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Summer at Hogwarts — capítulo 21

Creía que me había despedido para siempre de la música rock estridente que había conocido la noche de hacía un par de semanas, en la que se torció todo. Pero, cuando entro, agachada y temblando de frío y miedo a partes iguales, en la oscuridad absoluta de una casa que parece mantenerse en pie por arte de magia, y el sonido de guitarras chillonas y agresivas me recibe, sé que no va a ser así. Que, al menos esta noche, voy a tener que seguir soportándolas. No quiero estar aquí. No quiero el frío. No quiero la música estridente. No quiero los gemidos de placer ahogados entre sonidos de baterías. No quiero el olor a tabaco, ni el humo. Pero quiero tener amigos. Y supongo que, para ello, tengo que pasar por todo esto. Lola nos dedica una sonrisa cómplice cuando pasamos por delante de la puerta de una habitación en la que se ve, claramente, que dos jóvenes están acostándose sin ningún disimulo. Sus gemidos y gritos me erizan la piel y me recuerdan mi encuentro previo con Lola, antes de acercarnos a la casa: cómo debía estar atenta a cualquier señal de coqueteo por parte de Lex, el chico vestido de negro y con sabor a metal con el que compartí cientos de besos la noche fatídica. Porque íbamos a volver a verlos. Porque estábamos allí para eso. El jefe de ellos había escrito a Lola y le había indicado que estábamos invitados a una "reunión de amigos" que iban a celebrar en una casa abandonada cerca de Hogwarts, a la que podríamos acceder fácilmente a través de uno de los pasillos secretos del castillo. Lola quería mantener la amistad con ellos, y ya me había advertido que más me valía lanzarme a Lex a la mínima señal. Por lo visto, necesitábamos un lazo que nos uniera a ellos, y yo (mis labios, mi cuerpo) era la más indicada para ello. Agradezco que lleguemos a la sala donde están los chicos. Allí la música es más ruidosa, pero al menos hace menos frío: hay muchas personas, y el humo de todos los cigarros que fuman crea una ambiente más cálido. El que sin duda es el jefe, un chico rapado al cero y con al menos un piercing en cada parte de la cara en la que puede haber uno de ellos, abre ampliamente los brazos y murmura para sí el nombre de Lola. Se envuelven en un amplio abrazo, y, mientras miro a los secuaces, todos jóvenes del mismo estilo, oscuros, me doy cuenta de que observan ese saludo con cierta ironía, compartiendo entre ellos sonrisas cómplices y divertidas. —¡Ya están aquí nuestros ansiados colegiales! -anuncia, contento, el jefe. Tiene una voz muy potente que no va demasiado acorde con su cuerpo joven. Nos ofrece asientos y bebidas, aunque yo solo acepto la primera oferta. El jefe y dos de sus compinches enseguida se enfrascan en una conversación con Lola y Jason, quienes se olvidan totalmente de que Mikaelo y yo seguimos aquí.Aunque precisamente Mikaelo y yo estamos cada uno en una punta distinta de la habitación. El chico esboza, para mí, una sonrisa incómoda, como si me quisiera pedir perdón por la situación. Yo me encojo de hombros: "hey, Mikaelo, hace frío, estamos solos y la música está demasiado alta, pero todo está genial; no te preocupes", dice mi sonrisa. La suya, por su parte, deja de ser incómoda en el momento en el que una chica con la mitad de la cabeza rapada (y tatuada), empieza a hablar con él de manera seductora. Él, por supuesto, se deja hacer y le dedica una de esas sonrisas trampa, casi exacta a la que me hizo caer a mí. Recuerdo, sin embargo, aquel momento y decido que, aunque trajera todo lo que trajo, no me arrepiento. Mikaelo sabía lo que hacía en la cama. Me he quedado completamente sola. Lola y Jason hablan (con seriedad, nada de los jijis del principio) con el jefe de nuestros nuevos amigos, y Mikaelo está a punto de llevarse a casa (o a donde sea) a la chica morena que ya se ha encargado de recortar los pocos centímetros de distancia que los separaban. Cuando noto que me hablan, no sé si agradecerlo o salir corriendo de allí. —¿Hogwarts, eh?Se trata de un joven con el pelo verde, como yo, con nariz picuda y sonrisa desagradable. Asiento con la cabeza y fuerzo una sonrisa amable, dispuesta a conversar. Pero él la rechaza. Cuando le confirmo que soy una alumna de Hogwarts, ríe una risa seca y nada alegre. Asiente, me ríe en la cara de nuevo, y vuelve a la conversación que mantenía previamente. Solo vuelve a fijarse en mí cuando alguien se interpone entre nosotros. Contengo la respiración cuando me doy cuenta de que Lex, el chico con el que me enrollé en Hogsmeade, ha apartado al chico de la nariz picuda para sentarse a mi lado. El del pelo verde se queja, pero enseguida noto que hay amistad entre ellos. Miro a Lex a los ojos (del gélido más puro y más frío) y esbozo una sonrisa nerviosa que pretende ser de reconocimiento. Abro la boca para romper el hielo, para preguntarle qué tal. Pero él se me adelanta. Se inclina hacia mí y me da, en los labios, algo que se asemeja más a un mordisco que a un beso. Se separa rápidamente y evalúa mi reacción: me he quedado congelada. Ríe para sí, condescendiente, y entiendo entonces que el beso, el mordisco, era una provocación, una manera de demostrarme a mí (y a todos sus amigos) que tiene el control, que puede hacer eso y quedar totalmente impune. Porque por nada del mundo se me ocurriría quejarme. Cuando comprueba que no he reaccionado, envuelve mi cintura con su brazo y me acerca a él, en completo silencio. Empieza a trazar círculos en mis músculos, y a cada segundo que su dedo se mueve, el ritmo de mi corazón se acelera. Empieza con el cuello. Sin importarle que aún queden señales suyas en mi cuello de nuestro anterior encuentro, regresa a su destino experto, cubriéndose con mi pelo y aumentando la velocidad de su mano al trazar círculos en los muslos, sin que nada le importe que todos y cada uno de sus amigos podrían estar (y de hecho están) observándonos. Cuando me da un mordisco juguetón en el cuello y lo combina con un pellizco en el muslo, suavizando todo con el beso más suave del mundo cerca de la garganta he de contener un gemido. Él lo nota, porque noto su sonrisa contra mi cuello. Entonces lo detiene. Se levanta y se pone frente a mí. Su gesto sigue imperturbable, y sus ojos cuando me indican que me levante y lo siga, permanecen fríos.Pero yo obedezco. Dios mío, claro que obedezco. Me toma de la mano y emprende la marcha para salir de la habitaciónPero unas palabras lo detienen. Las empieza el chico del pelo verde, pero las secundan casi todos los de la sala. —¿Eres consciente de con quién te marchas, no? De lo que es ella -dice su amigo, sin disimular su inexplicable rechazo hacia mí. Todos lo corean. Agradezco que ni Lola ni ningún otro de mis amigos esté prestando atención; que todo el mundo me esté mirando, riendo un chiste que parece evidente pero que yo no entiendo me está resultando una situación la mar de humillante. Lex se deshace de todo ello ignorándolos con elegancia. Se limita a responder su pregunta: sea lo que sea yo, él lo sabe, y, por la prisa por la que me saca de esa habitación y me dirige a uno de los dormitorios por los que hemos pasado antes, le da bastante igual. —Oye, oye. ¿Qué ha pasado ahí dentro? ¿A qué se referían? -le pregunto una vez estamos dentro de la habitación, que es igual de gris y cerrada que la sala central. No me pasa desapercibido que, por el olor a sudor y las sábanas descolocadas, una pareja ya ha estado aquí antes. —Nada -responde él, resuelto. Me toma de las manos y llena mi boca con la suya, que se impone a cada segundo, a cada contacto. Me toma todo el esfuerzo del mundo separarlo de mí. —De veras quiero saberlo -sonrío, nerviosa-. Estoy segura de que es una tontería, pero… —¿Sabes qué? Que estás más guapa callada. Oírle tantas palabras seguidas me descoloca, y antes de que pueda darme cuenta me tiene atada a sus labios. Correspondo con gusto, a pesar de no poder dejarme llevar sencillamente por culpa de los comentarios del grupo. Cuando pasan unos minutos, sé reconocer sus movimientos. Me empieza a quedar claro que no quiere acostarse conmigo, pues se pone tenso cuando intento quitarle algo de ropa. No sonríe, sino que me presiona los hombros, demostrándome así que lo que quiere es una mamada. Rápida, sencilla. De repente todas las emociones caen sobre mí como una gran roca inabarcable. Mi discusión con Ashton, mi negativa a ir allí, el frío del sitio, los comentarios hacia mí. Argumento un par de palabras de excusa y me escabullo de ahí. Me cruzo con un par más de chicos con el mismo look que los otros, y aunque no les pasa desapercibido que soy una extraña allí e incluso comentan algo sobre mí, siguen su camino sin interrumpir el mío, que acaba llevándome a los pasadizos que conducen a Hogwarts. Empiezo a caminarlos, intentando que la oscuridad y el frío no me asusten. Fracaso. La humedad se pega a mi piel y el silencio se convierte en un gran enemigo cada vez que es roto. Decido romperme en un rincón en el que hay algo más de luz. Allí rompo a llorar. Me descoso, buscando lo que no funciona. Pero me parece que no hay nada que lo haga, que no hay nada que esté bien. ***No sé cuánto tiempo llevo encogida sobre mí misma y sobre mis lágrimas cuando oigo que la voz de Lola me llama desde el final del pasadizo. Atisbo su melena blanca como una lágrima de luz, y, aunque intento reunirlas, el frío no me deja encontrar las fuerzas para levantarme y caminar hacia ella. Así que se acerca. Incluso se pone de cuclillas frente a mí y me aparta el pelo de la cara, destapando, una a una, mis lágrimas. Viene sola. Me pregunta qué ha pasado. Y yo, se lo cuento.  Se lo cuento porque quiero creer que es mi amiga, aunque la parte racional de mi cerebro me grita que es simplemente una chica guay a la que le importo menos que medio pimiento. Sus gritos de sorpresa y su alegría cuando le cuento lo que hay (había, mejor dicho) entre Ashton y yo, lejos de animarme, me hacen sentir más miserable. No se lo debería estar contando. Nadie debería saberlo. Ashton se puede meter en un buen lío. —Y el problema es que era virgen, y por eso no quería acostarse conmigo aquella noche. Yo lo interpreté como que no me encontraba lo suficientemente atractiva y…bueno, el resto ya te lo he contado. Cuando suelto la palabra "virgen" y ella reacciona, rezo por que aún estemos lejos de Hogwarts: su aullido de risa ha sido tan agudo que, de estar mínimamente cerca, podría haber despertado a todo el castillo. Salta. Se ríe. Se ríe de él a malditas carcajadas, y a mí me trata como a una heroína. Me coge del brazo, y me dice que no me conviene salir con un pringado como él. Se limita a eso. Ese es su consejo. Que yo también me ría de él. Actúa como una cómplice, pero no como una amiga. Desde luego que está muy lejos de serlo.