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Summer at Hogwarts — capítulo 3

Todos mis compañeros son idiotas. Es un hecho contra el que llevo luchando los últimos nueve meses de mi vida, por lo que ya lo tengo asumido. Sin embargo, parte de la magia de la semana fantástica de Aretha reside en que, cuando llegas a la bendita noche del viernes, esos compañeros con los que llevas discutiendo todo el curso, a los que no soportas, se convierten en tus mejores amigos. Es solo por una noche, pero realmente es así cómo funciona: el sufrimiento compartido hace que la victoria sepa más dulce cuando la celebras con tus compañeros de batalla. Por eso, cuando llega el viernes, no dudo en reconciliarme con mi imagen, rescatar algún vestido bonito del armario y estar dispuesta a pasarlo bien. Y eso hago: sacudo mi cuerpo tal como los ritmos discotequeros martilleantes me lo piden, salto y grito. Mañana los volveré a odiar.Mañana ni siquiera me mirarán. Mañana odiaré las fotos que hoy pido a gritos tomar. Pero mañana no es esta noche, así que bailo como si solo existiera este sitio, este momento, esta gente. El alcohol que fluye juguetón por mis venas hace que en mi cara esté dibujada permanentemente una bobalicona sonrisa y me embarga un buen humor artificial del que hago uso para socializar con mis compañeros de clase.Quizás ese buen humor de mentira sea lo que me hace sonreír cuando veo al chico de aquella tarde acercarse a mí cuando tomo el aire fuera de la discoteca. Camina con decisión, portando una sonrisa de aire seguro en la curva de sus labios. Su pelo sigue desordenado sobre su frente, aunque no parece importarle. Viste vaqueros oscuros y una camiseta blanca básica que se ajusta con una perfección inimaginable a los músculos de sus brazos. Cuando llega a donde estoy, continúa andando, lo único de él que se detiene en mí es su mirada, que se desliza sobre mi cuerpo con aire divertido. Se coloca junto a mí, a la entrada de la discoteca, e imita mi postura: espalda apoyada contra la pared, brazos cruzados, y una pierna flexionada de manera que uno de mis pies -y ahora, los suyos-, está apoyado contra la pared. Me mira con los labios y los ojos curvados en una sonrisa a medias. —Te veo más seguro que la última vez —comento, recordando su aire trémulo al saludar, al decir mi nombre—. ¿Menos nervioso?Él no responde. Se limita a mirarme como si mi mera presencia fuera un chiste desternillante que sin embargo no puede reír si no quiere parecer maleducado. Algo así. —¿Me vas a hacer llamar a la policía o te vas a ir? ¿Eres uno de esos acosadores siniestros?El alcohol ríe mi propia broma, consciente de que no es un acosador. Es solamente…un chico. —Te estoy dando una segunda oportunidad —comenta él, despreocupado—. Deberías sentirme afortunada; no se la doy a todo el mundo. Vuelvo a reír, y la sonrisa del chico se acentúa. Lo miro alzando las cejas. —Así que tú me das a mí una segunda oportunidad…Él asiente con la cabeza. —Deberías sentirte halagada. Ladro una risa seca. —Mira, no sé quién eres, ni qué quieres. Solo…vete, ¿vale? Esto es raro. Comienzo a caminar de regreso a la discoteca cuando él me agarra del brazo. Me suelto enseguida, aunque enseguida mi organismo comienza a reaccionar a su tacto: suave, pero eléctrico…Mi organismo reacciona a su tacto y pide más. —No me toques —le advierto, sin embargo, ignorando el cosquilleo que burbujea en la parte de mi piel que han rozado sus dedos. —Está bien —repone el chico, alzando las manos en señal de inocencia—. Tengo una pregunta para ti; tu respuesta, y me iré. —Con que una pregunta, ¿eh? ¿Me vas a pedir que me case contigo?Ríe divertido, sincero. Giro la cabeza inconscientemente para encuadrar mejor el cuadro de su risa: discreta, pero enérgica. Sus hoyuelos. Sus hoyuelos. —Noooo —replica él, alargando la vocal tanto como mi mirada seria se lo permite—. Al menos, no todavía —guiña un ojo y tengo que esforzarme por no reír esa risa de quinceañera fascinada, y más aún por llenar de veneno mi mirada y lanzársela como si fuera una bomba. No-es-el-momento, me recuerdo. Él me mira con fijeza por unos segundos, con una sonrisa que se ha quedado a mitad del camino…como si estuviera testando si estoy demasiado borracha para la seriedad del tema que intenta sacar. —¿Crees en la magia, Harriet Dunn? —¿Qué tipo de magia? —rebato yo. El chico abre los ojos no sin sorpresa, de manera que se atisban mejor debajo de la sábana de pelo que cae sobre ellos. Su sonrisa comedida me indica que no era la respuesta que esperaba. Sin darnos cuenta nos alejamos cada vez más de la discoteca y del sonido atronador que impera allí. —Explícate —me pide. —Supongo que hay varios tipos de magia. Está el típico mago con la chistera que saca al conejo, o la magia de la literatura, por ejemplo. ¿Cómo es posible que algo plasmado en tinta y papel sea capaz de tanto? ¿Cómo son las palabras capaces de hacerte llorar? Magia. Luego hay…—recuerdo mi primer beso, el ver los regalos de Navidad por la mañana…— otros tipos de magia.Siento cómo mis mejillas enrojecen y cómo la sonrisa de él responde a ello, indicándome que sabe a qué me refiero. Esboza una sonrisa suave. —Esa es tu respuesta, así que…—En realidad es una porquería de respuesta; he respondido con otra pregunta —le recuerdo, y la sonrisa sale con más facilidad de mi boca. Él se encoge de hombros. —Para mí es suficiente. Soy un hombre de palabra, y te dije que con una respuesta me marcharía…—abro la boca sin encontrar las palabras. Algo me dice que…no quiero que se vaya—. Sin embargo, Harriet, si crees en la magia, creo que deberías llamarme. Me tiende una tarjeta, y en el momento en el que la cojo, miro hacia arriba y ha desaparecido. Como por arte de magia. Niego con la cabeza, echo la culpa al alcohol y leo la tarjeta del desconocido. En ella hay un número de teléfono, y, además, reza lo siguiente: Ashton Fletcher. Recolector del PRMNM'-Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.