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Summer at Hogwarts — capítulo 23

No iba a ser tan fácil. Ashton no quería que me juntara más con Lola, Mikaelo y Jason. Le daban mala espina, decía.

Pero yo no quería dejar de verlos.

A pesar de que estaba de acuerdo en aquello de la mala espina, más mala espina me iba a dar quedarme totalmente sola. Ya era demasiado tarde para buscar unos amigos de verdad; y unos de mentira eran preferibles a la nada.

Finalmente accedió ("es tu decisión", me dijo). Pero lo que pasa a la mañana siguiente, en clase, no ayuda precisamente a que Ashton considere que mi elección es la correcta.

Estamos en clase, en Historia de la magia, una asignatura que imparte Ashton. No presto demasiada atención a la lección (anoche pude dormir muy poco); solo sé que trata sobre el auge del lado oscuro del mundo de la magia en la segunda gran guerra, algo que no sucedió demasiado tiempo atrás.

Mi ensimismamiento se rompe a la mitad de la lección, a través de la voz de Jason, que plantea una pregunta de mala gana, sin ni siquiera levantar la mano. Despierto. Miro a Ashton, intentando averiguar por el matiz de su mirada si le va a permitir ese pequeño acto de rebeldía.

Lo permite. Abre la boca despacio, y responde:

—No le puedo negar que no fueran tiempos de confusión e incluso paranoia, pero en ningún momento se llevó a cabo aquella "caza de brujas" que mencionaba usted contra las familias de alumnos de Slytherin.

Jason ríe sin alegría. Mira alrededor, buscando apoyo en sus compañeros. No lo recibe ni siquiera por parte de Lola o Mikaelo.

—¿Pero no es cierto que la mayor parte de las personas a las que se encarceló tenían esas características? Todas Slytherin, todas…

—Todas habían violado los derechos de los magos de ascendencia muggle, Jason. Todas se habían aliado con un grupo terrorista -replica Ashton, acercándose a él, con el semblante totalmente serio. En el aula se respira un silencio contenido.

—Luchaban por un ideal. Hacían lo debido.

Ashton mira a su alrededor, incrédulo. Jason se levanta de la silla, plantándole cara al maestro.

—Fue una puta persecución. Y no voy a permitir que un criajo como tú vaya diciendo gilipolleces como que fue un proceso de justicia que ayudó a conseguir la paz. ¡Encarcelasteis a inocentes!

—¿Para ti ser inocente supone apartar a grandes cargos del gobierno por considerarlos menos válidos a raíz de su sangre? Sangre que, por cierto, es igual de "impura" que la tuya; ¡si no fuera así, no estarías aquí!

—¡Yo estoy intentando purificar mi sangre! Estoy haciendo algo para solucionar lo que no está bien. Para arreglar al problema, que es lo que se debe hacer,  no fingir que no existe un problema. ¡Y, sí, todas esas personas eran inocentes!

Ashton parece estar a punto de rugir.

—¡Mataron a centenares de ciudadanos!

—¡Pues bien muertos que están! ¡Se lo merecían! ¡Y ellos son unos héroes, por atreverse a limpiar la mierda que otros adoráis!

Llegan a las manos. Ashton lo expulsa de clase. Jason se niega y se abalanza contra él, pero Ashton consigue quitárselo de encima con penosa facilidad. Le practica un hechizo paralizador; el resto damos la clase por terminada.

Es la última del día, y, cuando quiero buscarlos, no encuentro a Mikaelo y Lola. Tampoco los veo cuando es la hora de cenar.

Antes de irme a dormir, intento buscar a Ashton para hablar con él, aunque sé que es imposible.

Por eso me sorprende verlo antes de irme a dormir. Termino la tarea del día siguiente sola, como siempre, en la sala común de Slytherin cuando, por la puerta, irrumpen Ashton y la profesora McGonagall. Sus gestos parecen los de dos personajes que acabaran de salir de una pesadilla.

—¿Qué ha pasado? -pregunto, alarmada, dándome exactamente igual que McGonagall pueda sospechar que hay algo más entre Ashton y yo.

—Jason -me explica Ashton-; decidimos expulsarlo y mandarlo aquí, junto con la señora Pomfrey, para que recogiera sus cosas, y hemos encontrado a la pobre enfermera en el pasillo, desmayada, víctima de un hechizo muy avanzado, que ninguno de vosotros podría conjurar. No hay ni rastro de Jason. Venimos a examinar su dormitorio.

—Ustedes son amigos. ¿No sabe nada? -pregunta McGonagall, examinando atentamente a través de sus gafas.

Me dan ganas de negar también eso de que seamos amigos, pero me limito a sacudir la cabeza. No sé nada de él.

Les plantean la misma pregunta a Lola y Mikaelo, a quienes sacan de sus dormitorios después de haber examinado el de Jason. Ellos dicen no saber nada, y Ashton y McGonagall se lo creen. Se marchan sin que su rostro se haya suavizado un milímetro, dejándonos a los tres solos.

—¿Qué coño está pasando? -les pregunto.

Mikaelo, por primera vez, no tiene en su cara ese rostro de suficiencia tan suyo. Se sienta en el sofá, apoyando el mentón en la mano.

—¿Cómo se lo ha podido tomar tanen serio? -pregunta Lola.

Me cuesta unos segundos darme cuenta de que se dirige exclusivamente a su hermano; como si yo no existiera, como si no acabara de plantear una pregunta. Mikaelo sacude la cabeza.

—Siempre pensé que esa gente exageraba, Lo. Nunca se me habría ocurrido que Jason podría haber dicho esas cosas en alto. Sabía que las pensaba, pero…Lo han convertido en uno de ellos.

—¿De qué estáis hablando? -pregunto, en un tono de voz más alto que denota mi enfado porque me ignoren.

—Los tíos de la Casa de los Gritos -responde Lola, con paciencia-. ¿Nunca te has parado a escuchar sus temas de conversación? Pues son básicamente lo que ha dicho hoy Jason en clase. Lo han convencido más de lo conveniente y…ahora seguro que está con ellos. Se ha metido en un buen lío…

—¿Entonces sabéis dónde está? -murmuro. Lola me mira como si estuviera conteniendo las ganas de taparme la boca para que no vuelva a hablar.

—Lo suponemos -responde Mikaelo.

—¿Y a qué estamos esperando? ¡Una suposición es suficiente para que empiecen a buscar!

Lola ríe sin alegría. Me mira, rabiosa:

—¿Eres idiota? Kyle, Merlei, y todos los demás nos han brindado su confianza. ¡No podemos destapar el lugar de sus reuniones! Y, si Jason se ha ido con ellos, es decisión suya.

—¿Y qué pasa con todas esas cosas que decía?

—Harriet, de verdad parece que no lleves todos estos meses con nosotros -me dice Mikaelo, adoptando un gesto de enfado muy parecido al de su hermana-. Lo que ha dicho Jason no deja de representar todo lo que hablamos en la Casa de los gritos. Sí, ha sido una idiotez decirlo en alto en clase, y encima nos ha puesto en el punto de mira a todos, pero, al fin y al cabo, es lo que todos pensamos. Aquí intentan lavarnos el cerebro y meternos ideas equivocadas. ¿De verdad sigues creyendo que vamos tantas veces a la casa por mera diversión? Vamos para formarnos e informarnos. Para saber la verdad. Pero de verdad pareces ida, Harriet. No lo entiendo.

Estoy a punto de responderle que yo tampoco entiendo nada, pero me contengo. Recapitulo en mi cabeza todas las reuniones que hemos tenido con los chicos de negro y me doy cuenta de que en la mayoría he estado ausente, ya fuera física o mentalmente. En la primera, estaba enrollándome con Ashton, y después demasiado dolida por su rechazo y demasiado ocupada buscando un sustituto que lo último que se me pasó por la cabeza fue prestar real atención a lo que sucedía.

Soy consciente, además, de que los tres, Jason, Lola y Mikaelo, han hecho escapadas sin mí. A las pocas a las que les he acompañado, estaba demasiado distraída por Lex…y no me he dado cuenta de lo que sucedía delante de mis narices.

—Iremos a buscarlo -decide Lola, interrumpiendo mis pensamientos-. Evidentemente, no ahora -añade, respondiendo con paciencia a mi gesto de sorpresa-; no me extrañaría que la pasa arrugada esa y el amiguito virgen de Harriet se dividan en turnos para vigilarnos. Esperaremos unas semanas, hasta que se relajen los ánimos.

—¿Para qué queréis ir a buscarlo? No vais a conseguir que vuelva -les recuerdo.

Los dos secundan mi pregunta con una risita estúpida. Es Mikaelo el que responde:

—No queremos que vuelva. Y nosotros tampoco queremos volver. Allí nos sentimos más cómodos que aquí, pero queremos ir poco a poco, ¿verdad, Lo? Veremos qué tal se ha instalado Jason, y, si nos mola, no tardaremos en unirnos a él.

—Y espero que nos mole lo suficientemente rápido; no creo que pueda aguantar mucho tiempo más sin soltar una respuesta tipo Jason a cualquiera de los inútiles que nos dan clase -añade su hermana.

Improviso una despedida rápida, argumentando que estoy muy cansada y necesito dormir. Los dos hermanos apenas me miran cuando se quedan charlando tranquilamente. Me marcho sin saber qué pensar.