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Summer at Hogwarts — capítulo 5

Estaba bebiendo demasiado y lo sabía.

No quería salir, y eso también lo sabían mis amigas, que, sin embargo, habían conseguido convencerme para hacerlo.

Lo que también sabían mis amigas es que, cuando estoy aburrida en una discoteca, tiendo a beber. Demasiado. Y la cosa nunca suele acabar demasiado bien.

Mientras estaba en la universidad, habría dado cualquier cosa por pasar una noche de fiesta con mis amigas de toda la vida: Sophia, Esther, Clode…Las echaba de menos a cada aliento, cada pestañeo. Nos conocíamos desde siempre y habíamos vivido casi todo juntas. Eran mis amigas de toda la vida, y el primer año de universidad supuso que nos separáramos por primera vez. Algunas, como Sarah y Esther, se quedaban en la ciudad estudiando, pero el resto nos marchábamos de casa para estudiar.

Y, aunque llevábamos siendo amigas toda la vida, solo me hicieron falta un par de minutos cuando quedé con ellas por primera vez en el verano para darme cuenta de que todohabía cambiado. La universidad las había cambiado. Noshabía cambiado.

Reíamos, charlábamos, pero la complicidad que se había ido tejiendo entre nosotras con el paso del tiempo había desaparecido. Pluf. Sin rastro.

Intenté recuperar esa complicidad en los siguientes días en los que salimos, pero no la encontré por ninguna parte. Ni en las anécdotas que les conté, como la de un chico súper guapo que había empezado a perseguirme y que no paraba de decir locuras sobre la existencia de un mundo mágico al que pertenecía, ni tampoco en las que me contaron ellas.

A lo largo del verano, comenzaron a invitar a las nuevas amistades que habían hecho en la facultad y yo me sentía más al margen cada día, como si ya no me necesitaran para divertirse.

Lo más curioso de todo esto es que ni siquiera me molestó. Era como si ya lo esperara: mi vida llevaba cayéndose a pedazos desde que entré en la universidad y el perder a mis amigas no me supuso ninguna sorpresa. Solo un trozo más que ha caído.

En eso, y entre otras cosas, residía el porqué de no querer salir aquella noche. La pequeña ciudad a la que  llevaba meses soñando regresar se había quedado pequeña y llena de polvo, al igual que sus habitantes. Fueron mi madre y las grandes dotes interpretativas de mis amigas -« ¡Vamos, Harriet! Sabes que sin ti no es lo mismo.»- las que me obligaron a salir aquella noche.

Con mis amigas y las amigas de mis amigas, chicas que calzaban tacones demasiado altos y portaban risas demasiado agudas y miradas derramando demasiado respecto como para caerme mínimamente bien.

Si hay algo que odio, eso es permanecer quieta y sola en la pista de baile de una discoteca mientras todo el mundo a mi alrededor parece estar viviendo la fiesta de sus vidas. Yo también quiero bailar como si el mundo se fuera a terminar mañana. Pero, por mucho que busqué, no encontré dentro de mí ni pizca de ganas -o razones- para bailar. Así que tuve que recurrir a la diversión artificial: el alcohol.

Líquido que parecía contener burbujas de fuego con capacidad de pegarse a tu garganta y arañarla llenaba todo mi cuerpo, y solo entonces fui capaz de bailar. Lo hice con chicos y chicas, al ritmo de canciones que conocía o no. Muchos chicos (y también chicas) se acercaban a mí para sobarme las piernas que dejaban al descubierto unos shorts vaqueros que dejaban poco a la imaginación, pero me dio igual en ambas situaciones. Por una parte más racional  que el alcohol que corría ocioso por mis venas, ansiabael contacto. Era muy consciente de que, en realidad, el contacto por el que moría era el emocional más que físico, pero el alcohol se encargó de diluir esa pequeña línea divisoria. Quería que me tocaran, y dejé hacerlo a todo aquel que se acercó.

Y todo eso me ha llevado ahora. A este único instante en el que me gustaría que el alcohol desapareciera, hiciera "pluf", como mi amistad con las chicas. Me gustaría estar sobria. Porque tengo al chico más guapo que he visto en mi vida delante de mí. Tengo al chico más guapo del mundo frente a mí y ni siquiera puedo hablar sin balbucear. No sé cómo ha pasado: solo sé que está frente a mí, que tiene la mandíbula más bien construida que he visto en mi vida, y que me falta el aire. Sé también que es moreno, que su pelo está bastante despeinado, que tiene los ojos claros…que me derrito.

Tiene los rasgos afilados, como si fuera una amenaza. Su mirada, el tatuaje de su brazo izquierdo que parece estar expuesto con orgullo; su sugerente forma de bailar, como si la música no fuera con él y se tratara de algo meramente secundario; todo grita, exclama, chilla y brama la palabra peligro.

Y el peligro nunca me ha parecido tan tentador.