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Summer at Hogwarts — capítulo 26
No lloro. Sorprendentemente, mis ojos estás secos. No hay lágrimas, y mientras golpeo una y otra vez la puerta del despacho de Ashton sé que este es uno de los peores días de mi vida. Que la experiencia que estoy atravesando no podría estar más en mi contra. Que he tocado fondo.
La contundencia de los acontecimientos es tan arrolladora que no la concibo. No asimilo que Lola haya soltado en medio de clase que Ashton es virgen, que él se haya bloqueado, que ella se haya reído que haya repetido sus `ppalabras y que todo eso sea culpa mía.
Me parece tan irreal, tan imposible, que no lloro; ya solo espero a que me devuelvan la realidad y se lleven esta pesadilla tan molesta que parece real.
Pero cuando Ashton abre la puerta y me mira con ojos decepcionados que no han parado de llorar y que durante todo el tiempo en el que he estado llamando a su puerta se han estado preparando para plantarme cara, ya sin lágrimas, y cuando al mantener el contacto, se rinden t caen, anegados en lágrimas de nuevo, es cuando por fin admito que esta pesadilla es mi realidad. La certeza de golpea con una fuerza arrolladora que me deja sin aire y que desata, por fin, ese llanto que echaba en falta. Balbuceo palabras, disculpas y explicaciones que no llegan a nada, porque de repente mis golpes y mis fragmentos son su fuerza: respira hondo y comienza a hablar sin mirarme, casi sereno, casi como si no temblara y sus ojos no estuvieran rojos:
¾No quiero volver a hablar contigo. No quiero verte; no más allá de lo necesario. No digas nada. Ni me mires, Harriet. No lo intentes, porque no va a funcionar. Jamás he estado más seguro de algo como lo estoy ahora de que has sido el peor capítulo de mi vida, una niñata que solo me ha ocasionado problemas. Ni siquiera respondas. Desaparece. No te voy a echar el discursito de la confianza en una pareja ni tampoco te voy a hablar de lo cruel humillación a la que me has sometido -cierra los ojos, se le escapa una lágrimas.-. Vete y no vuelvas, Harriet.
Llueve. Ha pasado una semana desde que todo se rompió. La primera tormenta de verano fuerte del año cae con decisión, reclamando toda la atención que se merece. Y yo se la concedo. Me encuentro en un ala desierta de la biblioteca, ya de por sí absolutamente vacía. Nadie visita la biblioteca en verano, pero aún menos la sección de Estudios Muggles, situada en una pequeña buhardilla de grandes y luminosas ventanas triangulares.
Llevo toda la mañana, más horas de las que puedo contar, aquí, sola, sumergida en un silencio ahora roto por las gotas de lluvia que repiquetean contra el cristal. Es mi refugio contra un mundo al que no me apetece enfrentarme. Un mundo al que no puedo enfrentarme. Un mundo en el que podría encontrarme con Ashton, que deambula de aquí a allá, con un corazón roto en la mano. Un mundo que también alberga a Lola, cuya sonrisa traviesa y despreocupación podrían destruirme.
La lluvia provoca un vacío gigantesco en los campos a los que da la ventana de la biblioteca. Verdísimos y a mitad de julio, están vacíos. Tristemente vacíos.
Es precisamente por lo vacío y solitario que está todo lo obvias y llamativas que resultan las dos personas que se abren paso a prisa. No tengo ningún problema en reconocerlas. Han pasado días desde la última vez que me encontré con ellos. Los he estado evitando y no han hecho nada por evitarlo.
Los andares de Lola son inconfundibles, al igual que la tonalidad casi albina de su pelo, que brilla con luz propia a través de la cortina de lluvia. Los pasos fieles, como si fuera un perrito faldero de su hermana, de Mikaelo también son su marca propia. Los observo, impasible, mientras siguen el camino que lleva al pasadizo que desemboca en la Casa de los gritos. Se me pasa por la cabeza el hecho de que no me han invitado a acompañarlos. No es algo que me moleste (llevamos días sin mediar palabra), pero sí me hace entender que mi relación con ellos nunca ha sido una amistad real. Creo que ni siquiera se ha acercado a serlo. Se ha limitado a la adoración profunda de Lola por mi parte, siendo ella consciente de la situación y exprimiéndola al máximo, claro. Un sistema opresivo en el que ella ha sido la única reina.
A una amiga jamás se le habría pasado por la cabeza hacer algo similar a lo que perpetró Lola.
Y ahí está: feliz, bailando bajo la lluvia, sin ser consciente de lo que desencadenan sus caprichos. De camino a un sitio en el que beber, fumar y convertirse en una persona aún más despreciable.
Y mientras aquí estoy yo. Más sola de lo que una persona puede encontrarse.
Decido que no es justo. Lo único que quería era una amiga, una persona con la que reír y con la que las horas del día pasaran más rápido. Mi delito no es más que ese, mientras que Lola ha humillado, ha insultado y ha sido mala.
No es justo, así que me limpio el posible rastro que hayan dejado mis lágrimas ya secas y me dispongo a abandonar mi refugio. Las cosas no van a quedar así.
A cada paso que estoy más cerca de mi destino pienso que esto ha sido una mala idea. Un paso más: ha sido una idea horrible. Y otro: ¿qué voy a hacer cuando llegue? Un paso más cerca: eres tonta, Harriet. Unos centímetros más: deberías largarte y rezar porque este estúpido campamento de verano pase pronto.
Las cuevas del pasadizo están más frías por la lluvia, que sigue cayendo, imparable. Mi plan es llegar a la Casa de los gritos y decirle a Lola que se acabó. Ya estoy harta de sus órdenes, de su maldad. Y que esta vez no voy a quedarme callada.
Al volver, hablaré con Hermione Granger y le contaré lo de las escapadas de Lola y los demás a esa casa. Con suerte, ellos aún estarán allí y los pillarán con las manos en la masa.
Claro que sería más fácil no avisarles y hablar directamente con Granger. Así me aseguraría el factor sorpresa; pero no sería noble. Sería una rata chivata.
Cuando estoy a punto de llegar a las escaleras que finalmente conducen al hall de la casa pienso que la nobleza en temas tan serios importa tres pepinos.
Pero ya estoy subiendo.
Me extraña no escuchar música, ni guitarras, ni tintineo de vasos. Tampoco encuentro a nadie que viene y va por los pasillos. Me dirijo con el mismo silencio que se respira en la casa hasta el salón principal, desde el que se oye un murmullo fuerte, más serio que el que se escucha normalmente. No hay en las voces que se alzan despreocupación o restos de embriaguez. Solo habla una, masculina, y lo hace muy segura de sí misma, sin que nadie la interrumpa:
¾…lo que os han contado es que estáis en el colegio para recuperar esa esencia mágica que creíais perdida o inexistente. Bueno, eso es de cara al exterior, de cara a vosotros. ¿La verdad? Os están protegiendo. Mucha de esa gentuza ya fue puesta en su lugar, en este caso el cementerio, antes de que averiguaran a qué se debía esos asesinatos en masa de gente muggle. Se dieron cuenta de lo de que se bloqueó el envío de cartas a hijos de muggle y enseguida se pusieron a investigar quiénes de los que fueron eliminados de las listas de Hogwarts quedaban vivos. Lo cierto es que si no los hubieran metido a todos en Hogwarts, la mitad ya habría estirado la pata. Nosotros personalmente nos habríamos encargado de ello.
Oigo risitas cómplices. Distingo la de Lola, demasiado aguda, demasiado sobreactuada, entre ellas. Como si fuera una más. Me permito acercarme más.
¾Pero no pueden protegerlos eternamente -interviene Mikaelo-. Cuando se acabe el verano, abandonarán Hogwarts y volverán a sus vidas normales. Podremos atacarlos entonces.
¾Su plan es contarles todo al final -le responde uno de los jefazos-. Por entonces, confían en que ya habrán aprendido a defenderse. Les demostrarán que somos un peligro real y les enseñarán cómo esconderse. No podemos permitirlo. Tenemos que actuar cuanto antes: es una oportunidad perfecta, sangres sucias y sus defensores todas juntitas…
Más risas. El corazón me empieza a latir con fuerza, tanta que de repente siento terror de hacerme notar.
Tengo que salir.
Tengo que salir ya.
Me alejo en absoluto silencio cuando empiezan a hablar de entrar en Hogwarts a través del pasadizo que hemos estado usando todo este tiempo.
Cuando estoy a punto de llegar a las escaleras, que se me antojan más lejos que nunca a pesar de estar a muy pocos metros de distancia, empiezan a hablar de las armas. Cuando oigo las voces de Jason, Mikaelo y Lola, entiendo que ellos van a participar.
Cometo el error de detenerme a escuchar. Les hablan de unas nuevas armas mortíferas ideales para magos poco experimentados que aún no puedan conjurar los hechizos más hirientes.
¾¿Alguna vez habéis oído eso de que las serpientes huelen el miedo?
No oigo respuesta, por lo que deduzco que han asentido con la cabeza. Después, oigo movimiento: sillas moviéndose, pasos. Estoy a punto de salir corriendo pensando que han detectado mi presencia, pero segundos después entiendo que simplemente han hecho sitio dentro de la sala para enseñarles algo a Lola, Mikaelo y Jason.
¾¿Sabéis conjurar un patronus?
¾Sí, nos lo enseñaron hace unas semanas -responde Mikaelo.
¾Vale, pues para conjurar este otro hechizo, tenéis que actuar como si fuerais a crear un patronus. En lugar de pensar en momentos felices, rememorad momentos gloriosos, momentos en los que os sentisteis increíblemente orgullosos de vosotros mismos. Superiores. Pensad en Slytherin, en el momento en el que os colocaron en esa casa…¡Muy bien, Lola! ¡Eso es! ¿La ves?
¾Sí…-responde ella, y por cómo suena su voz, sé que está fingiendo una sonrisa-. Es como un patronus…en forma de serpiente.
¾No parece muy ofensivo -interviene Jason, incapaz de disfrazar la decepción en su voz.
¾Eso es porque ninguno de nosotros es nuestro enemigo, o tiene miedo en este momento, o siente miedo hacia esa serpiente. Sería muy distinto si…
Y ya dejo de escuchar. Porque en ese momento, tres hilos plateados, mágicos, atraviesan la pared en la que están reunidos todos. Al principio me siento fascinada por su majestuosidad y su belleza.
Después, las pequeñas cabezas en forma de humo mantienen contacto visual conmigo.
Y en menos de un segundo, la estructura casi invisible se hace real, se reviste de piel de serpiente, tomando un cuerpo exagerdamente largo. Como si fuera un dibujo que se coloreara por arte de magia, la serpiente adopta un cuerpo real, una piel real, una lengua bífida real y unos colmillos reales que salen de una boca que, si pudiera, rugiría.
Una boca que también es real y que de repente sale disparada en mi dirección. Acompañada de otras dos bocas igual de abiertas que la suya, las de otras dos serpientes tan terriblemente reales como ella.