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Summer at Hogwarts — capítulo 24
Las siguientes semanas transcurren de forma tensa. La relajación característica de campamento de verano que llevábamos viviendo durante los últimos meses desaparece a raíz de la desaparición de Jason, y Hogwarts se empieza a llenar de cuchicheos por parte de los alumnos y por más disciplina por parte de los profesores.
Mis encuentros con Ashton son contados, y noto en la presión débil de sus besos casi obligados y en su sonrisa pequeña que sigue preocupado. Debe de estar pasando algo fuera, pero, cuando le pregunto, me da largas.
Sin embargo, sí que está pasando algo fuera. No es por Ashton por quien me entero, sino por ellos. Los de La casa de los gritos. Lola y Mikaelo consideran que ya han pasado las semanas necesarias de cautela, y esta noche nos escapamos por los pasadizos, como siempre.
Cuando llegamos, me fijo un propósito: prestar mi máxima atención a lo que se hable allí esta noche, a cada palabra, a cada matiz. No me puedo permitir distracciones de otro tipo. Por ello, ni siquiera miro a Lex cuando entro al salón principal, tan cargado de todo tipo de olores, como siempre. Aunque, después de lo que sucedió la última vez, dudo que él quiera volver a verme.
Jason no tarda en salir a recibirnos, alertado por el jefe de todos, que nos saluda con entusiastas abrazos. Cuando veo a Jason, lo primero que pienso es que el hombre que tengo delante no tiene nada que ver con el chico que ha sido mi compañero de clase durante estos meses. Ahora es uno de ellos. Se ha dejado barba, aunque el pelo negro y suelto no le va nada bien a su rostro alargado. Va vestido totalmente de tonalidades oscuras. Y sonríe. Sonríe como nunca sonrió en Hogwarts.
Nos saluda a todos, incluso a mí, como si fuéramos muy viejos amigos, y nos invita a tomar asiento, como si aquella fuera la primera vez que pisábamos ese salón.
Es entonces, en el intercambio de saludos y de noticias, cuando me entero de lo que está pasando fuera. Ataques. Ataques positivos, según ellos. Ataques contra muggles, los suficientes y lo suficientemente fuertes como para alertar al ministerio de magia. Todos celebran la noticia con un brindis al que me veo obligada a corresponder.
Jason entonces lleva las riendas de la reunión. Nos cuenta lo bien que lo han aceptado y lo mucho que le han abierto los ojos. Según él, lo que nos cuentan en Hogwarts es una versión muy libre de lo que sucedió realmente. Habla con tanta seguridad y hay tanto convencimiento en sus palabras que no tarda en encandilarme, y cuando termina de hablarnos, hasta me convenzo.
Alguien entonces reparte guitarras y demás instrumentos. Jason nos mira, cómplice, y nos dice que esto nos va a encantar. Empiezan entonces los cánticos.
Son canciones sencillas, de muy pocos acordes. Llamadas a la guerra hechas música. En sus letras hay quejas, relatos de injusticia y dolor. Pero también esperanza. Muchas hablan de reconstruir castillos de honor a base de las cenizas de todos los que se han ido quemando.
Jason entona con emoción cada letra, como si fueran las canciones de su vida. Está plenamente feliz. Cuando nos despedimos, nos recuerda que nos espera. Que podemos purificar nuestra sangre, ahora sucia por la mezcla de la que procedemos.
Y quizá tenga razón.
La esencia mágica ha de ser algo puro, pulcro, limpio. Así deben ser los hechizos y así debe ser, al mismo tiempo, su fuente de origen. Si no lo purificamos, no podemos aspirar a ser buenos magos.
Ese tipo de pensamientos fluye en mi mente cuando llego a mi habitación. Es técnicamente pronto: solo han pasado unos minutos desde el final de la cena. Pero no tengo hambre. El rato de hoy ha puesto demasiados interrogantes en mi cabeza como para que me entre el apetito.
Estoy a punto de ponerme el pijama para dormir cuando alguien llama a la puerta de mi dormitorio. Doy por hecho que será Lola, como tantas otras noches, que querrá algo de crema para la noche.
Por eso no me preocupo por ponerme una camiseta y abro la puerta en sujetador. Mi boca se abre en una risa tímida cuando veo a Ashton al otro lado de la puerta. La suya, su boca, está abierta, como si fuera a hablar, pero se le hubiera acabado la voz.
Río sin decir nada y le dejo pasar. Me pongo la camiseta y él parece revivir:
¾No te he visto en la cena -no lo dice con reproche, sino simplemente como un dato que dé pie a su siguiente afirmación-, así que he traído unos brownies. Por si tenías hambre.
Se lo agradezco y los dos comemos los dulces, solo rompiendo mi silencio para responder a mi pregunta de cómo ha conseguido llegar hasta mi habitación, si a los chicos se les prohíbe el paso hasta aquí de forma automática: me dice que a él, por su cargo de profesor, se le permite todo. Sin embargo, yo no puedo evitar pensar que su cercanía, su presencia mientras los dos estamos sentados en la cama de mi dormitorio, está prohibida. Que podrían descubrirnos. Que no deberíamos. Pero aquí estamos, y el peligro me hace sentir viva.
¾He estado pensando, y soy gilipollas, Harriet -me dice, de repente-. Después de todo…de tus disculpas, de lo mal que lo has pasado…y yo te he ignorado estos días. Como si no tuviera a la chica más impresionante de Hogwarts, ¿sabes? Pero es que…se ha registrado una oleada de ataques contra muggles en Londres. Se sospecha…-me mira, consternado. Respira hondo y deja el pastelillo a la mitad sobre el envase en el que los traía- se sospecha lo peor, Harriet.
¾¿Lo peor?
¾Un segundo auge de los mortífagos, quizá. Es algo que siempre se ha temido y que, por mucho que hayamos intentado evitarlo, tenía que acabar pasando. Son demasiados, y, si suben, es muy seguro que se consagren más, a pesar de que Voldemort ya haya muerto. Serán de pacotilla y sin demasiado poder (no tendrían el tatuaje), pero aun así…
Deja un segundo para que replique, pero no lo hago. Y él no se lo toma a mal, simplemente me mira con unos ojos cansados que quieren disculparse. Me besa con detenimiento, un beso de verdad, de esos que tanto han faltado en las últimas semanas.
Murmura palabras de disculpa entre beso y beso, pero no se separa. Es como si no quisiera hacerlo. Como si no pudiera hacerlo.
Yo me acerco más a él, estiro las piernas, rodeándole, solo para que los dos estemos más cómodos. Pero él se lo toma como algo más. Consigue separarse con la respiración agitada. Me mira fijamente a los ojos, y apoya su frente contra la mía.
Murmura que está preparado: que quiere hacerlo, aquí, ahora. Conmigo.
De repente me pongo nerviosa, como si, mientras me besa y sus manos buscan mi contacto, estuviera saboreando sus besos y sintiendo su tacto por primera vez.
Nos tumbamos y él besa cada parte descubierta de mi piel mientras murmura que me quiere. Me quita la camiseta con torpeza. Ríe sus propios nervios, pero su risa queda sellada cuando, de nuevo, me ve en sujetador y con la falda floja, a punto de desvelar mi ropa interior al completo.
Yo me encargo de quitar su ropa de la forma más provocativa y juguetona que conozco, pero cuando llego a sus calzoncillos y lonoto, me doy cuenta de que todos esos preliminares no hacían falta.
Ashton toma su varita por un momento y murmura una palabra que hace que un vapor grueso y transparente envuelva la habitación. Me explica que acaba de insonorizarla. Sonrío, y lo beso. Él sigue sin saber muy bien qué hacer, pero el instinto hace que recorte la poca ropa que nos separa ya el uno del otro, y sus besos por todaspartes pronto se convierten en mordiscos según la zona. Su respiración empieza a ser más fuerte, y de mis labios entreabiertos escapa de vez en cuando algún gemido tímido.
Y, entonces, los dos juntos hacemos la magia más bella del mundo.