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Summer at Hogwarts — capítulo 4
Ashton es puntual.
Lo llamé tres días después de la fiesta, aunque sigo sin saber muy bien por qué.
No fue por su sonrisa divertida, que tan fácilmente contagia a mis labios.
No fue por su tarjeta, ni ese colegio que se menciona en ella.
No fue por la magia.
Nunca sabré por qué fue, pero aquí estamos, él sentado en la quinta mesa de la cafetería céntrica en la que acordamos vernos por teléfono. Las vacaciones empezaron ayer, y pasado mañana me marcharé a casa. Ashton me saluda con una sonrisa deslumbrante.
—¿He de levantarme a besar cada una de tus mejillas o aún no te fías de mí?
Me siento, sin darle opción a nada más. Ashton sonríe una de esas sonrisas suyas: anchas, sin abrir los labios más de lo necesario. Se ha cortado el pelo, de manera que ahora el remolino de mechones castaños que es su pelo no tapa sus ojos, cálidos, de color avellana.
—Has venido —apunta entonces con sorna, como si fuera un niño que farda de juguete nuevo.
Abro la boca para replicar, pero en ese momento Ashton me deja de prestar atención; mira a la puerta de entrada de la cafetería.
—He invitado a alguien más —explica, sin mirarme y haciéndole una señal a alguien desde nuestra mesa—; espero que no te importe.
Giro la cabeza y descubro a una chica enfundada en un traje de chaqueta que camina hacia nosotros con clase y elegancia, como si no calzara unos zapatos de un tacón de, al menos, quince centímetros. Es guapa. Es muy guapa. Tiene el pelo castaño recogido en un discreto moño que deja unos cuantos mechones sueltos, y el rostro dulce, con rasgos armoniosos y cuidados. Debe rondar los treinta años de edad. Saluda a Ashton con una sonrisa pequeña, y se sienta.
—Harriet —me saluda, sonriendo ampliamente. Desde esta distancia descubro un coqueto moteado de pecas sobre su redonda nariz—. Llevo mucho tiempo buscándote.
Ashton no disimula una fuerte carcajada.
—Hermione —le dice a la chica, aún riéndose—, ¿es que no te das cuenta de lo siniestro que suena eso? No queremos asustar a la chica, ¿recuerdas?
La supuesta Hermione alza la mirada al cielo con paciencia y vuelve a dirigirse a mí, sonriendo con elegancia y con complicidad. En ese momento cada uno de nosotros pedimos un té al camarero.
—Puesto que Ashton no está muy por la labor de presentarnos, soy Hermione Granger, directora del Programa de Recuperación de Magos Nacidos de Muggles. Encantada de conocerte, Harriet.
Asiento con la cabeza y esbozo la sonrisa forzada que me sugiere el momento, como si yo también estuviera encantada de conocerla, o como si supiera qué diablos es eso de "Nacidos de Muggles."
—Tu cabeza tiene que ser un torbellino ahora mismo —comenta Ashton, sonriendo comprensivo.
Vuelvo a asentir con la cabeza y doy un sorbo a mi té de algas.
—Lo que tenemos que decirte no es fácil de contar, Harriet —añade Hermione—. Verás, lo primero que tienes que saber es que…existe la magia. Existen los magos, las brujas. Todo ello existe, y tú eres una parte de ello.
Entonces me lo explican. La mayoría lo hace Hermione, y Ashton solo interviene para hacer algún comentario gracioso, buscando mi risa, que hoy está más escondida de lo normal. Vivo en una mentira. O en una verdad a medias, supongo. Existe la magia, y un determinado sección de la población convive con ella, la utiliza, se basa en ella. Los que no poseemos el don nos llamamos 'muggles'. Sin embargo, a veces se da el caso de que nazca un niño con poderes mágicos de una pareja de muggles. En ese caso, lo normal es que los responsables del mundo mágico apunten al niño en las futuras listas del colegio mágico por excelencia, Hogwarts. Cuando el niño cumple los once años, un mago va hasta su casa, donde le explican a la familia justo lo que me están contando ellos a mí. La familia accede, y el niño completa sus estudios hasta los diecisiete años en el colegio, donde desarrollará su parte mágica al máximo. Por lo visto, mis padres eran muggles y yo…bueno, por lo que dice Hermione Granger, soy una bruja. Sin embargo, nací en el periodo de tiempo en el que gobernaba una especie de dictador mágico, Lord Voldemort, que propugnó la marginación de los hijos de muggles (sangres-sucia, como él los -¿nos?- llamaba) del sistema mágico, por lo que no se inscribieron a las listas de Hogwarts. De manera que, somos magos y nunca lo hemos sabido. Hermione me explica cómo lleva muchos años dirigiendo este proyecto, buscándonos entre las piedras y entre toneladas de paja. Se la ve emocionada.
—Bueno, y, ¿qué dices? ¿qué te parece todo esto? —pregunta Ashton, con discreción, calibrando palabras que intentan esconder las verdaderas ganas de conocer mi respuesta.
La mirada de Hermione me acribilla con balas que son el brillo de emoción que se extiende en sus ojos. Abro la boca, dispuesta a ofrecer la respuesta perfecta, las palabras perfectas. No las encuentro. Balbuceo como un infante que aún no sabe hablar, e intento pensar en todo lo que me han dicho: la magia, el dictador mágico…
—Tengo dieciocho años —digo finalmente, intentando evitar sus miradas—. Creo que habéis llegado demasiado tarde.
Al ver cómo los ojos de Hermione entristecen me arrepiento de mis palabras y soy consciente del veneno que parecen contener. Estoy culpando de algo que ni siquiera conocía a la única persona que se ha esforzado por encontrarnos.
—Lo que intento decir —prosigo, con la disculpa en la mirada— es que ya no se puede hacer nada. Vosotros mismos lo habéis dicho: se ingresa en Hogwarts para desarrollar la faceta mágica de una persona a los once años. Ya no se puede hacer nada, si es verdad que la tengo…mi magia está perdida.
Hermione se muerde los finos labios antes de responder, como si las palabras le brotaran con demasiada facilidad y tuviera que contenerlas para no parecer impaciente.
—No esperamos que los magos nacidos de muggles que encontremos ahora dejéis de lado vuestro mundo para pasaros al nuestro —dice, con seriedad—. Desde luego que no. Además, los años que deberíais pasar en Hogwarts son siete, y no creemos que ir a clase con chicos de trece o catorce años sea lo que más os apetezca. Sin embargo, creemos que, al menos, os gustará descubrir parte de vuestra esencia. Por ello, os proponemos pasar un verano en Hogwarts, desenterrando parte de vuestras aptitudes mágicas, dando lecciones básicas y descubriendo nuestro —hace hincapié en la palabra nuestro, como si también quisiera englobarme a mí— mundo.
—Será como un campamento de verano —prosigue Ashton, portando una sonrisa llena de orgullo—. Habrá clases, y exámenes, pero te prometo que será divertido. Habrá gente como tú, y os enseñaremos cosas que os fascinarán…
Palabras,
Palabras,
Palabras,
Hogwarts,
Verano,
Palabras,
Tantas palabas.
—No os puedo dar una respuesta ahora —digo finalmente, interrumpiendo un animado discurso sobre las ventajas de Hogwarts que Hermione estaba dando. Me levanto de la silla, mareada. —. Lo pensaré y…sí, lo pensaré y os llamaré.
Salgo precipitadamente de la cafetería antes de que puedan decirme algo más. Las palabras y las historias bullen en mi cabeza, ardientes y afiladas.
Mañana me marcharé a casa, y todo será como siempre. Mañana me marcharé a casa y me olvidaré de todo. En casa no existirá la magia ni chicos de sonrisa dulce que sepan mi nombre.
Ashton y Hermione, y la historia que cuentan, será una simple anécdota que contar a mis conocidos. Quizás sea mejor así.