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Summer at Hogwarts — capítulo 20

Ver cómo Lola se retoca el maquillaje es casi hipnótico. La estridente música se cuela a raudales en el baño, que, estoy segura, se trata de la habitación con peor olor en la que he estado nunca. Pero ni el tufo ni el volumen de la música provocan que Lola se equivoque y curve un milímetro su pulcro trazo cuando colorea sus labios y afila su mirada. 

—Líate con él -dice, de repente, sin apartar la mirada del espejo. 

—¿Perdón?

Me hago la tonta, pero sé perfectamente a qué se refiere. Después de que Ashton se largara, no me resultó muy difícil dar con ellos en el bar: fue suficiente con localizar la cabellera de Lola entre toda la multitud y abrirme paso hasta allí. Cuando llegué, me recibieron con unas sonrisas achispadas que dejaban claro que habían estado bebiendo más en mi ausencia. Por lo visto también habían hecho amigos, tres chicos que vestían completamente de negro y que bebían botellines llenos de un extraño líquido morado. Eran poco habladores, y no recuerdo ninguno de sus nombres salvo el de…Lex. Ninguno era demasiado hablador, pero él, en especial, no había abierto la boca desde mi llegada. Lo que sí hacía, sin embargo, era mirarme. Descaradamente. Sin apartar la mirada un segundo.

—Que te líes con él, con Lex-responde ella, con su tono habitual de paciencia.

—¿Por qué debería hacerlo?

Esboza una sonrisa divertida: realmente le ha hecho gracia mi comentario. 

—¿Aparte de lo obvio (lo escandalosamente bueno que está, claro)? Pues porque esta gente me cae bien. Son muy guays, y me gustaría conservarlos como amigos. Así que ve y hazle la mamada de su vida, o lo que te venga en gana, lo necesario para dejarle con ganas de más y que sus amigos y él quieran volver a vernos. 

Guarda con agilidad todo su equipo de maquillaje y, guiñándome un ojo, me da un pícaro cachete en el culo y me deja sola. 

No me lo tengo que pensar durante demasiado tiempo. Si Ashton de verdad no ha querido nada conmigo por no considerarme lo suficiente lo que sea para él, le demostraré que puedo ser más que suficiente para cualquier otro chico. 

Diez minutos después, Lex está volcado sobre mi cuello, en un callejón desde el que aún se puede oír el rumor de la música estridente del bar; dándome todo el calor que Ashton me ha negado. Un calor que en este momento no me viene nada mal, pues la noche ha traído consigo una brisa gélida más propia de finales de otoño que de mediados de verano. 

Ahogo un gemido que indica que no podría estar más encantada. Lex sabe cómo no hacerme parar, y no me ha permitido respirar en todo el rato que llevamos aquí fuera, aunque ya he perdido la cuenta de los minutos que llevamos enredándonos el uno en el otro. 

Empiezo a plantearme cuándo me va a ofrecer la posibilidad de ir juntos a un sitio más discreto y todo lo que ello conlleva cuando, de repente, Lex se detiene y mira a nuestro alrededor. Sigo su mirada y enseguida doy con el motivo por el que se ha detenido: sus amigos lo esperan al final del callejón. 

Sin darme tiempo a asimilar la situación, Lex me da un beso rápido, fugaz en los labios, y, con una sonrisa de intenciones propias me asegura que nos veremos otro día. Veo relucir sus múltiples piercings y cadenas mientras se aleja del callejón, bañado por la noche. 

Con un claro disgusto (Lex me ha dejado con ganas de bastante más), emprendo el camino de vuelta al hotel: solo la idea de regresar al bar y afrontar la cara de Lola cuando le confiese que Lex se ha marchado enseguida (¿acaso le estaba aburriendo?) me revuelve el estómago. 

Estoy a punto de dejar atrás la zona de los bares cuando alguien me llama. Me giro y descubro a Mikaelo, solo y corriendo hacia mí. Cuando lo tengo enfrente, por su pelo despeinado y el rubor de sus mejillas, sé que sigue borracho. Yo estoy casi segura de que ya no lo estoy. 

—¿Cómo es que te vas tan pronto y tan sola? ¡Y sin despedirte!

Me encojo de hombros, procurando que no vea lo chafada que me ha dejado la huida despavorida por parte de Lex. Pero Mikaelo está tan borracho que no ve nada de lo de dentro. Solo se fija en lo de fuera. E, inevitablemente, se fija en la marca que Lex ha dejado en mi cuello y que ya empieza a tomar forma de chupetón. Pasa los dedos por ahí y esboza una sonrisa beoda. 

—Veo que has aprovechado el tiempo. 

Improviso una sonrisa a medias. Mikaelo gira la cabeza para examinar el chupetón en profundidad. Se permite acercarse más a mí. Sigue pasando los dedos por mi cuello, ya más allá del lugar del chupetón. 

Y después los labios. 

—Esa marca ahí…tan sola, ¿no crees?

Dice, en un murmuro casi inaudible, mientras sigue rozando los labios en lo parece ser el espectáculo telonero de cientos de besos. Unos segundos después une la lengua. Pero solo son roces, lametones inocentes. 

No pasan a ser besos fieros hasta que no me abalanzo contra sus labios. Porque sí. Porque me apetece. No porque sea necesariamente él (aunque su físico me atrae; me atrae desde el primer día). Solo porque me apetece acabar bien la noche, y quizá a la tercera va la vencida. 

Estoy segura de ello cuando, minutos después, estoy en la habitación de Mikaelo, los dos sentados en la cama, él ya sin camiseta y yo con el vestido desabrochado, ambos bebiendo en silencio y por turnos directamente de una botella de licor de fresa que consiguió comprar para el viaje. 

Cuando me quita del todo el vestido, deja caer "accidentalmente" un chorrito de licor sobre mi torso. Se disculpa con una sonrisa inocente y me asegura que enseguida se encarga de solucionarlo. Su solución es retirar el ron con su lengua, y los dos adoptamos el juego de beber directamente de nuestros cuerpos hasta que la botella se acaba y mi cuerpo no cree que pueda aguantar más. 

Sé lo que estoy haciendo, pero no estoy segura de por qué. De lo que sí estoy convencida es de que lo estoy disfrutando, y de que Mikaelo, con sus juegos previos de seducción, promete ser el mejor compañero en la cama que he tenido nunca, aunque tampoco haya habido demasiados entre los que elegir. 

Minutos después, cuando se retira con un último gruñido de placer y me da un casto beso en los labios que tiene muy poco que ver con otros que me ha dado en los últimos minutos, estoy segura de que así es, de que este ha sido el mejor polvo de mi vida. Y, por la actitud de Mikaelo, está bastante claro que él también se ha divertido bastante. 

No puedo evitar caer dormida con una sonrisa orgullosa y alegre en los labios que parece decir "Mira lo que te has perdido, Ashton" 


Por la mañana, despierto antes que Mikaelo y abandono su habitación con el sigilo suficiente para que no se despierte. Me visto y me dirijo al dormitorio de Lola: necesito su maquillaje para que los chupetones de no solo Lex, sino también de su hermano (aquello último iba a obviarlo, por supuesto) no llamen tanto la atención. Mi cuello parece un monte lleno de cráteres que parecen a punto de echar lava. 

Tras el gesto de aprobación de Lola, su maquillaje y otra palmadita en el trasero, emprendemos el viaje de regreso a Hogwarts. Con Mikaelo solo comento que lo de anoche fue divertido y que debemos ocultárselo a Lola. Cuando los hermanos, Jason y yo caminamos juntos hasta el castillo, el ambiente es el mismo de siempre y me enorgullezco de lo bien que me ha salido la jugada. 

Precisamente para cerrar esa jugada, por la tarde, y antes de empezar la primera clase con varita que tendremos, me dirijo al despacho de Ashton. Al principio me recibe con una sonrisa amistosa, una que me indica sus deseos de hacer las paces. Sonríe hasta que ve mi melena verde recogida en una estratégica y pulcra cola de caballo que expone con claridad mi cuello, libre de maquillaje y todas sus marcas. 

Su rostro se contrae. Por un momento, juraría que su gesto es único, esos que solo se dan en el momento en el que a alguien se le rompe el corazón. Intentando ignorarlo, recompongo mi sonrisa y empiezo a hablar: 

—Solo venía para que pudieras comprobar por ti mismo que hay gente a la que sí le gusto, que sí me encuentra atractiva y que está dispuesta a hacerme esto…y mucho más. Al contrario que tú. 

Ashton no reacciona. Su primer instinto es comprobar que la puerta está cerrada. Así es. —Harriet…¿qué…?—No solo un chico, sino dos. Además, uno de ellos estuvo dispuesto a pasar la noche conmigo y lo pasamos de maravilla. Resulta que la chica que no es lo suficientemente guapa para ti sabe divertirse, y hay chicos que sí la valoran y ven en ella alguien con quien merece la pena pasar un buen rato. Ashton se apoya en su mesa de profesor, apartando la mirada de mí. Respira agitadamente y se pasa las manos por el pelo despeinado antes de hablar. —¿Qué coño estás diciendo, Harriet? -abro la boca para responder a su pregunta, pero él me detiene mediante una mirada- Yo… yo…-ríe una risa sin una pizca de alegría- en ningún puto momento dije que no quisiera irme contigo porque no te encontraba lo suficientemente atractiva como para acostarme contigo. Empiezo a reflexionar sobre sus palabras, intentando rescatar del mar de alcohol algún recuerdo nítido: —¿Entonces por qué no quisiste? ¡Creo que fui bastante explícita respecto a mis intenciones!—¡Porque nunca me he acostado con nadie,  joder! -exclama, sin preocuparse por el volumen de su voz, porque estemos a plena luz del día- Tenía muy claro desde hacía unos días que quería que tú fueras la primera, pero desde luego no quería hacerlo en los baños de un bar cutre, ni mucho menos estando tú borracha, por dios. ¿Pero que anoche no quería hacerlo? Harriet, joder, tenía una erección descomunal. Lo único que quería en ese momento era irme contigo a un lugar cálido, cómodo, donde poder hacerlo sin presión. Quería que tú fueras la primera porque creía que había algo entre nosotros. Que éramos pareja, ¡llámame loco! Pero desde luego que yo para ti no era más que líos ocasionales, que no significo nada para ti. Y ¿sabes qué? Que me alegro de que anoche no folláramos porque una niña para la que yo solo suponía un pene, un objeto, sexo sin más, no merece llevarse mi virginidad. Y ya puestos, no merece llevarse nada de mí. Así que, si no te importa, sal por esa puerta. No quiero saber nada más de ti que no se limite al ámbito escolar. Estaba llorando. Las lágrimas habían empezado a caer sin que me diera cuenta. Y es que yo también consideraba que Ashton era mi pareja, o al menos que estaba en el camino de convertirse en ella. Y lo que le había hecho anoche es algo que no se le puede hacer a tu pareja. Pero la idea de que no me deseara se había hundido tanto, que, más allá de lo que sentía por él, en mi cuerpo imperaba la idea de que tenía que demostrar, a él y a mí misma, que podía hacerlo. Que podía gustarle a un chico. Busco las palabras adecuadas para explicarle todo ello cuando suena el timbre que indica que va a empezar la clase. Ashton se escabulle del despacho sin mirarme siquiera, con pasos malhumorados y tristes. Y yo rompo a llorar, odiándome a mí misma.