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Summer at Hogwarts — capítulo 25
Lola baila mientras camina por el pasadizo que nos conduce a la Casa de los gritos. Canturrea una de las canciones que tocaron para nosotros el otro día. Mikaelo la observa con dulzura.
Parece una niña. Una niña emocionada que se dirige al parque, que está deseando llegar a su destino. Está tan embelesada que ni siquiera se da cuenta de que yo camino muy por detrás de ellos.
No me apetecía venir. Pero de nuevo, me he visto obligada a ello. Me escapo a mis recuerdos de la noche anterior, con Ashton, y rezo por que no nos entregamos demasiado con Lex y sus amigos.
Cuando llegamos, nos reciben como si fuéramos de su grupo. Ya ni siquiera somos invitados: ahora somos ellos, tan habituales vernos por allí que muchos ni se sorprenden al encontrarnos. Y, de repente yo me veo estrechando manos de personas a las que conozco, de personas que me llaman por ni nombre y me sonríen con un reconocimiento que creía muy lejano. Entramos al salón y sé dónde debo sentarme. El olor a cerrado ya no me resulta raro ni desagradable, solo familiar. Reconozco las voces que se mezclan, tejiendo entre todas una melodía que ya me sé de memoria.
Me sé las canciones. Me hablan, respondo. Ríen ellos y río yo.
Y cuando llega la hora de marcharse, siento un pellizco en la barriga: me gustaría quedarme más, beber más, preguntarles cientos de cosas que no me va a dar tiempo a aprender en Hogwarts.
Cuando regresamos, Lola vuelve a canturrear, contenta por el rato pasado y las cervezas bebidas. Y a mí me dan ganas de unirme.
Poca gente atiende a Ashton en la clase de Historia que estamos recibiendo. El día de hoy ha resultado ser especialmente soleado, y los campos verdes de Hogwarts parecen mirarnos, sugerentes, casi guiñándonos un ojo cómplice, desde las amplias ventanas del aula 3.
Nadie presta demasiada atención, pero al menos disimulan. Lola no. Lola no ha nacido para disimular.
Charla sin casi bajar la voz con Mikaelo, quien le sigue el rollo a pesar de saber que se les oye demasiado. Ashton tarda unos segundos en darles el primer toque de atención antes de seguir con su explicación, pero a Lola le da exactamente igual: se limita a mirar con cara de pocos amigos a Ashton, molesta con él por haber interrumpido su conversación.
La situación se repite cuando Ashton, esta vez ya deteniendo la clase para regañar a Lola, se gira, enfadado, y le pide que se calle.
¾Es que no quiero callarme -le suelta ella. Sus palabras, a pesar de ser solo cinco, consiguen multiplicar el ritmo de mi corazón. No es buena idea un enfrentamiento entre ellos dos.
Ashton se cruza de brazos y un silencio tenso y fuerte cae sobre la clase, cubriéndola por completo.
¾En ese caso, te pido que abandones la clase. Esta no es la primera vez que tenemos un enfrentamiento, Lola…
Ella entonces ríe. Ríe, divertida. Su risa es tan aguda, tan alta, tan rotunda que interrumpe el discurso de Ashton, que se queda con la boca abierta, confuso por la reacción de la chica.
Lola, sin dejar de sonreír, mira a Mikaelo. Desafiante, pasándose la lengua por los labios, como si fuera una fiera antes de atacar a su presa. Antes de atacar y triunfar, claro. Los ojos de Mikaelo no le dan permiso para que hable, sino que se esconden, como el que se esconde debajo de lo primero que ve cuando sabe que algo va a explotar. Pero no es que Lola necesite ningún tipo de permiso para hablar; nunca lo ha necesitado.
Entonces es cuando todo explota. Y sé que esta vez no hay vuelta atrás.
¾Claro que no es la primera vez. A ti no se te dan nada bien eso de las primeras veces, Ashton. Por eso de que aún no has tenido la tuya, digo.
Silencio.
Silencio, y ojalá se abriera un agujero enorme en la tierra que me tragara. Ojalá fuera otra, cualquier otra persona, de las que están en este aula.
Y ojalá Lola no empezara a reírse y a insistir más sobre la broma, y ojalá no me estuviera mirando con los ojos más tristes del mundo.
Ojalá pudiera volver a empezar.