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Summer at Hogwarts — capítulo 22

A la mañana siguiente, Lola me recibe en la mesa del desayuno con una sonrisa. Esa sonrisa que soñaba recibir los primeros días, una de reconocimiento que está muy lejos, a millones de kilómetros, del gesto de asco o de indiferencia que me dedicaba los primeros días. Quizá no me sonría como a una amiga, pero sí como a una persona que está cerca de serlo. Y, aun así, por alguna razón, su sonrisa me hecha una capa más de barro encima. Improviso una que sea más o menos convincente, y parece que lo consigo, porque Lola no se inmuta. Aunque todo me dice que no se debe a que sea una maravillosa actriz, sino a que Lola no me conoce aún lo suficiente como para distinguir una mueca de una sonrisa real. —Nos han dejado solísimas -explica, señalando sus dos asientos contiguos vacíos.Hasta ese momento no me doy cuenta de que, efectivamente, faltan Mikaelo y Jason. A veces me sorprenden instantes así, en los que soy consciente de que, en muchas ocasiones, solo le presto atención a Lola, como si ella fuera la reina a la que debo lealtad y los chicos, personas sencillas en las que no busco ningún tipo de reconocimiento. —Por lo visto,  Mikaelo triunfó y se quedó con aquella chica -prosigue ella, pasando de largo por mi silencio-. Espero por su bien que, hiciera lo que hiciese, viniera a dormir. Tu amiguito virginal nos tiene ya bastante en el punto de mira como para que se dé cuenta de que no pasamos la noche en el castillo. Ignoro a duras penas el insulto hacia Ashton y procuro seguir la conversación mientras empiezo a untar de mantequilla una tostada que en absoluto me apetece comer: —¿Y qué pasó con Jason?Lola esboza una sonrisa para sí. Diría que es una de orgullo. —Lo de ese sí que es flipante. Se pasó la noche hablando y entablando amistad con todo el mundo; política y esas cosas. Por lo visto, nos hemos perdido mucho mientras estábamos en el simplón mundo de los muggles, ¿sabes? Y es interesante que nos cuenten las cosas con más claridad de la que lo hacen aquí, pero yo llego hasta un punto, tía. Si me hubiera pasado la noche hablando de política e historia, como lo ha hecho Jason, probablemente me hubiera explotado la cabeza. Aunque también es cierto que a nosotras no nos toman demasiado en serio, ¿sabes? Por tener tetas. Creen que nuestro cerebro femenino nos impide desarrollar una conversación como las de Mikaelo. A mí nadie me sacó esos temas; pero todos intentaron ligar conmigo. —¡Hala! ¿Y eso? -intento disimular mi admiración infantil hacia el triunfo entre los hombres por parte de Lola pero, por la mirada reprobatoria que me echa la chica, sé que fracaso. —Que si "quédate a tomar una copa" por aquí, "vámonos a mi habitación por allá". Todos igual. Me aburren. Guau. Lo contaba como si nada. Como si era algo que le pasara todos los días. Y, a juzgar por su cuerpo de atleta y su rostro armonioso y exótico, probablemente así era, ir cosechando éxito allá donde pisaba era algo cotidiano para ella en su vida anterior a esta. Por eso lo contaba como algo banal. Estaba más que acostumbrada. Esas situaciones, para mis amigas y para mí en nuestros años en casa, previos a la universidad, eran hazañas que contar durante largos periodos de tiempo, siempre sonriendo orgullosas ante las sonrisas admiradas de las demás. Callarse alguna de esas situaciones, además, era impensable. Cada vez que te sucedía algo así había que compartirlo para que tus amigas fueran conscientes de que tu cupo de ligoteo estaba bien lleno. Así no había miradas de lástima, ni situaciones incómodas en las que las amigas intentaban liar a una del grupo con un tío, con cualquier tío, solo porque había quedado por detrás de ellas. Se había convertido en una competición muy agresiva. Que alguien te llevara ventaja era un golpe certero y duro contra tu autoestima, y a veces te veías obligada a inventar alguna hazaña solo para quedar bien a sus ojos. E incluso a los tuyos. A Lola, sin embargo, estaba claro que no le hacía falta contarlo para demostrar nada. Porque ella no necesitaba demostrarse nada. ***Sus risas se asemejan mucho a las de hienas. Agudas, tontas. Persistentes. Capaces de clavarse en tu cerebro. Llevamos veinte minutos en la sala común desde que terminamos de cenar. Yo termino mi tarea para la clase de mañana y los chicos charlan. Lola les acaba de contar lo de Ashton. Todo. Pero lo que les hace reír es su virginidad. Se burlan de él y pretenden que les siga. Cuando no lo hago, Mikaelo me mira interrogante, y, a través de una mirada me insinúa que nos salgamos para hablar. Niego con la cabeza sutilmente. Aún cree que siento algo por él. Quizá hasta imagine que mi aire gris de hoy se deba a que anoche él estuvo con alguien que no era yo. Debería dejarle claro cuando antes que él, para mí, es lo mismo que yo para él: un polvo rápido y divertido. Intento quitarme el pensamiento de mi cabeza de que ese polvo rápido y divertido también supuso el punto final para Ashton y para mí. Al mismo tiempo, me doy cuenta de que estos chicos no son nada. El tiempo que llevo intentando engañarme y demostrarme que soy una más y que ellos son mis amigos no ha servido de nada: mientras las burlas hacia Ashton dan lugar a palabras de admiración hacia la gente de anoche, descubro que no tengo ni una pizca de apego hacia estas personas. Me doy cuenta de eso y de lo muchísimo que echo de menos a Ashton.  Echar de menos me impide dormir esa noche. Cuando las vueltas en la cama llegan al millón, me levanto y decido que he de, al menos, intentar solucionar el problema que no me deja descansar. Es tarde, pero necesito verlo. Necesito que él me vea. Lo necesito a él. El pasillo está envuelto en el frío y la oscuridad de la noche. La que sale de mi varita es una de las pocas luces que devuelve a la vida la estructura majestuosa del castillo. Murmuro el hechizo que aprendimos hace un par de semanas en Encantamientos, y enseguida siento como si una fuerza invisible estuviera atada a mi varita y tirara. Y tira con tanta insistencia que la sigo. Cuando distingo su silueta recortada contra la oscuridad de la noche, con los pequeños atisbos de luz que proyectan las estrellas, estoy maravillada por la existencia de la magia. Solo un poco de voluntad y una palabra en mis labios me han conducido al registro de actividad más potente del castillo. Sí, al principio me he topado con un par de Gryffindors enrollándose cerca de los baños, pero ahí está Ashton, maravillosamente despierto, maravillosamente a mi alcance. Guardo la varita con cuidado, como la pertenencia valiosa que es. Mientras me acerco a Ashton, que aún no se ha percatado de mi presencia, no puedo evitar sentirme culpable por no estar admirando cada día el valor de la magia que se nos enseña, por estar más preocupada por cosas banales como la amistad de Lola o la aprobación de los chicos de negro de aquella casa terrible. Ahston está asomado al pequeño hueco sin techo que ofrece la Torre de Astronomía. Parece perdido. Y no tiene pinta de encontrarse cuando su mirada da conmigo. No me mira con reproche o cansancio. Lo que parece brillar en esos ojos es tristeza. Tomo su silencio como una barrera levantada, la barrera que me permite acercarme a él. El frío de la noche me ahoga; esto no parece verano en absoluto. La piel se me eriza, y Ashton se da cuenta, pero no dice nada. —¿Cómo has dado conmigo? -se limita a decir. Esbozo una sonrisa. Aún me dirige la palabra. —Me gustaría responder que siento una conexión contigo tan fuerte que sé, por intuición, dónde encontrarte -bromeo, pero no hay una sonrisa por su parte que siga a la mía. Saco la varita, la sorteo entre mis dedos y se la muestro con un aire algo culpable-. Ductum -explico, nombrando al hechizo-; a estas horas no hay gran actividad. Y sabría que estarías despierto. Siempre lo estás. —¿Y cómo lo sabes?Me encantaría que no hiciera preguntas. Que sus labios sonrieran, que me dijeran que me olvidara de todo y que empezáramos de nuevo. Daría mil vidas porque todo fuera como antes. —Estuve viviendo contigo un mes, ¿recuerdas? De esos días aprendí que eras una criatura nocturna. Asiente con la cabeza, no sé si confirmando mi última afirmación o recordando nuestros días juntos antes de empezar el curso. —La función de Ductum es encontrar al equipo de salvación en una catástrofe, no invadir la intimidad de las personas. Si frecuentaras más las clases lo habrías aprendido -dice, y pronuncia la última frase como triste, sin rastro del enfado esperable.—Bueno, algo que sí he aprendido en las semanas que llevamos aquí es que la magia está al servicio del mago, y no viceversa. Se queda callado. No me mira. No me mira ni por un segundo. —No hagas eso -le pido. Me mira con extrañeza, como si no entendiera, así que me veo forzada a proseguir: —Hacer como si no significara nada para ti. Fingir que no hay nada entre nosotros. Porque no se te da nada bien. Si de verdad nuestra relación fuera meramente estudiantil, me habrías sancionado por estar fuera de mi dormitorio a estas horas…—No me des ideas. —Y una mierda -salto, cada vez más enfadada. Lo tomo de la mano, quizá con demasiada brusquedad, con todas las ganas de que me mire, de provocar alguna sensación en él contenidas en ese agarrón. Ashton mira nuestras manos entrelazadas con extrañeza, como si fuera un recuerdo difuso que no sabe rescatar. Pero no se aparta. De hecho, me mira. Se ha dado cuenta de que estoy ahí. Se ha dado cuenta de quién soy.—Pensé en hacer algo cursi. Escribirte una carta, preparar uno de esos brownies. Pedirle una foto a Neville de cuando eras un crío, buscar alguna otra foto mía y pegarlas en un puto albúm. Pero no he hecho nada de eso. He decidido entregarte lo único que soy, lo único que tengo. Y aquí me tienes. A mí, y a mi perdón. A mis ganas de volver a estar juntos, a mis deseos de jugar con tu pelo y compartir miradas cómplices, miradas prohibidísimas entre clase y clase. A mi arrepentimiento. A mi autoestima por los suelos que me conduce, igual que esta varita me ha conducido hasta ti, a hacer tonterías y a inventar cuentos que mi cabeza se empeña en hacer como si fueran realidad. A esta chica bajita y malhablada, que aún no sabe muy bien dónde está ni con quién debería estar. Alguien perdido que solo contigo ha sido capaz, por primera vez en su miserable vida, a encontrarse un poquito. Alguien que cree que hay muchas posibilidades de que esté enamorada de ti. Alguien que quiere que la perdones, y le des una oportunidad que desde luego no se merece. Me suelta la mano, pero no la mirada. No sé qué sentir. —No creo que funcione. Y ya está. Silencio. Se rompe el hilo, se rompe mi ilusión. Y también mi voz, al titubear: —¿Que no crees que funcione?Ashton niega con la cabeza. —Creo que has dejado de ser la persona que creía que eras. Te miro…y no te veo, Harriet. Aún sigo sin poder creer que te acostaras con alguien porque sí solo por despecho y que después vinieras a restregármelo, como una niña. No concibo que consideres amigos a personas que disfrutan con la humillación de los demás. No soy capaz de entender por qué no vas a clase, cuando siempre has dicho que la magia podría ser eso que llevabas buscando, sin saberlo, tanto tiempo. No comprendo tu pelo verde ni tu maquillaje oscuro. Y me rompo yo. Por primera vez, me abro. En canal. Le explico a Ashton cada una de esas cosas. El sentimiento de desplazamiento que me ha acompañado desde la adolescencia, mis amistades de cartón y mis días grises en la facultad. El miedo a estar tirando, minuto a minuto, mi juventud a la basura eterna. El terror a la soledad. Lola, Jason y Mikaelo como un salvavidas, como unos amigos que deseaba de verdad pero que se ha acabado convirtiendo en cartón que duele. Él. Lo único de verdad que ha habido en mi vida, aunque solo durara unos días. Mi historia, esa que le estoy contando a él y solo a él. Mis ganas de aprender, de descontaminarme de Lola y los demás. Mis ganas de él. Y Ashton comprende. Me abraza. El abrazo más cálido del mundo. El beso en la cabeza más suave que ha visto el universo. Su perdón. El perdón más dulce, un perdón sincero. Mis lágrimas, saladas y felices. Nosotros. Por fin, nosotros.