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Summer at Hogwarts — capítulo 6

Bailamos. Sin tocarnos, sin oír la música. Sin ni siquiera mirarnos. Conscientes de que, cuando establezcamos contacto, todo va a explotar. El alcohol dicta mis movimientos y hace que mis pensamientos sean pesados. Emborrona el rostro del chico y hace que rompa a reír como una colegiala sin venir a cuento. 

Sin embargo, la manera en la que baila…

…la manera en la que baila me emboba más que todo el alcohol del mundo. 

Los músculos de sus brazos se contraen, y su tatuaje roba mi mirada y todo mi ser. No sé enfocarlo, pero es como si tuviera algo que sabe mi nombre y lo usa…con suavidad. Como un suspiro, como un gemido como…una sonrisa suya. 

De satisfacción, de victoria, de ególatra. Entonces nuestras miradas se chocan estrepitosamente. Como una explosión. Sus ojos conectan con los míos y sabemos perfectamente en qué piensa el otro. 

Y después su piel. 

Su tacto es electrificante y el alcohol solo me hace reír. Río, aunque mi corazón va a infinito por segundo. Aunque sus dedos trazan finísimas líneas sobre la piel desnuda de la mis brazos, aunque la música está demasiado alta y se mete en mí, se cuela, por rendijas desconocidas y no se va. Y el torrente de emociones es tan grande que rompo a reír, como una tonta.

Pero las emociones se multiplican, se desbordan y siento ganas de gritar cuando siento los labios del chico, feroces y veloces, presionando contra los míos, colándose en mi boca con la misma facilidad que la música, indagando en ella, explorando en menos de un segundo hasta el último recoveco solo para volver a empezar. Y es que sus labios han hecho una coreografía completa y perfecta cuando reacciono y empiezo a responder. 

Pero son demasiado feroces.

Tienen demasiada hambre.

Y no tengo la suficiente fuerza para detenerlos.

Así que no lo hago. Dejo que su boca baile, salte, y acaricie con garras la mía hasta que la siento en el cuello; sus dientes trazando finas líneas sobre mi piel y yo sintiendo morir, resucitar pletórica para volver a morir cincuenta veces más. 

No sé cuánto tiempo nos besamos. Estoy exhausta, pero él no parece cansarse. Me conduce a través del torrente de personas hasta la salida. Respiro con fuerza, pero todo el aire que cojo me es robado por el chico cuando vuelve a ahogarme en besos en los que podría dormir y soñar. 

Entonces, se detiene. Yo entonces me doy cuenta de que estamos en un callejón sin salida: yo con la espalda apoyada contra la pared y con las piernas enlazadas en su pelvis, como en la típica película. El alcohol me impide darme cuenta de algo más, exceptuando su mirada, de un clarísimo azul que se asemeja a la escarcha de las primeras horas de uno de principios de enero. Así es cómo sabe, me doy cuenta. Como la escarcha. Como hielo en los dientes, como hielo en la piel. 

El Señor Escarcha sortea la mirada entre los dos lados del callejón antes de dejarla caer sobre mí; afilada como un trozo de hielo. Punzante. Después, coloca sus manos de largos dedos y gélido tacto sobre mis piernas desnudas y un pequeño gemido suspirado escapa por una apertura que han formado mis labios sin darme cuenta. Él se da cuenta y me mira con un interés travieso, como si estuviera pensando en…eso. Y, cuando acaricia mis piernas con sus manos, no puedo negar que yo también rescato un par de pensamientos claros en el torrente de alcohol que sacude mi organismo. Y son pensamientos de esa clase de índole. 

—Una auténtica pena —murmura entre dientes, como si comentara una tragedia con alguien—. Podríamos haberlo pasado muy bien…

EL Señor Escarcha pone mis piernas en el suelo y me sorprende ver que soy capaz de sostenerme. Coge mis manos y posa mis dedos sobre su tatuaje. El alcohol me nubla la visión, solo veo una calavera y humo negro…pero está cálido. Está cálido, pero me recorre un fortísimo escalofrío. Él no hace otra cosa que sonreír de nuevo ante mi reacción. 

Vuelve a mirar a los lados, y después me toma de los hombros. Solo le es necesario ejercer una minúscula presión para que me deslice por la pared como un líquido viscoso, como si fuera una muñeca a sus órdenes. Acabo desparramada en el suelo sucio del callejón, con las piernas dobladas y la mirada perdida. Él se pone en cuclillas frente a mí y gira la cabeza con una sonrisa divertida pegada a los finísimos labios. Como si yo le hiciera gracia. Yo no puedo hacer otra cosa sino entre abrir los labios, sin saber si lo que busco son las palabras u otro de sus besos de escarcha. 

Entonces, se lleva una mano al bolsillo trasero de sus vaqueros oscuros. Saca un objeto delgado y fino, como la rama de un árbol. Lo sortea entre sus dedos con gracia y elegancia. Me mira con una mueca en los labios que no sé descifrar. ¿Diversión? ¿Pena? ¿Confianza en sí mismo? Es entonces cuando se pone en pie y mi mundo da una vuelta seguida, llevándome a mí con él. Todo se distorsiona. Solo soy capaz de ver cómo vuelve a mirar a los lados. Cómo me apunta con la rama del árbol. Cómo todos los colores del mundo se reúnen en una sola explosión que me ciega por unos instantes.

El zumbido que había dejado la atronadora música de la discoteca pronto se sustituye por el sonido de gritos, rozaduras, palabrotas…y el de un peso muerto cayendo. Se sucede durante segundos, quizás durante minutos. Estoy demasiado mareada, todo está pasando demasiado rápido…

Intento levantarme, pedir ayuda, pero no puedo hacer nada salvo romper a llorar.

Por fin hago acopio de las fuerzas que me quedan para poder gritar cuando otro chico se pone en cuclillas frente a mí. Estoy lista para sacarlas, pero me las trago cuando me doy cuenta de quién es el  chico que me examina con mirada trémula. Ashton.