedor donde bailamos una vez estuvimos graduados...he sido feliz en muchos de los lugares de este colegio, pero ninguno ha llegado a fascinarme tanto, tantísimo, como el sitio en el que estoy pensando, y eso que en ese sitio pasé las peores horas de toda mi estancia aquí, en Hogwarts.

—¿De qué sala estás hablando?

Ashton por primera vez deja de prestar atención a las estrellas y me mira. Sonríe con tristeza.

—Es una larga historia.

—Tan larga como puede ser esta noche -replico−. No tengo ninguna prisa.

Él se sonríe de nuevo, incómodo. Mira a su alrededor. Abre la boca, pero de sus labios no sale ninguna palabra.

—Esto... no es mi historia favorita del mundo, así que... ¿te importaría si...? -me indica con gestos que prefiere hablar sin mirarme directamente, y enseguida se lo permito. Los dos volvemos a tumbarnos completamente, aparentemente mirando a las estrellas, pero con la atención volcada en el otro−. Bueno...se podría decir que la historia empieza con mi padre. Mi padre...−siento cómo su voz se va rompiendo poquito a poquito, y no puedo evitar mirarlo. Compone una sonrisa triste y vuelve a intentarlo−. Mi padre no era una buena persona.

»Se llamaba Mundungus, y, aunque sirvió con lealtad a Dumbledore y a la Orden del Fénix, engañó a mucha gente y le entorpeció notablemente el camino a Harry en la época crucial del enfrentamiento contra Voldemort.

Pero eso da un poco igual. En lo que a mí concierne...bueno, Mundungus era conocido por andar aquí y allá, sobre todo con prostitutas. Y era poco cuidadoso. Así, no tardó en dejar embarazada a una de ellas, que, aunque quiso, no pudo abortar porque, cuando se dio cuenta de que estaba embarazada, el feto ya tenía cinco meses. Mundungus no quiso saber nada del bebé, y la prostituta, una chiquilla sin estudios y que no tenía nada, dio a luz y a la semana dejó al niño en el primer orfanato muggle que encontró. No sé por qué no buscó uno mágico, supongo que para que al chiquillo le resultara más difícil encontrarla, no lo sé.

Lo peor fue...lo peor fue eso, el orfanato muggle. Ni Mundungus ni ella tuvieron en cuenta que, al ser ellos mago y bruja, lo más probable era que su hijo heredara el don de la magia. Él era tan descuidado que si se le pasó por la cabeza, le daría igual...y los conocimientos del mundo de ella no eran los suficientes como para que se parara a pensar que...su hijo nunca encontraría su sitio en ese orfanato. Que, cuando le llegara la carta de Hogwarts, esta llegaría sola, sin más explicaciones, pues nadie había hecho notar que ese tal Ashton Fletcher, a pesar de ser hijo de magos, nunca supo nada del mundo mágico.

Hace una pequeña pausa en la que nuestras miradas se encuentran. Suspira, pero esta vez no se obliga a forzar una sonrisa:

—Imagina ser un niño de once años, solo, sin nada ni nadie en el mundo y recibir una carta que da tantísimas cosas por sentadas. Imagina ser ese crío y recibir una carta a tu nombre (un nombre que nadie conoce: estás solo). Imagina leer cosas como Colegio de Magia, como haber sido aceptado, como una estación de tren, como la lista de los libros y el material que necesitarás. Lo primero que pensé fue que alguien, algún niño de mi clase, me estaba gastando una broma. Sin embargo, aquello era ridículo, pues nunca había tenido problemas con ninguno de ellos.

»Pase todas las noches de agosto en vela, preguntándome qué significaría aquello. Por supuesto, no lo compartí con nadie, aunque lo cierto es que en realidad no tenía a nadie con quien hacerlo.

Lo decidí una semana antes: la cita para acudir a ese tal Hogwarts era el mismo día que se reanudaban las clases del curso habitual, por lo que podría hacerme con una mochila y, en vez de ir al colegio de siempre, llegaría a la estación de tren. En el caso de que notificaran mi ausencia al orfanato, el castigo o la regañina habrían valido la pena.

Reuní todo el dinero que llevaba años ahorrando para comprar material escolar nuevo (quería llevar algo a clase que no fuera de cinco generaciones anteriores, y, así, quizá los niños no se reirían tanto de mí ni me llamarían huérfano) y compré un billete de metro que me llevara hasta la estación de King's Cross.

No me costó demasiado averiguar cómo se accedía al andén nueve y tres cuartos, pues me limité a imitar y seguir a todos los niños emocionados que veía. Una vez allí, frente al tren humeante, sin nada más que una mochila vacía excepto por la carta de admisión y el almuerzo para el colegio, pasé bastante desapercibido. Un par de señoras me preguntaron si era el hermanito pequeño de alguno de los nuevos estudiantes de Hogwarts y si, al despistarme, me había separado de mi familia. Al fin y al cabo las entendía: todos los niños llevaban consigo dos padres sonrientes y un carrito con una mascota dentro. Yo, que me sabía de memoria la carta de admisión y la lista del material de tanto leerlas, supe enseguida a qué venían los carritos y las lechuzas. Me sentía vacío, terriblemente distinguido entre los demás, y no solo por no traer conmigo el material, sino por mi expresión. Mientras todos los niños sonreían y abrazaban a sus padres, yo caminaba asustado y confuso, sin saber muy bien a qué me enfrentaba.

Cuando el tren empezó a pitar, lo decidí, Harriet: tenía que arriesgarme.

—Guau. Yo no me habría atrevido. Estabas tan solo...

—No te habrías atrevido ahora -puntualiza él−. Piensa por un momento en la vida que llevaba yo: vacía, solitaria, completamente gris. Tenía delante de mis narices la oportunidad de darle la vuelta a todo ello, y mientras caminaba hacia la escalera, supe que si no hacía lo que estaba haciendo en ese momento, me habría arrepentido toda la vida. Es cierto que no sabía adónde iba, pero, fuera lo que fuese, seguro que era mejor de lo que tenía entonces.

»Una vez en el tren, me hice con un compartimento ocupado por unos niños bastante aburridos que, durante el corto trayecto que permanecieron despiertos, no me prestaron atención. Lo difícil fue cuando anunciaron que teníamos que ponernos las túnicas. Mi corto presupuesto no me había permitido más que comprar el billete de metro y un refresco, y me sentí terriblemente humillado cuando los niños me preguntaron dónde estaban mis cosas, por qué no me ponía el uniforme. Farfullé algo como que se me había olvidado en casa, que era la misma excusa que ponía cuando la profesora del colegio me preguntaba dónde estaba el libro de lectura que había encargado comprar el mes anterior.

Los niños no le dieron más importancia, pero yo, cuando me vi envuelto en un montón de chicos de uniforme, un montón de chicos que aparentemente sabían dónde estaban y cuál era su función en aquel lugar, no pude soportar la sensación de no encajar, de no pertenecer a un sitio.

Salí corriendo sin que nadie se diera cuenta y me las apañé para llegar al castillo, donde ya empezaban a llegar los primeros estudiantes, entre los que mi ropa de diario y mi cara de niño asustado desentonaban muchísimo. Me escabullí entre ellos, y conseguí subir las escaleras sin que nadie me llamara la atención. Si alguien me vio, imagino que supuso que era un novato que se había olvidado el uniforme o que había tenido un apretón. Fue la primera vez en mi vida en la que agradecí que no me dieran importancia, que no se fijaran en mí.

Esos momentos de vagar por el castillo buscando un escondite, maldiciendo el haberme subido a ese tren y pensando en una forma de volver al orfanato, los recuerdo vagamente. Solo me acuerdo del ritmo desbocado de mi corazón y de las ganas de llorar y de desaparecer.

Intenté abrir muchas puertas. Las que cedieron resultaron ser aulas o cuartos de baño, y supuse que no eran el mejor escondite. Entonces di con ella. La sala por la que me has preguntado, mi lugar favorito de Hogwarts.

Más tarde descubriría que su nombre oficial es Sala de los menesteres, pero en aquel momento...para mí se convirtió en refugio y a la vez en pesadilla. Había abierto ya lo que me parecieron cientos de puertas, y cuando abrí aquella tenía claro que era de las últimas. Me quedé sin habla cuando descubrí que detrás de aquella puerta aparentemente inocente estaba la entrada al orfanato.

No puedo evitar ahogar un grito. Ashton mueve un poco los labios, como si intentara sonreír.

—Era justo lo que necesitaba −prosigue−: el orfanato, mi lugar de origen. Sin llegar nunca a ser mi hogar, consideraba al orfanato el único sitio mío, que me definía, aunque fuera solo un sitio donde dormir y crecer con el que no tenía ningún vínculo afectivo.

»Así, me interné en el orfanato como otras tantas veces. Oía el movimiento de siempre, pero no me crucé con nadie hasta que llegué a mi habitación. Allí me quedé unos segundos en silencio, preguntándome si Hogwarts, el tren, los niños de mi compartimento, las señoras que me habían preguntado si estaba perdido...preguntándome si todo ello había sido real o si acababa de despertar de una terrible y muy realista pesadilla. Recuerdo pasar toda esa mañana pensando, rememorando todos mis movimientos y lo real que me había parecido todo. Procuré mantenerme en silencio, ya que, en caso de no haberse tratado de una pesadilla, si los encargados del orfanato llegaran a enterarse de que había estado solo por Londres, me caería una buena bronca.

Cuando llegó la tarde llegué a una conclusión: Hogwarts, el tren, los niños, todo ello había sido real. El problema, la razón por la que en ese momento estaba de vuelta en el orfanato era porque lo había deseado con todas mis fuerzas, estaba tan arrepentido de haber tomado el tren a ese sitio tan extraño que la magia que envolvía al castillo me había transportado de vuelta al orfanato.

Todo tenía sentido por fin. Lo entendí. Así que me puse a llorar. Tenía que echarlo todo antes de que me llevaran a cenar, así que empecé a llorar como no había llorado nunca. Lloré por el dolor de las ilusiones rotas, que se clavaban como cristales sobre mi piel, lloré porque comprendí que mi vida seguiría tan vacía como siempre, y que no había forma de cambiar aquello.

La situación parecía no poder ser peor justo cuando alguien abrió mi puerta. Temía que alguien del orfanato me viera así, en mis momentos más vulnerables. Por esa razón, no sé si encontrarme con un rostro al que no había visto en mi vida me asustó o me alivió. Doy por hecho que fue lo segundo, porque enseguida supe que no había un ápice de maldad en la persona del otro lado de la puerta, que se mostraba tan sorprendido como yo.

Me preguntó amablemente si podía pasar y yo, sin saber muy bien por qué, le dije que sí. El hombre, alto, rechoncho, con sonrisa bonachona, se sentó junto a mí e, ignorando mi llorera, me preguntó cómo me llamaba y qué hacía ahí.

«Estoy en mi habitación -recuerdo que le dije-; el que no debería estar aquí es usted». Al principio me miró con gesto de extrañeza, pero supo reaccionar: me dijo su nombre, Neville, y me preguntó si quería dar un paseo con él. Me aseguró que no nos encontraríamos a nadie del orfanato por el camino y yo decidí confiar en él. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, al salir por la puerta dela habitación, no fue el pasillo del orfanato lo que me encontré, sino el de Hogwarts, el de la puerta que me había enviado de vuelta allí.

Sin explicarme nada, Neville enseguida me preguntó si tenía hambre. Yo asentí, y me dijo que enseguida comeríamos algo. Por el camino me preguntó mi nombre y si me gustaba el castillo. Me mantuve callado; decidí que ya había hablado lo suficiente. Cuando nos detuvimos, yo esperaba encontrar de nuevo el orfanato en la puerta que se abrió, pero solo recibí a una mujer mayor ya en pijama y con un malhumor en el rostro que se despejó completamente cuando sus ojos cansados y ojerosos dieron conmigo.

Así, los tres seguimos caminando. Ellos hablaban en susurros, aunque si lo hubieran hecho con un tono de voz normal tampoco me hubiera preocupado por su conversación.

Y, sí, esa fue la primera vez que entré en las cocinas de Hogwarts. Neville llamó mediante un chasquido de dedos a un elfo doméstico que llegó con un malhumor que también se esfumó al percatarse de mi presencia. La paciencia y el sueño pasaron a presidir en su rostro mientras me preparaba algo de cenar. Yo estaba tan cansado que creía que aquello seguía tratándose de un mal sueño, por lo que no me extrañó la presencia de esa criatura de cuento.

Neville y la señora que lo acompañaba estuvieron repasando papeles y llamando por teléfono mientras yo terminaba de cenar. La señora y el elfo acabaron marchándose hasta que me quedé solo con Neville, cuya sonrisa, a pesar de lo tarde que era, no se había apagado.

Me dijo que era un campeón y me revolvió el pelo. Después, los dos regresamos hasta la puerta. Le dije que no quería entrar, que no quería volver al orfanato. Él entonces me prometió que esta vez la puerta no conduciría a mi dormitorio, sino a uno totalmente nuevo. Yo decidí fiarme de él de nuevo, y tenía razón: cuando entramos, la habitación se había transformado en un dormitorio pequeño, acogedor, con dos camas individuales y una lámpara de mesilla.

Entonces me lo explicó todo. Nos sentamos en la cama y me contó que era un mago, y que a partir de entonces estudiaría y pasaría el curso allí, en Hogwarts, el colegio del que era director. Me dijo también que era entendible que hubiera reaccionado así y que hubiera sido tan valiente como para venir era digno de admirar.

Cuando le manifesté mi preocupación por no tener el suficiente dinero para estudiar aquí, él sonrió con dulzura y me aseguró que eso corría a su cuenta. Me prometió que él mismo se encargaría de que mañana a primera hora tuviera el mismo equipo y material que el resto de mis compañeros (¡por fin no sería el rarito del material viejo!).

Hablamos durante horas. Incluso me enseñó algo de magia. Y, por si fuera poco, hizo aparecer el sombrero y llevamos a cabo el proceso de selección allí mismo, él y yo solos. Me habló durante horas de las casas, del funcionamiento del mundo mágico, y de por qué yo no había recibido noticias de él hasta entonces. Yo alucinaba, claro.

Aquella noche durmió conmigo para que no me sintiera solo. A la mañana siguiente, tal y como había prometido, yo tenía mi uniforme y mis libros. Tenía también mi propia habitación compartida con el que ahora es mi mejor amigo en la torre de Hufflepuff. Por fin era uno más, no el-único-que.

Me olvidé del orfanato, hasta de su nombre. Aquel curso por fin fui un niño y me convertí automáticamente en el ahijado de Neville, que se encargó de que no volviera a aquel orfanato, hasta tal punto que me acogió en su casa aquel verano y los dos siguientes.

Me mira, medio sonriendo medio triste, y sé que ha concluido.

—Guau, Ashton, no tengo palabras. Siempre has sido tan alegre, tan...

Se encoge de hombros.

—Así que, respondiendo a tu pregunta, la Sala de los Menesteres es mi lugar favorito de Hogwarts. ¿Has entendido bien cómo funciona?

Pienso la respuesta.

—Entiendo que es una habitación mágica que puede tomar la forma de cualquier otra que conozca la persona que la use. Lo que no termino de comprender es por qué Neville fue capaz de entrar en la que estabas tú, si se supone que es personal...

—Eso a día de hoy no lo entendemos bien del todo ni él ni yo -responde Ashton, sonriente−. Yo siempre he concebido la Sala de Menesteres como la habitación que te da lo que necesites. Yo en ese momento necesitaba un lugar, un refugio, escapar de Hogwarts, y llegué a esa simulación del orfanato porque era el único lugar que conocía. Neville me encontró porque...necesitaba encontrar a alguien. Según él mismo, en aquella época se sentía terriblemente solo. Y ese verano los dos lo pasamos como auténticos enanos. Yo era lo que él necesitaba. Y él se convirtió en mi padrino y en mi única familia: de niño, pasé con él todos los veranos hasta que retomó la relación con Hanna. Ni él ni ella me dijeron nada, pero en cuarto, con catorce años, consideré que era el momento de empezar a valerme por mi cuenta. Aquel verano lo pasé en casa de mi amigo Paul, donde aprendí qué supone vivir en familia, y donde conseguí un trabajillo ayudando al padre de Paul en su tienda. Gracias a ese miniempleo, pude pagarme mi estancia en el caldero chorreante el verano siguiente. Así, verano a verano, buscaba empleos cuyo sueldo pudiera ayudarme a pagar mi estancia veraniega al año siguiente. Aunque Neville que, definitivamente, se estaba encargando de mí, también me ayudaba.

Me quedo unos segundos en silencio pensando en todo por lo que ha pasado Ashton. En su valentía, en su empeño por salir adelante, en cómo con catorce años, edad a la que yo me limitaba a decirles a mi familia que los detestaba, empezó a valerse por sí mismo.

—Aunque el principio de la historia sea así de triste y dramático, piensa en que mi estancia en Hogwarts fue excelente. Viví aventuras, hice amigos y aprendí un montón. Ahora me considero una persona muy feliz.

—Me has dejado sin palabras, Ashton -le confieso−. Es una historia...guau.

Él asiente, comprensivo.

—Afortunadamente, tiene final feliz. Y ya basta de dramas; aún tengo que enseñarte una cosa más.

Se levanta y me invita a seguirlo. Así lo hago, y los dos caminamos por el césped.

—Seguro que te estás preguntando qué es esto. Bueno, pues ahora estamos en el campo de Quiditch de Hogwarts.

—¿Quidi qué?

Ashton ríe:

—Creo que durante este verano ya tenemos suficiente temario, así que ya nos centraremos en el Quiditch el que viene. Pero siempre puedo mostrarte un adelanto.

En ese momento llegamos a un pequeño cobertizo que Ashton abre a golpe de varita. Dentro está muy oscuro, pero Ashton parece manejarse bien, como si llevara visitando esa estancia durante años. Cuando me empieza a pasar objetos para que los sujete, me doy cuenta de que es más que probable que, efectivamente, Ashton conozca este lugar muy bien.

Cuando salimos, descubro que llevo en mis manos un gran y pesado cofre. Ashton, por su parte, carga al hombro con una escoba que, para ser de cobertizo, está en muy buen estado.

Sin decir nada, Ashton abre delante de mí el cofre. Dentro hay lo que parecen distintas pelotas, cada una de un tamaño diferente y ninguna de ellas parecida a las que conozco.

—Estas son las pelotas que usamos en Quiditch. Te diría la función y el nombre de cada una, pero ni te interesa ni los recordarías de aquí al año que viene. La importante es esta -coge con cuidado la más bonita de todas: dorada, como si fuera de golf, y brillante. Cuando entra en contacto con sus dedos, dos pequeñas y casi invisibles alas le salen de los extremos. Son elegantes, finísimas, como dos plumas aleteando−. Aunque ahora te parezca una preciosidad monísima, no te dejes engañar: tiene muy mala leche. Una vez la sueltas, es muy difícil atraparla. Por eso, vamos a practicar con unas que se porten mejor.

Ashton manipula el cofre y abre un pequeño cajón del que no me había percatado hasta ahora. Está lleno de pelotitas similares a la dorada, pero son evidentemente distintas: brillan mucho menos, son como imitaciones.

—Tu misión es lanzarme las pelotitas. Yo las recogeré.

—¿Qué, ahora eres un perro?

Ashton ríe maliciosamente. Se coloca la escoba entre las piernas, como la típica bruja de cuento...Y, cuando sale volando y el viento que provoca su despegue me hace cosquillas, lo entiendo. Son escobas voladoras, cómo no.

Desde las alturas me pide que le lance las pelotitas de imitación y yo obedezco. Al principio las lanzo en la dirección en la que se encuentra, pero cuando me insta con la mirada a que se lo ponga más difícil, las lanzo en las direcciones más extrañas que se me ocurren. Él ejercita su vuelo veloz, con destreza. Las caza todas, y yo le aplaudo, sorprendida.

Cuando aterriza junto a mí, devuelve las pelotitas a su cofre y hace desaparecer este mediante un movimiento de varita, sigo sonriendo, fascinada por su vuelo. Por eso me pilla totalmente desprevenida cuando, agarrándome por detrás, consigue colocarme en la escoba, junto por delante de él.

—¿Qué, te atreves?

Solo soy capaz de articular una risa nerviosa.

—¿No debería ser yo la que va detrás? Como en las motos.

—Es más seguro así -asegura él−. Tú solo te ocupas de la dirección que tomamos; de la altura, despegue, aterrizaje y, sobre todo, de que no te escurras hacia delante o hacia atrás, me encargo yo. Confía en mí.

—¿Y aguantará el peso de ambos?

—Por favor. Se trata de la Perseida 9000. ¿Despegamos?

A medio asentimiento por mi parte dejo de sentir el suelo bajo mis pies y los brazos de Ashton, más fuertes de lo que aparentan, me envuelven el estómago. Grito, pero lo cierto es que estamos rectos y la escoba no da demasiada sensación de inestabilidad. Ashon se hace oír frente a mis gritos mediante un susurro en mi cuello que me pregunta si subimos más alto. Le digo que sí.

Y mediante más síes, acabamos explorando Hogwarts desde el aire. Despacito. Subiendo y bajando. Acelerando a veces, rodeando las torres. Con un cielo lleno de estrellas fugaces sobre nosotros, con el suelo más lejos que nunca. Volando.

Y es entonces cuando siento la magia en su esencia más pura desde que llegué a Hogwarts.