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Summer at Hogwarts — capítulo 19

Resulta que, cuando se trata de bailar en una discoteca hasta que los pies aguanten, el mundo mágico no es tan distinto al muggle. Es sábado, y todos los alumnos del curso de verano de Hogwarts nos encontramos en la pista de baile de una de las mayores discotecas (probablemente una de las únicas) de Hogsmeade, bailando al son de la canción del verano, una que ya empezaba a sonar en los sitios a los que fuimos a celebrar que habíamos terminado los exámenes y que también había escuchado ya cuando salí a bailar con mis amigas de toda la vida, en casa.Mientras regreso, cerveza de mantequilla en mano, desde la barra al sitio donde Lola, Jason y Mikaelo bailan con otros Slytherins con los que hemos entablado cierta simpatía durante la mañana, pienso en si el hecho de que suene esta música es habitual en el mundo mágico o simplemente la han puesto porque saben que somos chicos que, hasta hace apenas un  mes, vivíamos y estábamos totalmente sumergidos en el mundo muggle. Cuando a mis pies se les escapa el primer paso de baile, río y decido que la clase de música que suene da totalmente igual. Antes de llegar a mi destino, me cruzo con Ashton. Sus mejillas están sonrosadas, y me pregunto si será por el calor que hace aquí (hay poco espacio para bailar o caminar) o por el alcohol. Cuando de sus labios sale corriendo una sonrisa torcida, me doy cuenta de que su rubor se debe a la segunda causa. Sin decir nada, comienza a mover las caderas y a acercarse. Yo me distancio de él prudentemente. Desde que nos besamos en la casa de los Potter, Ashton ha permanecido aún más cercano a mí, pero siempre ha tenido cuidado de que nadie se percate de ello, y tengo la sensación de que el alcohol ha derribado dentro de él las barreras de seguridad que siempre pone entre nosotros cuando hay más gente. —Mucha gente -le grito, intentando hacerme oír por encima de la música y señalando a la multitud que nos rodea. Ashton parece captar el mensaje y retrocede un par de pasos, pero no detiene su baile ni mucho menos su sonrisa. Me mira con cariño. —Bailar con una chica guapa nunca ha estado prohibido. Pero como todos somos muy castos y puros, imaginemos que hay algo que nos separa. No debemos tocarnos -me mira sosteniendo una sonrisa que no tarda en convertirse en carcajada. Está evidentemente borracho, y su voz ha adoptado un tono muy agudo que me hace reír. Miro alrededor para cerciorarme de que Hermione no está en la discoteca y que nadie nos presta atención. Así es: cada uno se preocupa por sus bailes, por sus amigos, y nosotros pasamos totalmente desapercibidos. Ashton sabe camuflarse como uno más dentro del grupo de alumnos. Decido relajarme y bailar con Ashton como bailaría con cualquier chico que se me acercara a una discoteca. Provocativa, pero sin llegar a nada. Aprovecho el estado de embriaguez de Ashton para intentar sacarle más información de nuestras compras de esta mañana. A primera hora de hoy, sábado, todos los alumnos hemos viajado hasta el Callejón Diagón para por fin llevar a cabo la empresa que nos ha traído a Hogsmeade: comprar el material que necesitaremos para el siguiente tramo del curso en Hogwarts. Aprovechando que Hermione se ha quedado en Hogsmeade con su familia, Ashton nos ha acompañado hasta allí y nos ha explicado a dónde tendríamos que acudir para adquirir cada cosa: plumas, el caldero y, sobre todo, la varita mágica.Yo, por mi parte, he conseguido deshacerme de Lola, Jason y Mikaelo poniéndome particularmente pesada con querer entrar en una tienda que carecía de interés por su parte. Tal como había previsto, Lola en ese momento dictó que entrara yo sola y que luego los alcanzara. Cuando se han perdido entre la multitud, Ashton ha salido con una sonrisa triunfal en los labios del bar de al lado y me ha besado con suavidad. Después, nos hemos tomado de la mano y hemos hecho las compras juntos. Mi varita mágica es fina y elegante, pero no por ello endeble. Es de madera fuerte, y al sostenerla me he sentido con la fuerza necesaria para hacer tambalear al mundo si quisiera. Sin embargo, Ashton no me ha dejado jugar demasiado con ella, repitiendo que está prohibido realizar magia fuera de Hogwarts. Mientras se marca un paso de baile muy trabajado, aprovecho el hueco que deja libre y nuestros pechos casi se rozan. Sonrío, enigmática: —¿Sigue estando prohibido hacer magia en Hogwarts?Ashton se deshace de la chispa que han encendido en él todas las cervezas y cócteles que ha bebido con una facilidad envidiable. En menos de dos segundos vuelve a estar tan sereno como siempre, esbozando una sonrisa serena que inspira calma. —Paciencia -responde, usando la misma palabra a la que siempre recurre cuando le planteo la pregunta−. Estaremos en Hogwarts en menos de veinticuatro horas. —Pues vaya -protesto, haciendo un mohín−. Qué pocas ventajas tiene ser la niña enchufada del pobre. Ashton pone los ojos en blanco, pero no deja de bailar. Hacemos movimientos tontos, y él vuelve a adoptar ese gesto beodo, como si todo le diera igual. Cuando llevamos un rato, le digo que, si no vuelvo pronto, Lola empezará a sospechar, y que lo mejor es que regrese con ella. Me despide sin demasiados contemplamientos, como si yo también le resbalara, como si le diera igual bailar con cualquier otra chica. Achaco todo ello a sus copas de más, y cuando llego junto a Lola y los demás, procuro olvidarme de todo ello y disfrutar. Lo consigo durante un rato. Un rato que dura hasta que, mientras saltamos según nos indica el ritmo de la canción que retumba en cada rincón de la habitación, Lola se detiene sin motivo alguno y nos dice, con claro gesto de paciencia al tener que repetirlo varias veces ya que el volumen de la música está demasiado alto, que se aburre. Que pasemos a otra cosa. En ese momento miro alrededor y me doy cuenta de que la mayoría de la gente se está marchando a sus habitaciones. Un pequeño gesto por parte de Lola es suficiente para que todos empiecen a recoger sus cosas. No puedo evitar arrugar el entrecejo: aunque haya poca gente ya, no me apetece marcharme a casa. —¿Se acabó ya la fiesta? -pregunto, algo decepcionada. Lola me enfila con la mirada durante un par de segundos antes de consultar su reloj de muñeca. Ríe con descaro: —No son ni las dos. ¿Cómo se va a haber acabado ya la fiesta? ¿Estás tonta?Me encojo de hombros, recogiendo también mis cosas para no quedarme atrás.— Simplemente vamos a otro sitio, Harriet -me informa Mikaelo, con una sonrisa achispada. Asiento sin decir nada y emprendemos el camino de vuelta a la puerta entre el mar de personas que se agolpan en la sala. Estamos en mitad de la multitud cuando noto que alguien me toma del brazo. Al girarme, descubro a un Ashton que parece haber bebido bastante desde la última vez que coincidimos. —¿Te vas sin despedirte? Está a un par de chupitos de estar, oficialmente, borracho. Improviso una sonrisa y le explico que Lola se aburre y nos vamos a otro sitio. Él entonces me mira de arriba abajo, con una expresión tan neutra que no encuentro la razón en su rostro por la que decide unirse. — Voy con vosotros -dice, sorprendentemente sereno, decidiéndolo en el último momento. Convoca a su chaqueta a través de un hechizo y se une a nuestra pequeña fila para salir de la sala. No me pasa desapercibido que ha colocado las manos en mi cintura mientras seguimos la fila. El sitio al que vamos, que resulta ser un tugurio, pequeño, oscuro y evidentemente sucio (el cristal de las ventanas está lleno de telarañas) , está muy cerca del que abandonamos. El sonido estridente de la música rock se cuela desde la puerta, que parece a punto de caerse a pedazos. Dejo que mi grupo se adelante y finjo entablar una conversación casual con Ashton mientras ellos entran, diciéndoles que enseguida les alcanzo. — ¿Crees que sospechan? -me pregunta él, observando cómo los chicos desaparecen tras la pequeña puerta del sitio. Arruga la nariz- No me hace ninguna gracia ese bar, Harriet. ¿De verdad tenemos que entrar? ¿Por qué no vamos a otro sitio?—No, no sospechan nada. De hecho, probablemente mañana no recuerden nada de lo sucedido esta noche. Y, sí, tenemos que entrar: los que se han quedado han ido todos allí -mentí, sonriendo-. Y tengo curiosidad. Venga, solo un par de canciones -le tomo de la mano y pongo mi mejor mirada coqueta-; te lo recompensaré. Me pongo de puntillas y lo beso con una intensidad que lo pilla por sorpresa. Sabe a alcohol. Corto el beso demasiado rápido, lo justo como para dejarlo con ganas de más. Sin decir nada, lo tomo de la mano y comienzo a caminar hacia el bar en el que han entrado Lola y los demás.  El ambiente es peor de lo que esperaba: la música está demasiado alta y huele demasiado mal. Hay demasiada gente, además. Gente que ni siquiera baila, que simplemente se limita a beber y a conversar. Mientras estoy abriéndome paso entre ellos, se me ocurre pensar que cómo es posible que sean capaces de entablar una conversación con el volumen de la música tan alto. Conduzco a Ashton hasta la primera esquinita que veo libre, cerca de los baños, donde el olor es aún peor. Él me mira con una sonrisa consternada, convencido de que estoy a punto de proponer que nos larguemos de allí. Y realmente me apetece largarme de allí con Ashton. Pero esta es la experiencia que he querido siempre. Estar bailando hasta las tantas de la madrugada sin preocuparme por nada. Sin quejarme de la suciedad o del poco espacio de los sitios. Se supone que esta es la única edad en la que le puedo encontrar atractivo a todo ello. Y, además, casi puedo ir las burlas de Lola cuando le cuente que me marché pronto porque no me gustaba la música del sitio. Así que correspondo a la sonrisa de Ashton, pero la suya desaparece cuando me ve quitarme la chaqueta, claro símbolo de que mi intención es quedarme un rato allí. —¿Quieres algo de beber? -le pregunto a gritos, esperanzada. Él ríe para sí, consternado, y se inclina para hablarme al oído, la única forma de que entienda todo lo que dice: — Tengo sed, muchísima sed. Pero no quiero morir, yo qué sé, intoxicado. Y eso es exactamente lo que va a pasar si cometiera la imprudencia de beber de alguno de los vasos de este tugurio. Pongo los ojos en blanco. — Vamos, Harriet. Prométeme que quieres estar aquí. Que esta es la música que quieres bailar. Que este es el aire que quieres respirar. Si es así, me quedaré, por ti. Suspiro. Ashton está despeinado, y tiene calor. Tiene la camisa mal abrochada, y una mancha de alcohol en la parte izquierda. Y así, tan desarreglado, tan entregado a la noche y al calor, me resulta total y absolutamente irresistible. Me lanzo a sus labios con energía y retomo la tarea que interrumpimos antes de entrar a la discoteca. Sus labios al principio corresponden de forma suave, como lo haría habitualmente. Lentos, pausados pero rítmicos. Los míos buscan control y desenfreno, así que pongo las dos manos sobre su nuca y le tiro un poco del pelo. Él se separa por un instante, sin sonreír, con el gesto neutro. Estudiándome, memorizando cada uno de los detalles de mi rostro, de mis labios entreabiertos pidiendo más, del sudor de mi frente. Parece entender algo que se me escapa, y, sin decir nada, arremete contra mis labios con más energía, presionando mi nunca con una de sus manos para que haya aún más contacto.Pero sigue sin ser suficiente. El ímpetu enseguida se pasa y noto que el ritmo vuelve a disminuir. No me pasa desapercibido que Ashton está desentrenado para dar los besos que le pido, y la energía del Smells Like Teen Spirit me empuja a impulsarme en un pequeño saliente contra el que estoy apoyada. De esa manera, ahora estoy sentada sobre un hueco, intentando ignorar lo pegajosa que está la pared (tanto, que algunos de mis mechones se pegan a ella). Ahston me observa, petrificado, casi sin entender.  Me esfuerzo por no poner los ojos en blanco: ¿qué le pasa? ¿es que nunca ha tocado a una chica, o qué? Me inclino y lo tomo del cuello de la camisa, abriendo al mismo tiempo las piernas para dejarle sitio cuando lo empujo hacia mí. Rodeo sus muslos con mis piernas y vuelvo a lanzarme a sus labios, sin darle tiempo a reaccionar. Nos entretenemos unos cuantos segundos hasta que, de nuevo, de un movimiento violento, separo su cabeza de la mía, hacia atrás. Aprovecho su momento de confusión para lanzarme a su cuello y así dejar claras mis intenciones. Tarda tanto en reaccionar y detenerme que creía que se iba a dejar. Pero no. Me aparta de sí con manos temblorosas y con una sonrisa igual de nerviosa. — Eso deja marca -comenta, manteniendo esa sonrisa trémula. —Qué observador. Esbozo una sonrisa fiera antes de volver a lanzarme contra su cuello, pero él esta vez tiene mejores reflejos y me detiene. —No puedo ir con marcas en el cuello, Harriet. Soy prof…Esta vez no me contengo a la hora de poner los ojos en blanco. Me aparto el pelo del cuello y se lo exhibo, pálido, listo para ser atacado: —Márcame tú entonces -le pido, con mi mejor voz seductora. Él entonces alterna su mirada con mis ojos y mi cuello. Su nerviosismo solo parece aumentar. — No estoy seguro de…Resoplo y me bajo del hueco. Cuando estoy frente a él, retrocede, como si temiera que vuelva a abalanzarme contra él. Me cruzo de brazos. —Me estás cortando el rollo. —¿Qué?—Que por mucho que yo me esfuerce por romper el hielo, tú no haces otra cosa que poner distancia -le recrimino. Me mantengo en silencio unos cuantos segundos y decido darle otra oportunidad. Me acerco a él y agradezco que esta vez no se aparte-. En realidad entiendo que no estés cómodo: no sabes cuántos de tus alumnos están pululando por aquí y, sí, podrían vernos. Lo pillo, lo pillo. Así que vamos a hacer lo siguiente: nos tomamos una última copa, donde quieras, y nos vamos a tu dormitorio y dormimos juntos -sonrío con picardía y acaricio su abdomen por debajo de la ropa. Él enseguida se pone en tensión, pero se controla para no apartarse-. ¿Qué te parece?—Verás, Harriet…—Si pasamos de la copa puede que retome eso de marcarte. Y, venga, para que te relajes lo haré en un sitio que no se vea. En el que quieras -le guiño un ojo y mis manos comienzan a descender por su estómago. Cuando llego a esa parte, Ashton se separa como si le hubiera dado un calambrazo. —Harriet, estás borracha, y cualquier otro…este no es el momento. —¡No estoy borracha! -replico ofendida, aunque, cuando me paro a pensarlo, puede que lo esté un poco. Sigo mareada, y las palabras, las contestaciones y acciones salen con una facilidad cuanto menos sorprendente- Y eso, en caso de que fuera verdad, no tiene nada que ver. ¿Por qué no quieres follarme?La palabra en mis labios, en mi grito, sobresalta a Ashton, que mira alrededor para comprobar que nadie me haya oído. Por suerte para él, el excesivo volumen de la música nos cubre. —No es que no…—¡Claro que es eso! ¿Por qué si no ibas a negarte, eh? -le empujo, disgustada.        Ashton mira a su alrededor, preocupado. —Vámonos a casa, Harriet. Tienes que dormir. Me pone una mano en la espalda, invitándome a que emprenda el camino hacia la salida. Me separo de él y le dedico una mueca malhumorada. —Yo me quedo. —No puedes -insiste él-: estás borracha. Me insta con la cabeza a que lo siga, y vuelve a ponerme la mano en la espalda, intentando obligarme a salir. —¡Déjame en paz! -grito. Justo en ese momento se dan los dos segundos de silencio que separan a una canción de otra. Mi grito se oye lo suficiente como para que los grupitos de gente charlando que nos rodea repare en nosotros. Un hombre que debe de rozar los cuarenta, calvo y rechoncho y que sujeta un gran (y nada limpio) vaso de cerveza se dirige a Ashton: —Ha dicho que la dejes en paz, tío. Lárgate. Ashton mira a su alrededor, lo suficiente como para darse cuenta de que es el centro de atención de gran parte del bar. Lo suficiente como para entender que todas esas personas lo tildan, por dentro, de algo que no es. Me dedica una última mirada a medio camino entre el miedo y el enfado y se dirige hacia la salida. Su figura se pierde rápidamente entre la gente. Empieza a sonar otra canción y, de repente, nadie me vuelve a prestar atención. Estoy sola.